En defensa
del derecho a la información
Javier
Darío Restrepo*
En la
primera página del periódico aparecía,
dominando las demás noticias, la foto a todo
color de un adolescente, ganador de un campeonato
mundial de patinaje. Destacaban su hazaña,
además, el titular de cuatro columnas y el texto
de introducción que remitía a las páginas
interiores. Al pie de la página, al lado de un
bloque de avisos comerciales y como si estuviera
tímidamente infiltrada en un territorio ajeno,
aparecía otra noticia: el triunfo de dos
científicos, premiados en un concurso nacional.
Los dos son de la región, lo mismo que el chico
de los patines, losd e ellos son hallazgos
científicos de amplia proyección de servicio a
la sociedad, el del chico era un motivo de
orgullo para la región que podría jactarse del
título mundial de uno de los suyos.
Pero un lector
se mostró insatisfecho y anotó en su carta que
el periódico le estaba dando más importancia a
las hazañas del músculo que a las conquistas de
la inteligencia, y rechazaba el mensaje enviado
por ésta y otras primeras páginas del
periódico, dedicadas a la exaltación del
músculo.
En un ejercicio
de documentación, el Defensor examinó las
primeras páginas de las últimas tres semanas y
encontró que entre las 19 primeras páginas
examinadas, 13 estaban dominadas por las
fotografías y el tema del deporte. Era evidente
que tanto los fotógrafos como los editores
preferían estas imágenes, más allá de su
mensaje, por razones estéticas y de dinámica
visual.
El deportista
siempre es visto en movimiento y en escenarios
multicolores y llenos de vida, razones poderosas
para figurar en el espacio privilegiado de una
primera página; peroe sta explicación no
alcanzaba a ser una justificación, como se
reflexionó después cuando la queja del lector
se comentó con editores y directivos del
periódico.
En el momento de
escribir este texto he repetido la encuesta y en
19 ediciones escogidas aleatoriamente encontré
que al lector se le había hecho caso. Esta vez
el número de primeras páginas dominadas por la
imagen y el tema deportivo había descendido a
ocho, y en 11 otros temas, incluido el
científico, habían centrado la atención de los
lectores.
El periódico, a
raíz de esta queja, dio un salto cualitativo,
sacudió una rutina, renovó conceptos y ofresió
a los lectores un producto menos influido por la
inercia de loq ue siempre se hace y más
obediente a la voluntad de emitir señales
concientes y positivas para sus lectores.
Traigo a cuento
este episodio, entre muchos que podría utilizar
para mostrar la actividad de un Defensor del
Lector, porque en éste veo, en primer lugar, la
superación del estereotipo de los lectores
ofendidos que exigen al periódico, con ayuda del
Defensor, la publicación de una rectificación,
o el otro lugar común del Defensor constituido
como magistrado que, consabiduría salomónica,
sentencia sobre las diferencias entre lectores y
periodistas. Este lector no pedía anda personal,
no esperaba una rectificación o la reparación
de un agravio, se preocupaba por el impacto que
pudiera ejercer sobre la sociedad la señal que,
probablemente sin proponérselo, estaba enviando
su periódico. Este lector estaba ejerciendo una
función crítica sobre la agenda misma del
diario y estaba contribuyendo a cambiarla sin
necesidad de amenazar con abogados, con el solo
uso de unas consideraciones éticas, y sus
críticas eran aceptadas por el periódico como
un aporte, que no como una intrusión.
Este tiene que
ser el resultado de un proceso de crítica
interna, promovido por el Defensor. Contra el
estancamiento que propicia la autosatisfacción
en que es fácil instalarse cuando se cultiva la
idea de que el periódico es mejor que el de la
competencia, o que la mdoernización de sus
equipos lo pone en ventaja, o que se cuenta con
una jugosa pauta publicitaria o con una creciente
circulación, contra todos esos argumentos
adormecedores, se levanta la crítica de los
lectores y el Defensor que, como un acicate o una
piedra en el zapato, perturba la
autosatisfacción, reta la creatividad y el
espíritu de renovación del periódico y lo
mantiene despierto y activo.
Esta insurgencia
crítica la puede protagonizar el Defensor
solitariamente y como resultado de su examen
diario del periódico; pero es más importante
que la promueva y la enseñe a los lectores
dentro de una acción pedagógica orientada a
convertir a los lectores pasivos en lectores
activos que examinan el periódico con ojo
atento, como quien repasa una propiedad
particular a la que se quiere mantener sin
fallas. Que fue lo que puso en evidencia el
lector de mi ejemplo, ante una página en que no
había inexactitudes, en que nadie había sido
agraviado, ni siquiera la ortografía o la
gramática.
