Opinión
versus Información: nuevas formas
de consumo, viejos métodos de producción
Toni
André Scharlau Vieira *
En
los últimos años las empresas periodísticas
han invertido fuertemente en la consolidación de
la imagen de formadoras de opinión. Los medios
buscan contratar profesionales reconocidos en el
mercado para traer más credibilidad
para las publicaciones. En muchos casos la
búsqueda por información a través del llamado
esfuerzo de reportaje acaba siendo substituido
por un nombre reconocido en el mercado. Se paga
grandes sueldos para especialistas famosos y se
crean cargos de reporteros
multifunción. En la televisión ellos
llegan a manejar el auto, cargar la cámara,
hacer las imágenes, entrevistar y, después,
editar el contenido. En suma, los medios optan
por ampliar el espacio de la opinión expresa y
disminuir las inversiones para los llamados
esfuerzos de reportaje.
Además del
simple movimiento empresarial en busca de
aumentar las ganancias, estos hechos también
demuestran un nuevo momento o un
redimensionamiento de la polémica entre
información y opinión. Puede ser que todo no
pase de una cuestión de marketing, de política
empresarial. Pero todo indica que la cuestión es
más amplia, se trata de un cambio de modelo, de
forma administrativa y, sobretodo, de práctica
profesional.
Junto con el
debate profesional y empresarial que el aumento
del espacio de opinión revela, surge, también
la polémica respecto de la propia naturaleza del
opinar. Hay quien dice que el espacio de la
opinión debe restringirse a los editoriales,
como máximo sería permitido a los columnistas
de las publicaciones el derecho de expresar sus
ideas y análisis sobre la realidad.
No se puede
olvidar que el esfuerzo de varios estudiosos del
periodismo para establecer reglas y patrones de
producción periodística es bastante antiguo.
Varios historiadores certifican que la polémica
dicotomía periodística información versus
opinión ya era vivida por Marx, Zola, Sighele,
Schopenhauer y Balzac. La propia división entre story
y comment, característica de la
tradición periodística anglosajona, demuestra
la necesidad que, desde la revolución
industrial, los productores de periodismo veían
de crear una separación básica para
organizar el hacer en los medios de
comunicación. Organización que se
transformó en una verdadera panacea para algunos
profesionales que pasaron a perseguir la idea de
encontrar la división perfecta.
No hay
unanimidad, pero la mayoría de los autores
acredita que fue alrededor de 1850 que la idea de
división de la producción periodística
comenzó a ser aceptada. (José Marques de Melo
en A opinião no Jornalismo Brasileiro.
Petrópolis, Vozes, 1994, destaca que
cuando el editor inglés Samuel Buckeley
decidió por la separación entre news y
comments en el Daily Courant
él inició la clasificación de los géneros
periodísticos, ya en el principio del siglo
XVIII. P. 37.) En esta época habría sido
estructurada una división en periodismo
ideológico, informativo y de
explicación.
Actualmente se
proponen divisiones aún más sofisticadas, con
riqueza de detalles y niveles que se aproximan a
los cuidados quirúrgicos. Pero cuando se habla
de un gran divisor de aguas aparece siempre la
idea de la información y de la opinión.
La cuestión que
se expone en este texto es si las empresas
periodísticas están abriendo más espacio para
la opinión expresa (editoriales, columnas
firmadas, crónicas) o si los contenidos de
opinión están ampliando su presencia en los
contenidos tratados tradicionalmente como pura
información y que traen la marca de la llamada
objetividad. A mí me parece cada vez más claro
que la división entre opinión e información ya
desapareció (en realidad, su existencia siempre
fue más de nomenclatura que de práctica
cotidiana), principalmente en las grandes
empresas periodísticas.
Los contenidos
de opinión, interpretación y juicio de valor
están cada vez más presentes en los espacios
dedicados a la información pura.
Algunos especialistas dicen que eso es lo que el
público quiere. Análisis que apuntan a este
escenario pueden ser encontrados en las
principales revistas que tratan del mercado de
comunicación en Brasil (Meio & Mensagem,
Propaganda, Pay TV, Gazeta
Mercantil, entre otros) como la Revista
Imprensa. (v. encarte especial sobre el II
Seminario Internacional de Jornais Diários, Revista
Imprensa, año XI, nº 128, mayo de 1998.)
El caso es que el simple registro de los hechos,
principalmente en los medios impresos, está
perdiendo su validez entre tanta tecnología
generada por la llamada sociedad de la
información.
