Verdades
tácticas y estratégicas
Gustavo
Gorriti *
El periodismo
de investigación es simplemente periodismo que
ha tenido más tiempo para aplicar técnicas
específicas de averiguación
respecto a temas o realidades que se resisten a
ser revelados.
¿Qué
define al periodismo de investigación? ¿Cuáles
son sus alcances y limitaciones? En eventos
recientes me tocó participar en discusiones
sobre el tema. Lo que sigue son las reflexiones
que convocaron mayor coincidencia entre los, me
temo, veteranos periodistas participantes.
En primer lugar,
debe tenerse en cuenta que todo periodismo supone
investigación. Periodista que no investiga no es
periodista. El periodista le debe a su público
el relato de la verdad de los hechos. Tal cual
fueron y no tal cual dicen que fueron. Todo
periodista debe ir más allá de la versión para
aproximarse cuanto sea posible a la realidad. No
es fácil hacerlo, y generalmente no hay tiempo
para ser exhaustivo. Pero el solo contraste
primario de versiones, por rápido que sea, ya es
el primer y a veces decisivo paso de una
investigación. Periodista que no lo hace, que no
es escéptico, que no duda de lo que le dicen,
termina sirviendo, muchas veces sin darse cuenta,
a los funcionarios o a sus relacionistas
públicos que le presentan como noticias sus
versiones. Bill Kovach, periodista maestro y
maestro de periodistas, lo expresó bien en una
conversación que tuvo hace poco aquí en La
Prensa [se refiere al periódico La Prensa,
de Panamá]: El periodista, dijo Kovach, camina
solo, está solo; debe siempre dudar.
Entonces, el
periodismo de investigación es simplemente
periodismo que ha tenido (a veces) más tiempo
para aplicar técnicas específicas de
averiguación respecto a temas o realidades que
se resisten a ser revelados. Sus principios son
los de toda disciplina de investigación, desde
la epidemiología a la paleontología. Pero sus
reglas son las del periodismo en general. Sólo
se distingue en la práctica de otras formas de
periodismo por la aplicación más frecuente y
relativamente especializada de las mencionadas
técnicas de averiguación. A veces interesantes,
otras peligrosas, frecuentemente aburridas pero
necesarias. El periodismo de investigación en
Latinoamérica se ha desarrollado en forma a la
vez paralela y subsecuente al periodismo de
investigación estadounidense. La influencia de
este último (visible hasta en el nombre de
"unidades investigativas" o
"periodismo investigativo" traducidos
literalmente del inglés) es indudable, sobre
todo en los periodistas más jóvenes. Sin
embargo, el principal periodismo de
investigación latinoamericano ha tenido un
desarrollo diferente.
La formación de
los más logrados periodistas de investigación
latinoamericanos, arraiga en la tradición
europea de indignación y denuncia, en la que se
entremezclan el periodismo y la literatura. Es la
tradición de Zolá, del "Yo acuso"
expresada en el periodismo de hoy. Otra
característica común, en muchos de los mejores
periodistas de investigación actuales (Horacio
Verbitsky, en Argentina; Fernando Rospigliosi y
Ricardo Uceda, en el Perú, por ejemplo), es la
del compromiso político superado. Ello explica
en parte la vehemencia y a veces la acidez que
permea su trabajo. La ideología quedó atrás,
pero la indignación ante el abuso de poder y la
corrupción permanece intacta. Algunos puristas y
algunos filisteos encontrarán en ello una
característica negativa, pero yo creo que es,
por lo contrario, un factor favorable porque
energiza la búsqueda del fondo antes que el
culto a la forma.
Lo opuesto
es decir, el uso y abuso de jerga
especializada para trabajos frecuentemente
insignificantes sucede en muchas,
demasiadas, "unidades investigativas"
formadas en imitación del modelo estadounidense.
Ello puede ser, a mediano plazo, peligroso; sobre
todo teniendo en cuenta la realidad actual del
periodismo de investigación estadounidense, que
ha sido una de las víctimas de la codicia
corporativa. Hoy, la tendencia uniforme en los
grandes periódicos es a tener menos periodistas,
y asignar menos recursos para las
investigaciones. Pero la tendencia realmente
abominable es la de poner a los abogados del
periódico, a quienes antes solo se les
preguntaban si podrían, o no, defender tal o
cual nota, a intervenir en la edición de casi
todos los reportajes contenciosos.
