Argentina: un país encapuchado
Epitafio para el
Periodismo
Si
tuviera cuerpo, seguramente el periodismo
argentino podrá ser enterrado y en su
lápida estaría escrito "fue
bueno... mientras duró". Pero lo
cierto es que el periodismo argentino es
una sombra (¿o sobra?) de lo que fue en
una época; al igual que la Argentina, es
un espectro de lo que fue. Como excusa
por el lanzamiento de Como Viejos
Lobos (una de las mejores novelas
del año), hablamos de estos y otros
temas con Hernán López Echagüe. Esta
entrevista fue realizada antes de que
estallara la crisis económica argentina,
pero refleja un estado que explica la
debacle del país.
Sergio Pineau *
Las entrevistas
cara a cara entre periodistas y protagonistas son
de los eventos más interesantes que puede tener
el oficio de periodista.
Ver la cara, los gestos, del
sujeto a entrevistar lo revela con sus virtudes y
defectos y de acuerdo a lo que eso signifique
puede darle al lector una mayor definición de
quién es realmente, o al menos, un acercamiento
de parte de esa certeza.
Existen manuales de cómo deben
llevarse a cabo las mismas (Jorge Halperín
escribió uno: La entrevista periodística,
que está muy bien, pero hace infranqueable la
barrera entre la pregunta y la respuesta), pero
lo cierto es que en el ejercicio de la función,
siempre prima más el olfato y el instinto de
cómo llevar al entrevistado, que lo cualquier
otro pudo haber aprendido al respecto en una
facultad o instituto.
Hernán López Echagüe es
periodista y escritor (salvo diferencias de
género, si se quiere, el mismo tipo de escriba),
además de un "ex Página 12"
que saltó a la fama mientras investigaba las
patotas del Mercado Central, cuando fue
secuestrado y torturado a la salida de un bingo
en Avellaneda, en el marco de una zona liberada ad-hoc.
Como está radicado en Montevideo,
Uruguay, lo entrevistamos vía e-correo, bajo la
premisa de que tuviera la amabilidad de contestar
las preguntas como si fuese un diálogo frontal.
Conocedor de la profesión, López
Echagüe accedió (quizá hasta se divirtió) y
lo que usted leerá a continuación es uno de los
reportajes más interesantes publicados hasta el
momento en este newsletter.
Además de su nueva novela, el
periodista pasa por su tamiz el poder de los
medios (y de algunos periodistas), el periodismo
argentino y el mundo editorial, los valores
morales y personales, Página 12 y su
visión del futuro de la Argentina.
Noto o más bien imagino
que hay o puede haber ciertas similitudes entre
Arturo Silenzi (protagonista de la novela,
exiliado argentino que volvió cuando Alfonsín y
se hizo periodista) y Hernán López Echagüe.
¿Es mayor o menor mi certeza?
(Hernán López Echagüe) No sé
si es mayor o menor tú certeza. En todo caso es
sensata. Las similitudes, los puntos en común
entre Silenzi y yo que pueda imaginar o advertir
un lector, son las similitudes que uno puede
hallar entre Silenzi y un sinfín de personas de
mi generación (tengo 45) que han padecido de
manera diferente el aquelarre de la dictadura.
"Por lo demás, creo que
todas las novelas contienen una buena dosis de
autobiografía, si entendemos, claro, a la
autobiografía como una conjunción de historias
y anécdotas y leyendas que tiene como
protagonista al que escribe. La mayor parte de
las novelas está inspirada en información que
el autor ha tomado, y recreado y novelado, y en
muchos casos exaltado, de experiencias propias.
He vivido parte de las cosas que narro, he
conocido personas que han vivido situaciones de
esa naturaleza, y también he soñado parte de
las cosas que escribo.
"Soy un par de años más
joven que Silenzi, los pelos blancos comenzaron a
asomar ya de manera irremisible, y sí, al igual
que el protagonista de Cómo viejos lobos
he sido de todo un poco en mi vida. Sobreviví.
De Silenzi tengo el escepticismo, una mirada
melancólica del mundo y el hábito de meterme en
despelotes absurdos de modo inopinado. Y también
me gusta el bourbon, lujo al que no
puedo entregarme desde hace meses a causa de la
malaria en que vivo, en que todos vivimos.
