A la vista de estos
resultados, merecen destacarse, en mi opinión,
las siguientes conclusiones:
- El
espectacular incremento (en casi un 29
por ciento) de parlamentarios de ambas
cámaras que hacen pública una
dirección electrónica en el 2001, a
diferencia de en 1999, no se corresponde,
sin embargo con un incremento similar de
quienes responden al ciudadano de a pie
del experimento (un 16,5 por ciento más
en el 2001 que en 1999). Asimismo, el
porcentaje de parlamentarios que
responden sigue siendo bastante reducido
en el año 2001, como queda especificado
en la tercera de estas conclusiones.
- Tal
discrepancia es mucho más aguda en el
caso del Senado pues mientras la casi
totalidad de los senadores ofrecen ahora
su dirección electrónica, sólo un
19,7% de los miembros de esta Cámara (un
20,8 % de los que hacen pública su
dirección) llegan a responder. Ello
parece corroborar la impresión de que
muchos senadores cuentan con correo
electrónico, más por una iniciativa de
equipamiento institucional que por un
interés personal de ellos mismos.
- Fue una
proporción insignificante la de los
parlamentarios que respondieron
efectivamente en 1999. Pero en ambas
cámaras, el número de quienes responden
al supuesto ciudadano de a pie sigue
siendo muy bajo en el 2001: Un 23,1% del
total de los diputados y un 19,7% de los
senadores. Al menos en el caso de los
diputados, si el porcentaje se establece
a partir de los que declaran su
dirección de correo electrónico,
quienes contestan alcanzan un 38,7% de
los que la ofrecen. Entre los senadores
este otro porcentaje es muy similar al
antes citado, al mostrar casi todos los
senadores un correo electrónico que por
lo visto luego apenas utilizan para el
contacto propuesto.
- Por
partidos políticos, es el PSOE el que
entre ambas cámaras ofrece una imagen
global de mayor proporción de
respuestas: El 33,6% de sus
parlamentarios y el 29,4% de sus
senadores han respondido a este
comunicante. CIU genera una impresión
muy desigual, pues si bien ofrece el
porcentaje particular más alto en el
Congreso (un 46,6% de sus diputados
respondieron), en la Cámara Alta sólo
uno de sus once senadores (el 9,1%)
respondieron. El PP refleja una
situación homogénea pero bastante
débil en ambas cámaras (el 16,3% y el
16,7% de sus diputados y senadores,
respectivamente, respondieron).
Finalmente llama la atención que los
grupos minoritarios sean los que nunca o
casi nunca han respondido; con
independencia de la escasa significación
de cualquier resultado aleatorio que su
escaso número de miembros siempre
tendría que generar, resulta llamativo
que quienes en principio deberían
sentirse más cercanos al contacto con
gentes de a pie y a la necesidad de
ganarse nuevos simpatizantes, sean de
hecho los más insensibles o refractarios
hacia las vías de comunicación con las
que más fácil contacto podrían
fomentar.
- Por lo que
se refiere a la clásica comparación
entre sexos, destaca que mientras en 1999
el porcentaje de parlamentarias que
llegó a responder fue insignificante y
claramente inferior al de los varones
(2,2% y 2,6% del total de las
parlamentarias del Congreso y el Senado,
frente al 8,1% y 6,7% respectivamente, en
el caso de los hombres), en el 2001, las
mujeres han sobrepasado con claridad a
los hombres en el porcentaje de
respuestas (el 28,4% de las diputadas y
el 29,1% de las senadoras, frente 20,9%
de los diputados y el 16,8% de los
senadores). Tal cambio drástico de
tendencia podría interpretarse como una
inicial incorporación más tardía de
las parlamentarias al uso de las nuevas
tecnologías -en línea con las mujeres
en general-, pero que una vez
familiarizadas con las mismas, parecen
más interesadas en cuantos usos implican
mayor intercomunicabilidad social.
- Aunque se
ha descartado por razones de espacio
entrar en el análisis detallado de las
distribuciones por tramos de edad o
áreas geográficas de los
parlamentarios, una consideración
inicial permite descartar el factor edad
como explicativo de la mayor o menor tasa
de respuestas y, en cambio, los
representantes de las provincias
catalanas son los que con
independencia de los partidos de
pertenencia-, parecen destacar en su
porcentaje relativo de respuestas, frente
a los del resto de regiones.
