A 25
años de la intervención contra Jacobo Timerman
Periodismo
y dictadura: La agonía del
diario La Opinión, de Buenos Aires
Fernando
Ruiz *
En este texto se
describe la intervención que realizó la
dictadura militar argentina al reconocido
diario de Buenos Aires, La Opinión,
fundado y dirigido por Jacobo Timerman. Este
hecho truncó una experiencia profesional que
había tenido un fuerte impacto en el país y
que también la tuvo en otros países. El
diario madrileño El País, fundado en 1976,
reconoce una fuerte semejanza con lo que era
el modelo de La Opinión, quién a
su vez también se había basado en Le Monde,
de París.
El 25 de mayo de
1977 la dictadura militar argentina designó como
director del mejor diario de Buenos Aires a un
general de la nación. Así terminaba una
experiencia periodística que, desde el 4 de mayo
de 1971, había sido la iniciativa más
innovadora en el mercado periodístico argentino.
Su fundador y director había sido Jacobo
Timerman (1925-1999).
Timerman había
sido detenido en la madrugada del 15 de abril de
1977. El cerco sobre el editor de La Opinión
había crecido desde la desaparición hacía
quince días del gerente técnico de su diario,
el conocido periodista Edgardo Sajón. En horas
de la noche, cuando varios autos de la policía
de la provincia de Buenos Aires irrumpieron en la
casa del subdirector Enrique Jara, en los
suburbios de Buenos Aires, no estaban ni él ni
su mujer, por lo que los policías se quedaron a
esperar junto a su hija de nueve años y la
suegra del periodista. A la una de la madrugada
llegó el matrimonio Jara. Cerraron las esquinas
con autos. A la mujer de Jara la llevaron adentro
de la casa y a él se lo llevaron al domicilio de
Jacobo Timerman, quién vivía en un barrio
céntrico de Buenos Aires. Llegaron a la 1.30 de
la madrugada. Despertaron al portero y subieron
con Jara hasta el piso 15 donde vivía Timerman.
El editor y toda su familia estaban durmiendo.
Sin violencia, un oficial militar le explicó que
lo detenía por la investigación sobre el caso
de David Graiver, un financista que hacía pocos
meses se había estrellado con su avión cerca de
Acapulco. Mientras Timerman "aprestaba sus
cosas", Jara esperaba en el living, y Rischa
Timerman ingresó por un instante al living e
intercambió saludos con el subdirector.
Enseguida apareció Timerman y se lo llevaron
junto a Jara en un auto a toda velocidad. La casa
de Jara la abandonaron recién a las 3 de la
mañana, y durante ese tiempo realizaron varias
llamadas telefónicas y bebieron café. Antes de
irse, arrancaron el cable del teléfono. Según
Camps explicó años después, la orden de
detención contra Timerman había sido dada a
media mañana del 13 de abril por el general
Guillermo Suárez Mason, jefe del poderoso primer
cuerpo de ejército, pero ninguna de las
comisiones que salió a buscarla pudo
encontrarlo.
Timerman era
consciente de la inminencia de su arresto. Había
discutido largamente la opción de un exilio
preventivo con su familia, con amigos, entre los
cuales destacaba Abrasha Rotenberg, el
administrador del diario. Y todos le habrían
recomendado abandonar el país. "Yo soy de
los de Masada", le escribió a un amigo
israelí que le pedía que se fuera. Al volver de
su último viaje a Madrid se reunió con Mario
Diament, quién era uno de los periodistas de su
mayor confianza, y le dijo que lo iban a detener
por el caso Graiver. Diament le preguntó porqué
no se iba y contestó: "porqué soy judío,
y no les puedo dar la satisfacción de que tengan
un judío que huye". Años después, Diament
escribió que estaba acostumbrado a algunas
actuaciones teatrales de Timerman pero no
parecía eso algo similar. A Rotenberg le dijo
que la presión internacional provocaría que su
detención solo pudiera mantenerse por cuarenta y
ocho horas. Unos días antes de su arresto, el
historiador Robert Potash había visitado, junto
al general Tomás Sánchez de Bustamante, al ex
presidente Alejandro Agustín Lanusse y escuchó
como este le comentaba a su colega sobre una
visita que le hizo recientemente Timerman.
Lanusse le había preguntado a Timerman por las
novedades que tenía y este le respondió que la
novedad era que todavía no había sido detenido
("The news is that I haven`t been arrested
yet", en palabras de Potash). Una de sus
secretarias, la exiliada chilena Irene Geis, le
pidió también que se fuera del país. Timerman
ya había hablado con Jara para que este asuma la
conducción del diario si lo detenían.
La causa formal
para detener a Timerman era su vinculación con
David Graiver, pero la causa real era que estaban
convencidos que La Opinión era un
diario ideológicamente subversivo. Si bien en
los interrogatorios se preguntó a fondo sobre la
relación económica, los investigadores estaban
interesados especialmente en la dimensión
ideológica del diario y de su director. Un
equipo especial de civiles, aportado por el
gobernador Saint Jean, se dedicó a buscar
"el verdadero trasfondo de la publicación a
través del análisis del contenido de todos los
números de La Opinión". Las
secciones de cultura e internacionales eran
especialmente revisadas. Lo consideraban "el
apoyo periodístico más importante a las
organizaciones extremistas, desde su aparición
en el año 1971 hasta bien entrado 1974, año en
que Timerman mitiga la prédica de su diario en
la seccion dedicada a analizar la política
nacional, manteniéndola en política
internacional y en las ya citadas columnas de La
Opinión Cultural". La conclusión de
ellos era que el diario era "la empresa de
disolución cultural más nociva con que cuenta
el marxismo en nuestro país".
