De peligros
y otras acechanzas en la
enseñanza del periodismo de investigación
Alfredo
Torre *
En
el Taller de Periodismo de Investigación,
siempre ha sobrevolado por las cabezas de alumnos
y docentes el fantasma de una posible desgracia.
Es que el potencial riesgo que supone demostrar y
divulgar la existencia de hechos -en general-
vinculados a la corrupción y al incumplimiento
de las leyes, no es por cierto algo menor.
Seamos más
explícitos. En los últimos años nuestros
estudiantes han podido comprobar, entre otros
casos, las condiciones de servidumbre de
indocumentados extranjeros; la venta irregular de
pasajes gratis para discapacitados en el
transporte público; la existencia de
tratamientos médicos a personas con productos
veterinarios no autorizados por la autoridad
sanitaria; el engaño a familias humildes en
transacciones inmobiliarias y el enriquecimiento
ilícito de una variopinta gama de burócratas.
Algunas de esas investigaciones tomaron estado
público a través de los medios locales, como
las correspondientes a ciertas apuestas
irregulares en el hipódromo o la venta de
psicofármacos en kioscos callejeros. Otras,
promovieron la atención, interés y posterior
indagación de algunas comisiones del Poder
Legislativo para el esclarecimiento de hechos
oscuros vinculados a la administración pública.
Por cierto que
el perfil dado a la asignatura desde sus inicios,
siempre ha despertado un significativo interés
en el estudiantado, especialmente entre quienes
son más sensibles a cierto compromiso social que
proyectan en la carrera elegida. Pero la
promoción de tales actividades fue generando a
través del tiempo una permanente inquietud sobre
la falta de contención institucional en casos de
inseguridad, a la hora de ejecutar determinadas
estrategias metodológicas en cada producción.
Algunos de los
interrogantes emergentes de la discusión y
análisis en la cátedra han sido:
- ¿Hasta
qué punto puede la materia solicitar a los
alumnos la realización de una labor que
encierre alguna forma de peligro para la
integridad de los mismos?
- ¿Qué
sucede cuando los estudiantes deciden asumir
ciertas responsabilidades desoyendo las
recomendaciones de los docentes? Aún más:
¿Qué consecuencias traería para el
profesor si frente a un hecho con resultado
imprevisto y dañino, el alumno argumenta que
"me fue indicado que lo hiciera de esta
manera"?
- ¿Qué
responsabilidad tiene el educador frente al
manejo irresponsable o impericia de los
alumnos en la actividad investigativa que se
realiza fuera del aula y sobre la cual no
tiene control?
- Si
detrás de cada hecho ocultado hay
potencialmente alguien que podría reaccionar
violentamente frente a la evidencia de haber
sido descubierto, ¿no se estaría exponiendo
demasiado a los estudiantes a situaciones de
riesgo?
- ¿Con
qué contención institucional cuenta el
educando frente a amenazas o agresiones?
- ¿Cómo
debería proceder el docente como funcionario
público ante el conocimiento de un hecho
sobre el cual tendría la obligación de
hacer una denuncia?
Cada una de
estas preguntas conlleva -por lo menos- a
cuestionamientos pedagógicos, éticos,
jurídicos y de responsabilidad académica. Entre
quienes conformamos el equipo docente hemos
advertido la necesidad de reglamentar y
establecer ciertos parámetros para el accionar
de los alumnos y de nosotros mismos. En este
posible acuerdo, en ningún caso se ha siquiera
sugerido la modificación de los objetivos de la
materia o la supresión de la enseñanza de esta
modalidad profesional considerada esencial dentro
de la práctica periodística.
Estos criterios
no son compartidos al parecer por el conjunto de
la comunidad universitaria. En un reciente
dictamen proveniente de la Dirección General de
Asesoría Letrada de la Universidad Nacional de
La Plata y en respuesta a una presentación
realizada por el Taller, se dice que "no
puede la Universidad requerir a los estudiantes
la realización de tareas que puedan entrañar un
riesgo para su integridad física",
agregando que "la realización de cualquier
trabajo fuera del ámbito de la Facultad debe ser
supervisada por el docente responsable".
Es de sentido
común que nadie tiene intención de embarcar a
otros en situaciones que puedan eventualmente
derivar en infortunados resultados. También es
cierto a efectos de cumplir con la
recomendación citada que se necesitaría
algo así como un ejército de profesores
especializados en periodismo de investigación
para acompañar a los alumnos en sus prácticas
fuera del aula.
La cuestión que
se plantea es: O hacemos como que hacemos
periodismo investigativo, o lo hacemos realmente.
Y llevarlo a cabo supone transitar la calle,
involucrarse con la realidad y a veces meter las
narices donde otros algo ocultan. Desconocemos
cuántos de nuestros estudiantes podrán en el
futuro dedicarse a transparentar asuntos de
interés público, pero nos sentimos como
profesionales obligados a ofrecerles en su
formación universitaria las herramientas
necesarias para realizar nada más ni nada
menos que un periodismo bien hecho.
En lo personal
siempre he descreído de enseñar
"todo" en el aula (suelo llamarla
irónicamente "la burbuja") y aprecio
cuando los jóvenes me dicen: "Siento que
estoy haciendo periodismo en serio". Por tal
razón, mientras dure la controversia
institucional sobre las pertinentes
responsabilidades, seguiré apostando a no
teorizar sobre "la adrenalina y sus efectos
en la entrevista al principal implicado".
Además (y por las dudas), no dejaré tampoco de
rezar para que nada grave suceda.
*
Alfredo Torre es
profesor en la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina, y miembro del Consejo
Editorial de Sala de Prensa.
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