Sobre la
comunicación:
consensos, malentendidos y conflictos
Elsa
Ghio y María Angélica Hechim *
¿Es seguro
que corresponda a la palabra
"comunicación" un concepto único,
unívoco, rigurosamente dominable y transmisible:
comunicable?
(Derrida, 1994).
Introducción
La elección de
la cita de Derrida como epígrafe de nuestra
exposición intenta expresar algunas de nuestras
reflexiones surgidas de nuestra práctica
profesional. Parte de nuestra preocupación puede
resumirse en un punto central: qué enseñamos
cuando enseñamos "comunicación".
Muchas veces, el
recurrir a la etimología sirve de poco para
iluminar los significados actuales de algunas
palabras, ya que los caminos por donde fueron
derivando, aunque no sean precisamente
inescrutables, sí tienen mucho de oscuro y
azaroso. Junto con la velocidad del cambio de los
tiempos y los espacios discurre la velocidad del
cambio de los significados de las palabras.
Sin embargo,
otras veces, la historia de las palabras nos
acerca precisiones que aparecen a la conciencia
con el impacto de la verificación de intuiciones
que en un principio no supimos discriminar.
Ocurre esto con
la etimología de la palabra
"comunicación", que, según Corominas
() aparece en 1.440, derivada del latín "communicare"
que "en la baja época se emplea con el
sentido de comulgar". En 1.220-50
origina la palabra "comulgar"
con el sentido de "dar o recibir la
sagrada comunión" y en 1.440 se usa con
el sentido de "compartir".
Que todos
sepamos que la comunicación no es sagrada, no
implica que ese núcleo de significado no siga
siendo central en el término. Ese núcleo está
ciertamente implicado cuando el concepto de
comunicación se centra básicamente en la idea
de consenso. Cuando decimos consenso
(término acreditado por A. Comte) queremos decir
lo que define el Diccionario Duncan
Mitchell ()
No queremos
decir con esto que los lingüistas ignoran que
entre los interlocutores no siempre se llega a un
acuerdo, lo cual es obvio, sino que en general no
se incorpora esta posibilidad como elemento
constitutivo de la comunicación. El consenso o
entendimiento común es más una aspiración
humana, un ideal o una utopía que una realidad,
y esto debe aparecer como tal en un modelo
teórico. Hoy la cuestión del conflicto es
central en una gran parte del campo del
pensamiento social.
Otra de las
dificultades se plantea para nosotros en el lugar
que las distintas concepciones asignan al sujeto
en la delimitación del objeto de análisis. Por
ej., las concepciones basadas en el modelo del
código, representan la comunicación como
resultado de procesos mecánicos de
codificación/decodificación, en donde los
malentendidos y los conflictos surgen cuando
intervienen ruidos externos que intervienen en el
canal de transmisión, y en donde, en general,
los hablantes en tanto sujetos, son igualados a
las máquinas (aquí se incluyen no sólo las
teorías de la información sino también las
teorías cognitivas que se representan la mente
como una computadora que procesa información).
Estos modelos no nos interesan porque, o bien no
se ocupan del sujeto, o bien lo asimilan al
comportamiento de las máquinas.
Nos proponemos
revisar de una manera bastante sumaria algunas de
las teorías que privilegian el logro del
consenso como finalidad a priori del
proceso de comunicación.
Comunicación
y contexto social
Desde una
perspectiva centrada en la función comunicativa
del lenguaje, Deborah Schiffrin () distingue
entre el modelo de código, que asume que
un individuo transmite un mensaje a un receptor a
través del uso de un código compartido; el modelo
inferencial, según el cual el proceso
comunicativo descansa tanto en un código
compartido como en un conjunto racional de
principios comunicativos compartidos que permiten
el empleo de estrategias inferenciales y centra
su interés en las intenciones que exhibe el
emisor y deben ser inferidas por el receptor, y,
por último, el modelo interaccional, en
el que se apoyan la sociolingüística
interaccionista, (Goffman y Gumperz), la
etnografía de la comunicación (D. Hymes) y el
análisis conversacional (Sacks, Schegloff y
Jefferson). Como estos enfoques son los que
prestan mayor atención al contexto social, no es
sorprendente que ellos descansen sobre un modelo
que asigna al contexto un papel que es más que
cognitivo.
Este modelo
interaccional propuesto por Schiffrin merece
cierta atención para nuestro trabajo. En su
descripción la autora se apoya básicamente en
la concepción lingüística de la Escuela de
Palo Alto (Watzlawick y otros, 1967). Este modelo
asume que lo que subyace a la comunicación es el
comportamiento (behaviour), sea ese
comportamiento intencional o no.