La Defensoría
del Lector, vista así, es un pasoadelante dentro
del ambicioso propósito pedagógico de convertir
en realidad viva el derecho de los que reciben,
que se conoce como derecho a la información.
La del Defensor
ha sido una institución cambiante y viva que, a
través de su corta historia, ha tenido la
evolución de las instituciones en busca de
identidad. Deriva su nombre del ombudsman, ese
funcionario sueco que velaba por la limpieza de
las calles y las chimeneas. En busca de unos
blasones más brillantes, se lo ha relacionado
con ese intermediario que el rey Carlos XII creó
en Suecia en 1713 para fortalecer su relación
con el pueblo. Ese intermediario se convirtió en
1916 en un Consejo de Prensa que recibía las
quejas de la población sueca contra cualquiera
de los periódicos del reino. El ombudsman
individual sólo apareció allí en 1967, ante el
fracaso del consejo de Prensa, y, en el mismo
año, dos periódicos de Louisville, en Kentucky,
nombraron a John Herchenroeder como el primer
ombudsman en Estados Unidos. Pero esta vez no fue
solamente para recibir quejas. Los directores de The
Courier-Journal y de The Louisville Times
se estaban preguntando: "¿qué es lo que
anda mal en la prensa?", y a Herchenroeder
le correspondía responderlo. El Defensor se
movía pues entre dos tareas diferentes: la de
recibir quejas y la de proveer respuestas a la
crisis de los periódicos.
Sam Zagoria, un
antiguo ombudsman del Washington Post,
echa mano de su experiencia para decir que el
ombudsman es "un periodista de carrera que
recibe quejas del público". Más drástica
es la definición de Carlos Castilho: "es el
profesional encargado de vigilar a los que
vigilan". En algunos periódicos de Estados
Unidos se le llegó a ver como el encargado de
las relaciones públicas del periódico,
explicable porque la aparición de este personaje
coincidió con un momento de crisis de
credibilidad de los periódicos y su
correspondiente baja en la circulación de los
diarios. Atenuada esa crisis, en algunos diarios
se asimiló al ombudsman al empleado encargado de
resolver los problemas de los suscriptores a
quienes su ejemplar o no les había llegado o les
llegaba con retraso, incompleto, roto o húmedo.
Antes, en Japón y en Estados Unidos se había
creado una figura considerada como precursora del
ombudsman: el funcionario encargado de señalar
los errores de redacción y ortografía. Al
finalizar el siglo, la imagen del ombudsman
estaba cambiando. Es el encargado de dar paso a
la opinión de los lectores, señalaba don
Francisco Gro, entonces Defensor del Lector en el
diario El País, de Madrid. "Mi
trabajo es tanto de crítica interna como de
representación de los lectores, afirmó en
Buenos Aires, Geneva Overholser, la ombudsman del
Washington Post, y en Costa Rica, en un
diálogo sobre el tema, Rodrigo Alberto Carazo,
defensor de los habitantes, anota sobre el
ombudsman en general que "más que una
persona, es un órgano que se refleja en una
persona
es un órgano de control del
poder".
Ha habido,
ciertamente, un sensible desarrollo de esta
figura, desde aquel remoto funcionario que velaba
por el aseo de las calles y chimeneas, hasta este
órgano de control del poder.
No hay un modelo
único de defensor, no puede haberlo. Entre los
cerca de 50 defensores de todo el mundo que nos
reunimos en San Diego, convocados por la
Organization of News Ombudsman, había el
ombudsman pedagogo, el ombudsman magistrado, el
investigador e incluso el ombudsman reportero.
Pongo esas variedades junto con las descripciones
del ombudsman que se han dado a lo largo de su
historia y me pregunto si hay un hilo conductor,
una viga maestra que permita definir la gran
razón de ser de esta figura, no tanto por
regodeo intelectual sino como clave para abrir el
futuro de esta institución; y es cuando uno
encuentra, detrás de todas esas definiciones y
modelos, que el ombudsman ha puesto en marcha una
pedagogía del derecho a la información y que
sus tareas hacen parte de un mecanismo que
impulsa la aplicación y vigencia de ese derecho.
No hay derechos
jóvenes, sino derechos que, al ser reconocidos,
se reclaman; y derechos que, por ser
desconocidos, se mantienen en germen, como las
semillas de trigo que los arqueólogos
encontraron en las tumbas de los faraones. Nunca
reventaron, pero nunca murieron. Cuando en la
Constitución colombiana de 1886 se consagró la
libertad de los esclavos, muchos de ellos
protestaron porque se iban a quedar sin amo que
les diera techo, trabajo, alimento y vestido.
