Cuando Gabo
dormía sobre papel periódico
Ante la aparición de
las memorias de García Márquez, aquí
presentamos episodios ignorados de su vida, a
partir de la lectura de Cómo aprendió a
escribir García Márquez,
investigación del periodista y escritor
Jorge García Usta.
John
Jairo Junieles *
Muchos
años después, frente a un rey sueco y un
pelotón de reporteros, Gabriel García Márquez
habría de recordar, muy dentro de sí, aquellas
noches remotas cuando dormía sobre papel
periódico, en los oscuros talleres de un diario
de provincia.
Casi podemos ver
a los tres amigos en alguna de aquellas noches,
cantando vallenatos, y hablando a gritos de
Sófocles en las fondas de comida y ron de la
Bahía de Cartagena, frente a los barcos
amarrados del muelle, tristes y quietos como
ballenas encalladas. Hablan del coraje, de los
cojones de Antígona al sepultar a Polínice en
contra de las órdenes imperiales. Casi podemos
escuchar la voz de alguno de los tres:
"¡Esa Antígona era una macha!, lo que soy
yo, le dejo ese muerto a los gallinazos".
El tiempo es
finales de los cuarenta. Los personajes son
Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo, y
Gustavo Ibarra Merlano. Hace algunas horas los
dos primeros salieron del diario, se encontraron
con Ibarra, y juntos se han venido al muelle a
lavarse el ánimo después de un día buscando
datos, redactando cuartillas, haciendo
reescrituras y correcciones.
Entre cervezas,
viandas y pescados fritos, los tres amigos forman
una especie de isla lenta en el mar de comensales
de los kioscos: pescadores, jubilados, vendedores
de lotería, empleados y buscavidas. Ibarra, una
vez más, ha desatado su erudición sin
pretensiones, no ha cesado en toda la noche de
hablar de tragedias griegas, de virtudes
teologales y los símbolos de la cábala
mística. El futuro Nobel escucha impasible,
parece que llevara apuntes mentales de los
secretos que le revela este sencillo abogado de
provincia. Mientras, Rojas Herazo asiente,
interviene por momentos recordando ingeniosas
greguerias de Gómez de la Serna, y recita
párrafos enteros de Walt Whitman y Lee Masters,
mientras bocetea la figura de un gaitero en una
servilleta.
La lectura del
libro Cómo aprendió a escribir García
Márquez, del escritor y periodista
colombiano Jorge García Usta (**), resulta para
muchos de sus lectores una experiencia de
revisión histórico literaria supremamente
interesante, mucho más cuando desmonta, del
todo, las creencias populares sobre el proceso
cultural de aprendizaje de un escritor. Muchos
mitificamos el grupo de Barranquilla, sazonado de
anécdotas por doquier, y siempre nos
preguntábamos cómo hizo Gabo para aprender a
escribir en un bar barranquillero a donde fue
contadas veces, ¿luego los artistas sí se hacen
en los bares como dice el mito popular? Era,
efectivamente, una percepción falsa de la
realidad, que, sin duda, a muchos les hizo daño
intelectual y epático, pues creían que la
artesanía de Gabo salía de las botellas de ron
que tomó en Barranquilla donde, sin duda, vivió
importantes experiencias reflexivas. Pero no,
antes había pasado algo.
El García
Márquez que ha llegado a Cartagena, desde
Bogotá, es un muchacho flaco y pálido, con una
sombra de pelusas por bigote, y camisas por fuera
colores arlequín. Su familia vive en Sucre, en
condiciones económicas estrictas. Su pensión de
estudiante en Bogotá había sido quemada en la
borrasca del 9 de abril de 1948, tras la muerte
del líder político Jorge Eliécer Gaitán; las
pertenencias del muchacho, y algunos de sus
cuentos fueron parte de la hoguera. En la capital
había empezado a estudiar Derecho en la
Universidad Nacional, para la misma época el
diario El Espectador publicó varios
cuentos suyos que le dieron una temprana
notoriedad. Pero hay otra historia desconocida.