El resultado
ahorra los costos de un litigio, pero produce un
periodismo emasculado, chato, vacío. Me tocó
ver algunas notas recientes, antes de pasar por
los abogados y después de publicadas en dos
periódicos grandes de Estados Unidos. El
resultado fue lamentable.
El campo de
acción del periodismo de investigación
latinoamericano, de otro lado, ha estado
focalizado en algunos temas centrales:
violaciones a los derechos humanos (atrocidades,
matanzas, torturas, maltratos, asesinatos); robo
público (los grandes y medianos peculados, los
sobornos y "comisiones"), que siguen
creando clases enteras de nuevos ricos y
anemizando cualquier esfuerzo de desarrollo);
crónicas de mercenarios y de espías (sobre
todo, pero no solo, en Colombia); y la memoria
que abre tumbas y confiesa ("El Vuelo"
de Verbitsky y la investigación reciente de
periodistas brasileños sobre una ejecución de
guerrilleros vencidos y rendidos que acaeció
hace más de dos décadas, son ejemplo de ello.)
Hasta ahora, ha
habido muy pocas investigaciones periodísticas
en el terreno financiero. La que hizo La
Prensa, sobre Banaico, ha sido una de las
primeras en Latinoamérica. Tradicionalmente,
solo se ha investigado la malversación de
presupuestos públicos. Pero, la revolución (o
contrarrevolución, según los gustos) neoliberal
en América Latina, y la subsecuente ola de
privatizaciones, hará, estoy seguro, que más y
más periodistas de investigación se encuentren
inmersos en el movimiento de bancos, negocios,
sociedades privadas. Este campo había sido hasta
ayer el coto de periodistas financieros y
económicos. Ya no más.
¿Cuáles han
sido los resultados de 12 o 15 años de
periodismo de investigación en Latinoamérica? A
primera vista, nada malos. Gracias a logros
hazañosos de periodistas de investigación, se
han abierto tumbas donde estaban enterradas las
víctimas y la verdad (como en el caso de la
Cantuta, en el Perú); ha renunciado un
presidente (Collor); se ha revelado con
precisión pormenorizada la corrupción en los
niveles más altos de gobierno (en Argentina,
Perú, Colombia y ahora México); se ha
descubierto narcodonaciones (Colombia, Panamá.)
En fin
Pero si se hace
un balance de resultados, el cuadro dista de ser
halagüeño. En Latinoamérica en general, la
corrupción en nada ha disminuido; la impunidad
es la regla; y, salvo una que otra excepción,
ladrones y a veces asesinos siguen en el poder,
revestidos a nivel internacional por los blandos
sofismas diplomáticos y tecnocráticos, de una
falaz pero funcional respetabilidad.
Es que el
periodismo de investigación tiene limitaciones
grandes. No solo los obstáculos intrínsecos del
periodista: el poco tiempo, la falta de recursos,
el miedo, las represalias; sino también los
externos: el hecho, por ejemplo, de que a veces
la verdad de un caso, aunque sea importante, es
poco deseada por las instituciones y aun por la
sociedad. El periodismo de investigación solo
funciona cuando existe una masa crítica de
tejido social e institucional sano. Si no, por
claro y contundente que sea, se perderá en la
oscuridad del miedo, el cinismo, la indiferencia.
Pero incluso en
el mejor de los casos, lo que se descubre es
generalmente una verdad limitada, puntual; uno
obtiene la verdad táctica, no la estratégica y
el error mayor es confundir esa perspectiva.
Dentro de esas
reales limitaciones, el periodista de
investigación debe tener una visión similar a
la del escalador de roca; y comprender que, por
empinada y lisa que parezca una pared, o una
burocracia, siempre habrá pequeñas salientes,
grietas o fisuras que permitirán organizar
existiendo el entrenamiento y las
condiciones adecuadas una escalada o una
investigación paulatina, una suma de indicios o
momentos individualmente precarios, cuyo
resultado final será, sin embargo,
frecuentemente sólido e irrefutable.
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Gustavo Gorriti es
un reconocido periodista peruano, actualmente
director asociado del diario La Prensa, de Panamá. Este artículo se
publicó originalmente en la revista Pulso del Periodismo, y se reproduce con
autorización de su editor.
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