De este modo, en
tanto un individuo se encuentre en una situación
interactiva (i.e. en tanto su comportamiento
está disponible a las observaciones de otros)
ese individuo comunica información: aún los
esfuerzos por no comunicar serían, por defecto,
comunicativos.
Esta perspectiva
de la comunicación es característica de la
teorías que enfocan su interés en la naturaleza
situada de toda conducta (no sólo la
verbal). Por ejemplo, las reacciones físicas,
como .sudar. sonrojarse; o las cualidades
paralingüísticas de las emisiones verbales,
aunque no sean intencionales ni conscientes,
pueden transmitir mensajes. El considerar
potencialmente comunicativos a tales
comportamientos constituye una diferencia radical
en relación con los modelos descritos antes. En
contraste tanto con el modelo de código como con
el modelo inferencial, se asigna aquí un rol
mucho más activo al receptor. Este encuentra
significado en el comportamiento situado del
otro, y trata de asignar posibles
interpretaciones en varios niveles (referencial,
social, emotivo) a cualquier información
disponible. Esto significa que el mensaje que se
comunica no necesita arraigarse ni en
pensamientos ni en intenciones.
Además, el
principio de intersubjetividad, que se vincula
con la relación interpersonal entre ego y alter
con algún modo de compartir conocimiento o
experiencia (),juega aquí un rol menos
penetrante que para otros modelos. Primero, la
comunicación no necesita descansar en el logro
de la intersubjetividad; como Watzlawick et al.
(1967) dicen, " no podemos decir que la
comunicación sólo tiene lugar cuando ... ocurre
la comprensión mutua". La meta de la
comunicación es el logro por parte del receptor
de una interpretación de información
disponible. Segundo, los procedimientos empleados
para interpretar los comportamientos que otros
exhiben, no necesitan ser un reflejo de los
procedimientos empleados para exhibir. De esto se
deduce que los conocimientos previos, las
emociones, etc. de un receptor, pueden llevarlo a
una interpretación que diverge de la que fue
pretendida por el productor. El único lugar en
que la intersubjetividad sí juega un papel es en
el dominio del conocimiento lingüístico
anterior: el conocimiento compartido permite
decodificar información lingüística. Pero como
el modelo interaccional asigna mayor énfasis al
modo en que la información se sitúa en un
contexto particular, depende menos del código y,
por lo tanto, de la intersubjetividad asumida
como básica en el requerimiento de un código
compartido unívocamente entre emisor y receptor.
El código
lingüístico -- tan central para la
comunicación en el modelo de código-- es
también parte de la cultura. El concepto de
competencia comunicativa supone una relación
entre código y cultura, es conocimiento cultural
que incluye principios sociales y psicológicos
que gobiernan el uso del lenguaje, además de las
reglas "gramaticales" más abstractas
que pertenecen al código lingüístico. No son
sólo las propiedades de código del lenguaje las
que permiten a la gente " interpretar la
experiencia como inteligible". Son las
interacciones entre los seres humanos las que
permiten al lenguaje tener una capacidad de
significar -- una capacidad tan central para la
cultura misma. De este modo, el código
lingüístico sirve a la comunicación al
permitir la construcción potencial de un mundo
de significado compartido (i.e.
intersubjetividad, cultura). El elevado status
asignado al receptor encaja completamente con
este modelo interaccional de la comunicación.
Pero, hasta el status del receptor es particular
y relativo: no puede asumirse que los roles
participantes (ya sean las intenciones del
transmisor o las interpretaciones del receptor),
tengan un rol constante en el proceso por el cual
los significados serán compartidos.
Desde nuestro
punto de vista, esta perspectiva parece no tener
en cuenta que las relaciones sociales se fundan
en la desigualdad y esto implica una
distribución desigual de todos los bienes,
incluido conocimiento. Esta desigual
distribución de lo que Bourdieu llama 'capital
cultural', necesariamente asigna a cada
persona una competencia comunicativa diferente,
con diferentes valores en el mercado de bienes
culturales.
Comunicación
y consenso
En el marco del
racionalismo alemán, nos encontramos con el
proyecto de Habermas, que es tan erudito, vasto y
complejo como para que no pretendamos dar cuenta
críticamente del mismo en estas modestas
líneas. Sin embargo, por ser tan compacto y
conocido, ofrece la posibilidad de plantear, a
partir de él, algunas cuestiones relacionadas
con nuestra postura.