Durante el día
siguiente a su detención, las autoridades
militares no admitieron tenerlos, por lo que
ambas esposas presentaron recursos de habeas
corpus. Jara recordó para esta investigación
sus pensamientos en esos momentos:
"Hasta
mi secuestro yo me consideré un hombre
valiente. Hoy pienso que en realidad yo no
conocía el miedo. De manera magistral lo
dice Borges: la muerte es algo que le ocurre
a los demás. A mi no me va a tocar. El hecho
de ser periodista significa que a mí no me
va a tocar. Es una salsa que tiene un
ingrediente de ignorancia, otro de soberbia,
otra de ingenuidad, y también uno pensaba,
para tranquilizar mi conciencia con respecto
a mi familia, que si algo pasa yo voy a poder
explicarle al coronel, al comandante
revolucionario, que yo soy un hombre honesto,
este hombre, al que no le presumo mala fe, va
a entender que soy un hombre honesto, y me
iba a dar la razón. Es un shock, adicional
al voltaje de 220, a alguna patada, y algún
simulacro de fusilamiento. Es un shock
descubrir los lìmites de esa supuesta
valentía. Descubrir que el diálogo tampoco
se produce así: empieza con una patada en la
cabeza, o en la noche en un silencio de un
pozo. El diálogo inteligente no se produce
jamás. Pero hasta esa etapa uno actúa con
esa sensación de gran tranquilidad. Con la
ignorancia del miedo."
A las pocas
horas, la redacción de La Opinión
sería impactada otra vez. Desapareció Enrique
Raab, quién había sido uno de los periodistas
más prestigiosos y que se había ido del diario
en 1975. Fue secuestrado en su domicilio en pleno
centro de Buenos Aires, junto con un amigo, el
que fue liberado dos semanas después. En ese
momento estaba preparando la edición de una
publicación denominada El Ciudadano, la
que estaba impulsada por la guerrilla. Raab
había sido especialmente amenazado por la
revista de la extrema derecha peronista El
Caudillo, y había escrito fuertes críticas
con respecto a la organización parapolicíal
Triple A. Según Spunzberg, Raab era integrante
junto con él del grupo guerrillero Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP), que en ese
momento estaba ya prácticamente terminado. El
jefe de la sección Economía, Cháves Paz,
recordó cuando semanas atrás Raab había
interrumpido una reunión de secretarios de
redacción para informar que habían ingresado en
su departamento, habían roto la máquina de
escribir y habían quemado su ropa con
cigarrillos.
Las crónicas
del día siguiente sobre Raab eran
incriminatorias hacia las fuerzas oficiales. La
Opinión informó bajo el título Fue
arrestado un periodista, que "según
versiones confirmadas por los vecinos de la
zona...luego de un amplio operativo de fuerzas de
seguridad....(y que) las versiones indican que
actuaron efectivos del Ejército, uniformados y
fuertemente pertrechados". El diario La
Prensa, bajo el título Otro periodista
fue detenido ayer en la madrugada, informó
de "un vasto despliegue de fuerzas de
seguridad", para cerrar la crónica con la
desmentida policíal sobre la existencia del
procedimiento que hizo desaparecer a Raab.
La madrugada en
que los detuvieron, Timerman y Jara fueron
llevados a la jefatura de la policía en La
Plata. Allí lo interrogaron en el despacho del
Director General de Investigaciones, comisario
Miguel Etchecolatz, donde estaba el coronel
Camps. Timerman aseguró que lo reconoció pues
él estudió un tiempo en esa ciudad, e hizo
tramite para su documento en ese edificio. Esa
misma noche le hicieron un interrogario de
alrededor de una hora. Estaba el coronel Camps y
varios policías. Timerman quedó convencido de
que en esas horas cambió su suerte. Tenían
decidido matarlo, pero cambiaron de opinión
porque podían realizar un gran juicio, que les
sería más útil:
"lo
estuve pensando y quizás mis primeras
respuestas de que era judío, sionista,
reconocí que era socialista, y eso
probablemente despertó su imaginación de un
gran juicio ante una persona que confiesa
esos crímenes."
La principal
motivación de la detención era que tanto el
diario como su director eran considerados
subversivos, pero en los interrogatorios tanto
Timerman como Jara se enteraron cuáles eran los
últimos actos del diario que habían perturbado
al poder militar. A Jara le preguntaron al día
siguiente de su detención, cuando los militares
todavía no habían reconocido su detención:
"¿A que se debe la aparición reiterada en La
Opinión de textos que hacían mención a la
no aparición de Sajón?". Y recibieron la
respuesta de Jara, bastante obvia: "Se debe
a que nosotros queremos que Sajón
aparezca". A Timerman le preguntaron:
"¿Usted cree realmente que la iniciativa de
crear una columna de Habeas Corpus favorece a las
fuerzas que combaten a la subversión y en
última instancia, a los intereses de la
Nación?".
