Los
periodistas están en vías de extinción
Ignacio
Ramonet *
La
gente se pregunta a menudo sobre el papel que
desempeñan los periodistas. No obstante, los
periodistas están en vías de extinción. El
sistema ya no quiere más periodistas. En este
momento, puede funcionar sin ellos o, digamos,
con periodistas reducidos a meros obreros de una
cadena de montaje, como Charlot en la película
"Tiempos Modernos", es decir, meros
trabajadores que hacen retoques en los partes de
agencia. Es necesario ver lo que son las
redacciones actuales, tanto en los periódicos
como en las radios y las televisiones. La gente
conoce a los periodistas famosos que presentan
los telediarios de la noche, pero detrás de
ellos se esconden miles de periodistas que, sin
embargo, son los que alimentan la maquinaria. La
calidad del trabajo de los periodistas se
encuentra en regresión, al igual que su estatus
social. Se está produciendo una taylorización
del trabajo de los periodistas.
En nuestro
tiempo, el periodista está en vías de
desaparición. Pienso que es un tema de
actualidad y todos somos conscientes de que lo
que se está produciendo hoy en día,
especialmente en el ámbito de las nuevas
tecnologías, concierne directamente a esta
profesión.
Estamos
asistiendo a una doble revolución, de índole
tecnológica y económica. Quizás estamos
experimentando, en este momento, lo que podría
denominarse una segunda revolución capitalista.
Esta revolución comporta muchas transformaciones
y modifica sustancialmente el mundo de la
comunicación y, en particular, el ámbito de la
información, en la medida en que da lugar a una
entronización del mercado y a la mundialización
de la economía. Todo esto está en el centro
mismo del tema que nos ocupa.
Ciertos
elementos justifican la toma de conciencia de la
transformación del periodismo. ¿Provocará esta
mutación la desaparición del periodismo? Es la
pregunta que, por supuesto, todos nos planteamos
y a la que, me imagino, nadie se atreve, de
momento al menos, a contestar. Me parece que una
de las consecuencias de esta doble revolución es
el siguiente fenómeno.
Las
tres esferas
Hasta ahora
podían distinguirse tres esferas,
correspondientes a la cultura, la información y
la comunicación. Estas tres esferas eran
autónomas y contaban con su propio sistema de
desarrollo. A partir de la revolución económica
y tecnológica, la esfera de la comunicación
tiene tendencia a absorber la información y la
cultura. El fenómeno al que asistimos hoy en
día es precisamente la absorción de la cultura
por la comunicación, debido a que ya no hay sino
cultura de masas. Igualmente, ya sólo hay
información de masas; y la comunicación se
dirige a las masas. Es un primer fenómeno de
consecuencias muy importantes, porque la lógica
que se impone en los ámbitos de la información
y de la cultura es la de la comunicación.
De la misma
manera y por las razones que acabo de mencionar,
la información actual se caracteriza por tres
aspectos. El primero es que la información, que
durante siglos ha sido muy escasa o incluso
inexistente, es actualmente superabundante.
La segunda
característica es que la información, que
había tenido un ritmo relativamente parsimonioso
y lento, es ahora extremadamente rápida. Se
puede decir que la velocidad es un factor
íntimamente ligado a la información. Es algo
que forma parte de la propia historia de la
información. Desde que, en la segunda mitad del
siglo XIX, la información experimentó un gran
desarrollo, siempre ha existido una relación
entre velocidad e información. Ahora, se ha
llegado a una situación en que esta relación ha
alcanzado un límite tal que plantea problemas,
ya que la velocidad es la de la luz y la de la
instantaneidad.
El tercer
componente es que la información no tiene valor
en sí misma por lo que se refiere, por ejemplo,
a la verdad o a su eficacia cívica. La
información es, ante todo, una mercancía y, en
tanto que tal, está sometida a las leyes del
mercado, de la oferta y la demanda, y no a otras
leyes como, por ejemplo, los criterios cívicos o
éticos.
Los fenómenos
descritos hasta aquí comportan ciertas
consecuencias de gran importancia. Primero, la
transformación de la definición de
información. Ya no es la misma que se enseñaba
en las escuelas de periodismo o en las facultades
de ciencias de la información. En la actualidad,
informar es esencialmente hacer asistir a un
acontecimiento, es decir, mostrarlo, situarse a
un nivel en el que el objetivo consiste en decir
que la mejor manera de informarse equivale a
informarse directamente. Es ésta la relación
que pone en cuestión al propio periodismo.
El
periodista de ayer y el de hoy
Teóricamente,
hasta ahora, se podía explicar el periodismo de
la siguiente manera. El periodismo tenía una
organización triangular: el acontecimiento, el
intermediario y el ciudadano. El acontecimiento
era transmitido por el intermediario, es decir,
el periodista que lo filtraba, lo analizaba, lo
contextualizaba y lo hacía repercutir sobre el
ciudadano. Ésa era la relación que todos
conocíamos. Ahora este triángulo se ha
transformado en un eje. Está el acontecimiento
y, a continuación, el ciudadano. A medio camino
ya no existe un espejo, sino simplemente un
cristal transparente. A través de la cámara de
televisión, la cámara fotográfica o el
reportaje, todos los medios de comunicación
(prensa, radio, televisión) intentan poner
directamente en contacto al ciudadano con el
acontecimiento.
Por tanto, se
abre camino la idea de que este intermediario ya
no es necesario, que uno ya puede informarse
solo. La idea de la autoinformación se va
imponiendo. Es una tendencia ciertamente
peligrosa. Ya he tenido ocasión de
desarrollarla, porque se basa esencialmente en la
idea de que la mejor manera de informarse es
convertirse en testigo; es decir, este sistema
transforma a cualquier receptor en testigo. Es un
sistema que integra y absorbe al propio testigo
en el suceso. Ya no existe distancia entre ambos.