Habermas
sostiene el modelo de una pragmática universal,
en oposición a una pragmática empírica, del
lenguaje, tomando como elemento de análisis a
las emisiones, que admitirían una
reconstrucción racional en términos universales
al igual que las oraciones. O sea que, para él,
la competencia comunicativa tiene un núcleo tan
universal como el de la competencia
lingüística. Su objetivo es elaborar una
teoría desde la cual se pueda plantear una
teoría de la verdad y una teoría de la ética,
y, en particular, una teoría crítica de lo
social.
Contrastada con
posiciones que asumen una racionalidad
cognitivo-instrumental, ofrece una concepción de
racionalidad propia de la práctica comunicativa,
del mundo de la vida, que descansa en los
presupuestos de fondo que forman el contexto de
las tradiciones, las convicciones compartidas,
las instituciones culturales, religiosas,
familiares, etc. Esta teoría de la racionalidad
comunicativa se basa en una teoría de la
finalidad consensual del lenguaje. Las normas
comunicacionales son constitutivas del mundo de
la vida, constituyen el "fundamento
común" de la intersubjetividad enraizada en
el lenguaje, condicionan la posibilidad de la
comunicabilidad en general, tanto con los demás,
como con uno mismo. Mediante ellas es posible
alcanzar un consenso (racional) que descansa en
el conocimiento intersubjetivo de las
pretensiones de validez (comprensión del sentido
(inteligibilidad), verdad de los enunciados,
veracidad de las enunciaciones (intenciones) y
rectitud de las acciones (normativa)).
Las pretensiones
de validez se relacionan con las tres realidades
que en una emisión se vinculan con la oración:
la realidad externa u objetiva, la realidad
interna o subjetiva y la realidad normativa o
intersubjetiva. Cuando hay un reconocimiento de
las pretensiones de validez, se ha logrado un
acuerdo intersubjetivo. Se cumple así el
objetivo de la acción comunicativa, que se
orienta al entendimiento mutuo. Pero cada una de
estas pretensiones puede cuestionarse. Si se
cuestiona la inteligibilidad, se producen
malentendidos que deben ser clarificados. Si se
cuestiona la verdad, el argumento del otro se
tomará como hipótesis y la superación apelará
a la cita de experiencias relevantes o a
autoridades reconocidas. Si se cuestionan las
intenciones, se debe restaurar la confianza
mediante garantías, etc. Si se cuestiona la
rectitud, en razón, por ej., de que el hablante
no tiene el status o el papel que lo capaciten
para actuar de tal o cual forma, el hablante debe
demostrar su derecho a hacerlo.
En todos los
casos, está claro que el punto de partida es que
tanto el malentendido como la desconfianza, la
duda, la mentira y la atribución o no del
derecho al habla, constituyen cuestiones
derivadas o marginales en relación con la meta
del entendimiento.
Dice Mc Carthy
en su libro sobre Habermas ():
"En
la medida en que la interacción
normal implica considerar al otro
como sujeto, implica asimismo la
suposición de que sabe lo que hace y
por qué lo hace, de que sostiene
intencionalmente las creencias y
fines que persigue o sostiene y que
eventualmente puede respaldarlas con
razones. Aunque esta suposición de
responsabilidad es a menudo
contrafáctica, y quizá
habitualmente, es de tan fundamental
importancia para las relaciones
humanas, que procedemos normalmente
como si éste fuera el caso".
El problema es,
justamente, a qué se llama "una
interacción normal" y si la misma se
caracteriza realmente porque "implica
considerar al otro como sujeto".
Habermas dice
que hay un empleo instrumental del habla en el
contexto de otro tipo de acción, llamada
estratégica, orientada al éxito en influir en
las decisiones del otro: la persuasión o la
manipulación. Esto es lo que se reconoce como
una forma de manifestación del poder. Pareciera
entonces que Habermas tiene en cuenta que no toda
acción lingüística se dirige al entendimiento,
sin embargo, su modelo de la acción comunicativa
sólo caracteriza un tipo de comportamiento que
merece llamarse comunicativo, el orientado al
entendimiento, meta inherente al habla humana,
como bien observa Alicia Paez(). Lo que llama uso
instrumental, o estratégico, es parasitario y
desviado respecto de aquel.
