Vuelta
a la racionalidad de emisores y receptores
La
responsabilidad individual
Francisco
Gómez Nadal *
Tiren
a la basura de inmediato todos los manuales
clásicos del periodismo. Renuncien a mostrar las
diferencias entre géneros o estilos. Dejen de
molestar a sus alumnos con el Análisis Crítico
del Discurso. Busquen más bien el mando a
distancia, hagan un puente con cables,
conéctense a la red, abran un chat sobre
medios, tecnifíquense ¡por Dios! Vuelvan al
discurso bíblico para enseñar el "hasta
que no lo veo no lo creo", porque,
efectivamente, ya no se trata de comprender, sino
de "creer". Un comentario muy escuchado
el 11 de septiembre de 2001, minutos después de
que el primer avión se estrellara contra una de
las dos desaparecidas Torres Gemelas de Nueva
York, fue: "No me lo puedo creer".
¿Quién le dijo al espectador, al antiguo
receptor, que la cosa era "creerse" el
suceso? ¿Recuerdan aquellos tiempos en que el
objetivo era comprender el suceso?
No considero que
cualquier tiempo pasado fue mejor, pero sí
defiendo que el tiempo enseña si el olvido no
marca el compás. Y el olvido lo está marcando.
Quizá es la velocidad de este momento
histórico, al que se le atribuye la revolución
de la información. O quizá es un proceso menos
benigno, conectado necesariamente al
enterramiento en vida del concepto de ideología,
fundamentado de manera sólida al regreso y
triunfo planificado del pensamiento mágico
frente al pensamiento crítico. Estoy con
Vicente Romano cuando explica que "el
pensamiento mágico está basado en una realidad
fragmentada y es éste tipo de pensamiento el que
le da la única unidad posible", mientras
que "el pensamiento crítico se realiza como
toma de conciencia de la realidad plural" y
requiere de un esfuerzo intelectual1.
El olvido no
deja de ser una manera intencional de manipular
la conciencia pública. Si el olvido esculpe la
memoria colectiva, las posibilidades de moldear a
esa sociedad son mayores. Resultado, mayores
oportunidades para la publicidad, para los nuevos
líderes catódicos, para el aislamiento del
pensamiento. Recuerden curioso verbo este-
que el discurso de los nuevos salvadores de almas
es que hay que disfrutar el momento: recordar o
proyectar son pecados que llevan al sufrimiento
y, el sufrimiento, en esta sociedad del
entretenimiento que busca un estado de
inconsciencia onírico, está prohibido.
El olvido, en
este momento, no deja de ser una mala copia de la
dinámica del zapeo frente al aparato de
televisión. La imagen fragmentada, a una
velocidad inaudita, provoca olvido de la imagen
anterior, del mensaje. El olvido de nuestra
época, es el olvido catódico y el contagio al
resto de medios de comunicación masivos,
especialmente a los escritos, es preocupante. Si
se suma el contagio de la epidemia audiovisual-cibernética
al discurso santurrón de la mediación
sin mediar hacer de puente pero sin ayudar
a pasar el río-, la doctrina que reciben los
nuevos periodistas y los nuevos receptores es la
de la neutralidad suiza: "No veo, no
sé, sólo registro, sólo leo".
¿Es válida la
lectura sin intencionalidad? ¿Es la
intencionalidad un tipo de opinión
necesariamente? ¿El cambio de conceptos como
información, veracidad o actualidad deben ser
asumidos sin rechistar?¿Hay posibilidad de
resistencia ante este panorama?
Los
paradigmas
¿Recuerdan? Información
era la transmisión de datos, testimonios,
contexto, es decir, todos aquellos elementos que
permitían al receptor armarse de argumentos
para, a la hora de decodificar el mensaje,
formarse una opinión que, al final, revertía en
la conformación de una opinión pública
sólida. El concepto de Actualidad
incluía el interés público, la cercanía
histórica, cultural y/o espacial, la relevancia
del hecho, la pertinencia social... Lo veraz,
si mal no recuerdo, era aquello comprobable,
objetivable, si no objetivo.
Pero, tal y como
nos está recordando de manera insistente Ignacio
Ramonet, gracias a la influencia de
la televisión, ahora veracidad es todo aquello
que el receptor puede ver en imágenes (es decir
que un documento desclasificado de la CIA pierde
su peso informativo si no lo podemos
pintar con imágenes de recurso, o un
grueso informe del Fondo Monetario Internacional
pierde interés porque no se mueve);
actualidad es todo aquello que podemos transmitir
en tiempo real y el acto de informar
se limita ya a la descripción. "Informar es
ahora mostrar la historia en marcha o, más
concretamente, asistir en directo al
acontecimiento. La imagen (o la descripción)
basta para darle significación a un suceso"2.
