Modernidad
mediática:
la lectura del mundo a través de la imagen
Nelson
González Leal *
La
lectura del mundo se hace a partes iguales, desde
la palabra que enuncia los hechos a realizar para
la conformación de sus posibilidades o que
relata los pormenores de cada realización como
testimonio siempre en el marco de un futuro
de principio improbable- y desde la imagen que
estos hechos generan como representación de lo
conformado o accedido. El equilibrio entre estas
partes garantiza la presencia del sentido para la
comprensión del mundo, o por lo menos, para la
decodificación de las claves que estructuran sus
mensajes. La palabra que enuncia o relata y la
imagen que representa, constituyen el soporte
primario y primordial de la lectura del mundo
como espacio de actividad humana, por ello el equilibrio
refiere siempre correspondencia semántica,
aunque no exclusivamente, puesto que el espacio
de actividad humana constituye como
sabemos- un espacio social, cuyo soporte descansa
o se afinca en lo societario como mecanismo de
relación y desarrollo armónicos; vale decir:
como balanza de fuerzas entre lo individual y lo
colectivo, o mejor, como balancín de volatinero,
para emplear una figura que quizás se ajuste con
mayor propiedad al caso, pues remite a la
ciertamente tensa e inestable relación que la
actividad humana establece con el espacio social.
De esta manera
comprendemos cómo el equilibrio entre las partes
que permiten la lectura del mundo como espacio de
actividad humana está sujeto a la conformación
de una estructura sociocomunitaria que debe estar
ordenada o distribuida en distintos y relevantes
niveles de participación, compromiso y
responsabilidad social, para garantizar su
correspondencia dialéctica. He aquí otra de las
correspondencias a la que refiere el equilibrio
entre las partes: la dialéctica, entendida
como el impulso natural que sostiene y guía al
ánimo en la investigación de la verdad, o
mejor, en la búsqueda de la fehaciencia, tanto
para los enunciados o relatos de la palabra como
para las representaciones de la imagen.
Sin duda, ambas
correspondencias la semántica y la
dialéctica- resultan necesarias para lograr la
estabilidad relacional entre la actividad humana
y el espacio social, es decir, para otorgar
sentido al mundo. Ahora bien, queda por asomar un
tercer instrumento de tensión entre lo
individual y lo colectivo, en tanto, como los
anteriores, su práctica otorga significado y
valor a la lectura del mundo.
Hacia
el replanteamiento ético
En la actual
situación de vacío de sentido en la que nos ha
colocado la modernidad mediática, merced a la
demasía en contenidos plagados de
superficialidad ideológica y estética y de
respuestas simples y exentas de compromiso y
responsabilidad socio-comunitaria, con el
objetivo de convertir al hombre en un ser
existencialmente angustiado, incapaz de
incentivar procesos de exigencia reflexiva o
creativa y de ubicarse con propiedad en lado
alguno, como no sea en el de su recalcitrante
individualismo o en cualquier otro que no
signifique arraigo o compromiso definido, es
indudable que se requiere de un instrumento que
afine el espíritu inquieto y combativo del ser
humano, que impulse su necesidad y capacidad de
plantear preguntas, que lo aleje de esa forma de
leer el mundo impuesta por la cultura
globalizada, peligrosamente positiva,
complaciente y uniformadora.
Resulta evidente
que nuestro mundo actual está lleno de paradojas
y de ideas extrañas que potencian la
fragmentación de la conciencia colectiva e
individual, la quiebra del espíritu crítico y
la entronización de dioses neomodernos, llenos
de falsedad y olvido. Ante esto, la lectura del
mundo se torna complicada, difícil y, a veces,
irreal, pero sobre todo carente de significado y
valor, aun por sobre la correspondencia
semántica y dialéctica que pueda existir entre
la palabra que enuncia y relata y la imagen que
representa. Por ello resulta indispensable contar
con un tercer instrumento de fuerza entre estos
componentes, un instrumento que, primero, permita
al hombre comprenderse a sí mismo mediante la
precisa y creativa valoración de sus
potencialidades, más que de sus necesidades, y,
segundo, que oferte a la sociedad un modelo de
sujeto capaz de convertir el marco de la
relación actividad humana-actividad social en un
inventario de actividades libertarias, de orden
comunitario y de creativa racionalidad y no en un
manual de procedimientos prohibitivos.
Pero, ¿acaso no
resulta este planteamiento de igual manera
contradictorio y extraño frente a la falta de
fundamento y al vacío de sentido de este nuevo
mundo moderno? Pues, realmente no, puesto que
invita al rescate de la idea de sujeto combativo,
irreductible, potenciado en sus posibilidades
creativas y dispuesto a jugársela en conjunto
frente al desamparo que han significado los
sistemas de vida generados por la modernidad
mediática, que ofertan un futuro donde el vivir
será un ir a la deriva en distracción y
entretenimiento continuos, para, una vez
instalados en ese espacio, distraídos de la
esencia y el fundamento por el delirio de la
novedad tecnológica y el poder del dinero,
colocarnos en el sendero de la mimesis
domesticadora y banalizante, frente a lo cual
sólo existe un antídoto: el replanteamiento
ético de los valores que la modernidad
mediática ha vaciado de sentido. Y he allí,
justamente, la tercera correspondencia necesaria
para lograr el equilibrio que posibilite leer el
mundo con propiedad, la ética.
La
estetización banal del anhelo de verdad
Correspondencias
semántica, dialéctica y ética de la palabra
que enuncia y relata y de la imagen que
representa, resultan imprescindibles para
armonizar y dar sentido al espacio de actividad
humana, a su plataforma social y al mundo que las
contiene y elabora sus mensajes en función de un
ejercicio de convivencia comunitaria y de
búsqueda de desarrollo y crecimiento real.