Para nosotros,
la búsqueda de la emancipación de los hombres
de los poderes que lo oprimen, objetivo
explícito de la obra de Habermas, no significa
necesariamente sostener un modelo ideal de las
relaciones humanas. Tanto la verdad como la
mentira, la comprensión como el malentendido, la
confianza y la desconfianza, son elementos
constitutivos, inherentes a las relaciones
humanas, y por tanto, al lenguaje y la
comunicación.
Otra crítica
que se puede hacer a Habermas se refiere a la
radicalidad de su separación de las tres
realidades (objetiva, subjetiva e
intersubjetiva), puesto que entre la realidad
subjetiva y la intersubjetiva hay un juego de
formación reciproca. El psicoanálisis nos habla
de esto cuando pone en el centro del lenguaje la
producción de lapsus y malentendidos.
Comunicación
y dialogismo
En
lingüística, quizá sea Bajtín quien mejor ha
pensado para nosotros estas cuestiones, quien,
creemos, aporta fundamentalmente a una
comprensión crítica del lenguaje y la
comunicación.
De la obra de
este pensador, nos interesan particularmente los
conceptos de dialogismo y de polifonía.
Del concepto de
diálogo, queremos retener aquí algunas ideas
puesto que la extensión de este trabajo no nos
permite extendernos más.
1. Este concepto
establece un modelo para pensar la relación
entre el yo y el otro de manera totalmente
diferente a lo que pensaba Saussure al establecer
su oposición sociedad/individuo en su dicotomía
lengua/habla, de inspiración durkheimiana. El
individuo como entidad pasiva, radicalmente
diferenciado de la sociedad, no sería solamente
el lugar de lo monológico, arrinconado como
efecto del error o la ilusión, sino que sería
básicamente una forma de discurso que
históricamente intenta reprimir el dialogismo
"natural" que existe en la sociedad y
en el lenguaje. El monologismo "finge"
que el otro no existe.
"La
lucha del discurso dialógico llega
entonces a definirse como la lucha de
un sujeto por incorporar a otro. Un
sujeto u otro ha de ganar en el
enfrentamiento: forma del dialogismo
cuando tenemos dos sujetos
preconcebidos desde el comienzo: la
completa otredad inicial que los
separa es una consecuencia de esta
preconstitución."
2. El diálogo
asume el carácter de fuente primordial de la
creatividad social. Por "diálogo" se
entiende no solamente la comunicación verbal
vocalizada producida en encuentros cara a cara,
sino también la comunicación verbal de
cualquier tipo. El dialogismo es, pues, la forma
particular en que Bajtín modela la relación
intersubjetiva.
3. Si "el
lenguaje entra a la vida a través de
enunciaciones concretas (que manifiestan el
lenguaje) y la vida entra al lenguaje también a
través de enunciaciones concretas" es
porque en el dialogismo juegan el yo y el otro,
la conciencia y la materia, la vida y el
lenguaje.
4. La expresión
"enunciaciones concretas" sugiere que
tal dialogismo no debe pensarse como una
dialéctica, como una unidad de contrarios que se
reconcilian en la superación, sino como una
lucha constante, un movimiento, una acción, una
energía. Y mediante esta noción entra en juego
la noción de conflicto como constitutiva y
constituyente de la comunicación.
5. La relación
yo y otro no se reduce a la relación
conversacional: para Bajtín, no se trata de que
la respuesta del oyente completa el sentido del
mensaje del hablante, sino que en la emisión
misma del hablante hay una polifonía. Además
del sentido que este término tiene en Ducrot,
como cuestionamiento de la unicidad del sujeto
hablante, como constelación de hablantes, en la
concepción bajtiniana incorpora otro elemento
esencial. La polifonía no es sólo la
incorporación de otras voces anteriores a la
situación presente del habla en la voz del
locutor; es también la incorporación de la
posible respuesta del interlocutor presente en la
situación de habla: no es otra cosa lo que
sugiere el concepto de competencia comunicativa.
Al adecuar nuestro discurso a la situación
comunicativa concreta no hacemos otra cosa que
hacer entrar al otro en nuestro propio discurso.
Así, quien emite un texto es, al mismo tiempo,
hablante y oyente. Toda enunciación es parte de
una cadena de comunicación compleja.
Santa Fe, 20 de octubre de 1997
* Elsa
Ghio - María Angélica Hechim (UNL-Santa Fe). Ponencia presentada en las III Jornadas Nacionales
de Investigadores en Comunicación,
"Comunicación: campos de investigación y
prácticas". Mendoza, Argentina.
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