Este cambio de
paradigmas se acoge en un cierto puritanismo
periodístico (gracias a la influencia, entre
otros, de Walter Lippmann en el periodismo
norteamericano3). La honestidad
intelectual que había roto el corsé del
concepto de objetividad ahora ha sido derrocada
por una especie de asepsia quirúrgica. Vemos y
contamos... o mejor: transmitimos, porque al
contar podemos contaminar el suceso y el
receptor, recuerden, ahora prefiere ver el
bombardeo en directo antes que conocer las
respuestas a preguntas clásicas del periodismo
(¿Quién lo está haciendo?¿Por qué lo está
haciendo?¿En qué momento histórico,
político, etc- lo está haciendo?, y así una
larga ristra de incómodas cuestiones). Es
importante en este punto dejar claro que el
análisis, la información crítica no puede ser
equiparada a la opinión. El periodista no opina
(para eso están los columnistas y
editorialistas), pero sí mastica la
información hasta que le ofrece los elementos de
juicio necesarios al receptor. Es incómoda la
frontera entre análisis y opinión, pero esta
exigencia es necesaria para ejercer un periodismo
responsable que sepa dónde están los límites,
cuándo se deja de masticar y se pasa a escupir.
El hecho es que
en la mayoría de redacciones periodísticas
buena parte del trabajo se limita a reciclar
notas de prensa enviadas por los
temibles departamentos de prensa de instituciones
públicas o privadas, y, cuando se sale de la
redacción, o se va a conferencias de prensa
que no dejan de ser un comunicado de prensa
con rostro- o se cubre la guerra en bus, guiados
por los propios protagonistas del conflicto en un
tour organizado por el horror del enemigo.
Como indica Guido Fernández, "la sala de
redacción no es un centro propulsor de ideas
noticiosas, sino el canasto a donde llegan las
consejas, especulaciones, rumores, boletines e
informes. La sala de redacción es como una
descomunal notaría pública en la que se
registran todos los eventos que los interesados
quieren destacar. ¡El oficio de periodista
tiende a parecerse tanto al de escribano!
(
) uno se pregunta si merece la pena una
carrera universitaria para terminar en la
función de meros reproductores de una adocenada,
inconsistente y arbitraria concatenación de
hechos, en vez de ser analistas e intérpretes de
la realidad que nos circunda"4.
Normalmente, el
reportero se escuda en la dictadura
del jefe de redacción, o en el esquema de poder
de los medios. Todo eso es cierto, un análisis
básico de la propiedad en los medios de
comunicación de masas los conecta directamente
con los grandes grupos económicos y políticos
de este mundo globalizado. Pero la
tesis que defiendo es que achacar todo a los
medios es eludir una responsabilidad profesional
y social irrenunciable. Al igual, no hay que
ocultarlo, que el ciudadano está eludiendo su
responsabilidad social de pensar y, por lo tanto,
de buscar información de calidad, de discriminar
las fuentes de información válidas, de las poco
confiables.
No estoy de
acuerdo pues con la afirmación de Romano, quien
cree que "carece de sentido matar al
mensajero, criticar al reportero de televisión,
porque no es él quien ha forjado su mente".
Cierto es que la escuela, la familia, los medios
de comunicación, ejercen una "manipulación
de cerebros", como lo definió Herbert
Schiller5, pero esos cerebros no
pueden renunciar de una manera irresponsable al
deber de resistir, de pensar, de confrontar, de
defender los espacios de libertad conquistados a
lo largo de la historia y que, hoy en día,
están en peligro de fosilizarse en los andenes
de las autopistas de la información.
La
tentación de lo fácil
Si comenzamos a
pensar en el receptor, el miedo de los
comunicólogos clásicos a la falta de
retroalimentación, a la unidireccionalidad del
mensaje, es un temor infantil al lado del peligro
que supone el predominio del canal (y por lo
tanto de la técnica) y a la falta de pensamiento
crítico en un receptor embrutecido que tiene
pánico al esfuerzo, al dolor y a su propia alma.
Es indiferente que la comunicación sea de doble
vía si no hay nada de interés viajando
por dicha vía.