El ciudadano queda englobado en el suceso. Forma
parte del suceso, asiste a él. Ve a los soldados
norteamericanos desembarcando en Somalia, ve a
las tropas del señor Kabila entrando en
Kinshasa. Está presente. El receptor ve
directamente y, por tanto, participa en el
acontecimiento. Se autoinforma. Si hay algún
error, él es el responsable. El sistema
culpabiliza al receptor, y éste ya no puede
hablar de mentiras, puesto que se ha informado
por su cuenta.
De la misma
manera, el nuevo sistema da por buena la
siguiente ecuación: "ver es
comprender", lo cual puede parecer muy
racional. Podemos decir que la racionalidad
moderna, derivada del Siglo de las Luces, se ha
construido en contra de esta ecuación. Ver no es
comprender. Sólo se comprende con la razón. No
se comprende con los ojos o con los sentidos. Con
los sentidos, uno se equivoca. Por tanto, es la
razón, el cerebro, el razonamiento, la
inteligencia, lo que nos permite comprender. El
sistema actual conduce inevitablemente o bien a
la irracionalidad o bien al error.
El
principio de la actualidad
Otra
transformación es la que experimenta el
principio mismo de actualidad. La actualidad es
un concepto fuerte en el contexto de la
información. Ahora bien, la actualidad es
básicamente lo que dice el medio de
comunicación dominante. Si éste afirma que algo
forma parte de la actualidad, los demás medios
de comunicación lo repetirán. Como el medio
dominante actual es la televisión, será ésta
el vectorprincipal de la información y ya no
solamente de la distracción. Es evidente que la
televisión impondrá como actualidad todos
aquellos acontecimientos que sean propios de su
ámbito, acontecimientos esencialmente ricos en
capital visual y en imágenes. Cualquier suceso
de índole abstracto no estará nunca de
actualidad en un medio de comunicación que ante
todo es visual, porque entonces ya no se podría
jugar con la ecuación "ver es
comprender".
El sistema
actual transforma asimismo el propio concepto de
verdad, la exigencia de veracidad, que es
importante en el ámbito de la información.
¿Qué es cierto y qué es falso? El sistema en
el que evolucionamos funciona de la siguiente
manera: si todos los medios de comunicación
afirman que algo es cierto, entonces ¡es cierto!
Si la prensa, la radio o la televisión dicen que
algo es cierto, pues es cierto, aunque sea falso.
Evidentemente, los conceptos de verdad y mentira
han variado. El receptor no tiene más criterios
de apreciación, ya que sólo puede orientarse
comparando las informaciones de los diferentes
medios de comunicación. Y si todos dicen lo
mismo, está obligado a admitir que es verdad.
Por último, ha
cambiado otro aspecto, el de la especificidad de
cada medio de comunicación. Durante mucho
tiempo, se podían contraponer entre sí prensa
escrita, radio y televisión. Es cada vez más
difícil hacer que compitan entre sí, porque los
medios de comunicación hablan de sí mismos,
repiten lo que dicen los otros medios de
comunicación, lo dicen todo y, a la vez, dicen
lo contrario. Así, pues, constituyen cada vez
más una esfera de la información y un sistema
único en el que es difícil hacer distinciones.
Se podría decir también que este conjunto se
complica aún más a causa de la revolución
tecnológica. Se trata básicamente de la
revolución numérica.
Los
tres sistemas de signos
Hasta ahora, en
el mundo de la comunicación disponíamos de tres
sistemas de signos: el texto escrito, el sonido
de la radio y la imagen. Cada uno de ellos ha
dado lugar a un sistema tecnológico. El texto ha
generado la edición, la imprenta, el libro, el
periódico, la linotipia, la tipografía, la
máquina de escribir, etc. El texto está, pues,
en el origen de un verdadero sistema, al igual
que el sonido, que ha dado lugar a la radio, el
magnetófono y el disco. Por su parte, la imagen
ha producido el cómic, el cine mudo, el cine
sonoro, la televisión, el vídeo, etc. La
revolución numérica está haciendo converger de
nuevo los sistemas de signos hacia un sistema
único: texto, sonido e imagen pueden, a partir
de ahora, expresarse en forma de
"byte". Son los llamados multimedia.
Todo ello significa que, para vehicular un texto
en sonido y en imágenes, ya no puede
establecerse una diferencia entre los sistemas
tecnológicos. El mismo vehículo permite
transportar los tres géneros a la velocidad de
la luz.
Se pueden enviar
textos, sonidos e imágenes a la velocidad de la
luz, conjuntamente o por separado. Este sistema
supone una transformación radical, porque
modifica nuestra profesión en la medida en que
han dejado de existir las diferencias entre el
sistema textual, el sistema sonoro y el sistema
visual. Sólo hay un sistema que se expresa con
los dígitos 0 y 1 y que circula por los mismos
canales. Hoy en día, independientemente del
sistema, todo circula de la misma manera y a la
velocidad de la luz.
Estamos
asistiendo en nuestra época, a una segunda
revolución tecnológica. Si la revolución
industrial consistía, de alguna manera, en
cambiar el músculo por la máquina, es decir, en
sustituir la fuerza física por la de la
máquina, la revolución tecnológica que vivimos
en la actualidad hace pensar que la máquina
desempeña el papel del cerebro y que ésta
realiza funciones cada vez más numerosas e
importantes del cerebro. La revolución
tecnológica que estamos afrontando es la de la
"cerebralización" de las máquinas.
