Hans Ulrich Gumbrecht
¿Qué
pueden aportar las Ciencias de la
Comunicación
a la formación de periodistas?
Ana
María Rivera y Claudia González Costanzo *
Hans
Ulrich Gumbrecht, nacido en 1948 en Würzburg,
Alemania, y doctorado en la Universidad de
Constanza en 1971, es actualmente profesor en el
Departamento de Literatura Comparada de la
Universidad de Stanford, fue director del
Comité de Conferencias y Simposios de esa
Universidad y es miembro de la Academia Americana
de Artes y Ciencias. Recientemente pasó por
Montevideo, en donde participó de una serie de
actividades de su especialidad. Radicado
actualmente en Estados Unidos, se desempeñó en
el pasado en las Universidades de Constanza,
Bochum y Siegen, fue profesor visitante e
invitado en diversas Universidades europeas y
americanas, y ha sido distinguido con varias
menciones honoríficas en Virginia, Washington y
Stanford. Su vasto trabajo académico incluye
publicaciones sobre historia de la literatura,
literatura española, la cultura medieval, los
medios de comunicación, el cuerpo y el deporte.
 - Profesor
Gumbrecht, me gustaría que conversáramos sobre
la conformación de los espacios académicos
dedicados a las comunicaciones; es decir, en su
opinión, ¿cómo pueden vincularse la
universidad y el fenómeno
"comunicación"? ¿Cuál es el ámbito
y cuáles los limites de las Ciencias de la
Comunicación?
- En
Estados Unidos Ciencias de la Comunicación es
una forma de designar los estudios de periodismo.
Para contextualizarlos me parece pertinente tener
en cuenta que es uno de los tres topoi en
los que se ve claramente una ebullición dentro
del mundo de las Ciencias Humanas; esos topoi
son Literatura Comparada, Cultural Studies
y Comunicación.
La Literatura
Comparada surgió, al final del siglo XIX, de la
observación de las restricciones que presentaba
el estudio de las literaturas nacionales. Estas
habían surgido de una situación histórica muy
específica, dentro del contexto romántico. El
primer documento de esas disciplinas son los
cuentos de los hermanos Grimm. Trabajaron sobre
el presupuesto de que el registro del folklore
existente permitía acercarse a la esencia (Wesen)
de la nación.
Como toda cosa
que tiene comienzo histórico también debe ser
capaz de, o al menos amenaza ahora con, tener un
fin histórico; debemos aceptar la idea de que,
quizá, las disciplinas académicas dedicadas a
la literatura hayan alcanzado o vayan a alcanzar,
un día, su fin.
Ahora, desde la
perspectiva comparativa importa menos si una obra
pertenece a la literatura alemana, española,
etc.; es la obra y la posibilidad de ponerla en
contacto con cuestiones filosóficas y teóricas
la que me interesa o no me interesa. Por lo menos
en Estados Unidos, entre los que eligen
Humanidades, son los estudiantes no graduados
menos cualificados los que prefieren
especializarse hoy en una sola visión cultural
(alemana, francesa, etc.) aunque siempre hay
excepciones; pero los más interesantes
normalmente eligen disciplinas que obligan a
establecer relaciones, como Comunicación o
Literatura Comparada. "Literatura
Comparada" también es una fórmula que
permite dar cabida a lo que no tiene todavía
lugar dentro del espacio estrictamente definido
de otras disciplinas. Por ejemplo, en Estados
Unidos la llamada "Filosofía
Continental" (con el tratamiento de autores
como Nietzsche o Hegel) tiene su asiento, muchas
veces, en los departamentos de comparada porque
los departamentos oficiales de filosofía se
dedican exclusivamente a la filosofía
"analítica" (de tradición
anglosajona). Cualquier cosa que no tenga una
"casa" fija dentro de las Ciencias
Humanas, puede ser tratada en los departamentos
de comparada. No es una solución al problema
pero es una alternativa para este momento de
transformación.
El atractivo de
los Cultural Studies para los profesores y
para los alumnos de literatura resulta, creo, de
nuestra frustración colectiva de inventar un
concepto metahistórico y transcultural de
"literatura". Como no se consiguió, el
concepto mas amplio de "cultura"
parecía ser una sustitución bien práctica.
Pero esto implica un problema conceptual porque
"cultura" quiere decir cualquier cosa o
absolutamente nada. El resultado -del que puedo
hablar porque lo veo- ha sido facilitar un
diletantismo demasiado grande. En segundo lugar,
los Estudios Culturales me parecen problemáticos
porque son muchas veces un "caballo de
Troya", debido a que vienen impregnados de
un marxismo que a mí me parece rancio.
En el concepto
de "comunicación" veo dos problemas
diferentes, aunque no son aporéticos. Uno es
preguntarse si hay algo que no esté abarcado por
el concepto de "comunicación". El otro
problema es institucional dado que este espacio
está ocupado por una tradición de periodismo,
contra la que nada tengo, pero que encuentro muy
poco interesante. Y además mi experiencia es que
los mejores periodistas no tienen formación en
Ciencias de la Comunicación; son gente cultivada
que, por una razón u otra, comienzan a escribir
para los medios.
