La
credibilidad en la información
periodística: más allá del simple ritual
Germán
Ortiz Leiva *
"La
credibilidad informativa no la construyen las
fuentes que cubren los periodistas, sino el deseo
de objetividad con que se cuenten los hechos
sociales por parte de ellos", expresaba el
ensayista mexicano Carlos Monsiváis, en una
conferencia de apertura, hace unas semanas,
dentro de un foro internacional organizado en
Bogotá por la Asociación Mundial de Periódicos
(WAN), Andiarios de Colombia y la Sociedad
Interamericana de Prensa (SIP), sobre el peligro
que corren los medios de comunicación al
informar sobre lo que está ocurriendo.
Esta frase de
alguna manera interpreta en parte la compleja
realidad por la que está atravesando el
ejercicio del periodismo en Colombia, el mismo
que al final de esa jornada dejó no sólo una
sensación generalizada de impotencia social
entre los asistentes al acto por el peligro
inminente que se cierne sobre él y la fuerza de
las amenazas a la libertad de prensa, enmarcadas
en dramáticos testimonios de periodistas
colombianos, sino también una honda
preocupación por los inmensos retos que deben
afrontar quienes asumen la tarea de informar en
este país, puesto que la degradación del
conflicto parece que va a la par de una creciente
vulnerabilidad en la libertad de informar y en la
consecuente pérdida de credibilidad de los
medios informativos para seguir haciéndolo.
Amenazas
latentes
La libertad de
información en Colombia no sólo está afectada
por la amenaza a perder la vida o la libertad por
razones propias del oficio, sino también por
quienes han visto de manera crítica la forma
como los medios de comunicación cubren la
información sobre el conflicto social y
político, el desempleo, la guerra, los actos de
violencia, la gestión del Estado, las decisiones
del gobierno y, en fin, todo aquello que haga
parte de la agenda pública de los colombianos.
Este último
aspecto es de gran relevancia en las labores
diarias del informador porque es aquí donde se
enmarca la verdadera influencia de la sociedad
civil en sus medios de información y de otros
sectores como el gobierno y las empresas
comerciales que pierden confianza en sus
inversiones al ver una disminución en el consumo
de medios y unos márgenes muy altos de riesgo en
la inversión publicitaria, motor en casi todos
los casos para el fortalecimiento mismo de la
empresa informativa.
Tan sólo en el
último año, una encuesta de la revista Credencial
revelaba en su momento la poca confianza que le
inspiraban a los colombianos la calidad de los
contenidos informativos y la manera como éstos
reflejaban la realidad nacional y su percepción
para que a través de los mismos se pudieran
plantear soluciones viables a la crisis nacional.
Esta situación
se ha agudizado de hecho luego de la ruptura del
proceso de 40 meses de conversaciones entre el
gobierno de Andrés Pastrana y el grupo de las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC), proceso que los medios de comunicación
cubrieron amplia y profusamente, no sólo por los
últimos pronunciamientos de parte de los actores
del conflicto en relación con la tarea
informativa y su aparente responsabilidad en el
fracaso del mismo, sino porque además los
analistas políticos coinciden en que no se
informó de manera correcta a la opinión
pública de lo que acontecía con el proceso.
Algunos incluso fijan el fracaso del mismo no
sólo a una falta de visión del Estado para
involucrar a los partidos políticos y a la
sociedad civil sino además "a los medios de
comunicación en una estrategia que informara y
preparara a la sociedad para afrontar con madurez
los escollos y la crisis de un proceso de por sí
difícil".
Posturas
encontradas
El escenario
propuesto para percibir el contexto en el que se
mueve la problemática de la libertad de
información en Colombia permite dilucidar varias
posturas:
Por un lado y
sin duda, un alto compromiso de las
organizaciones internacionales y no
gubernamentales del país preocupadas por
realizar pronunciamientos dirigidos a llamar la
atención de la opinión pública mundial sobre
el riesgo que no sólo corre el ejercicio de la
prensa en Colombia, sino como lo anotó
unos de los periodistas invitados al
encuentro la sociedad entera.
Por otro lado,
el de quienes como gobernantes tienen el poder
para legislar sobre la libertad de informar y ser
informado y asumen el asunto como algo
estrictamente legal, pero olvidan que el problema
de la libertad de prensa no se puede entender
como una actividad que surge del permiso formal
de un estado democrático, sino que es un asunto
que le compete a los derechos humanos en donde
entran en juego los niveles de competencia
profesional del comunicador, su compromiso con
valores individuales y sociales, y su criterio
para saber qué es lo que realmente necesita la
comunidad para estar informada.
En este punto es
necesario llamar la atención sobre lo que un
ministro de estado en el mismo encuentro
internacional anotó en relación con el derecho
de informar al cual interpuso "el deber
moral de los medios por defender las
instituciones" o en otras palabras, la tarea
de informar en los medios evitando la posturas
"neutrales ante el conflicto". Nada
más peligroso para los medios de comunicación
asumir en las condiciones actuales del país
semejante propuesta.
Aquí el asunto
de la credibilidad se traduce en una regulación
impuesta desde el gobierno que más adelante
termina siendo censura bajo el argumento de
defender el interés público. Modelo por demás
que ha revivido con fuerza en los propios Estados
Unidos luego de los atentados del 11 de
septiembre y cuya eficacia se percibe en una
opinión pública menos informada de lo que
estaba antes: "Vivimos acciones militares
sin verlas, nunca vimos imágenes de los cuerpos
sepultados bajo los restos de las Torres Gemelas,
Bush restringe la información militar
sensible- a un grupo de ocho colaboradores,
la CNN se olvida de un vídeo de Al Qaeda durante
12 horas y las cadenas árabes de televisión
emiten imágenes de un Kabul sin rastros de los
continuos bombardeos. ¿Qué está
pasando?", se preguntaba un periodista
norteamericano pocos días después de iniciada
la operación militar en Afganistán en octubre
del año pasado.