Éstas disponen ahora de cerebro; lo que no
quiere decir forzosamente que dispongan de
inteligencia.
Pasemos a otro
aspecto muy importante: en la actualidad, la
revolución numérica permite conectar a la red
todas estas máquinas "cerebralizadas".
En cuanto una máquina tiene cerebro, puedo
conectarla o hiperconectarla. Puedo conseguir que
todas las máquinas informatizadas, todas las
máquinas electrónicas, estén conectadas entre
sí de alguna manera. Es por eso que se habla de
vehículo inteligente, de vehículo asociado al
teléfono, a la radio, etc. Todo está conectado.
Todas las máquinas del mundo pueden estar
conectadas. El sistema de comunicaciones crea una
red, un tejido que envuelve el conjunto del
planeta, permitiendo el intercambio intensivo de
información.
Más
información no significa más libertad
Tal como hemos
indicado, vivimos en un sistema de producción
superabundante de informaciones. ¿Qué significa
esto en la práctica? Se trata de una pregunta
muy importante. Durante mucho tiempo, la
información era muy escasa o incluso inexistente
y el control de la información permitía dos
cosas.
En primer lugar,
una información escasa era una información
cara, que podía venderse y dar lugar a una
verdadera fortuna. Por otro lado, una
información escasa proporcionaba poder a quienes
la poseían. En un sistema en el que la
información es superabundante, resulta evidente
que estas dos consideraciones sobre los
beneficios de la información no actúan de la
misma manera.
Nos encontramos,
pues, ante un problema considerable. ¿Qu
relación se establece entre libertad e
información, cuando ésta es superabundante?
Intentaremos expresarlo gráficamente mediante
una curva. Puedo afirmar, ya que se trata de una
idea del racionalismo del siglo XVIII, que si
dispongo de información cero, entonces mi nivel
de libertad es también cero; y mi nivel de
libertad sólo aumenta a medida que crece mi
información. Si tengo más información, tengo
más libertad. Cada vez que se añade
información, se gana en libertad. En nuestras
sociedades democráticas, se tiene la idea de que
necesitamos más información para poder tener
más libertad y más democracia. ¿No habremos
alcanzado ya un grado de información suficiente?
¿No estaremos estancados? Es decir, no por
añadir información, aumenta la libertad.
Es algo que se
puede constatar desde 1989, año de la caída del
muro de Berlín. Hemos roto las últimas barreras
que se oponían intelectualmente al avance de la
libertad a escala internacional. Ahora la
libertad ha progresado. Disponemos de todas las
informaciones, estamos en la era de Internet, e
Internet nos permite acceder a todo tipo de
informaciones. Estamos en una fase de
superabundancia. ¿Aumenta por eso mi libertad?
En realidad, se observa que no aumenta más, pues
nos encontramos en una época en la que aumenta
la confusión.
La cuestión que
se plantea es: si continúo añadiendo
información, ¿acabará disminuyendo mi
libertad? La información llevada al máximo,
¿no acabará provocando un nivel mínimo de
libertad, como en otros tiempos? Se trata, por
supuesto, de una pregunta, pero creo que se debe
plantear ahora, porque el sistema hoy en vigor
nos muestra constantemente que todo incremento de
información supone una amputación de la
libertad. La forma moderna de la censura consiste
en añadir y acumular información. La forma
moderna y democrática que adopta la censura no
se basa en la supresión de información, sino en
el exceso de ésta. Por consiguiente, estamos
ante un planteamiento de la máxima importancia.
Es una situación nueva, ya que desde hace
doscientos años, desde el siglo XVIII, hemos
asociado una mayor información a una mayor
libertad. Si ahora hay que empezar a decir que
más información implica menos libertad, habrá
que desarrollar unos mecanismos intelectuales muy
distintos.
Al plantearnos
estas cuestiones, tenemos el convencimiento de
que una información de tipo cuantitativo no
resuelve los problemas que pretendemos resolver.
La información ha de tener algún elemento
cualitativo, aunque no sepamos demasiado bien
cuál. Pero sabemos que presenta dos aspectos:
credibilidad y fiabilidad. En otras palabras, por
muy abundante que sea la información, la que
más me interesa es la que es creíble y fiable
y, por tanto, la que tiene un mínimo de
garantías relacionadas con la ética, la
honestidad, la deontología o la moral de la
información.
La
información en directo
Ante la
superabundancia de informaciones, se puede
acceder a fuentes de información en directo. Sin
embargo, sigue vigente una pregunta, incluso en
este contexto, ¿cuáles son las informaciones
que se nos esconden, cuáles son las
informaciones de las que no se quiere que nos
enteremos? Esta pregunta es crucial. Actualmente,
algunos asuntos nos recuerdan su importancia. Y
quisiera acabar con esta consideración: ante
todas las transformaciones a las que finalmente
nos enfrentamos, debemos preguntarnos cuáles son
los problemas para los que el periodismo es la
solución en el contexto actual. Si sabemos
responder a esta pregunta, el periodismo nunca
será abolido.
Por otra parte,
también se plantea la cuestión de la relación
entre información y verdad. Considero que la
verdad, aunque no siempre sea fácil
determinarla, es un criterio que debería tener
una cierta pertinencia en lo referente a la
información. Se debería considerar que tiene
algo que ver con la información. Ahora bien, hoy
en día al sistema no le sirve de nada la verdad.
Considera que la verdad y la mentira no son
criterios pertinentes en temas de información.
Actúa de forma totalmente indiferente ante la
verdad o la mentira.