Silenzi, el exiliado
argentino que vuelve a su tierra cuando Alfonsín
'trae' la democracia, va teniendo una visión
lúcida de la Argentina y mientras van pasando
sus años, ésta se transforma en negra. ¿El
futuro de nuestro país es tan oscuro como el que
cuenta la novela?
No creo que Silenzi tenga una
mirada lúcida de la Argentina. Tiene, quizá,
una mirada antigua, vieja, teñida de una
poderosa necesidad de reencontrar un mundo que ya
ha sido. Como dicen los jóvenes ahora, de algo
que ya fue. Y cualquier mirada fundada en lo que
ha sido, no puede menos que ser negra. O, si
queremos ser amables, gris oscuro.
"Silenzi, sin decirlo
expresamente, profesa una terrible nostalgia por
un tiempo escandaloso donde, sin embargo,
existían ciertos guiños humanos.
"Silenzi considera que en la
Argentina es conveniente dar algunos pasos hacia
atrás, hacia aquellos tiempos en que la
relación entre las personas estaba basada en la
conversación, en el deseo de abrazar, en la
solidaridad, en la pasión, y no, como ocurre
ahora, en el excluyente propósito de salvarse,
incluso a fuerza de traiciones y ausencia de
lealtad. Una realidad donde el vecino, en
situaciones extremas, llega a convertirse en un
enemigo al que es indispensable aniquilar.
"De modo que me cuesta mucho
entrever un futuro mejor para el país. En la
Argentina todo ha sido destrozado, aplastado. Y
no se le puede atribuir la responsabilidad
solamente a la dictadura y a la caterva de
dirigentes políticos que no han hecho otra cosa
que enriquecerse o gobernar para otros poderes.
Debemos ser críticos, quizá despiadados, y
mirarnos el ombligo. Te doy apenas un ejemplo:
¿cómo es posible que una sociedad salga a la
calle para vivar la locura de un borracho como
Galtieri cuando resolvió invadir las Malvinas?
La patria, en tanto que abstracción, decía
Samuel Johnson, es el último refugio del
sinvergüenza. Y fijáte que siempre la invocaron
los sinvergüenzas para cometer la más variada
gama de delitos.
"También debemos admitir que
nuestra dirigencia es mediocre. Toda la
dirigencia. Los políticos, los empresarios, los
representantes de la Iglesia, los sindicalistas.
Nuestro periodismo es mediocre. La dictadura
acabó con la vida y, en algunos casos, con las
ganas de hacer cosas de millares de personas que
hoy tendrían que ocupar puestos que ahora están
en manos de personas inescrupulosas. Veo negro,
negro profundo, no ya el futuro de la Argentina
sino el futuro de todos los países de
Latinoamérica. Ya no podemos hablar de países y
de presidentes. Debemos hablar de sucursales de
un poder salvaje y de sumisos gerentes."
-Da la impresión de que hay más
de un paralelismo entre la vida de los
protagonistas de la novela y muchos periodistas
que uno puede conocer. ¿Es necesario que la
novela transgreda la ficción hasta tornarla
real? O, mejor dicho, ¿los elementos de realidad
en una novela, le dan una marco más sólido a la
narración?
-Cuando me lanzo a escribir nunca
me pongo a discernir entre realidad y ficción.
Escribo. Tomás Eloy Martínez, de quien fui una
suerte de secretario a mediados de los ochenta,
solía decirme: 'Lo que escribo es lo que soy, y
si no soy fiel a mí mismo no puedo ser fiel a
quienes me lean'. Y toda persona es una rara
amalgama de ficciones y realidades.
"Hay libros míos de tono
periodístico que han sido tachados, con
desprecio, de ficción. La Frontera, por
ejemplo (N.
del R.: dónde se mezclan el delito habitual, el
enclave musulmán de la región y la larga sombra
de Alfredo Yabrán). Recuerdo que cuando salió Noticia
de un Secuestro, de García Márquez, los
suplementos culturales entraron en una gran
confusión. En la lista de best-seller
de un diario lo ubicaban en 'Ensayos'; en otros
diarios lo ubicaban en 'Ficción'.