Dice el poeta
Rimel Serrano6 que "sólo tiene
alma quien decide tenerla". Es un acto de
autodeterminación complejo, que supone asumir el
dolor como parte de la vida, y creer en terrenos
síquicos más allá de los físicos. El alma del
receptor, en nuestro caso, debe estar conformada
por sensaciones, pero también por razones. La
cultura del entretenimiento explota el reinado de
la sensación y minimiza la importancia de la
razón. Pero el alma del receptor debe estar
armada de razones para poder comprender el
complejo mundo circundante. Pero...¿quiere el
receptor comprender el mundo circundante?¿no
está primando el discurso individualista y
sensiblero de que lo único que importa es el
entorno más cercano y los sentimientos
personales? Karl Mannheim, discípulo de Weber,
señalaba que "un hombre para el que no
existe nada más allá de su situación inmediata
no es plenamente humano"7.
El aislamiento,
defiendo, es fruto de la fragmentación de la
información, y, por lo tanto, del fin del
comportamiento social. La comunicación como
disciplina, el periodismo, nació de un ser
social preocupado de saber, de comprender y de
relacionarse. La información periodística le
daba herramientas para ejercer ese papel social.
Cuando desaparece la necesidad de interactuar,
muere el interés por la información. Como
sostenía el escritor italiano Antonio Tabucci,
hemos pasado de la ciudad teatro, en la que cada
ciudadano tenía un papel a desarrollar en
espacios públicos espacios de discusión
al fin-, a la ciudad cine, en la que la persona
observa el espectáculo y no participa. Opinamos
sobre el resultado de las cosas como en un
encuentro deportivo- pero no interferimos en su
desarrollo.
El predominio
del mercado sobre la construcción social
fragmenta y transforma todo acto comunitario en
una transacción mercantilista. "Más pronto
o más tarde el mercado tiende a absorber. Ejerce
una presión casi irresistible sobre todas las
actividades para que se justifiquen en los
únicos términos que reconoce: convertirse en
una propuesta de negocios, producir beneficios,
cumplir los mínimos aceptables. Convierte las
noticias en diversión, el saber en carrera
profesional, el trabajo social en gestión
científica de la pobreza"8. En este contexto,
pensar críticamente es improductivo. Comprender
el funcionamiento de las cosas es una amenaza
contra el mercado. La especialización de los
saberes evita el juicio público ya que... cómo
se atreve un no especialista a cuestionar el
mensaje de un científico.
Los periodistas
renuncian a la labor de análisis e invitan a los
estudios a supuestos especialistas que no pueden
ser cuestionados. El ciudadano, que no es
especialista en la información, renuncia a
cuestionarla ya que recibe a diario el mensaje de
que sería irresponsable contradecir la voz del
experto que resume su tesis en entrevistas de no
más de siete minutos.
Esta
autorrenuncia a un derecho básico del ser
humano, junto al triunfo de la imagen sobre el
lenguaje, nos lleva a un facilismo receptor que
abre el camino a la manipulación directa de los
símbolos. Como explica Harry Pross, "la
imagen habla de los sentimientos, algo que no
alcanza directamente el informe lingüístico
continuado. El lenguaje como vehículo del
pensamiento discursivo libera fuerzas del
conocimiento distintas a la imagen y los gestos.
La imagen y el lenguaje pertenecen a simbolismos
distintos"9.
El imperio de la
imagen deja sin desencadenar fenómenos de la
razón necesarios para la comprensión de nuestro
entorno cercano y lejano. Apelar permanentemente
a las emociones y a las sensaciones (viejo juego
practicado por la publicidad y la propaganda) se
ha convertido en técnica habitual de los
generadores y difusores de información. Y el
receptor se ha abandonado a este mundo de
emociones sin rechistar, anclado al sofá. Sin
plantearse la gravedad de tal renuncia.
Si a todo este
imperio visual sumamos el déficit de debate en
nuestra sociedad, el cóctel es mortal para el
receptor, para el ciudadano-espectador. ¿Para
qué formarse, para qué pensar, si no hay
espacios de debate público en los que utilizar
nuestros saberes? ¿Para qué ser brillante
intelectualmente si ya no está de moda? El
espectador es así más espectador que nunca,
más pasivo que nunca. Habrá argumentos que
contradigan esta hipótesis, apoyándose en que
no conocemos periodo histórico con más flujo de
información que el actual. Pero
¿es
suficiente recibir información?