Mientras tanto,
sin saber nada de lo que les estaba ocurriendo al
director y al subdirector, los periodistas de La
Opinión intentaban hacer algo. Habían
desarrollado cierta gimnasia de gestiones para
estas situaciones, aunque nunca les había tocado
una de tanto voltaje político. Además de la
mujer y el hijo mayor de Timerman, Héctor,
varios de los más renombrados periodistas del
diario comenzaron a realizar gestiones personales
para everiguar el destino de Timerman y Jara. Ese
mismo viernes a la madrugada, José Ignácio
López despertó al ministro de Economía
Martínez de Hoz, con quién tenía una buena
relación pues cubría el área económica. El
ministro llamó al Presidente. La mujer de
Timerman le pidió ayuda al general Lanusse pero
este sostuvo que si él actuaba sería peor pues
tenía una pésima relación con las actuales
autoridades militares. El periodista de mayor
jerarquía después de los dos detenidos, Ramiro
de Casabellas, se entrevistó con el
subsecretario operativo de la Secretaría de
Información Pública de la Presidencia de la
Nación, el capitán de navío Carlos Bonino.
Roberto Garcia habló con el general Carlos Dalla
Tea. Diament y Daniel Muchnik, que ahora era el
jefe de Economía de Clarín, hicieron gestiones
con la dirigencia de la colectividad judía para
promover el aumento de la presión sobre el
gobierno. Muchnik también se reunió junto con
José Timerman, hermano de Jacobo, con el
ministro de Economía, el que estaba preocupado
por la repercusión negativa que podría tener el
secuestro del director de La Opinión en
los judíos de Nueva York frente a las
negociaciones económicas que llevaba a cabo.
El primer
objetivo del diario consistió en presionar para
que las autoridades militares reconozcan no sólo
la detención de Timerman (algo que hicieron
veinte horas más tarde de haberlo detenido) sino
también de Jara, del que sus captores nada
decían. Las crónicas de la detención de los
dos periodistas estaban centradas en informar y
difundir que había sido un sólo operativo el
que se los llevó a los dos, por lo que, si el
general Suárez Mason lo tenía a Timerman,
también lo tenía a Jara. Los periodistas de La
Opinión sabían que si los militares no
admitían una detención esa persona podía
convertirse en un nuevo desaparecido. Eso era
algo que el general Dalla Tea, de frecuente
relación con los periodistas, le había dicho al
periodista Roberto García. La agencia Latin-Reuter,
creada por Jara siete años antes, difundió en
un cable fechado en Washington que Jara, según
fuentes de la OEA "es firme candidato a
ocupar la Secretaría Ejecutiva de la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos". Las
mismas fuentes -agregó ese cable- informaron que
Timerman había sido invitado por el Congreso de
los Estados Unidos a comparecer a mediados de
mayo próximo en una audiencia sobre la
situación de los derechos humanos en el país.
El diario completó esa información recordando
el intercambio epistolar entre Timerman y el
legislador estadounidense, Donald Fraser,
presidente de la subcomisión de organismos
internacionales, de la Cámara de Representantes.
El segundo
objetivo del diario fue reflejar el fuerte
impacto que causó la detención de Timerman y de
Jara. Según el diario, el episodio
"conmocionó a los medios periodísticos,
políticos y diplomáticos del país y del
exterior, las agencias extranjeras despacharon
desde las primeras horas de ayer extensos
informes sobre los sucesos mencionados,
destacando la prestigiosa personalidad de los
periodistas detenidos". Editores que habían
tenido relación con Jara durante el proceso de
formación y desarrollo de la agencia Latin-Reuter
promovieron artículos en su defensa. El
periodista Federico Branco escribió en O
Estado de Sao Paulo, un elogioso artículo
sobre Jara; el prestigioso editor mexicano Julio
Scherer Garcia expresó que fue "un ataque
frontal contra uno de los diarios más
independientes de América"; El Nacional,
de Venezuela, informó sobre las gestiones que se
estaban realizado en la OEA para designar
funcionario a Jara.
Pero hubo más
reacción en el exterior que en el país. La
detención de Timerman y Jara no produjo
protestas en los diarios de Buenos Aires, más
allá del diario en idioma inglés Buenos
Aires Herald. La Prensa informó el
sábado 16 de abril sobre la detención de
Timerman, pero no aclaró que en el primer
comunicado militar nada se decía del subdirector
Jara. El Buenos Aires Herald y El Día,
de La Plata, relacionaron de algún modo la
desaparición de Sajón con lo sucedido con
Timerman y Jara. La Nueva Provincia
también lo hizo, pero de un forma incriminatoria
para Sajón, al decir que "preso Jacobo
Timerman, la supuesta inocencia de Edgardo Sajón
-que tan machaconamente ha venido repitiendo el
teniente general Lanusse (...)- comienza a
diluirse". Clarín fue el
primero en informar, el sábado 16 de abril, que
toda la investigación se había originado en una
confusión de un miembro de la familia Graiver.