"Con esto quiero decirte que
los límites entre ficción y realidad no se
pueden definir de manera sencilla, de modo que
todo elemento de la realidad que uno coloque en
un contexto de ficción pasa a ser ficción y,
además, le brinda el carácter de ficción a una
realidad compleja e incomprensible.
"En la mayor parte de las
novelas de Paul Auster uno se choca con infinidad
de datos de la realidad. Fechas, nombres
conocidos, lugares, etcétera, y no aparecen en
una escena delirante o futurista sino en el lugar
y en la fecha donde estaban o están en la
realidad. Si menciono a Menem (Carlos), es porque
la ficción transcurre durante el gobierno de
Menem."
Santiago Gamara
(coprotagonista de la historia, periodista de 48
años que cubre el juicio a las Juntas y que
tiempo después se "suicida") es uno de
la denominada "vieja guardia" (aquellos
que en el 2001 tienen de 45 para arriba)... Desde
tú punto de vista ¿Qué diferencias hay entre
los que egresan de las facultades hoy y aquellos
que se formaron en "la calle, ayer"?
El periodismo es, por sobre todas
las cosas, un oficio, una vocación. No es, como
vemos estos días en muchos jóvenes, un
escaparate para exhibirse, y mucho menos el
oficio ideal para llenarse de plata. Es una
herramienta fundamental para ejercer un continuo
control sobre cada uno de los actos del poder. En
la Argentina, infelizmente, son muchos los
periodistas que, de tanto codearse con el poder,
terminan cayendo en el espejismo de creerse parte
del poder. Entonces el periodismo se va al
diablo.
"El gran dilema que habría que
resolver entre los periodistas callejeros, de
antes, y los jóvenes que egresan de una
facultad, es lograr un equilibrio entre el
exagerado profesionalismo que absorben los chicos
y la bohemia intelectual que arrastramos los que
nos formamos buscando la noticia, no
analizándola casi científicamente. Jacobo
Timermann solía decir que un buen periodista es
aquel que a las cuatro de la tarde no está con
el trasero puesto en una silla, frente a su
computadora, en la redacción. No. Es aquel que
está en la calle, haciendo su trabajo. Los
grandes progresos en comunicación (fax, mail,
televisión por cable, etc., etc.) han provocado
que muchos periodistas jóvenes se conviertan en
empleados de una diario que sólo aguardan la
llegada de la noticia. Y no puede ser así. Hay
que salir a buscarla.
"Mi formación, por ejemplo,
está basada en la lectura de textos de ficción,
en un deseo irreprimible de escribir y, en
particular, en la observación de todo lo que
ocurre a mí alrededor y en el mundo. Nunca
jamás leí o estudie un manual de redacción o
algún tratado sobre la deontología del
periodista. Y mi experiencia es similar a la de
la mayor parte de las personas de más de 40
años que hacemos periodismo.
"Otro problema que advierto
es que muchos de los "profesores" en
las carreras de Ciencias de la Comunicación
nunca han ejercido el periodismo o, en su
defecto, son periodistas mediocres que están
allí, al frente de una clase, no porque tienen
una larga experiencia para transmitir sino porque
no consiguen otro empleo.
"Por último, convengamos por
un momento que el periodismo es una profesión y
no un oficio, como pienso yo. Perfecto, una
profesión. Pero lo que deben tener en claro los
jóvenes es que se trata de una profesión que no
tiene relación alguna con otras profesiones. Hay
normas éticas y humanas que deben imperar
continuamente, a toda hora. Si un abogado actúa
mal, en el peor de los casos puede perder un
juicio y un cliente. Si un periodista actúa mal,
puede ocasionar daños irreparables. Los medios
de comunicación crearon a Collor de Melo en el
Brasil, a Berlusconi en Italia. Los medios de
comunicación llaman guerra a la masacre que
está cometiendo Estados Unidos en Afganistán.
Los grandes medios de comunicación argentinos,
con su silencio, con su irritante sumisión,
conformaron un sostén invalorable para la
dictadura. Muchas vidas se podrían haber salvado
si los periodistas de renombre de aquel entonces
hubieran denunciado lo que estaba ocurriendo.
"Los límites, los
principios, no se aprenden. Uno los lleva
consigo, y los emplea en todo momento, no sólo
cuando escribe un artículo sino también cuando
está en el supermercado.