Edilberto
Kerguelen, contemporáneo de entonces, recuerda
en el libro de García Usta sus experiencias:
Yo vivía en
Cartagena de Indias, en el hotel Suiza, como
estudiante de bachillerato, en el corazón
del "corralito de piedra"
como llaman al sector amurallado de la
ciudad; el portero anunció la llegada
de dos pasajeros, poco antes del mediodía,
los cuales se alojaron en el pabellón de
turistas, en una pieza para dos. Uno de
ellos, de apellido Palencia, incluía en su
equipaje una guitarra y tenía más cara de
parrandero que de estudiante; el otro,
indudablemente, tenía menos edad, menos
estatura, menos equipaje y presumiblemente,
superaba a su compañero, y fugaz protector,
en el tamaño de su cabeza heptagonal.
Este
"cabeza grande", de bigotes
ralitos, divulgó su nombre entre los
estudiantes provincianos que ocupábamos el
pabellón colectivo del tercer piso 40
camillas en rigurosa fila de a dos como
reclutas en un batallón: "Mi
nombre es Gabriel García Márquez y
pensamos, mi compañero y yo, matricularnos
en la Facultad de Derecho aquí en la
Universidad de Cartagena".
Palencia,
poco después, resolvió retirarse de la
universidad, y tomó rumbo desconocido para
mí. Pagó el mes de mayo todo, de ambos. En
junio trepan a García Márquez al pabellón
colectivo de nosotros, mesadas $ 30 pesos,
incluye comida, dormida y lavado de ropa. Yo
nunca vi al insignificante cabeza grande sin
un libro en la mano leyéndolo, recostado a
la escalera que se utilizaba para subir al
belbedere o en las columnas del viejo
caserón colonial. Leía en ayunas, como para
nutrir el espíritu, y hasta en la puerta del
baño. ¿Qué lees? ¿Quién es el autor de
ese libro? le pregunté alguna vez. Me dijo:
"Aventuras. Yo me leo hasta tres en el
día, son divertidas... el cine también me
encanta... estoy casi para trabajar con El
Universal, le han dado espacio a mis
artículos". También recuerdo que nos
contaba situaciones horripilantes y
tenebrosas, en su calidad de sobreviviente
del pavoroso Bogotazo del 9 de abril.
La familia de
García Márquez dejó su primera casa en la
ciudad, que según palabras de doña Luisa era
"de madera calmada", y se trasladó a
otro barrio, al Pié de la Popa, donde vivió
durante 10 años : "Fue duro salir de
aquella casa del tren de las cinco y de los
rostros anónimos, y más duro cuando cualquier
día que quise volver ya no encontré ni el tren
ni los pasajeros, ni siquiera la maleza marcada
por los rieles oxidados, ya no existían, y en
ese lugar se levantaba una extensa avenida que se
prolongaba hacia el centro de la ciudad y a la
cual bautizaron Pedro de Heredia." Así lo
ilustra en su libro García Usta.
García Márquez
se vincula al diario El Universal en
mayo de 1948, al parecer introducido por el
escritor Manuel Zapata Olivella, donde es acogido
con singular simpatía por el jefe de redacción
Clemente Manuel Zabala, quien conocía los
cuentos que le habían publicado al joven en El
Espectador, de Bogotá. Dice el Nobel:
"... Llegué donde Clemente Manuel Zabala, y
le dije: 'Yo soy fulano de tal y he escrito estos
cuentos en El Espectador'. Y da la
casualidad que él los había leído y de una vez
me sentó y me puso a escribir notas
periodísticas". Recuerda García Márquez:
"Me fui para Cartagena a trabajar en el
periódico El Universal. Yo llegaba,
escribía mi nota, cerraban el periódico a la
una de la tarde y nos íbamos otra vez a hablar
mierda, y a recitar poesía con Héctor Rojas
Herazo, Donaldo Bossa y Gustavo Ibarra
Merlano".