Estos apremios, como grilletes, los incapacitaban
para reclamar el derecho a ser libres.
Dramático, pero comprensible.
No fue
dramático, y sí muy comprensible, que los
constituyentes franceses de 1789 reclamaran y
consagraran el derecho al pensamiento y la
expresión libre, pero no el derecho a la
información. Decenios de absolutismo, en que los
reyes habían mantenido con puño de hierro en
monopolio de las hojas periódicas, habían
creado en la conciencia de la sociedad la costra
de la costumbre al abuso. Sólo los más lúcidos
desafiaron a la policía real y publicaron sus
hojas, cada vez más abundantes a medida que el
espíritu de la revolución permeaba las
conciencias. Anotaba un excepcional testigo de
aquellas jornadas, un agrónomo inglés que
recorría Francia, anotando día por día sus
experiencias: "Hoy, 9 de junio de 1789, han
aparecido 13 publicaciones, 16 ayer, y 92 la
semana anterior". Cada publicación era a la
vez el mecanismo y la expresión del derecho a
pensar y a expresarse con libertad, como
finalmente lo proclamó la constituyente. Ya era
un milagro escapar vivos a la hazaña de ejercer
ese derecho, para pensar en otros instrumentos
para esa libertad de pensamiento y expresión.
Los revolucionarios, primero, y Napoleón,
después, se escaldarían con esas libertades y
replicarían a pesar suyo la actitud absolutista
de los reyes frente a la prensa. Como si una
fatalidad terca se empeñara en impedir el
regreso a la igualdad de las ágoras. Los
poderosos siempre pretendieron y obtuvieron el
monopolio de la palabra. El monopolio arrebatado
a los reyes, con el tiempo sólo cambió de
dueño, pero nunca cumplió su destino natural:
el de volver al pueblo.
En una edición
reciente de una revista ilustrada, una sucesión
de fotografías de una o de dos páginas, mostró
a los directores de los grandes periódicos del
continente. La apostura, el escenario, los
detalles que acentuaban los pies de foto, le
daban al lector la sensación de estarle pasando
revista a los rostros del poder, como si se
tratara de una versión modernizada de aquellas
deslumbrantes galerías de retratos de los
luises: la palabra, potenciada por los medios,
sigue en manos de los poderosos.
A los
constituyentes franceses les habría sorprendido
ingratamente ver que su conquista de la libertad
de pensamiento y de expresión, como una bandera
recuperada en guerra, ondea hoy como argumento
protector de los reinos de papel periódico.
La sensibilidad
democrática y liberal, desde 1789, ha girado
incansablemente alrededor del derecho a la
información libre, ha inspirado el discurso
retórico de la libertad de prensa, tan
estrechamente ligado al funcionamiento de las
empresas, que libertad de prensa y libertad de
empresa han llegado a formar un binomio ambiguo
que justificó la sospecha de que algo andaba
mal, de que la libertad de prensa, con su
correspondiente derecho a informar, no lo era
todo.
Sí, la libertad
de prensa desnudó los regímenes autoritarios y
dejó al descubierto sus abusos. Más aún, ha
creado una sensibilidad que rechaza tiranías y
dogmatismos. Este es el lugar común. No es tan
común oír denuncias como la del abogado
costarricense, Sánchez Zumbado: "La empresa
periodística se maneja como una estructura
vertical. Concentración e imposición del poder,
elementos de estas empresas, característicos de
los dictadores. Y como en las dictaduras, sus
titulares no han sido electos por la
ciudadanía".
En efecto, para
la conciencia democrática, el derecho a informar
no lo es todo. Bajo su régimen ha sido posible
la transmutación de la información en
mercancía, y de los templos de la libertad de
prensa así han sido llamados los
periódicos en editoriales y discursos se
ha derivado a las compraventas de la verdad y de
las conciencias. No, el derecho a informar no
podía serlo todo. Al mismo tiempo se ha impuesto
la convicción, ilustrada por los hechos, sobre
la información que construye democracia. A la
intuición incompleta de los campeones de la
libertad de pensamiento y expresión se ha
agregado la pieza que hacía falta. La dignidad
humana requiere la libertad de pensamiento y
expresión, pero esa expresión libre produce y
fortalece a su vez la libertad. Un círculo
virtuoso en que, mediante una causación mutua,
la libre expresión del pensamiento eleva la
calidad de la libertad.