"Te voy a decir algo muy
pueril: todos los buenos periodistas que conozco,
son buenas personas, buenos tipos."
Como viejos lobos
pareciera ser una novela para que el público en
general conozca los rostros pocos felices del
periodismo que nos toca vivir día a día. ¿Es
tan así?
No te ofendas, pero creo que en la
novela el asunto de los periodistas torcidos e
inescrupulosos que todos conocemos no es
fundamental. Sin embargo, admito que el personaje
Santiago Gamarra tiende a reivindicar un estilo
de periodismo. O, por qué no, lo que debe ser un
periodista.
"Considero que el nudo de la
novela es muy otro. ¿Cuál? En realidad, esa
respuesta debería darla un lector. De todas
maneras me atrevo a formular una posibilidad: es
un breve y arbitrario relato acerca de la
búsqueda de la identidad en un país que ha sido
encapuchado."
Cambiando el ámbito de la
información (cursi, pero eficaz, lo sé)
¿extrañás hacer periodismo en Buenos Aires?
Sí, francamente sí. Pero ocurre
que soy bastante díscolo. Pasé por muchos
medios, y de todos me fui, más tarde, más
temprano, por idéntica razón: porque advertí
que pretendían transformarme en un empleado del
medio.
"Entiendo y comprendo el
sometimiento de un empleado a su patrón en una
fábrica de camisas, pero no admito el
sometimiento de un periodista a los antojos
editoriales, políticos o económicos del
director de un diario.
"Base primordial del
periodismo es la independencia, y este rasgo
fundamental no puede hacerse a un lado cuando se
ingresa a trabajar con sueldo fijo en una
redacción."
A la distancia ¿cómo
ves a Página 12?
Es una de las contadas
publicaciones que puedo leer con gusto, y no
siempre.
"Página 12, quizá
víctima de la arrogancia, de creerse el inventor
del periodismo, perdió a sus mejores periodistas
a partir de 1992, 1993. Un diario donde los
periodistas se mataban entre sí para ver quién
hacía la nota de tapa, o simplemente para gozar
con su nombre impreso al inicio de un artículo,
más que un diario parece una vitrina."
Para finalizar, me
gustaría tener algunos datos de color de vos,
por ejemplo si estás casado, si tenés hijos, tu
primer laburo y tu primer trabajo como
periodista, que hacés en tú tiempo libre y si
tus amigos más fervientes están dentro o fuera
de la profesión...
Estoy casado, tengo tres hijos. Mi
primer trabajo lo tuve a los 13 años: cadete en
un estudio de arquitectura que se llamaba
Kavanagh-Moricce, en la avenida Santa Fe al 1100,
recuerdo. Estudiaba en el nocturno. Mi primer
trabajo periodístico podés leerlo en la página
73 de Como viejos lobos. Lo publicó La
Razón (matutino) en el suplemento Confort
para el Hogar, y fue, creo, en 1984 (una
nota sobre los flamantes hornos a microondas).
"En mi tiempo libre camino
por el campo y leo. Mi mesa de luz es un
verdadero caos, porque suelo saltar de una
lectura a otra. Ahora, por ejemplo, tengo
apilados: John Cheever, Saramago, el diccionario
de mitología griega y romana de Pierre Grimal
(regalo de Tomás Eloy Martínez); Rodolfo
Wilcock, Hermann Broch, y un libro de 1939
llamado 1.000 secretos para ganar dinero,
una verdadera joya de la subsistencia.
"Olvidaba: una de las cosas
que más placer me causa es cocinar. Lo hago
todos los días y, al decir de mis amigos, muy
bien. Todo indica que tendré que dedicarme a la
cocina. El mundo editorial se está cayendo a
pedazos. Algo que de veras me preocupa, pues a lo
largo de los últimos seis años he vivido de los
derechos de autor.
"Entre mis amigos no hay
escritores ni periodistas. Hay pescadores,
desocupados, tipos que erran por la vida, con los
que juego billar en un bolichón del
pueblo."
*
Sergio Pineau
es periodista argentino. Esta entrevista
fue publicada en Tiempo de Ocio y cedida por el autor a Sala de Prensa, como su primer colaboración.
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