García Usta
registra: "La vida de García Márquez en
Cartagena es la de un periodista joven, pobre,
talentoso y marginal, en una ciudad todavía
dominada por la soberbia virreinal a pesar de la
riqueza mestiza de su población. Una ciudad
pequeña, en donde el origen de los apellidos
tiene un peso decisivo en las relaciones
sociales, la posibilidad de riqueza y los manejos
del poder. La madre Luisa Santiaga, la describe
así: 'Era una ciudad pequeña, tan pequeña, que
todos nos conocíamos de vicio, y nos
saludábamos con nombres propios los domingos en
el atrio de la iglesia'".
El alojo que le
ofrece Zabala en El Universal resulta
providencial para poder tener de qué vivir. El
muchacho había vivido en pensiones, y en algunas
ocasiones durmió sobre las tiras de papel del
diario El Universal, así como en casas
de ciertas familias que le ofrecieron su apoyo en
los momentos más difíciles de ese período
juvenil.
La vida de
García Márquez en Cartagena transcurre entre el
diario, la Facultad de Derecho y el grupo de sus
amigos. Según testimonios del abogado Rafael
Betancur: "Gabito trabajaba hasta las tres
de la madrugada, hora en que se cerraba la
edición del diario. Allí se quedaba a dormir
sobre los grandes rollos de papel esperando la
mañana, pues teníamos clases todos los días a
las siete. Él se presentaba a clases y nos
decía que él sólo podía bañarse más tarde,
pues nunca le daba tiempo para hacerlo en la
mañana. Luego desaparecía y no regresaba más.
Entre las últimas horas de clases estaban el
Derecho Romano, a las cuales faltó con mucha
frecuencia. Regentaba la clase el doctor
Francisco P. Manotas, por lo temible que era
preguntando lo llamábamos El Culebro.
"Con Gabito
ocurrieron dos hechos en este curso. El primero
fue cuando en una de las pocas clases que
asistió, el profesor le preguntó sobre un tema
(expuesto precisamente en la clase pasada).
Gabito, que no fue a esa clase, miró hacia
arriba y a un lado y se quedó pensativo, como
escudriñando sus conocimientos para responder.
Luego, mira al profesor y le dice: '¿Y usted
qué opina de eso?'. La risa fue incontenible
para nosotros y el Dr. Manotas, que era muy
severo, que nunca reía, alegró su rostro con
una sonrisa."
Betancur
Castillo añade: "Pero vino el examen final.
Ocho días antes, le presté a Gabito mi texto de
Derecho Romano, que muy pocos alumnos teníamos
por edición agotada. Le dije a Gabito que le se
lo prestaba por cuatro días, pues necesitaba
repasarlo. Así ocurrió. Se perdió cuatro días
y luego me llevó el libro.
"El día
del examen final todos estábamos pendientes de
Gabito por el incidente con El Culebro. Le estaba
cazando y la posible víctima se preparó.
Manotas metió las manos en el saquito lleno de
fichas numeradas, que usaba para escoger al azar
las tesis que tocaba exponer. Sacó la ficha, y
Gabito arrancó con la explicación, el profesor
no le interrumpió, y sólo se silenció cuando
se agotó el tema, que prácticamente recitó.
¡Qué memoria!, dijimos todos.
"El
profesor le tocó el timbre y le dijo: 'Tiene
dos'. Él Gabito enmudeció y no le
reclamó absolutamente nada. Todos sus
compañeros reclamamos al profesor y recuerdo que
le dijimos: 'García ha hecho un examen para
cuatro y medio o cinco'. A lo que el profesor dio
una respuesta tajante: 'Nunca lo vi en
clases'."
"Yo no
nací para esta vaina", era el comentario
que, según Betancurt, hacía García Márquez,
después del incidente del examen, a sus
compañeros de estudios.