 -
¿A qué se debe que los mejores periodistas no
sean los que tienen una formación específica en
periodismo?
- Para escribir
sobre un tema, en primer lugar, hay que saber
mucho acerca de él. Yo mismo no soy periodista,
pero en un momento en que necesitaba dinero
comencé a escribir para el Frankfurter
Allgemeine Zeitung, quizá el diario más
prestigioso de Alemania. No tengo formación
periodística, pero sí sé sobre los temas de
que escribo. Si quiero escribir sobre Goethe, no
necesito tomar un diccionario para saber quien es
Goethe. En segundo lugar está la cuestión de si
se puede o no aprender a escribir. Creo que, al
igual que ser un buen profesor, esto depende,
sobre todo, de un talento natural. También creo
que se puede mejorar como profesor, pero ese
talento -para escribir o para enseñar- de
partida es necesario. La tercera cuestión tiene
que ver con una "movilización
intelectual": El buen periodista es el que
está siempre atento a todo lo que ocurre,
descubriendo en la cotidianidad lo que puede dar
lugar a un artículo o a una investigación
periodística; el buen periodista va por la calle
y quiere tomar apuntes... Y esto es algo que
depende de una chispa interior, que difícilmente
"se aprende". Lo que hace un periodista
realmente bueno es siempre imprevisible; y esto
no predomina en los periodistas con formación
específica.
No creo que se
pueda constituir una Ciencia de la Comunicación
sobre esta confusión entre una disciplina
teórica y la formación periodística. La
Ciencia de la Comunicación que a mí me interesa
sería una asignatura próxima a la Filosofía de
la Lengua. Esto implica que la disciplina no
está atada a ninguna profesión concreta. Esto
es semejante a la idea del college: la
gente que egresa del college de Stanford
no tiene una formación profesional específica,
pero obtiene excelentes empleos porque se sabe
que son personas muy calificadas, que han pasado
por una intensa "gimnasia intelectual"
durante cuatro años y están calificados para
desempañar múltiples tareas. Lo importante es
que, para empezar, se dediquen a algo que no
tenga "aplicación práctica
inmediata".
A mí me
gustaría una Ciencia de la Comunicación dentro
de la cual se pudiera plantear, por ejemplo, la
pregunta de si la tecnología de la
comunicación, en realidad, puede constituir la
continuación de la evolución biológica humana.
Son preguntas de este estilo, imposibles,
las que debemos plantearnos. Me parece que, en
general, esa es la importancia de las
Humanidades: se ocupan de lo que no tiene
aplicación. Es necesario que exista un sector de
la Universidad que sea puramente problematizador.
Es la antigua función de la Filosofía.
 - Se ha
definido a la técnica como inteligencia
práctica, pero creo que ahora, por primera vez,
estamos produciendo un conocimiento descartable.
Por ejemplo, pasamos mucho tiempo para aprender a
usar diferentes paquetes informáticos y resulta
que estos ya fueron sustituidos por otros antes
de que acabáramos de aprender a usar los que,
una vez conocidos, resultaron obsoletos. Esto se
combina con una oferta de tecnología que se
administra en función de los intereses de
quienes la venden y hacen a los compradores
dependientes no sólo de la tecnología sino de
los criterios de distribución de sus productores
como, por ejemplo, ocurrió con las normas de
vídeo y TV. Así, el permanente reciclaje de
personas en el uso de las novedades técnicas
lleva, simplemente, a dejar a estas personas por
fuera de lo que realmente pasa en el sistema. Lo
que se presenta como motivado por un afán de
bien público se constituye, en realidad, en la
creación de las condiciones necesarias para
aumentar el consumo.
- Estoy
en parte de acuerdo contigo y en parte no. El
correo electrónico, por ejemplo, insume mucho
tiempo y obliga a una continua respuesta sin que
ofrezca verdaderos beneficios; yo, en muchos
casos, prefiero la carta tradicional al mail.
Por otro lado, hay hechos que parecen formar
parte de un proceso de evolución, como el hecho
de que mis hijos consulten una enciclopedia
electrónica en vez de varios tomos de
papel. Sí, es problemática la adicción que los
medios electrónicos generan en alguna gente.
Pero básicamente se trata de una cuestión de marketing,
que es la misma con cualquier producto, tanto con
la tecnología de la comunicación como con los
autos. El mercado produce un deseo para que el
mercado continúe. No creo que sea
cualitativamente diferente de otros fenómenos de
mercado.