En primer lugar,
porque no pretende mentir y, por tanto no tiene
mala conciencia. Pero existen criterios mucho
más interesantes. ¿Qué aspectos dan valor a
una información? Podríamos plantearnos esta
pregunta. Es fácil comprobar que cuanto más
cerca de la verdad está una información, más
cara es, y cuanto más alejada está, más barata
resulta. Todo el mundo sabe que esto no tiene
nada que ver con el asunto. Lo que da valor a una
información es el número de personas
potencialmente interesadas en ella, pero ese
número no tiene nada que ver con la verdad.
Puedo decir una gran mentira que interese a mucha
gente y venderla muy cara.
En 1997, se
juzgó en Alemania a un colega periodista,
Michael Born, que fue condenado por haber vendido
unos cuantos reportajes de actualidad a cadenas
de televisión, que los habían ido comprando
durante mucho tiempo. Todo estaba trucado:
actores, decorados, lugares que no tenían nada
que ver con la realidad. Todo era falso. Y
vendía a buen precio esos reportajes, porque
eran exactamente lo que las cadenas querían
tener (ha explicado sus hazañas en un libro que
acaba de aparecer en Alemania, titulado
"Quien falsifica una vez...", ediciones
KiWi, 1998). Fue un juez, un inspector fiscal, el
único en descubrir que un reportaje muy
espectacular sobre los vendedores de droga en un
barrio de una ciudad alemana había sido
totalmente falsificado.
En segundo
lugar, ¿qué confiere valor a una información?
A pesar de ser algo relativamente tradicional,
hoy se ha llegado al límite: el valor de una
información depende de la rapidez con la que se
difunde. Si alguien dispone de una información y
la difunde al cabo de un mes, ha perdido gran
parte de su valor. Pero la pregunta es: ¿cuál
es la rapidez adecuada? Actualmente, es la
instantaneidad, y es evidente que la
instantaneidad comporta muchos riesgos.
Un
periodista, ¿qué es?
¿Qué es un
periodista? Si analizamos la palabra, un
periodista ("journaliste") es un
"analista del día". Sólo dispone de
un día para analizar lo que ha pasado. Se puede
decir que un periodista es rápido, si consigue
analizar, en un día, lo que pasa. Pero
actualmente todo se produce en directo y en
tiempo real; es enseguida, tanto en la
televisión como en la radio. La instantaneidad
se ha convertido en el ritmo normal de la
información. Un periodista ya no debería
llamarse periodista hoy en día. Debería
llamarse instantaneísta. Pero todavía no
sabemos analizar al instante. Por tanto, no hay
análisis, ya que no hay distancia. Al final, el
periodista tiene cada vez mayor tendencia a
convertirse en un simple vehículo. Es el canal
que enlaza el suceso y su difusión. No tiene
tiempo de filtrar, ni de comparar, porque si
pierde mucho tiempo haciéndolo sus colegas le
ganarían la partida. Y, por supuesto, alguien se
lo reprocharía.
Estamos en un
sistema que poco a poco considera que hay valores
importantes (instantaneidad, masificación) y
valores menos importantes, es decir menos
rentables (los criterios de la verdad). La
información se ha convertido ante todo en una
mercancía. Ya no tiene una función cívica.
Nosotros, aquí, todavía nos lo creemos, pero
¿acaso no seremos un recuerdo? ¿Somos reales?
¿Virtuales?
La información
tiene un valor mercantil y el sistema se organiza
para comprar y vender informaciones que tengan un
valor mercantil, sin ninguna referencia ya a la
generosidad cívica. Esto no quiere decir que en
este sistema no afloren algunas verdades o que no
haya periodistas que hagan su trabajo. En algunas
ocasiones, la información sigue siendo un
instrumento útil para despertar el sentido
cívico.
Como nos
encontramos en un movimiento que se puede llamar
de homogeneización cultural a escala planetaria,
a pesar de las resistencias (que, por otra parte,
deseamos ver reforzadas), este fenómeno tiene
tendencia a imponer sus modelos en todo el mundo.
¿Cuál es el modelo actual en el ámbito de la
información? Es la CNN. Cada vez gana más
terreno la información basada en imágenes y
sonidos, difundida permanentemente por una cadena
que tiene capacidad planetaria. Muy
probablemente, este modelo irá impregnando poco
a poco todos los demás.
El telediario
que vemos en Francia a las ocho de la tarde es,
en este momento, un tipo de modelo universal. Con
todas las diferencias culturales que se quiera,
la estructura de la narración, la retórica, es
la misma en todas partes. Ya sea en el interior
de Bolivia, el sur de África o en el corazón de
la India, allá donde haya un telediario, estará
hecho de la misma manera. ¿Pero es la única
manera de hacer un telediario? No, sólo es un
modelo.
Este modelo fue
inventado por la CBS en los años 60 y el primer
presentador fue un señor llamado Walter
Cronkite. Se inventó esta fórmula, con un
presentador único que está desde el principio
hasta el final; no se hacía antes así. En los
telediarios del tipo arcaico tradicional, se
sucedían varios presentadores, como en los
periódicos, donde cada uno habla del tema que
conoce. Por otra parte, también se decidió dar
informaciones muy cortas, para no aburrir al
público, y así funciona de un extremo a otro
del planeta.
Francia adoptó
este modelo hacia mediados de los años 70 (el
primero fue Joseph Pasteur), pero se trata de un
modelo importado. En este sentido, no somos muy
distintos de cualquier país exótico. Hemos
adoptado un modelo norteamericano.
¿Qué ocurre en
la actualidad? Aparecen cadenas de información
continua; LCI es una de ellas, los británicos
han creado Skynews; y se crearán otras. ¿Qué
son? Son imitaciones de la CNN. Mañana, estarán
en el mundo árabe, en África negra, en
Sudamérica ya las tienen, etc.