Muchos lectores,
a través de los años, hemos seguido la vida del
Nobel por entrevistas y columnas; y encontramos
una habitual parquedad sobre el grupo de
Cartagena, a pesar de que en pocos momentos él
mismo García Márquez ha reconocido su
importancia: "Hombre, el maestro Zabala
tenía un lápiz rojo, gracias al cual las notas
que yo empezaba a escribir se volvían buenas y
poco a poco fui yo aprendiendo que nunca debía
cometer los errores que el maestro Zabala me
señalara". Por su parte Jacques Gilard,
investigador francés, comenta: "García
Márquez llega hasta afirmar que Zabala debe
haber sido más importante para él que el mismo
sabio Catalán, Ramón Vinyes, a quien conoció
muy brevemente en Barranquilla." Pero
Gilard, "comprometido" en una
investigación "seria", incluso
después de esa revelación de su investigado, no
se le dio por indagar qué paso en Cartagena.
Jorge García
Usta, quien ocupó más de quince años en la
investigación de este período, dice:
"Desde la primera nota hasta varias más
Zabala le hizo correcciones. García Márquez ha
descrito su primera hoja en el diario: 'Estaba
absolutamente llena de enmendaduras por todos
lados, hechas por el lápiz de Zabala,
continuaron por un buen tiempo. Todas con el
lápiz rojo'. La mano vigilante de Zabala se
introduce desde la primera nota escrita por
García Márquez, a la que prácticamente, según
el propio Gabo, rehizo en su totalidad, pues fue
tachando aquí y allá, colocando frases sobre
los renglones originales y al final la hoja
parecía un campo cicatrizado por el arrojo de
granadas.
El encuentro
entre García y Zabala fue providencial para la
formación del estilo del fundador de Macondo. La
afirmación de García Márquez de que sus notas
eran corregidas por Zabala, y en buena parte
reescritas por él, no es un gracejo de
distracción sino apenas un indicativo de
justicia histórica: Arranques y remates
sorpresivos e impactantes, frases ingeniosas, las
construcciones dinámicas, la adjetivación
precisa y armoniosa, la actitud sorprendida, las
alusiones literarias. El joven de camisas
escandalosas que escribía cuentos kafkianos, ha
cambiado para siempre su hermética manera de
escribir.
En otros apartes
de la investigación de García Usta se revelan
aspectos desconocidos de la personalidad del
profesor de escritura de Gabo: "Sólo la
firmeza personal y la independencia intelectual
de Zabala podía abrir las puertas a un escritor
de 21 años, provinciano y pobre, en tales
términos, ante un ambiente cultural ocupado en
su mayoría por intelectuales académicos
adocenados. Zabala compañero de Jorge
Eliécer Gaitán en las travesías investigativas
por la masacre de las bananeras era un
humanista auténtico, traducía del griego
antiguo, hablaba con fluidez el francés y
entendía el ruso. Zabala escribe sobre todo:
Literatura, música, política, economía, modas,
costumbres, filosofía. Zabala cultiva por
excelencia el comentario, e induce a García
Márquez en la pasión por los cables de noticias
como materia diaria de trabajo; es así como ese
joven se vuelve columnista y no cesa de revisar
cables internacionales en busca de noticias
inusuales, insólitas y extrañas que propicien
notas de extrañamiento y especulación. En el
diario el escritor también pasará por todos los
oficios posibles, mientras Zabala anima y
defiende la presencia de los jóvenes en el
periódico".
Si se ve una
foto de Zabala, de traje entero, caminando por
las estrechas calles, da la impresión de esos
viejos actores ya sin papeles estelares. Sin
embargo la realidad es otra, día a día, durante
más de dos años, corrige y aconseja de manera
directa incluso indirectamente con su
ejemplo y actitud a un muchacho que
cuarenta años después hará una breve alusión
de su convivencia con él en el prólogo de El
amor y otros demonios.