Han sido
desarrollos que, a su vez, han mantenido la
vigencia de un pensamiento antiguo que parece
renovarse después de las crisis de imperios y
gobiernos. Para los atenienses fue evidente que
la democracia no podía sostenerse ni sobre el
dinero ni sobre las armas ni sobre las leyes; su
sustento y fortaleza estaba en la palabra libre;
no la palabra libre de unos pocos, sino la
palabra libre de todos. Y éste era el elemento
que hacía falta, el que desmanteló la creencia
de que la prensa era el cuarto poder y dejó en
claro que si la fuerza de la población está en
la palabra, la tarea de los medios es potenciar
esa palabra.
Fueron
reflexiones, hallazgos, experiencias que
finalmente encontraron su expresión en textos
como el de las Naciones Unidas en 1948, en su
Carta Internacional de los Derechos Humanos, en
donde se recapituló lo logrado dos siglos antes:
"Todo ciudadano tiene derecho a la libertad
de opinión y de expresión", y agregó:
"Este derecho incluye el no ser molestado a
causa de sus opiniones, el de investigar y
recibir información y el de difundirla".
Aún con toda su vaguedad, aparece allí el
elemento que faltaba: el derecho a recibir
informaciones y opiniones. Ese derecho,
tímidamente enunciado, encuentra todo el vigor
de una proclamación pública en 1964 cuando el
Papa Juan XXIII lo anunció en la encíclica Pacem
in terris: "Todo ser humano tiene el
derecho natural a la libertad para buscar la
verdad y tener una objetiva información de los
sucesos públicos".
Ese enunciado
gana en vigor y claridad cuando en 1978 la
declaración de UNESCO precisa: "La
información es un componente fundamental de la
democracia y constituye un derecho del hombre, de
carácter primordial en la medida en que el
derecho a la información valoriza y permite el
ejercicio de los demás derechos".
La trascendencia
de la tarea del Defensor del Lector la encuentro
allí: como mecanismo y pedagogía para que las
personas y la sociedad conozcan y reclamen el
derecho a la información.
Contaba don
Francisco Gor, Defensor del Lector del diario El
País, que el nacimiento de esta figura se
dio cuando todo en España invitaba al cambio.
"La recuperación de la libertad implicaba
un nuevo estilo de prensa", decía, y
agregaba un detalle que es al tiempo un símbolo:
"No existían cartas de lectores, era
imposible porque hasta el 75 había una
dictadura. Es por eso que a El País se le
ocurre algo insólito: cartas al director y da
paso, entonces, a la figura del Defensor del
Lector".
Allí fue la
recuperación de la libertad la que urgió
como garantía de libertad plena ese
equilibrio roto durante la dictadura en la que no
se escuchaba sino la voz del poder. Para
recuperarlo, debía escucharse la otra voz. Las
cartas, primero, después el Defensor, garantizan
la presencia de esa voz.
En Estados
Unidos ya lo he recordado el primer ombudsman nació bajo
el apremio de la pregunta: ¿qué es lo que anda
mal en la prensa? Ante una credibilidad y una
circulación en picada, se decide que lo que va
mal es la relación con el lector. Hay una
intuición sobre la necesidad de recuperar al
socio principal: el lector. No aparece allí la
formulación sobre el derecho a la información,
como el factor de equilibrio frente a la
sobreactuación del derecho a informar, pero se
entiende. Lo había sentenciado el magistrado de
la Corte Suprema, Byron White, en la
jurisprudencia conocida como Red Lion, que
"es el derecho de los televidentes y
escuchas, no el de los dueños de los medios, el
que importa".
A través de
funciones subalternas: la de corrector, la de
resolver los conflictos con los suscriptores, la
de escuchar y tramitar las quejas de lectores
ofendidos, la de promover nuevas y mejores
prácticas en la redacción, la de hacer oír las
sugerencias y comentarios de los lectores
a
través de todas esas tareas, el Defensor le da
aliento al derecho de los que reciben, el derecho
a la información, que se abre paso sobre los
logros del Defensor.
Parece pequeña,
pero cuesta introducir la práctica de la
rectificación. Reacios a rectificar, periodistas
y medios prefieren mimetizar sus errores y
vuelven a publicar la noticia con los datos
correctos, antes de llamar a las cosas por su
nombre y decir: "Al informar sobre tal
asunto dijimos erróneamente tal cosa, por tanto,
este periódico rectifica y ésta es la
información correcta". Un complejo de
infalibilidad le impide al periódico tanta
franqueza. Romper ese complejo, enseñar la
práctica de la rectificación, equivale a
desmontar el mito de la infalibilidad y a atentar
contra una divinidad. Si el Defensor lo logra,
crea el ambiente propicio para el diálogo
periódico-lectores en condiciones de igualdad.