Todo
el mundo se expresa igual
Independientemente
del contenido, que siempre será diferente y
variará en función de cada realidad, la
estructura narrativa, el modelo retórico, es
universal. Todo va muy deprisa. En quince años,
este modelo universal se ha extendido por todo el
planeta, y todo el mundo ya se expresa de la
misma manera.
Los ejemplos
considerados aquí - Pekín, Berlín, Rumania -
no los he escogido porque estén alejados en el
tiempo (1989), que lo están, evidentemente, sino
sobre todo porque son exponentes de lo que se
llama "fracturas inaugurales". Todo
empezó con ellos. Cito estos ejemplos porque
estos acontecimientos fueron los primeros en
permitir definir el funcionamiento posterior. No
lo hemos comprendido sino más tarde.
Se podrían
añadir otros casos; no escasean los ejemplos,
pero el análisis sería el mismo. Tomo ejemplos
alejados en el tiempo y en el espacio, porque
creo que permiten ver con más claridad los
mecanismos que hacen que esto se produzca. Si se
eligen ejemplos muy cercanos, la anécdota puede
ocultarnos el mecanismo, de la misma manera que,
en su época, los acontecimientos de Pekín o
Rumania no nos permitieron ver lo que ocurría
desde el punto de vista mediático, finalmente el
aspecto más interesante de lo que estaba
ocurriendo. Porque lo que sucedía en el mundo de
los medios de comunicación era más interesante,
a la vista de las consecuencias posteriores que
tuvo. Si no, todos los días se pueden encontrar
ejemplos mediáticos de disfunciones, en el
sentido amplio de la palabra, ya sea en la radio,
en la televisión o en la prensa.
En cuanto al
poder, cabe decir que se ha convertido en una
noción confusa. Ya no se sabe demasiado bien
dónde está. Los que creen tenerlo se dan cuenta
de que no lo tienen. Me parece que, jugando un
poco con las palabras, lo que antes se llamaba el
cuarto poder ahora es más bien el segundo. Pero
sus funciones han cambiado: el cuarto poder era
la censura de los otros tres, mientras que aquí,
el segundo se plantea en términos de influencia
global y general sobre el funcionamiento de las
sociedades.
En la
actualidad, se considera que el poder se ha
desplazado esencialmente hacia la esfera de la
economía y, dentro de ella, hacia el ámbito
financiero. Los mercados financieros son los que,
en definitiva, dictan y determinan el
comportamiento de los responsables políticos.
Sin embargo, globalmente subsiste un
malentendido: los ciudadanos se movilizan porque
piensan que su capacidad de intervención en el
marco de la democracia consiste en votar, pero en
cuanto han votado y escogido a alguien, éste
descubre a su vez que, de hecho, no puede hacer
gran cosa.
Veamos el caso
del presidente Chirac que fue elegido en mayo de
1995 con un determinado programa y que, apenas
cinco meses más tarde, en octubre de ese mismo
año, nos vino a decir en esencia: "Yo no
tenía razón, era Balladur quien la tenía, y de
ahora en adelante aplicaré el programa de
Balladur". Recientemente, en una
conversación con los periodistas, ha dicho que
no podía hacer gran cosa "debido al
inmovilismo de la sociedad y a los imperativos
europeos".
De hecho, esto
equivale a decir que el jefe de un ejecutivo
fuerte, uno de los más fuertes del mundo como
sistema político, se revela impotente ante los
compromisos que ha adoptado, que son considerados
algo así como movimientos tectónicos. Éste es
el problema del poder, en el que los medios de
comunicación desempeñan un papel secundario.
Los
riesgos para la democracia
La pregunta que
debemos plantearnos es precisamente si, en este
contexto, no existe un riesgo para la democracia.
Evidentemente, cualquier demócrata ha de
sentirse inquieto. Si el señor Chirac tiene
razón, cabe preguntarse de qué sirve elegir a
un jefe de Estado, si poco después éste se ve
obligado a admitir que no puede avanzar.
El asunto se
plantea entonces en los siguientes términos:
¿por qué los políticos, en algún momento,
tomaron la decisión de permitir que los mercados
financieros quedasen fuera del alcance de sus
acciones? ¿Quién les autorizó a hacerlo? Son
éstas unas decisiones que ya se han tomado. Se
decidió privatizar el Banco de Francia y no hubo
ningún referéndum. Se decidió que la moneda ya
no dependería de la soberanía popular, y no
obstante la moneda es un instrumento de
soberanía.
¿Qué es la
soberanía en la actualidad? No son las
fronteras, ni la política exterior, ni la
seguridad. ¿Dónde está la soberanía? Se
diluye; el poder se diluye y sabemos que se
produce una especie de proyección de estas
responsabilidades hacia el exterior y que, en
estas circunstancias, la propia estructura del
poder, a escala planetaria, ha quedado
trastocada.
Es más, vivimos
en un mundo que ha dejado de estar dividido en
bloques, en el que las organizaciones
internacionales ya no desempeñan el papel que
tenían y en el que Estados Unidos ejerce una
hegemonía geopolítica "de facto". Se
trata, por tanto, de un mundo en el que los
mercados financieros exigen la aplicación de una
determinada política, fijada por la OCDE y el
FMI, y en el que todos los gobiernos, sean del
color que sean, socialista en Italia, de derecha
conservadora en España, de izquierda en
Portugal, llevan a cabo exactamente la misma
política, que tiene las mismas repercusiones
para la sociedad. Es un ejemplo claro de que la
política actual va a remolque de la economía y
que ésta no es la economía real sino la
economía financiera, la economía especulativa.