Según estudio
de la Newspaper Association of America (NAA),
algunas de las causas de la decadencia de la
lectura de diarios de los domingos en Estados
Unidos serían las noticias poco interesantes, la
mala distribución y la competencia con otros
medios de comunicación. De acuerdo con el
estudio, desde hace cinco años ocurre una baja
en la lectura de los medios dominicales. En 1993,
73% de los adultos norteamericanos afirmaban leer
diarios regularmente en este día. Ese porcentaje
bajó a 62% en 1998 y a 60% en 1999. El estudio
también constató que la circulación pasó de
61 millones en 1993 a cerca de 59 millones en
1999. Entre las sugerencias dadas para mejorar el
contenido, de acuerdo con la NAA, están la
publicación de más "historias",
noticias locales, tecnología y
telecomunicaciones.
Por ese ejemplo
(que sirve de ilustración ya que este tipo de
comportamiento ocurre en prácticamente todo el
mundo), se puede percibir que los cambios en el
contenido periodístico contemporáneo demuestran
que ni el público ni los empresarios dan el
valor que se atribuyó en otros tiempos a la
división entre información y opinión. Cuando
se habla de más historias se levanta
la necesidad de ir más allá de lo puramente
factual, objetivo.
El perfil del
profesional periodista debe ser, cada vez más,
el de aquel que tiene condiciones de aportar
cosas más allá del simple registro de hechos.
El público busca identidad, complicidad y no
impersonalidad y alejamiento (supuestamente
obtenidos a través de la objetividad).
Asumiendo esta
realidad como un hecho irrefutable, se coloca
otra cuestión (ésta sí de gran importancia):
¿Será que los profesionales que están
trabajando y los que ingresarán en el mercado en
los próximos años tendrán condiciones de
responder esta demanda? Temo que no, y esto debe
ser motivo de mucha reflexión no sólo por parte
de las universidades y sindicatos, sino también
de las empresas de comunicación.
Existe un
potencial creativo que puede revelarse no sólo
como un trabajo genial, fuera de lo común, sino
también por la simple experimentación. La
libertad, sea política o estilística, es mucho
más importante que la observación de reglas
preconcebidas para la producción.
En los manuales
de redacción se observan estas reglas de una
manera flagrante. Existen empresas que hasta
producen acompañamientos numéricos de los
errores del equipo. Hay incluso exposición y, en
algunos casos, hasta sanción para los que se
tornan reincidentes en el incumplimiento de las
normas y formas de escritura previstas en los
manuales.
El periodista
como productor de sentidos no estaría (y no
está) por encima de la práctica fragmentadora
del saber. Entretanto, a pesar de no quedar ileso
de los efectos de esta práctica, puede disminuir
su ímpetu. No con la arrogancia del presuntuoso,
sino con la grandeza y la humildad de quien
invierte y apuesta en el trabajo de mediación
social, de lector cultural contemporáneo.
Como
profesional, el periodista precisa buscar un
comportamiento que vislumbre un conjunto de
actitudes que vayan más allá de las
racionalizaciones presentadas como elucidativas y
con capacidades para consolidar una regla cerrada
para explicar su producción y, en consecuencia,
la producción humana.
El vínculo
entre el quehacer periodístico y la compleja
idea de la mediación de los sentidos de la
contemporaneidad revela que, antes de adoptar una
gramática, el periodista -como productor
cultural- debe interesarse por la visión de
mundo de los otros, comprenderla como una utopía
humana y ofrecer, agregar al conjunto de
raciocinios técnicos y científicos, una
narrativa más solidaria.
Antes de adoptar
un comportamiento apegado al pensamiento
tecnologizante y mecánico, el periodista (sea
columnista, reportero, redactor o editor) precisa
proponerse al diálogo y a los actos solidarios
de quien, más que simplemente informar u opinar,
contribuye para construir redes de
significación.
El gran debate
no puede ser apenas aquel de la existencia o no
de clasificaciones, de reglas. La producción
periodística debe tener como principal
preocupación construir/constituir un lenguaje de
mediación social. Esto sólo será posible
cuando nos encontremos y, aceptando el desafío,
convivamos con los contenidos complejos de lo
cotidiano y no con los contenidos que simplifican
y reducen las reglas transitorias y efímeras.
* Toni
André Scharlau Vieira es periodista brasileño. Es doctor por
la Escola
de Comunicações e Artes da Universidade de São
Paulo (ECA/USP); enseña en
la Universidade
Luterana do Brasil (Ulbra -
Canoas, RS), como profesor adjunto del Curso de
Comunicación Social, y ha trabajado en diversos
medios impresos y emisoras de radio de Brasil. Es
colaborador de Sala de Prensa.
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