El Día
de La Plata publicó una editorial en defensa
de los periodistas Jara y Robert Cox (actual
presidente de la Sociedad Interamericana de
Prensa, 2002), pero nada dijo de Timerman. El
diario La Prensa publicó una editorial
sobre la libertad de prensa, donde ocho párrafos
fueron dedicados a Cox, que estuvo 24 horas
preso, y sólo uno a Timerman. El 2 de mayo,
ADEPA protestó por el arresto de Cox, pero nada
dijo del de Timerman. El Buenos Aires Herald y
La Opinión criticaron al resto de los
diarios de Buenos Aires por su actitud frente al
caso Timerman. Diament explicó años después
que, en las gestiones que realizó con los
dirigentes de la colectividad judía y la
embajada de Estados Unidos, los interlocutores
parecían dudar sobre la culpabilidad de Timerman
y eso hacía que no se comprometieran en forma
activa.
Durante el día
sábado los militares tampoco reconocieron tener
a Jara. A las 20.30 el secretario de Información
Pública, capitán Carlos Carpintero, difundió
un comunicado en el que afirmó que "no se
conoce el paradero del señor Enrique Jara".
Enseguida agregó algo desconcertante:
"inmediatamente de conocida la desaparición
del señor Jara, los organismos militares y de
seguridad han iniciado la investigación del
hecho y hasta el momento no están en condiciones
de brindar información al respecto". En su
edición del domingo 17, La Opinión
insistía que Jara y Timerman fueron detenidos en
el mismo operativo y por la misma gente, y que
incluso la mujer de Timerman lo vió a Jara en el
living de su departamento junto a los oficiales
militares. Se publicó un suelto titulado ¿Dónde
está? en el que se desconfía del punto dos
del comunicado oficial que afirmó que la
investigación oficial ya estaba en marcha:
"hasta anoche las esposas del señor
Timerman y del señor Jara no habían sido
citadas para que atestiguen sobre lo que vieron y
oyeron durante los procedimientos". El texto
terminó preguntando: "¿dónde está el
señor Jara?".
La estrategia
política pública del redactor de política,
José Ignácio López, y de La Opinión
en general, consistió en sugerir que los duros
estaban utilizando el caso Graiver para
avanzar sobre el presidente Videla, en no
demostrar ningún interés en entorpecer la
investigación, y en criticar las arbitrariedades
y actitudes macartistas. El último componente de
la estrategia política defensiva del diario
consistía en alertar con la caída de la imagen
internacional del país y con el eventual
despertar de un gigante político que comenzaría
a cansarse de su propia prudencia, la Iglesia
Católica.
Después del Buenos
Aires Herald, el medio gráfico que más
defendió a Jacobo Timerman fue el semanario de
circulación restringida Ultima Clave,
vinculado a sectores del ejército opuestos a los
duros. Incluso el director de esa revista,
Rodolfo Fernández Pondal, lo visitó en el
Departamento Central de Policía. Sobre la
situación de Timerman, este semanario dijo que
"si hay cargos, que se den a conocer
claramente para que el país tome cuenta de
ellos; y si no los hay, que se lo deje en
libertad, para que nos confirmemos de que la
justicia no anda al garete en medio del vendaval
de pasiones que agita en forma por demás
preocupante al país". De inmediato, Ultima
Clave inquirió con dureza sobre un tema por
demás sensible:
"Contribuiría
además a aliviar el estado de inestabilidad
y de angustia, que algún funcionario se
adelantase a decir algo sobre las
indagaciones que se están realizando para
dar con el paradero de Edgardo Sajón, de
Oscar Smith [sindicalista desaparecido], o
del hermano Julio San Cristobal,
perteneciente a la Congregación Lasallana,
quién ha pasado a engrosar desde el 5 de
febrero la lista de desaparecidos de quienes
no se vuelve a tener noticias en nuestro
país, cuando seís encapuchados lo sacaron
por la fuerza del hotel de Rosario donde se
hospedaba. ¿Cómo es que si la organización
erp está reducida a un 10 por ciento de su
capacidad, y la de montoneros al 20 por
ciento -de acuerdo con datos oficiales que
las consideran en estado de regresión y
limitadas a la aptitud de poner algunas
bombas- se producen todavía estas
frecuentes, misteriosas desapariciones?"
A partir del
martes 26 de abril, el diario La Prensa
comenzó a citar declaraciones de Timerman
obtenidas bajo el interrogatorio, otorgándoles
el mismo carácter autoincriminatorio que sus
captores militares y policíales. El resto de los
diarios empezó a publicar también revelaciones
sobre el caso Graiver. Esa afluencia de
información off the record en los diarios
coincidió con el momento en que se sacó la
investigación de manos de los militares duros.
El control pasó del trío Saint Jean- Suárez
Mason- Camps a la órbita del Comando en Jefe del
Ejército, donde reinaban los militares blandos.