Lo cierto es que ésas son las características
de nuestro planeta.
¿Qué función
tienen los medios de comunicación en este
contexto? Mi análisis es el siguiente. Vivimos
una nueva situación de crisis, no de crisis en
el sentido económico y social del término, sino
una crisis de civilización, una crisis que
podría llamarse de visión del momento en que
vivimos. La dificultad a la que nos enfrentamos
actualmente es que se está produciendo toda una
serie de fenómenos a escala planetaria que han
transformado la arquitectura intelectual y
cultural en la que nos desenvolvemos, pero somos
incapaces de describir el edificio en el interior
del cual nos encontramos. Es una crisis de
inteligibilidad. Hemos de hacer frente a una
crisis de inteligibilidad. Sabemos que las cosas
han cambiado, disponemos de instrumentos
intelectuales, pero estos instrumentos
intelectuales y conceptuales no nos permiten
comprender la nueva situación. Servían para
desmenuzar, analizar y pormenorizar la situación
anterior, pero ya no nos sirven para comprender
la nueva realidad.
Esta crisis de
inteligibilidad, sobre la que hemos de ser
conscientes de que existe y que la padecemos (y
es por eso que nos plantea tantos problemas), se
basa, a mi parecer, en el hecho de que han
cambiado ciertos paradigmas. Como en las grandes
revoluciones científicas.
El
progreso y la máquina
Un paradigma,
como todo el mundo sabe, es un modelo general de
pensamiento. Tengo la impresión de que han
cambiado dos paradigmas importantes sobre los que
se asentaba el edificio en el que vivíamos hace
tan sólo unas decenas de años.
El primero es el
progreso, la idea de progreso, esta idea forjada
a finales del siglo XVIII y que, en definitiva,
impregna todas las actividades de una sociedad.
El progreso es algo que permite que desaparezcan
las desigualdades, que las sociedades sean más
justas, consiste en creer que la modernidad
implica, por definición, que se arreglen unos
cuantos problemas. Pero la idea de progreso está
siendo atacada, o ha entrado en crisis. El
progreso es Chernóbil o las vacas locas; un
Estado progresista es la Rusia estalinista del
"gulag"; se nos dice que el progreso es
el Estado providencia que conduce a la parálisis
social, etc.
Por tanto, el
progreso es un paradigma general que hoy ha
entrado claramente en crisis. Pero, ¿por qué
será sustituido? ¿Cuál es el paradigma que
ocupará el lugar del progreso? Mi tesis es que
será sustituido precisamente por la
comunicación. El progreso prometía la felicidad
a nuestras sociedades, es decir, un valor
añadido en la civilización. Hoy en día, a la
pregunta sobre cómo estar mejor, cuando ya se
está bien, se responde: comunicación.
¡Comuníquese y se encontrará mejor!
Independientemente de la actividad que se trate,
la respuesta masiva que se nos ofrece actualmente
siempre es: hay que comunicarse. Si se plantean
problemas en el seno de una familia, la razón es
que los padres no hablan lo suficiente con sus
hijos. Si existen conflictos en el aula, es
porque los profesores no charlan lo suficiente
con los alumnos. Si en una fábrica o en una
oficina las cosas no van bien, es porque no se
discute bastante. Lo mismo pasó con Chirac. La
gente decía cosas tales como "no consigue
establecer una buena comunicación",
"todavía no se ha dirigido a los
franceses", "hace tres meses que no se
le ha visto", etc.
Las aportaciones
tecnológicas se relacionan básicamente con la
comunicación. En la actualidad la comunicación
se considera como una especie de lubricante que
hace posible que todos los elementos de una
comunidad funcionen sin fricción. ¡Cuanto más
se comunique uno, más feliz será! La situación
no importa. ¿Está usted en el paro?
¡Comuníquese y todo irá mucho mejor!
Considero que se
ha producido un cambio muy importante en cuanto a
la comprensión de la sociedad en la que nos
encontramos. El segundo paradigma importante
sobre el que reposaba el edificio anterior era la
idea de que existía una especie de
funcionamiento ideal de una comunidad: la
máquina, el reloj. En el siglo XVIII se
consideraba que el reloj era la máquina
perfecta, porque hacía coincidir la medida del
tiempo con la del espacio. El espacio nos
proporcionaba el tiempo. La medida del espacio
nos permitía medir el tiempo. Es una ecuación
casi perfecta, casi divina.
A partir de esa
idea, se consideró que el modelo mecánico, el
modelo de esta máquina se podía aplicar en
cualquier circunstancia. Es lo que se llama
funcionalismo. Se construyeron sociedades sobre
el modelo de una máquina. Una máquina es un
conjunto de elementos que se complementan, en el
que no sobra ninguno. Si existe algún elemento
de más, la máquina no funciona. La máquina
integra todos los elementos que la componen, ¡y
funciona! Son los funcionarios quienes hacen que
funcione el Estado. Ése es el modelo.
En estos
momentos, ése modelo ha dejado de servir, ha
caducado. En nuestra sociedad, se acepta de nuevo
que existen marginados, personas que ya no forman
parte de la comunidad, piezas que le sobran a la
máquina.
¿Qué modelo
sustituye entonces al de la máquina? ¿Cuál es
el principio de funcionamiento que permite, a
pesar de todo, que pueda desarrollarse una
energía? Pues, evidentemente, es el mercado. Es
el principio que hoy por hoy hace funcionar las
cosas, y no lo es ya el principio de la máquina.