Al
desmantelamiento de la infalibilidad le sigue,
generalmente el de la representación. Puesto que
el periodista y el medio preguntan a los altos
funcionarios en nombre de los lectores, puesto
que el editorialista opina en nombre de la
sociedad, puesto que el periódico asume la
defensa de los derechos de todos, ha acabado por
crearse la conciencia de que los periodistas
representan a la sociedad. Pero es una
representación presunta e informal, que algún
Defensor cuestionó al puntualizar: "No
representamos a nadie; quienes representan a la
sociedad son los políticos". Más exacto es
decir que la prensa es el contrapoder. Y lo es en
cuanto potencia la voz de la población. En mi
periódico, hace dos semanas coincidieron las
cartas de los lectores en rechazar la presencia
del subdirector, un brillante profesional que
para ellos tiene una tacha: está a punto de
entrar en campaña política como candidato a la
alcaldía. A lo largo de mi ejercicio como
Defensor, esa actitud de rechazo de los lectores
a cualquiera vinculación del medio con el poder,
ha sido una constante, como expresión de una
conciencia de que la información no se debe usar
para beneficio del poder, sino para su control y
fiscalización.
Hay tópicos y
valores que la presencia y la actividad del
Defensor ponen en circulación en la redacción
del periódico y entre sus lectores, que al mismo
tiempo crean sensibilidad para con este derecho a
la información. En algunos casos será el valor
de la tolerancia, en otros el rechazo de los
dogmatismos, y, en todos los casos, la condición
de los ejecutivos de los medios, distinta de la
que exhiben los de otras empresas, puesto que
ellos y sus empresas son titulares, mas no
dueños, del ejercicio del derecho a la
información. Lo que durante el siglo XX
lograron, lenta y difícilmente, las
jurisprudencias de los distintos países, lo
obtuvieron las respuestas, comentarios y
actitudes del Defensor frente a casos concretos.
Durante los
últimos años se ha fortalecido la conciencia de
que el receptor de la información es el eslabón
débil de la cadena informativa y de que eso no
debe ser así; por eso se presentan en los
distintos países proyectos de ley para
garantizar el ejercicio del derecho a la
información. Con esas leyes o sin ellas, el
Defensor garantiza ese derecho, potencia la voz
del lector que se siente burlado o que denuncia
los abusos del derecho a informar, cuando invade
la intimidad o vulnera otros derechos. Como
sucede con la conciencia, casi silenciosamente,
recuerda en los medios que el derecho a informar,
tan voceado durante el siglo XX, es un derecho
incompleto y una fuente de abusos si no lo
fortalece y completa el derecho a la
información.
Es una tarea que
debe cumplir un hombre que actúa solo. "Es
el puesto más solitario de la redacción",
anota Hugo Aznar. Una encuesta entre ombudsman de
cinco países, adelantada por ONO, revela que
"puede ser sicológicamente problemática la
naturaleza solitaria de un trabajo que lo
enfrenta a actitudes a veces hostiles de
lectores, o de periodistas, o de ambos". Sin
embargo, de acuerdo con la descripción
aristotélica, la suya es una condición ideal
porque ni manda, ni tiene ninguna autoridad sobre
sí, distinta de la de su propia conciencia.
Su tarea en un
medio de comunicación es la más parecida a la
acción de la conciencia: silenciosa, discreta,
permanente, imposible de ignorar, sin
instrumentos de coacción, independiente e
insobornable. Toda su fuerza es la de su peso
moral.
Dije al comienzo
que los derechos dejan de estar en germen cuando
entran en la conciencia. Creo que la gran tarea
del Defensor, su aporte a los medios y a la
sociedad es mantener despierta la conciencia de
todos a ese derecho que valoriza y permite el
ejercicio de los demás derechos, incluido el
derecho a informar.
* Javier
Darío Restrepo es
Defensor del Lector del diario El Colombiano, de Medellín. Es coautor de un libro
sobre ética periodística y frecuentemente
imparte seminarios y talleres sobre el tema. Este
texto es su participación en el Seminario
Internacional "El Defensor del Lector",
Experiencias y Tendencias, organizado por la Fundación para un Nuevo
Periodismo en la ciudad de
Guadalajara, México, en la primer semana de
diciembre de 2002. Esta es su primera
colaboración para Sala de Prensa.
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