Para entonces el
joven escritor de los cuentos bogotanos fue
cambiado el lenguaje fantástico y metafísico de
sus primeros cuentos, gracias a la fértil
convivencia con sus amigos cartageneros, con
quienes leía y discutía sobre Faulkner y
Virginia Woolf, entre muchos otros, determinantes
en el descubrimiento de la voz personal del
aprendiz. Ramiro de la Espriella, otro amigo
entonces dice: "Leíamos Orlando y Al
Faro de Virginia Woolf, y de pronto García
Márquez se detenía en un párrafo para
exclamar: "Esta mujer es mucha vieja
macha", y me releía en voz alta, lo mismo
pasaba con Dos Passos y Faulkner." En julio
de 1949, también muchos estudiantes de Derecho
de la Universidad de Cartagena se ensayarían
como oradores reales en el reinado estudiantil
que solía realizarse, García Márquez
pronunció el discurso de coronación.
Para esa ya ha
escrito su primera novela, a la que luego hará
correciones, ajustes, pero el magma siguió
siendo el mismo. "En 1950, cuando yo estaba
en Barranquilla (para ser francos, fue en
Cartagena, pero a los cartageneros no los cito
porque son cachacos) escribí La Hojarasca
en el reverso de unos boletines de aduana
aburridísimos", dice Gabo. Por su parte
Ibarra Merlano, comenta que un día García
Márquez se apareció por su casa del Pie del
Cerro, en esa ocasión, le mostró un fajo de
papeles, los orginales de La Hojarasca.
Ibarra, que tenía muy honda familiaridad con la
literatura griega, leyó la novela con un
entusiasmo que creció al final de la lectura
cuando advirtió el parentesco de sus elementos
con los de la obra de Sófocles. La sorpresa, era
aún mayor, pues García Márquez no había
leído por entonces a Sófocles. La sorpresa de
García fue también enorme, "Entonces
señala Ibarra fue cuando para
prevenir suspicacias decidió escribir el
epígrafe de Sófocles en La Hojarasca.
Uno de los
hechos que muestra la expresión humorística del
grupo de Cartagena es la invención de un poeta
imaginario: César Guerra Valdez. Todos, desde
Zabala hasta Ibarra Merlano, pasando por García
Márquez y Rojas Herazo, participan en la
travesura periodística que buscaba sacudir el
tedio parroquial de la ciudad. Le hacen
entrevistas al escritor imaginario, y escriben
poemas para él, aplican la treta técnica de
otorgarle datos cronológicos en forma estricta
para reforzar la imagen de veracidad.
Jorge García
Usta resalta en su libro la importancia de esta
convivencia: "Esos cuatro amigos de fines de
los cuarenta estaban cuajando un nuevo salto.
García Márquez se aparecía por la casa de
Ibarra: 'Bueno, estudiemos hoy a Gabriel Marcel,
a Huxley'. En otras ocasiones eran Melville y los
otros novelistas norteamericanos del siglo pasado
o Sartre y la tropa existencialista. El ya
conocía a Faulkner y a Virginia Woolf. Andaba
con todos esos libros anotados, subrayados, pues
los sometía a un minucioso proceso de desmonte.
Se le veía estudiando el punto de vista, el
monólogo, todas las grandezas y minucias de la
pura técnica novelística... Dice Ibarra:
"Lo que pasaba con estos dos Rojas
Herazo y García Márquez es que ellos iban
a los libros para corroborar lo que ellos sabían
o intuían. No eran sujetos librescos. Les
interesaba vivir, vivir en profundidad. Averiguar
el mundo esencial, no sus formas diletantescas y
erúditas...".