El
peso del mercado
Sin embargo, el
mercado sólo integra aquellos elementos que son
solventes. Todo aquello que no es solvente no
está en el mercado. No es como la máquina: con
la máquina todas las piezas funcionaban. Y, por
supuesto, el mercado es la solución a todo y
pretende integrarlo todo. No es un invento
reciente. El mercado moderno, tal como explicaba
Fernand Braudel, se inventó hacia el
Renacimiento. ¿Qué sucede en la actualidad?
Pues que el mercado, tal como funcionaba antaño,
se limitaba de hecho a sectores muy concretos,
como el comercio, mientras que en nuestra época
el mercado abarca todos los sectores, todas las
áreas de actividad.
Pensemos en
áreas de actividad que durante mucho tiempo han
estado al margen del mercado, como la cultura, la
religión, el deporte, el amor o la muerte. Pues,
hoy en día todos estos elementos han sido
integrados en el mercado. El mercado tiene
también derecho a regular, a regir todos estos
elementos.
Queda claro,
pues, que los dos paradigmas que han permitido la
construcción del Estado moderno, el progreso y
el reloj, han desaparecido y han sido sustituidos
por la comunicación y el mercado, dos elementos
sobre los que, evidentemente, se asienta un
edificio totalmente diferente.
¿Qué ha pasado
entonces en la esfera de lo político? ¿En qué
se ha transformado el poder? En este momento
está levitando, ya que no puede garantizar ni el
progreso ni la cohesión social. Tiene que hacer
frente a la eclosión de dos paradigmas nuevos
que, evidentemente, lo hacen mejor que él. Por
consiguiente, los responsables políticos, o el
poder político, se encuentran en una situación
delicada ante este nuevo edificio.
Esta cuestión
permite plantear el problema de la política.
¿En qué se ha transformado la política en esta
nueva situación? Es una cuestión de filosofía
política, pero es patente la situación de
incomodidad que se aprecia en algunos políticos
y en los ciudadanos.
La cuestión de
la ética se sitúa ahora el centro de
preocupación de los periodistas. En nombre de la
industrialización de la información, el ámbito
de actividad de éstos se ha reducido
considerablemente y es evidente que se enfrentan,
en la mayoría de casos (por supuesto, siempre
hay excepciones), a un sistema tanto de
jerarquía como de propiedad, que reclama una
rentabilidad inmediata. Por consiguiente, los
periodistas se preocupan por lo que se les va a
pedir, y más si lo que se les pide entra en
contradicción con lo que piensan realmente.
La
información y las relaciones públicas
Se trata de
problemas harto conocidos: la influencia de la
publicidad o de los anunciantes, la influencia de
los accionistas que poseen una parte de la
propiedad de un diario, etc. Todo esto acaba
pesando mucho, hasta el punto de que, a pesar de
los muchos casos de resistencia llevados a cabo
por periodistas que intentan, contra viento y
marea, defender su propia idea de la ética,
también se producen muchos casos de abandono.
Además, cada
vez es más frecuente refugiarse en la
comunicación en el sentido de "relaciones
públicas". Una de las grandes enfermedades
de la información actual es la confusión que
existe entre el universo de la comunicación y
las relaciones públicas y el de la información.
Una pregunta pertinente es: ¿en qué se ha
convertido la especificidad del periodista en
este nuevo contexto de la comunicación? Esta
pregunta es pertinente porque vivimos en una
sociedad en la que todo el mundo quiere comunicar
algo y, en concreto, todas las instituciones
producen información. La comunicación, en este
sentido, es un discurso adulador emitido por una
institución que espera que ese discurso le
reporte algún beneficio.
Esta
comunicación acaba por asfixiar al periodista.
Todas las instituciones políticas, los partidos,
los sindicatos, las alcaldías, etc., producen
comunicación, tienen sus propios periódicos,
sus boletines, etc. Las instituciones culturales,
económicas o industriales producen información.
Muy a menudo, entregan esta información a los
periodistas y les piden que se limiten a
reproducirla. Evidentemente, la petición no se
presenta como una orden, pero la forma puede ser
muy seductora.
Todo el mundo
sabe que cuando las marcas de automóviles hacen
pruebas, éstas siempre tienen lugar en paraísos
como las Bahamas, porque así se puede invitar a
los periodistas durante una semana en un hotel
magnífico. Por supuesto, los periodistas harán
su trabajo, pero en un contexto que favorece la
comunicación en un determinado sentido. Por
consiguiente, muchos periodistas acabarán
limitándose a ser el canal que transfiere la
comunicación emitida por tal o cual industria,
tal o cual institución política, económica,
cultural o social. Es una manera de llegar a un
pacto con su conciencia y su ética.
Es cierto que
las nuevas tecnologías favorecen
considerablemente la desaparición de la
especificidad del periodista. A medida que se
desarrollan las tecnologías de la comunicación,
aumenta el número de grupos que producen
comunicación. Por decirlo de forma un tanto
esquemática, sin la fotocopiadora no se hubiese
producido el Mayo del 68. El fascismo no hubiese
sido lo que fue sin los altavoces y los
micrófonos, porque nadie se puede dirigir con la
única ayuda de la voz a mil personas al mismo
tiempo. Las tecnologías de la comunicación han
producido la explosión de las radios libres, o
el fax. Actualmente, gracias a Internet, cada uno
de nosotros puede no sólo convertirse en
periodista, sino ponerse a la cabeza de un medio
de comunicación.
Conciencia
y responsabilidad
¿Qué subsiste,
pues, como elemento específico de los
periodistas? Ésta es una de las cuestiones que
más les duele a los medios de comunicación,
especialmente a la prensa escrita. Los medios de
comunicación que más se desarrollan son los
medios relacionados con las tecnologías del
sonido y la imagen. Incluso cuando la
información es escrita, lo está sobre una
pantalla.