Lash asegura que
"lo que hace que la gente esté poco
informada no es el sistema escolar por malo
que sea- sino la decadencia de la discusión
pública, a pesar de las maravillas de la era de
la información. Cuando la discusión se
convierte en un arte perdido, la información,
aunque esté plenamente disponible, no causa
impresión alguna"10. Y es que, si no hemos
discutido públicamente, si no hemos confrontado
nuestros presaberes sobre un asunto, cómo
buscamos la información que nos falta, cómo
sabemos las preguntas que debemos realizar a los
medios para llenar los vacíos de los que ni
siquiera somos conscientes. Dice Jung que
"el hombre se acostumbra a todo, siempre y
cuando alcance el apropiado grado de
sumisión". Prefiero compartir el análisis
cuasi naif de Germán Arciniegas, quien,
en el prólogo a su obra cumbre Entre la
libertad y el miedo, asegura que "cuanto
más difícil se vuelve la posibilidad de
comunicarse, de discutir, más se aviva el deseo
de libertad"11. ¿Será así?
Víctimas
y verdugos
En este
entramado de cosas, el periodista es víctima y
verdugo. Víctima porque es parte de la masa de
ciudadanos educados en un esquema de sumisión
intelectual, porque su cultura actual parte, al
igual que en la mayoría de la población, de los
impactos mediáticos audiovisuales, porque las
cadenas de televisión globales (como la CNN, MTV
o Sky) han sido su escuela de la vida y su
principal fuente de información -en este último
caso viene bien aclarar que, aunque este
personaje nunca haya visto las cadenas globales,
la influencia existe ya que se instaló la mala
costumbre entre el resto de medios de poner en la
agenda de la actualidad solamente aquellos temas
tratados desde estos medios planetarios-.
¿Es especial el
periodista? No, ha sufrido el mismo sistema y su
actitud, probablemente, ha sido tan pasiva y tan
emocional como la del resto de
receptores. Las escuelas o facultades de
Comunicación no han hecho mucho por
contrarrestar estas realidades y se han volcado
frenéticamente en la carrera del tecnicismo, de
la falsa modernidad. Se enseñan las
herramientas (computadores, mesas de edición,
cámaras digitales, software multimedial
),
pero, a menudo, no se trabaja el análisis
crítico, no se discute sobre coyunturas
políticas, no se ahonda en las historias de la
Historia, no se pierde tiempo en
provocar el pensamiento activo
Se reproduce
el esquema de los medios: el alumno asiste pasivo
a cinco años en los que una serie de saberes
convertidos en carrera profesional (¿recuerdan?)
pasan por delante de él pero no permean, no
dejan huella en el yo consciente, en el homo
sapiente que algún día debió comenzar a ser.
Pero si es
víctima, yo diría que es antes verdugo. El
periodista elige serlo, pero la sociedad no
vigila su desempeño. En palabras de Miguel
Ángel Bastenier, la sociedad se protege con
diferentes filtros y selecciona a sus futuros
abogados, médicos o arquitectos, pero no tiene
mecanismos de protección ante los futuros
periodistas12. Por eso, ante la
confianza tácita depositada en él, el
periodista debe obligarse al ejercicio
responsable y a la defensa de ciertos parámetros
irrenunciables de la profesión.
Escudarse en el
medio es, cuando menos, cuestionable desde el
punto de vista deontológico. "Los
periodistas no forman un cuerpo homogéneo.
Existen opiniones enfrentadas y mucho debate. Es
una profesión que hoy exige un enorme trabajo.
Además, los periodistas son ciudadanos, y
grandes consumidores de medios de comunicación,
más que las demás personas. (
) Hay una
toma de conciencia colectiva, pero ¿existe una
responsabilidad?", se pregunta Ramonet13.
Defiendo que la
única manera de ejercer esa debida
responsabilidad es con la hiperformación
del periodista. Vemos las lagunas con las que
salen los nuevos profesionales al enjambre de
medios y de intereses empresariales, políticos y
sociales. Lagunas que van desde la historia a la
sociología, desde la economía a la política.
En clases de periodismo de Colombia podemos
escuchar a alumnos decir que no les interesa la
política, como cualquier ciudadano asqueado de
la corrupción o de la politiquería. ¡Qué
problema! Resulta que no es un ciudadano normal.
Las únicas
armas que tiene el reportero para resistir a su
medio o a su redactor jefe-ejecutivo
empresarial es la formación, los argumentos.
El periodista, en muchas ocasiones, balbucea
excusas ante su jefe directo, no sabe explicar la
intencionalidad de su trabajo o, más grave, no
sabe por qué ha hecho las cosas. Del ignorante
siempre se ha aprovechado el poder. El problema
es cuando el ignorante tiene el pesado trabajo de
informar a la opinión pública.