García
Márquez, Héctor Rojas Herazo, e Ibarra Merlano,
cuando se encuentran en Cartagena, en El
Universal, son artistas desprotegidos,
marginales, poseedores de una cultura viva,
diversa y universal. Juntos frecuentan a menudo
el amanecer en medio de la charla espaciada y la
cerveza peripatética de Zabala. Los lugares de
amanecida son varios, entre ellos el Muelle de
los Pegasos, tal como lo recuerda García
Márquez "con sus veleros de mala muerte,
que iban resucitando a medida que aumentaba la
madrugada. Nunca podré olvidar en el resto de mi
vida aquellos amaneceres irreales de mi juventud,
siempre recordaré el loro que adivinaba el
porvenir en la casa de camas alquiladas de
Matilde Arenales, de las jaibas que se salían
caminando de los platos de sopa que servían en
las fondas marinas del mercado, del viento de
tiburones, los tambores remotos, la luz amarga de
los primeros días de abril...". El otrora
muchacho, años después dirá también en una
nota de 1981:
"... Para
mí el rincón más nostálgico de Cartagena de
Indias es el Muelle de la Bahía de las Ánimas,
donde estuvo hasta hace poco el fragoroso mercado
central. Durante el día, aquélla era una fiesta
de gritos y colores, una parranda multitudinaria
como recuerdo pocas en el ámbito del Caribe. De
noche era el mejor comedero de borrachos y
periodistas. Allí estaban, frente a las mesas de
comida al aire libre, las goletas que zarpaban al
amanecer cargadas de marimondas y guineo verde,
cargadas de remesas de putas biches para los
hoteles de vidrio de Curazao, para Guantánamo,
para Santiago de los Caballeros, que ni siquiera
tenía mar para llegar, para las islas más
bellas y más tristes del mundo. Uno se sentaba a
conversar bajo las estrellas de la madrugada,
mientras los cocineros maricas, que eran
deslenguados y simpáticos y tenían siempre un
clavel en la oreja, preparaban con una mano
maestra el plato de resistencia de la cocina
local: filete de carne con grandes anillos de
cebolla y tajadas fritas de plátano verde. Con
lo que allí escuchábamos mientras comíamos,
hacíamos el periódico del día siguiente."
Esa fue "La
cueva" que conoció García Márquez en los
años de formación literaria, cuando buscaba
ambientes bohemios que le permitieran la
expresión de su espíritu abierto y propicio al
relato. Allí se bebía y comía sobre mesones al
aire libre, en compañía de pescadores,
prostitutas, vagos y algunos empleados e
intelectuales. Era el reino de Juan de las
Nieves, esa especie de Catarino negro, un
cocinero de fábula, que, como lo recordaría
García Márquez, "hacía los mejores
patacones del mundo". Mientras, el maestro
Zabala pedía su primera cerveza, mirando en
silencio a su alrededor.
Periodista de su
época, Clemente Manuel Zabala no renunció
tampoco al ejercicio de una bohemia nocturna que
había practicado en Bogotá y Barranquilla, y
continuó ejerciendo cuando llegó a Cartagena.
Así, pues, alegre y bebedor peripatético de
tiendas, Zabala acostumbraba a cerrar el
periódico todas las noches antes de irse a beber
en "La cueva" en el mercado público.
Ibarra Merlano
recordará a Gabo en Cartagena, caminando por el
muelle, sin un peso en el bolsillo, con su bigote
ralo, su cabeza angulosa, y sus camisas color del
trueno, "como un rey, como si el mundo, todo
el mundo, le perteneciera". Años más
tarde, Rojas Herazo, desconcertado por alguna
actitud del viejo amigo de vida y aprendizaje,
sin embargo, también recordará a García
Márquez, con una voz invicta ante el olvido:
"Era de una dignidad tremenda, jamás le
pidió nada a nadie".
Los tres amigos
deambulaban por las calles y los parques, en uno
de ellos, en el parque de El Cabrero les
ocurrirá un episodio sumamente extraño a los
tres, algo como una epifanía. Estaban sentados
en una banca, cuando de pronto, atraídos por una
irresistible sensación, se voltearon a mirar en
silencio hacia la puerta del patio de una casa
enorme y de apariencia abandonada. Y un flujo de
brisa sonora, un instante de incomprensible
evasión sensorial, los ató y desató, y los
devolvió exhaustos al mundo real. "Siempre
me pareció que aquello fue un llamado. Y fue lo
que dije", decía Ibarra Merlano.