Algunas cosas
cambiaron merced a la comunicación tecnológica,
otras no. Como escuché decir a un joven
periodista, cuyo padre también lo fue años
atrás: lo esencial de su tarea es igual para él
que para su padre. Sí, los medios electrónicos
han tenido una incidencia radical en otros
campos, como en la Bolsa de Valores. Esta es una
incidencia negativa, porque la celeridad de la
información hace más probable una crisis como
la de 1929. En Estados Unidos hay una
legislación para esto: cuando empiezan estas
reacciones en cadena la Bolsa se detiene por un
día. A mí me parece tan trivial decir que toda
innovación tecnológica es horrible y peligrosa,
como decir que todo está bien. Mi vida no ha
cambiado radicalmente a consecuencia de las
transformaciones tecnológicas: utilizo ahora mi
computadora como antes usaba mi máquina
eléctrica de escribir. Hay quienes, en medio de
un conjunto de personas que andan de aquí para
allá con su microcomputador, se sienten como el
idiota del pueblo. Yo no, me siento con una
actitud pasada de moda, como Platón en el siglo
XXI.
 - De
Platón bien se podría ir a alguien que se
ocupó de recuperar su modo de leer; de alguien
que, hasta su reciente fallecimiento, además y
en medio de la contemporánea crisis de la
noción de verdad, ha sido una especie de isla,
tal vez una esperanza de reconciliación con el
saber, con la posibilidad de acceder al saber. De
algo un poco menos incierto que constreñirse a
las preguntas aporéticas. ¿Qué es Hans Georg
Gadamer para Hans Ulrich Gumbrecht?
- Yo
tengo una doble genealogía académica. La
oficial me hace descender, académicamente, de
Gadamer porque mi orientador, Hans Robert Jauss,
fue alumno de Gadamer. Pero la otra genealogía
se remonta a Husserl (dependiendo de quien fue mi
profesor de Sociología, Thomas Luckmann); y yo,
un poco por rebeldía, prefiero esta otra
genealogía, no oficial. Mucha gente me dice que
se me ve con un gesto fenomenológico en mi
línea de argumentación.
En Constanza,
donde me doctoré en el año 1971, mucha gente,
incluso gente que personalmente me caía mucho
mejor que mi orientador Jauss, teorizaba tanto y
tanto sobre el hecho literario que se perdía el
espacio para el encuentro primario con los
textos. Hoy, en mis clases, más que proponer
interpretaciones, trato de promover el encuentro
del estudiante con la complejidad del saber, de
alentar un acto de libertad en vez de una
consagración de mi autoridad, continuamente
evocada. En este sentido, soy no-hermenéutico, y
no soy gadameriano.
Pero, en cierto
modo, puede decirse que sí soy un gadameriano en
segundo grado. Voy a explicar esto. Hace quince
años, cuando estaba todavía en Alemania, un
día invitamos a Gadamer a nuestra pequeña
Universidad. ¡Me impresionó tanto en el trato
personal! Entonces entendí por qué creyó tanto
en el consenso. Es que él era tan charmant,
tan encantador, que era imposible contradecirle.
Su confianza en el consenso debió estar basada
en su experiencia personal. Hasta su muerte, a
los ciento dos años, desplegó una lucidez
intelectual y un calor fascinantes.
Es interesante
saber que el único gran libro que Gadamer jamás
escribió, Verdad y Método, era una clase
magistral que había dado durante muchos años y
que, por propaganda oral, se había hecho famosa
en Alemania. Muchos, muchos estudiantes
asistieron a esta clase aunque Gadamer, ya a los
sesenta años, no era aún un filósofo muy
conocido; había publicado poco. Este libro es,
pues, un conjunto de notas de una clase
magistral.
Para mí lo más
interesante de Gadamer es la incorporación de un
tipo de filosofía como forma de vida. El
diálogo, su tipo de diálogo como práctica
vital es una producción constante de
complejidad; cada consenso es solo el punto de
partida para otro disenso, etc., etc. Este es un
estilo con el que me gustaría muchísimo
identificarme. Por eso dije "gadameriano de
segundo grado". Lo que estamos haciendo, en
este momento, este diálogo en el que ahora me
siento tan a gusto que podría continuar por
largo tiempo, es gadameriano. Veía a Gadamer una
vez al año y hablábamos, hablábamos,
hablábamos. Sinceramente, me encantaban esos
coloquios, porque me gusta la posibilidad de
plantear cosas imprevistas, de arriesgar
soluciones provisorias para luego seguir la
discusión. Esto, para mí, fue Gadamer. Me
interesa la Hermenéutica, no tanto como
subdisciplina filosófica que se ocupa de la
interpretación de textos, sino la hermenéutica
como una forma de vida.
* Ana
María Rivera y Claudia González Costanzo son egresada y profesora,
respectivamente, de la Licenciatura en Ciencias
de la Comunicación de la Universidad de la
República, en Uruguay. La
entrevista fue realizada durante el coloquio
"Las comunicaciones en el siglo XXI"
que tuvo lugar en la antesala de la Cámara de
Representantes, donde el profesor Hans-Ulrich
Gumbrecht fue el conferencista inaugural. Este
texto fue publicado en Bitácora, el 15 de mayo de 2002, y compartido
con Sala
de Prensa por su
editor.
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