La rueda del
despropósito se completa con la estrategia de
los medios de comunicación de ahorrar
presupuesto en la plantilla periodística. Eso
lleva a contratar a periodistas muy jóvenes, con
poca experiencia y sin el acompañamiento del
viejo profesional (porque, como en los oficios
artesanales, en el periodismo hay una tradición
de aprendizaje junto al maestro, no
junto al maestro contaminante, sino al
ejemplificador). Dueños de las redacciones de
los diarios, las emisoras y los canales de
medianas y pequeñas ciudades, estos jóvenes no
aceptan críticas. Se blindan en la negativa para
ocultar sus lagunas y, al fin, sus artículos o
piezas, naufragan estrepitosamente. Tienen
suerte: ante una opinión pública cada vez menos
formada, muchos de sus errores pasan
desapercibidos. Sin embargo, su error sí deja
una marca indeleble: termina de apuntalar a una
opinión pública sin criterio porque los
elementos que lo conforman son errados.
Conclusión
El panorama es
éste: medios centrados en el entretenimiento
como industria que maneja la información como
mercancía (lo que no vende, lo que no
entretiene, no vale), periodistas con graves
déficits de conocimiento tratando de
desenmarañar realidades cada día más
complejas; y receptores que buscan el refugio de
la televisión y de los medios electrónicos para
poder no-pensar cuando llegan cansados a sus
hogares. El triángulo es peligroso y fomenta el
triunfo del pensamiento mágico frente al pensamiento
crítico. Soluciones de largo plazo se han
propuesto (formación crítica de lectura de
medios en los colegios, reconstrucción de la
prensa de opinión para generar diversas fuentes
de información, repensar los currículos de las
escuelas de periodismo, etc
), pero este
momento histórico avanza muy rápido y existe la
posibilidad de que todos los parches lleguen
cuando la balsa esté hundida.
Por estas
razones, hago una defensa de la responsabilidad
individual de los periodistas en ejercicio y
aquellos que están a punto de abandonar la
burbuja académica. Quizá es un poco iluso el
planteamiento, pero me parece realista, posible,
si se retoma cierta dignidad profesional, una
defensa clara y contundente de la democracia, es
decir, de la discusión pública. Si fomentamos
los espacios de discusión, si retomamos cierto
carácter histórico de resistencia que tenía el
periodismo, podemos rearmar la bolsa de
argumentos.
La confianza en
un giro del sistema educativo o del entramado
empresarial mediático sí me parece a todas
luces ingenua e improbable.
______
Notas:
1 Romano, Vicente. La
Formación de la Mentalidad Sumisa, 1993,
Ediciones de la Catarata (Barcelona).
2 Ramonet, Ignacio. Cómo nos venden la
Moto, 1999, Icaria (Barcelona).
3 Libros como Opinión Pública (1922)
señalaron la importancia de que el periodista
"transmitiera información" y se
olvidara de fomentar la discusión social sobre
los temas que trataba.
4 Fernández, Guido. Agonía a la hora de
cierre. 1994. Trillas / Universidad Internacional
de Florida. México.
5 Shiller, Herbert. Los manipuladores de
cerebros, 1979, Gedisa (Barcelona). El libro de
Schiller es un clásico de la historia crítica
del periodismo y analiza el papel de la
televisión en Estados Unidos en las décadas de
los 60 y 70.
6 El poeta Serrano hizo esta afirmación
en un debate sobre Periodismo y estética
realizado en Bucaramanga alrededor de un texto de
William Ospina.
7 Karl Mannheim hacía esta afirmación
en su ensayo "La democratización de la
cultura", escrito en 1932. ¡Cuánto tiempo
y qué poco se aprende del sedimento intelectual
de la historia!
8 Lash, Christopher. La rebelión de las
élites y la traición a la democracia. 1996.
Paidos (Barcelona).
9 Pross, Harry. La violencia de los
símbolos sociales. 1989. Anthropos (Barcelona).
10 Ibid.
11 Arciniegas, Germán. Entre la Libertad
y el Miedo. 1996. Planeta (Bogotá)
12 Bastenier, Miguel Ángel. El blanco
móvil. 2001. Ediciones El País (Madrid)
13 Ramonet, Ignacio. "Los periodistas
están en vías de extinción", artículo
publicado en la revista Número 32, Marzo 2002
(Bogotá)
*
Francisco Gómez Nadal es magíster en periodismo de El País (España), periódico en el que
también ha trabajado; dirigió el diario La Tribuna (Nicaragua) y colabora con medios
escritos. Actualmente coordina el énfasis de
Periodismo en la Facultad de Comunicación Social
de la Universidad
Autónoma de Bucaramanga y
dirige el departamento de Producción de esta
institución, en Colombia.
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