El asunto es
simple: para estar a tono con el proceso de
modernización, el llamado de los Medios de
Entretenimiento de Masas (MEM) es a la conciencia
económica y a su carácter pragmático
utilitario, para lograr la inmediata
identificación de la realidad verdadera
(la sociocomunitaria, con sus valores de
integridad, pertenencia y solidaridad, y sus
conflictos ciertos, como el de cambio y
liderazgo) con la apariencia de realidad
(que reduce todo al éxito económico), y, en
consecuencia, producir un vacío de sentido
ético, dialéctico y semántico, en tanto su
fuerza representativa coagula la percepción
(cambia el valor de las necesidades básicas por
el de necesidades creadas e introduce antivalores
como la ubicuidad moral y el individualismo, en
función de la apariencia de crecimiento
socio-económico). Esta estrategia, apoyada por
la perfección del discurso publicitario, ha
logrado, por ejemplo, que la sociedad
latinoamericana entronice realidades ajenas a su
certidumbre y cree una religión neomoderna, la
de la adoración del éxito, representado por la
mayor acumulación de dinero y por una
estetización banal de la vida, que se impone
mediante el consumo masivo, de carácter
conformista.
Esta estetización
banal de la vida pasa por la creación de un mundo
de apariencias donde nada de lo que se ve es
lo cierto, aunque se transforma en anhelo de
verdad dentro de la conciencia individual y
colectiva, puesto que es lo que se ve y lo que se
referencia como gratificación social. Ello la
establece como esa paradoja moderna denominada
por el pensador francés Antoine Compagnon como
"feria de las ilusiones", donde el
mercado mediatizador de la calidad del contenido
conceptual estableció su dominio.
La
imagen ideologizante
El dominio de la
mediatización conceptual es el campo abonado
para la pérdida de sentido crítico y para la
imposición de una lectura del mundo sujeta a una
iconolatría exenta de esencialidad ética.
Aquellos que argumentan la pérdida de sentido en
la distinción realidad-representación, olvidan
que los sistemas simbólicos mediante los que se
ordena la modernidad mediática fomentan uno de
los esquemas de vida más alarmantes para la
humanidad, el de la gratificación inmediata,
mediante el consumo desaforado y la creación
indiscriminada de falsas necesidades y, por
tanto, de una devastadora angustia existencial.
Aciertan, sí, al advertir que la realidad
neomoderna se ordena a partir de la imagen; es
decir, que el mundo actual es más leído a
través del símbolo iconográfico que de la
palabra. Por ello, resulta imprescindible
comenzar a distinguir esa incondicionalidad hacia
ese sistema que establece como la mejor
alternativa para la comprensión del mundo a la
industria de la imagen. No debe olvidarse que la
maquinaria principal de esta industria es
engrasada por los MEM, quienes han sustentado la religión
de la apariencia, y quienes, además, junto
al Mercado, precisan del establecimiento de una
conciencia acrítica y vacía de referentes
éticos, para imponer sin resistencia su modelo
de vida cool e instaurarlo como el estado
natural de la sociedad.
En este marco
sociocultural mediático la representación de la
realidad a través de la imagen no ha perdido
valor, no se trata de eso; es sólo que ha
cambiado su sentido: ahora la imagen se ha
tornado ideologizante, es decir, se ha convertido
en un mecanismo de representación de prácticas
sociales, políticas y culturales que ocultan las
contradicciones reales que inciden en la
conformación de la sociedad. Se quiere que el
sistema de representación mediático produzca
realidad, pero una realidad vacía de sentido
crítico, de esfuerzo interpretativo y de aliento
creador. La consigna mediática neomoderna es la
vacuidad, la torpeza conceptual, el
derrumbamiento de la resistencia moral, con el
fin de engendrar la angustia y obligar a la
humanidad a moverse en el espacio de la
distracción.
La
posibilidad para el cambio
En el sentido
vacuo de la imagen que representa influye la
cultura cool y el sentimiento fashion.
El encerramiento de la imagen en un estudio con
el objetivo de modelar su significado y erigirla
en absoluto referencial atenta contra los
principios y los fines de la inteligencia y de la
voluntad: desaparece el ser bajo modelos
preceptivos, se desvanece, incluso, el valor de
originalidad ante un afán de dominio que se
sirve de todo para construir realidades nuevas
que signifiquen o propongan esquemas de vida
insustanciales.
Ante ello queda
la posibilidad de la imagen directa, sin más
ingerencia que la de la realidad misma y su
natural acción comunicativa y de la
interpretación estética de quien la produce,
que no debe estar vacía de sentido ético,
dialéctico y semántico. Así, la imagen se
produce no como absoluto referencial, sino como
discurso representativo, y aun interpretativo,
del espacio humano y de sus estados de tensión
con el espacio social, para evitar el repliegue
sobre sí misma y proponer la contemplación y la
búsqueda del sentido de trascendencia del hombre
y su ser social. La imagen, en suma, concebida no
como concepción de un universo ideal, sino como
representación crítica, con verdadera y
necesaria correspondencia ética, semántica y
dialéctica con lo cotidiano.
*Nelson
González Leal es
columnista del semanario político El Clarín (Cumaná, Edo. Sucre) y corresponsal en
el Estado Zulia de un semanario de sucesos
capitalino. Dirige y edita la revista
electrónica de periodismo, arte y literatura El Asombro Inútil. Se ha desempeñado, además, como
Subdirector de Literatura del Consejo Nacional de la
Cultura de Venezuela y como
Coordinador General de la Fundación de Estudios
Políticos "Luis Gómez". Es colaborador de Sala de Prensa.
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