- Finalmente,
la sensación negativa que en términos
cuantitativos genera el discreto número
de parlamentarios españoles que de hecho
entran en una experiencia de contacto
real con un ciudadano de a pie a través
de la nueva vía, debe ser sopesada en
sentido positivo con otros dos factores:
En primer lugar, el prometedor incremento
relativo que en tan sólo dos años se ha
experimentado, tanto entre quienes
anuncian su dirección como entre quienes
de hecho aceptan responder a un simple
ciudadano desprovisto del menor interés
institucional o profesional. En segundo
lugar, si bien son sólo uno de cada
cinco diputados, aproximadamente, los que
se molestan en aceptar ese contacto
democrático, los que lo hacen
manifiestan, por lo general, en sus
respuestas un estimulante tono de
amabilidad y de aplauso al ciudadano
corriente por atreverse a dialogar con
sus representantes. Esta circunstancia
permite vislumbrar que una porción
importante de nuestros parlamentarios han
entendido ya que la nueva vía de
contacto entre representantes y
representados puede y deber ser fomentada
en beneficio de la propia democracia.
Otra cosa será qué tipo de respuesta y
de reorganización institucional
estarían dispuestos a afrontar estos
mismos políticos en el caso de que un
número masivo de ciudadanos y no algún
puñado ocasional decidieran entrar en
diálogo habitual y sostenido con ellos.
5.
Consideraciones finales sobre el porvenir de una
ciberdemocracia interpelativa.
La comunicación
política de las democracias contemporáneas
requiere asumir entre sus valores nucleares el de
la transparencia general de las diversas e
interconectadas esferas públicas. En la
actualidad, dichas esferas públicas parecen
dominadas y canalizadas por la definición de la
atención pública y selección temática que los
medios de comunicación de masas, por propia
iniciativa o por delegación, operan. Tal
protagonismo de las instituciones mediáticas en
la determinación simbólica del proceso
político ha exacerbado el fenómeno de la
"política centrada en los medios" que
tantos críticos deploran.
Las nuevas
tecnologías de la comunicación abren una
oportunidad histórica a favor del diálogo
público plural y una reflexión más profunda
sobre los asuntos de incumbencia general por
parte de cualquier ciudadano políticamente
interesado. De igual forma, facilitan un acceso
sencillo a las bases de datos e información de
la Administración, en condiciones
progresivamente más generalizadas.
Pero todas estas
nuevas posibilidades podrían deparar una
influencia insignificante y colateral en el
rígido "star system" de la política
contemporánea si los nuevos espacios de
comunicación política aquí analizados quedan
reducidos a plataformas minoritarias y sin
incidencia significativa en el flujo central de
discusión de la esfera pública mediática. El
"minipopulus" de la parte de la
ciudadanía más sensibilizada con los asuntos
públicos, sugerido por científicos de la
política como Robert Dahl, como mecanismo
institucional de incremento de la conciencia
democrática y la participación popular en la
política, podría realmente llegar a implantarse
en términos prácticos mediante innovaciones
como los foros electrónicos y otras iniciativas
similares. Pero el principal desafío que
cualquier innovación electrónica de la
participación o deliberación política debe
afrontar radica en cómo obtener la suficiente visibilidad
social para transformar, o siquiera ser
tenida en cuenta, en el proceso de definición y
construcción de la agenda pública que
actualmente domina la vida público-política de
nuestras democracias.
La
"política virtual", sobre todo en
relación con las campañas electorales, plantea
un prometedor horizonte de acercamiento de los
ciudadanos a un ambiente más participativo y de
ejercicio de análisis más racionales de las
medidas ofrecidas, reduciendo así de forma
notable la atmósfera de frivolidad y el estilo
de "carrera de caballos" que prevalece
en la información política del momento. Pero
quizá no queda más remedio que ser algo
escépticos respecto a los cambios que realmente
están en condiciones de provocar los nuevos
instrumentos comunicativos. Los estrategas de la
mercadotecnia política tienden a considerar los
nuevos canales como plataformas complementarias
desde las que distribuir el mismo tipo de
mensajes que ya hacen circular a través de los
circuitos tradicionales. No es fácil pensar que
se vaya a producir una reducción de las
declaraciones efectictas y "de
titulares" de los líderes, ni de la lógica
de las tácticas de los pseudoacontecimientos
provocados para generar unas fotografías de
impacto. Bien al contrario, es más sencillo
suponer que los costes de las campañas seguirán
ascendiendo y que los nuevos canales de
comunicación serán alimentados con similares
contenidos propagandísticos que constituirán un
capítulo más de los gastos electorales
clásicos.
Sin embargo,
ningún cambio tecnológico permite la
preservación absoluta de un invariable espacio
social. Gracias a estas nuevas tecnologías
empiezan a vislumbrarse importantes signos de
transformación hacia una nueva sensibilidad en
la comunicación política, incluso entre las
fuerzas políticas tradicionales y sus
principales responsables. Puede que muchos de
ellos estén pensando sólo en servirse de las
potencialidades participativas de la política
virtual como táctica retórica para sugestionar
a los electores, sin ningún interés real por la
ampliación del espacio de debate democrático.