El Gabo que
abandona Cartagena para irse a Barranquilla y
luego a Bogotá, no es ya el joven preso en la
vorágine kafkiana de Ojos de perro azul,
ni en el jardín piedracelista, un movimiento
poético en boga para entonces. El Gabo que deja
Cartagena es un escritor poseedor de una voz
fundante, ya no insinuada en tonos menores; es
una voz con todos sus matices, que encontró en
Clemente Manuel Zabala, y en sus amigos,
soluciones fundamentales para poder usarla en
tono mayor.
Una cosa
indiscutible son los logros personales de un
escritor, otra muy distinta es la justa
valoración histórica y conocimiento real de un
fenómeno cultural, como el proceso formativo de
un escritor. Eso es lo que encontramos en este
libro de García Usta. Por años hemos hablado
merecidamente del grupo de Barranquilla, pero a
costa del silencio galáctico sobre una
generación, la de Cartagena. ¿Fue el grupo de
Barranquilla contrario al de
Cartagena la invención y sobrevaloración
de un falso mito?, al conocer las tesis expuestas
en el libro de García Usta, a nosotros los
lectores nos queda una duda incómoda, el roce de
una puntilla mal sembrada en la suela de los
zapatos.
Para la
historia, la vida no es sólo lo que recordamos
de ella, esa postura favorece a los vencedores,
nos lleva a ser injustos con el tiempo que nos
tocó vivir. Es como si en la cabeza de uno las
barajas del tiempo confundieran sus cartas, a
nuestro acomodo. ¿Discusión bizantina?, no es
el sexo de los ángeles, no es la mortalidad o
inmortalidad del cangrejo, el huevo o la gallina;
es un ejercicio investigativo históricamente
necesario para entender a cabalidad las
circunstancias de un corpus literario, de un
mundo.
Leyendo esta
investigación de García Usta, uno comprende que
Gabo tuvo las clases en Cartagena, y el recreo en
Barranquilla; y todos recordamos con más agrado
los patios que los salones. El de Barranquilla,
con el escritor Alvaro Cepeda, el pintor
Alejandro Obregón, Ramón Vinyes, Alfonso
Fuenmayor y Germán Vargas, entre otros; fue un
grupo importante en el desarrollo del escritor,
además, cada quien tiene derecho a sus
afinidades electivas, el alma tiene necesidades y
gustos legítimos; pero la búsqueda de justicia
en la historia es otra cosa, y en derecho,
justicia es dar a cada quien lo que le
corresponde. Con el grupo de Cartagena, pasa lo
del refrán: "Cuando el peligro ha pasado,
el santo es olvidado."
Jorge García
Usta, remata la investigación de este período
cartagenero diciendo: "Zabala morirá solo
en la habitación de un hotel del centro de
Cartagena, víctima de una afección cardíaca.
Algunos amigos, entre ellos Rojas Herazo, velaron
el cuerpo; otros pronunciaron discursos en el
cementerio y escribieron notas elogiosas en los
diarios.
Pocos meses
antes de morir, al leer un comentario de prensa
que hablaba con admiración de Gabriel García
Márquez y Rojas Herazo, Zabala con los ojos
brillantes, la mesura y el tono enfático y un
poco enredado de siempre, le dijo al periodista
Felipe Santiago Colorado:
"¿Te has
dado cuenta, andino? Yo tenía razón."
* John
Jairo Junieles es
abogado, escritor y periodista. Autor de Temeré
por mí al final de estas líneas, prosa
poética; Papeles para iniciar el fuego,
poesía; Con la luz que me queda basta,
cuentos, y Hombres solos en la cola del cine,
novela. Ha sido redactor de El Universal de Cratagena, y de otros medios. Ha
obtenido los premios nacionales de cuento de la
Universidad Metropolitana de Barranquilla, y
Externado de Bogotá, donde vive. Esta es su
primera colaboracion para Sala de Prensa.
**
Jorge García Usta
es escritor y periodista colombiano, autor de Noticias
de un animal antiguo, poesía, y Diez
juglares en su patio, reportajes sobre
figuras destacadas del folclor colombiano. Vive
en Cartagena de Indias. Ha sido editor de El Universal y de El Periódico, en
Cartagena.
|