El nuevo director de la investigación fue el
general Bartolomé Gallino. Al perder el control
de la investigación, probablemente los militares
duros intentaron difundir al máximo los
resultados para evitar que se silenciara. Esa
cantidad de información sobre las
investigaciones y el tratamiento que la prensa
realizó sobre ella provocó una reacción de la
publicación Ultima Clave. El jueves 28 de
abril escribió:
"Algunas
de las acusaciones formuladas han sido
terriblemente crueles. El cuadro que se
pintó sobre Jacobo Timerman, el fundador de La
Opinión, por ejemplo, trae a la mente
el recuerdo de aquellos procesos en los
países de Europa Oriental en los que la
gente confesaba 'crímenes contra el pueblo'.
Pero, aún en esas noticias filtradas
(provenientes de fuentes desconocidas), el
señor Timerman no ha sido acusado de estar
involucrado en forma alguna con la
subversión. Los juegos malabares financieros
denunciados suenan como sospechosos; pero se
nos suministra acusaciones, no pruebas.
Algunas de las cosas de las que es acusado, o
se alega que ha confesado, son absolutamente
ridículas. ¿Qué hay de malo en ser un
sionista de izquierdista? Pareciera ser una
de las bromas del señor Timerman. ¿Podría
ser que la fuente de donde provienen estas
cosas las hubiera confundido un tanto? ¿Es
malo haber establecido un periódico a tono
con los lineamientos de Le Monde?
(seguramente esto no era un secreto para
nadie). Y porqué la confesión no incluye el
otro lado de la Historia de Timerman -uno de
los momentos de gloria de La Opinión
cuando el ya fallecido y descollante
Heriberto Kahn, arriesgó su vida al informar
la verdad sobre López Rega, por ejemplo. Si
el señor Timerman es sospechoso de haber
cometido un crimen, debiera ser juzgado ante
un tribunal. Lo que está sucediendo con él
recuerda aquellas terribles palabras de
Erlichmann: 'Dejadlo balancearse lentamente,
lentamente al viento'".
Al día
siguiente, en una reflexión en la tapa, La
Opinión dijo:
"Para
el momento en que la Justicia se expida
respecto de los implicados en el caso
Graiver, las sentencias tendrán el efecto de
una gota de agua en un océano. Porque la
mayor parte de los medios de difusión que se
han ocupado del tema ya han producido sus
propias sentencias."
El diario
justificó su poco activismo en defensa de su
director y de las acusaciones recibidas por que La
Opinión "está envuelta en una
campaña intencional en la que no debe ingresar,
para que la acción psicológica no la desvíe de
su cometido democrático". La estrategia
consistió en hacer hablar a otros, en especial
al Buenos Aires Herald, cuya principal
critica fue contra los grandes diarios de Buenos
Aires, a los que comparó con "una manada de
hambrientos lobos". Mencionó "algunos
salvajes ataques personales en diarios que han
tenido un sabor a venganza, o el intento de
saldar viejas deudas". El editorial del Herald
expresó:
"A
medida que las fuentes de información se han
ido secando, los diarios con aparente
desesperación por mantener vivo el affaire
Graiver, han estado publicando más
desmentidos, que informaciones. (...). Los
diarios deberían tener más ética y normas
más exigentes. El periodismo no se limita a
vender más ejemplares o crucificar los
enemigos mediante la palabra impresa. Es
necesario detenerse y reflexionar. Se
suponía que el 24 de marzo de 1976,
señalaba un cambio en moralidad. En cuanto a
responsabilidad periodística, nada ha
ocurrido. Las fuentes siguen sin ser
reveladas. La gente arrestada es
vilipendiada."
Un editor
venezolano, Jorge Olavarría, de Resúmen,
entregó una carta a Videla cuando este viajó a
Caracas. Olavarría reconoce estar asombrado por
"las escasas protestas que se han hecho por
la prisión del señor Timerman, en la Argentina
y en todo el continente". Escribió
Olavarria:
"debo
insistir en aclarar en que no estoy pidiendo
para el señor Timerman una absolución, pero
sí un juicio en el cual él pueda alegar y
probar su conducta y sus derechos, pudiendo
por otra parte ejercer la libertad de
expresarse para sostener lo mismo en el campo
público, para la defensa de su honor y
reputación personal. Ignoro si el señor
Timerman es culpable o inocente, y aún
desconozco las acusaciones que se han hecho
en su contra o las razones que tenga el
Gobierno que usted preside para haberlo
sometido a prisión."
Olavarría no
defendió la inocencia de Timerman sino sus
derechos y su talento:
"Lo que
sí sé, señor Presidente, es que la
creación y existencia de La Opinión
de Buenos Aires es uno de los fenómenos
editoriales más sobresalientes del mundo
hispanoamericano; tanto más, como que fue
creado y editado en momentos de intensa y a
veces desconcertante conmoción política. Un
diario que rechaza el sensacionalismo y la
pornografía, que halaga la inteligencia y
sirve a la imaginación con el alarde de no
publicar gráficas y que capea temporales,
presiones, amenazas y violencias en la forma
como lo hizo La Opinión, figurará
en un lugar honroso en la historia del
periodismo hispanoamericano. Y es unánime la
creencia que señala al señor Jacobo
Timerman, como la figura central de este
hecho."