Los periodistas
no forman un cuerpo homogéneo. Existen opiniones
enfrentadas y mucho debate. Es una profesión que
hoy exige un enorme trabajo. Además, los
periodistas son ciudadanos, y grandes
consumidores de medios de comunicación, más que
las demás personas. Son muy conscientes de que
existen todos estos problemas y discuten de ellos
continuamente.
Hay una toma de
conciencia colectiva, pero ¿existe una
responsabilidad? ¿Esta responsabilidad sería
únicamente de los periodistas? Los ciudadanos
también tienen su responsabilidad en este
asunto, porque informarse es una actividad, no es
algo pasivo. Los ciudadanos no son simples
receptores de medios de comunicación. Es
evidente que el emisor tiene una gran
responsabilidad, pero informarse también quiere
decir saber cambiar de fuente, resistirse a ella
si es demasiado fácil, etc. Para mucha gente ya
no es difícil darse cuenta de que el telediario
no basta para estar informado. El telediario no
está hecho para informar, sino para distraer.
Está estructurado como una película, es una
película al estilo de Hollywood. Empieza de una
cierta manera, y acaba con un final feliz. No se
puede poner el final al principio, mientras que
en un periódico se puede empezar por el final.
Al finalizar el telediario, casi todo el mundo se
ha olvidado de lo que ha pasado al principio. Y
siempre acaba con risas y piruetas.
No se puede
achacar todos los males a la televisión. No es
una cuestión de moral o de mala fe, es cuestión
de saber cómo funciona. No se puede decir: la
televisión me informa mal, ella es la culpable.
Ciertamente es culpable, pero no tiene toda la
culpa, porque nadie puede afirmar que, al llegar
a casa, con sólo tumbarse en el sofá con un
vaso de naranjada en la mano, vaya a entender
todo lo que pasa en el mundo. Lo que pasa en el
mundo es muy complicado. Es un poco como si
alguien pretendiese aprender japonés en un fin
de semana y sin esfuerzo; se estaría mintiendo.
La persona que se dice a sí misma: voy a
informarme mirando un telediario, se está
mintiendo a sí misma, porque no se da cuenta que
está haciendo una apuesta con su propia pereza.
Informarse
o saber que pasa
Todo el esfuerzo
no puede recaer sobre un medio de comunicación
concreto, sobre todo cuando la información es
superabundante, como en nuestro tiempo. El
ciudadano tiene dos posibilidades: o bien se
quiere informar o bien sólo quiere saber
vagamente lo que pasa. En el primer caso, siempre
se puede hacer a base de recortar y pegar las
informaciones. No sólo existen los periódicos,
también hay revistas y libros. Sin embargo, hay
que tener la voluntad de hacerlo. Eso significa
trabajo.
Por otro lado,
no todo lo que hace la televisión, desde el
punto de vista de la información, es una basura,
ni mucho menos. Dicho más claro, por muy
exigente que sea el telespectador con los
telediarios, un género por lo demás bastante
superficial, lo que no puede exigirles es lo que
no pueden dar. En treinta minutos tienen que
tratar una veintena de informaciones.
En cambio, a mi
entender, la televisión puede hacer bien su
trabajo cuando se trata de reportajes y emisiones
especiales. El reportaje de la BBC sobre Bosnia
sería un maravilloso ejemplo de un tipo de
periodismo que puede hacer la televisión. Otro
ejemplo es un documental en dos capítulos sobre
la guerra de las Malvinas, que fue una guerra
importantísima en la historia de los medios de
comunicación, ya que sirvió de modelo para la
del Golfo, desde el punto de vista negativo. Sin
embargo, eso supone tener la voluntad de seguir
un mismo tema durante varias horas, lo cual no
hace sino reforzar lo que se dijo más arriba:
también es necesaria la voluntad de hacer un
esfuerzo por parte del telespectador. En cuanto a
su funcionamiento, el medio de comunicación
dispone de todas las posibilidades.
Informar no es
sólo interesarse por ciertos ámbitos
considerados importantes, como la economía, la
política, la cultura o la ecología, sino
también por la propia información y la
comunicación. Es necesario que los medios de
comunicación analicen su propio funcionamiento.
Los medios ya no pueden presentarse simplemente
como un ojo que mira, y que no puede verse. Es
cierto que el ojo ve y no puede verse, pero esta
metáfora no puede aplicarse a los medios de
comunicación, porque han dejado de tener esa
característica propia del periscopio o de
cualquier instrumento óptico privilegiado. Todo
el mundo los ve y todo el mundo sabe de alguna
manera que no son perfectos. La gente espera de
los medios que hagan una autocrítica, que se
analicen a sí mismos. De la misma manera que los
medios pueden ser exigentes con tal o cual
profesión o sector, ¿por qué no lo son con
ellos mismos?
Estoy convencido
de que los medios de comunicación deberían
proceder a análisis más serios sobre su propio
funcionamiento, aunque sólo fuera para que todo
el mundo supiera cómo trabajan y que no son
reacios a la inspección, la introspección y la
crítica. No han de tener una posición
privilegiada. No están sólo para juzgar a los
demás, sin poder ser juzgados a su vez. Es
importante que, cuando se cometen errores, se
reconozcan. Sólo así se hace pedagogía. Esta
idea avanzará, aunque sea lentamente, porque es
muy cómodo juzgar sin ser juzgado..
*Ignacio
Ramonet es
director de Le
Monde Diplomatique.
Este texto se publicó en la revista Semana, de Colombia, y se reproduce con la
autorización de su editor.
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