Niveles
de información: posibilidades de credibilidad
En medio de la
compleja realidad colombiana, los medios de
comunicación tienen grandes obstáculos que
superar. Y aunque suene reiterativo e insistente,
al interior de cada empresa informativa hay que
trabajar de manera incansable por encontrar un
nivel ideal de objetividad periodística que
repercuta en su propia credibilidad.
Cubrir los
hechos sociales con una "diversidad de
enfoques que no afecte de por sí a la
objetividad; antes bien, ésta aconseja que se
multipliquen los puntos de vista, siempre que se
observe escrupulosamente el principio de la
honestidad o sinceridad", escribía al
respecto el profesor Angel Benito en 1976 en sus
Lecciones de Teoría General de la Información.
Y aunque
"cada noticia periodística es una
colección de hechos establecidos y estructurados
por los mismos periodistas", su
profesionalidad se dirige a la responsabilidad en
la divulgación, la que hace ya parte de un
ritual por casi todos conocido desde la propia
universidad: Por un lado, la forma determinada
entendida como la presentación de la
información donde hay consenso en cuanto
al uso de las comillas, la convocatoria de las
fuentes, la contrastación de la mismas como
prueba de su veracidad, etcétera. Luego,
el contenido informativo, es decir todo aquello
referido a lo que el periodista sabe de la
información misma y que no está precisamente
relacionado con el origen de los sucesos, pero
alimenta un juicio apropiado de la realidad
social y por lo tanto el criterio para describir
el escenario noticioso. Y las relaciones
interorganizativas o la dinámica entre las
propias fuentes, con las cuales muchos
comunicadores suelen basar la fuente misma de la
información que divulgan. (Es común ahora
encontrar que el propio gremio periodístico
suela reconocer la capacidad profesional de un
colega en la medida en que determinada fuente se
le convierta en el único modo de obtener datos
que otros en iguales circunstancias no lo
podrían hacer. Aparte de su dependencia directa
de la fuente y los riesgos que esto conlleva,
cada vez parece que abundan más los
profesionales de la información especializados
en las fuentes y no en los contenidos o temas que
ellas suelen tratar.)
De ahí que la
discusión no sea acerca de los niveles
operativos de la objetividad, con los que suelen
actuar justificada y defensivamente la mayoría
de los medios de comunicación cuando se trata de
afrontar las críticas de parte de la sociedad a
la forma como hacen su trabajo. (Niveles que
además enmarcan rutinas periodísticas y
desarrollan lógicas propias que sólo se
entienden al interior de las empresas
informativas.) Otra cosa será lo que va más
allá de este ritual estratégico en una sala de
redacción o una estación de radio o
televisión, ya que cuenta todo aquello que
enmarca "lo que debemos hacer para
justificar una afirmación de que algún hallazgo
particular es objetivo", y esto
conceptualmente no es tan claro ahora, ante el
reto de una práctica que se enfrasca en la
interpretación de una realidad cambiante y
compleja superada con creces por la densidad
informativa que intentan cubrir en sociedades
como la colombiana.
Si de alguna
manera se intentara describir de forma gráfica
la pugna por dicho asunto, se podría afirmar que
todos los factores determinantes en la misma se
encuentran de manera simultánea como elementos
constitutivos de la acción social de los medios,
dependiendo sobre todo del criterio de quien
informa sobre un hecho social relevante: la
parcialidad, con su teoría del engaño por
omitir o tergiversar información; la
neutralidad, con la postura de unos medios
asépticos ante lo que cubren, dejando a las
fuentes su particular interpretación de lo que
ocurre con lo que se obtiene una polarización de
la opinión pública; la colateralidad, con su
esquema del efecto indeseado en la información
pero no menos responsable por lo que se ha dicho
o se ha provocado y sutilmente usado en algunas
ocasiones para ganar audiencias; y, finalmente,
el de la objetividad, con su intención de formar
el contexto necesario que brinde la confiabilidad
y la credibilidad necesarias para reconocer en la
misma un principio efectivo de lograr legitimidad
y respaldo social.
Para algunos
autores la objetividad periodística puede entrar
en conflicto con otro propósito loable para la
prensa como lo es el de desempeñar un rol activo
o el de abogar por causas que lo ameriten. Sin
embargo aquí la objetividad no está referida a
elegir una verdad por encima de otras, puesto que
no hay que olvidar que el periodismo suele
enfrentarse a verdades socialmente
controvertibles. Objetividad no es precisamente
la divulgación de verdades absolutas, es más
bien la descripción de la postura informativa en
relación con el objeto propio de la noticia y
con los diversos ángulos que la noticia exige
para dimensionar de manera integral u objetiva el
hecho divulgado y no la posición personal del
comunicador.
Baste recordar
la vieja frase del filósofo norteamericano John
Dewey que pasó su vida en búsqueda del criterio
de la verdad en las consecuencias prácticas:
"Si uno desea darse cuenta de la distancia
que pueda existir entre los hechos y el
significado de los hechos, debe internarse en el
terreno de la discusión social".
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Germán Ortiz Leiva
es analista del Observatorio de Medios, en la Universidad de La Sabana, Colombia. Es colaborador de Sala de Prensa.
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