Mario Diament se
sumó a la crítica de la actuación de la prensa
argentina en el caso Graiver:
"el
país se ha llenado en las últimas semanas
de culpables sentenciados por veredictos
producidos en las páginas de los diarios y
revistas. Ningún juicio legítimo puede
atemperar los efectos de esta sanción, las
fotografías y los nombres se han grabado en
la retina y en la conciencia pública,
manipulados con una ligereza sospechosa.
¿Qué ocurrió con los implicados en el caso
Graiver? Han desaparecido de las páginas de
los diarios como los papeles que se echan al
piso al cabo de un juicio. Estos diarios y
estas revistas han colocado al gobierno ante
la incómoda necesidad de producir hechos. No
hechos de justicia -que son los que pueden
asegurar el triunfo del proceso- sino hechos
políticos, destinados a llenar el vacío
editorial."
Nadie parecía
dispuesto a apostar fuerte en la defensa del
editor. Jara, a quién Timerman le había negado
toda participación de Graiver en el diario,
realizó declaraciones incriminantes contra él
una vez que fue liberado. Casasbellas no realizó
una defensa pública, y en los interrogatorios en
los que participó su posición era similar a la
de Jara. El periodista James Neilson, también
del Buenos Aires Herald, defendió a La
Opinión y expresó que los "enemigos
de la libertad de prensa" parecen tener
ahora "menos escrúpulos y menos
inhibiciones que antes". El 3 de mayo, La
Opinión publicó otro artículo del Buenos
Aires Herald en defensa de Timerman, esta vez
de su director Robert Cox, bajo el título La
otra cara de la medalla en el caso Jacobo
Timerman. En la presentación de esa nota, La
Opinión aclaró que "asumió el riesgo
de que su silencio fuera confundido con blandura,
en la convicción de que la serena posición de
las autoridades que tiene a su cargo las
investigaciones era la prueba más contundente de
la falta de fuentes que avalasen los presuntos
cargos". La gran prensa no intentó defender
a Timerman. Cox escribió años después:
"El lado más triste del caso Timerman es la
falta de defensa que sufrió de la prensa".
No hubo actores
políticos o sociales que asumieran actitudes de
defensa con respecto a La Opinión y
menos con respecto a Timerman. El domingo 30 de
abril se realizó la primera marcha de las que
después serían mundialmente conocidas como las
Madres de Plaza de Mayo. Se estaba dando un
proceso de aprendizaje entre los familiares de
detenidos y desaparecidos por medio del cual
buscaban nuevas formas de lograr visibilidad en
un espacio público tan restrictivo. Cuando
comenzó mayo, se comenzaron a producir otros
hechos conmocionantes que alejaron al caso
Timerman de la agenda pública. Los primeros
días de mayo, el gobierno argentino se enteró
de que estaba por perder un fallo arbitral
internacional con Chile sobre un asunto
fronterizo entre dos dictaduras militares. El
gobierno militar difícilmente admitiría un
fallo contrario y esa situación podría producir
la escalada de un conflicto limítrofe.
Enseguida, otra noticia espectacular contribuia
al silencio sobre el caso Graiver y Timerman: el
8 de mayo, el canciller argentino sufrió un
atentado terrorista que lo dejó paralizado. El 5
de junio, el gobierno anunció que había sido
muerto el "dirigente máximo de los
montoneros en el país", Julio Roque.
Despues de haber surgido el 1 de abril junto a la
desaparición de Sajón -treinta días atras- el
caso Graiver comenzó a bajar de temperatura
hasta desaparecer. Todo eso coincidió con la
estrategia de los nuevos directores de la
investigación de bajar el ruido público y
liberar a algunos detenidos. El coronel Camps
pretendía seguir a cargo de la investigación,
pero el 6 de mayo el general Videla lo reemplazó
por el general Gallino. Esa misma tarde, Camps,
el general Suárez Mason y el asesor civil
Alberto Rodriguez Varela fueron a la residencia
presidencial de Olivos a hacer firmar un decreto
de clausura del diario La Opinión,
redactado por el asesor, por su vinculación con
Graiver. Según Camps, "el presidente no se
opuso, pero explicó que hacía falta reunir a la
Junta Militar y a la CAL". En un libro
posterior, Camps escribió:
"Cuando
terminé de hablar esperaba que se me instase
a seguir investigando, pero el comandante en
jefe y presidente de la Nación señaló la
necesidad de nombrar un general preventor,
según lo establecido por la ley
21.460."
Un funcionario
de la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires,
John King, envío a sus superiores el siguiente
informe:
"El
escándalo Graiver fue un intento de la
línea dura del Ejército Suárez Mason
y el general Saint Jean, gobernador de Buenos
Aires, y su brazo ejecutor, el vil coronel
Ramón Camps- para destruir a los moderados,
el tándem Videla-Viola. Videla logrará
quitar el caso de las manos de Camps y
pasarlo al G-4 (Logística) que dirige el
general Oscar Gallino."
Para mediados de
mayo de 1977, La Opinión, dirigida por
la mujer de Timerman, no hacía campaña por la
liberación del editor. Su estrategia pública
consistía en no provocar males mayores. Las
tapas de la revista semanal La Opinión
eran favorables al gobierno: con respecto al
viaje del presidente Videla a Caracas, titularon Presidente
Videla, Argentina en Venezuela. Había más
defensa del general Lanusse que de Timerman en
las páginas de La Opinión. O la
familia no creia tanto como él en la fuerza de
la pluma, o él mismo les pedía en las
ocasionales visitas que fueran moderados.
El 22 de mayo,
José Ignácio López en su panorama político
semanal interpretó que había "indicios de
que quedó atrás lo que quiso ser una tormenta
política". Sin mencionarlo expresamente,
López sugería que el grupo de Saint Jean había
sido políticamente derrotado:
"si a
favor del río revuelto hubo pescadores que
procuraron abrir resquicios aún en la misma
cúspide del poder; hay indicios de que
retiraron el anzuelo sin la presa deseada y,
lo que es peor aún, también sin la carnada.
Tal vez el fin de la semana anterior haya
marcado, si se quiere, uno de los puntos más
álgidos. Mientras en Caracas el presidente
de la República cosechaba uno de los éxitos
políticos más rotundos -y no solo por mejor
ubicar a la Argentina en el concierto
internacional sino también por la
incuestionable repercusión interna de aquel
logro- en Buenos Aires, algunos caían presa
de la confusión y creían en la inminencia
de cambios fundamentales."
Dos días
después, se terminó abruptamente una
experiencia política y periodística de gran
importancia en esta década argentina. La
dictadura militar intervino a La Opinión.
La familia de Timerman fue desplazada del control
de la empresa y de la dirección del diario.
Los motivos que
podrían haber desencadenado esta decisión del
poder militar fueron tres:
1. La
edición del día anterior publicó un
artículo extenso sobre una nota que la
Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
(APDH) entregó al ministro del Interior. La
APDH agregó 212 casos de desapariciones a
los 413 que se adjuntaron a una petición a
la Corte Suprema del pasado 11 de abril.
2. Hubo una
importante difusión en los días previos de
la situación del general Lanusse con
bastante presencia de los abogados del
general.
3. La
columna política dominical de José Ignácio
López revelaba una fuerte puja interna en el
poder, y eso podía ser interpretado como una
forma de dividir al ejército.
El Poder
Ejecutivo intervino La Opinión por
medio del decreto 1515/77. El mismo decreto
intervino la Editorial Olta, editora del diario,
y Establecimientos Gráficos Gustavo, empresa
impresora del diario. Al día siguiente, a
Timerman se le levantó la incomunicación.
También el 25 de mayo, el New York Times
publicó una editorial sobre Argentina, donde
acusó al general Saint Jean, cuyas repercusiones
duraron varias semanas. Cuando asumió el
interventor de La Opinión, otros temas
ocupaban la actualidad. Solo quedaba en la
memoria una nueva renuncia de la gran prensa de
Buenos Aires a defender los estándares
profesionales mínimos que, en sus elocuentes
discursos y editoriales, decía profesar.
El Consejo de
Guerra resolvió que no había ningún cargo
contra Timerman. La acusación principal había
sido sobre el ingreso de dinero montonero en las
empresas de Timerman, pero la documentación que
los militares revisaron determinó que los
aportes de capital de David Graiver se habían
realizado antes de que los Montoneros comenzaran
a utilizar al banquero como financista. La
absolución del Consejo Especial ocurrió en
septiembre de 1977 y le fue comunicado el 13 de
octubre de ese año. A pesar de la absolución,
la Junta de Comandantes, el 10 de noviembre de
1977, por resolución número 6/77 le sacó todos
los bienes.
La mujer y el
hijo de Timerman condujeron una campaña
internacional por su liberación. Mientras tanto,
Timerman había perdido toda duda sobre las
bondades de la publicidad de su encierro. Años
después escribió en la Columbia Journalism
Review que "cuando estuve en prisión
comprendió que unas pocas líneas en The New
York Times, un artículo en Le Figaro,
o una declaración en Il Corriere della Sera
tenía inmediatas repercusiones en nuestras
condiciones de vida y tratamiento como
prisioneros". El embajador de Israel lo
visitó en la cárcel y le sugirió que una
campaña pública demasiado sonora podía afectar
su libertad, pero él rechazó esa idea. "No
hay ningún ex prisionero político ni ningún
prisionero político que esté todavía en la
cárcel que acepte la ideología del
silencio", escribió pocos años después.
La dirigencia local judía reclamó su
liberación pero se separaba de la presión
internacional contra la dictadura. En su discurso
en la reunión donde fue reelegido como
presidente de la DAIA, en 1978, Nehemias
Reznitsky dijo que "aclarar la situación de
Timerman [liberarlo] será una contribución
inestimable a la lucha contra aquellos que,
ajenos a los intereses de la comunidad, usan el
nombre de Jacobo Timerman para manchar la imagen
de la Argentina en el exterior". La
diplomacia estadounidense fue una de las
presiones más decisivas sino la principal-
que recibió la Junta Militar por la liberación
de Timerman. La funcionaria Patricia Derian, en
su segunda visita al país, en agosto de 1977, en
una reunión con el ministro del Interior
protestó por los malos tratos contra el editor:
"Yo le
recordé que en mi primer visita había
visitado al diario La Opinión y
hablado con el señor Timerman, que en ese
momento ya estaba desaparecido, y dije que
había información de que había sido
torturado y nadie sabía su paradero. Se
irritó mucho y me dijo que estaba dispuesto
a traer a Timerman ante mi presencia para que
le hiciera las preguntas que quisiera. Yo me
negué a entrevistar a un detenido que
después sufriría represalias por lo que
dijera. Le dije a Harguindeguy que él era el
ministro del Interior y por ende responsable
de lo que sucediera con Timerman y otras
personas cuyos nombres le di."
Una misión de
la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) que
visitó el país en 1978 informó a la asamblea
anual de la organización, que se realizó en
Miami entre 18 y el 25 de agosto de ese año, que
"Timerman fue juzgado y absuelto por un
tribunal militar por delitos subversivos y sin
embargo sigue bajo arresto". El diario La
Nación rechazó el informe pues
"parecería que en vez de ir a la Argentina
a cerciorarse de si existe libertad de prensa se
ocupó esencialmente del caso de Jacobo Timerman,
quién se encuentra a disposición de la Justicia
por hallarse supuestamente mezclado en el affaire
Graiver".
La puja por lo
que debían hacer con Timerman siguió siendo un
punto de fricción entre los militares duros y
los blandos. Estos querían evitar escándalos
internacionales, mientras que los primeros
querían una represalia ejemplar para quién
según ellos había cometido tantos males al
país. Timerman pasó en ese tiempo por varios
lugares de detención, la mayoría clandestinos,
hasta concluir el 17 de abril de 1978 con un
arresto domiciliario. El argumento para tenerlo
en cárceles clandestinas era doble: evitar
"ataques terroristas", pero tambien el
de evitar que se movieran influencias para
sacarlo. Los duros percibían que combatir a
Timerman era el paso necesario después de
derrotar a las guerrillas. "Hemos combatido
victoriosamente los efectos de un mal dejando
intactas las causas", escribió Camps.
En 1979, el
presidente Videla había recibido la presión
internacional de varios modos, y finalmente
aceptó frente al vicepresidente de los Estados
Unidos, Walter Mondale, permitir que una
comisión de juristas de la Organización de los
Estados Americanos (OEA) hiciera un informe in
situ sobre los derechos humanos. El gobierno de
Carter había trabado varios créditos de
organismos multilaterales para Argentina, a la
que también se le estaba aplicando un embargo
militar. Según un académico, las relaciones
entre ambos países habían llegado a su nivel
más bajo desde la Segunda Guerra Mundial.
Mondale se encontró con el general Videla en
Roma, durante la asunción de Juan Pablo I, y
allí convinieron la visita. El vicepresidente de
Carter, además, habría aceptado que Patricia
Derian no fuera enviada más al país. El
gobierno argentino habría pensado que la visita
de la comisión de la OEA sería más bien
protocolar.
La visita quedó
programada para septiembre de 1979 y para esa
fecha se cerraron apresuradamente varios de los
centros clandestinos de detención. El 21 de
julio de 1979 la Corte Suprema de Justicia de la
Nación ordenó la liberación de Timerman. La
noticia produjo un fuerte malestar en las filas
militares. Según un investigador que tuvo acceso
a dialogar con importantes fuentes militares
"la actitud de los supremos jueces de la
Nación, nombrados por los propios uniformados,
produjo el mismo efecto de una bomba puesta por
la subversión". El martes 25 de septiembre
de 1979 Timerman fue expulsado del país. Unas
horas antes había abandonado el país la misión
de la OEA "que estaba particularmente
interesada" en escuchar a Timerman, y de la
cual uno de los integrantes se había reunido con
él. Si el gobierno liberó al periodista para
obtener cierta buena voluntad con la OEA su
fracaso fue evidente cuando a las pocas semanas
se dio a conocer su muy contundente y nada
protocolar informe sobre la situación de los
derechos humanos en el país.
El operativo
para llevar a Timerman desde su departamento al
aeropuerto se hizo con las máximas medidas de
seguridad, para evitar un posible ataque de los
militares duros. Estos realizaron un conato de
rebeldía pero fueron disuadidos. Un helicóptero
se lo llevó sin avisar a la estación aérea,
frente a la incertidumbre de Timerman que no
sabía en manos de quién estaba y adónde se lo
llevaban. En el aeropuerto lo esperaban
funcionarios de la cancillería israelí que
viajaron con él a Rio de Janeiro y desde allí
viajaron a Tel Aviv. El decreto de la expulsión
(nº 2398) decía:
"Viaja
en el vuelo 116 de Aerolíneas Argentinas con
destino a Israel, vía Roma, provisto de
pasaporte de No argentino y con visa del
Estado de Israel."
*
Fernando Ruiz es
profesor del Seminario de Periodismo y
Democracia, y de Historia y Cultura de la
Comunicación de la Facultad de Comunicación de
la Universidad
Austral (Buenos Aires-
Argentina). Es licenciado en Ciencias Políticas,
y obtuvo un doctorado en Comunicación Pública
en la Universidad
de Navarra. Escribió Las
palabras son acciones: historia política y
profesional del diario La Opinión, de Jacobo
Timerman, 1971-1977 (Perfil libros, Buenos
Aires, 2001). Esta es su primera colaboración
para Sala
de Prensa.
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