Pero la simple invitación enunciada a la
participación de los ciudadanos corrientes a
través de mensajes de correo, tertulias en la
Red y otras formas de intervención electrónica,
puede por sí sola transformar de manera
drástica la mentalidad social respecto a las
relaciones democráticas de nuestras sociedades.
El ciudadano de
a pie puede ahora mismo remitir una nota de
protesta a un parlamentario, hacer llegar en
cuestión de segundos esa misma reacción a
varias decenas de periódicos electrónicos o
convencionales, consultar o rastrear entre todo
tipo de páginas de organismos oficiales
accesibles en la Red, crearse incluso su propia
micro-red de ciudadanos conectados por similares
preocupaciones, y así un largo etcétera. Tal
conjunto de nuevas formas de generar y recolectar
mensajes de naturaleza política pueden ser sin
duda "menores" consideradas una a una y
asimismo minoritarias en cuanto al porcentaje de
ciudadanos que de hecho las usan todavía. Pero
contempladas en conjunto ayudan a cambiar la
percepción sociocultural y las actitudes de
fondo respecto a lo que cabe hacer y esperar de
una democracia. El pesimismo popular radical de
que la política es el territorio exclusivo de
los políticos profesionales y los poderes
fácticos de siempre, puede cuando menos
aminorarse. Tal vez la democracia real nunca
podrá equiparse con los sueños de la democracia
ideal, pero la cercanía inevitable que las vías
cibernéticas abren permite hablar de una democracia
interpelativa o replicante, de mayor
exigencia hacia las élites políticas e
institucionales en la medida en que éstas no
podrán zafarse tan fácilmente como hasta ahora
de las presiones individuales y colectivas por
atender y responder a las demandas ciudadanas.
Éstas, ya no tienen por qué restringirse y
acomodarse simplemente a lo que los grandes
medios de comunicación de masas seleccionan y
enfocan, y de hecho tales medios a veces se ven
sorprendidos por acciones políticas fraguadas
silenciosamente en el ciberespacio,
tal y como ilustran los sucesos
antisistema de Génova, en junio del
2001, o parcialmente las redes fundamentalistas
islámicas desencadenantes de los bárbaros
atentados contra las "Torres Gemelas",
pocos meses más tarde.
La tendencia
hacia nuevas prácticas sociales de comunicación
política apenas se ha iniciado y es aún
demasiado pronto para comprender cabalmente el
impacto a largo plazo que tendrán tales cambios.
En ese sentido puede ser oportuno el recordar que
incluso dos siglos después de la invención de
la imprenta, algunos de los más reputados
pensadores de la época como Tomas Hobbes
en su Leviatán (cfr. DeFleur y Ball
Rokeach, ed. 1993:300)-, llegaron a escribir que
dicha innovación tipográfica no pasaba de ser
una ingeniosa curiosidad técnica, carente de una
trascendencia cultural de envergadura.
______
Notas:
9 En el enclave del PSOE, bajo un
epígrafe titulado "Tu opinión nos
interesa" se solicitaba a los internautas,
no sólo cualquier opinión genérica, sino
incluso sus comentarios y aportaciones para la
redacción del programa electoral en las
semanas previas a la elaboración de ese
documento-. Pero a pesar de facilitarse
direcciones postal, de correo electrónico y
teléfonos, en ningún momento se hablaba de
respuestas del partido ni de foro público para
tales mensajes.
10 Otras cifras que merecen comentario es
el bajo número de diputados de IU y CC con
correo electrónico, pues con independencia de
sus cifras pequeñas, todavía en el 2001 sólo
uno de cada cuatro de sus miembros en el Congreso
tenían e-mail.
11 Uno de los diputados contactados en la
comprobación realizada en noviembre de 1999
confesaba en su respuesta a este investigador que
le constaba que muchos de sus compañeros en las
Cortes ni siquiera abrían sus buzones
electrónicos.
12 En la medición del año 2001, se
introdujo una pequeña variante, al diferenciar
un texto ligeramente distinto para el contacto
con el Presidente del Gobierno, el líder de la
oposición socialista y el anterior Presidente
del Gobierno, Felipe González. En los dos
primeros casos se consideró que podía resultar
inverosímil que el ciudadano de a pie se
dirigiera precisamente a ellos para pedirles
información sobre el modo de obtener una
invitación para una sesión del Congreso, por lo
que se eliminó esa parte del texto y se hizo
hincapié en la curiosidad de si un político tan
ocupado e importante estaba dispuesto a atender
la consulta de un simple ciudadano. En el caso
del anterior Presidente del Gobierno se decidió
incluirlo también en este supuesto y teniendo en
cuenta además que su esposa también es
diputada, se decidió posponer en unas tres
semanas, con respecto al resto, el envío de este
último mensaje para reducir las posibilidades de
que comentaran entre ellos la recepción de un
mensaje similar y levantaran la sospecha de estar
siendo sometidos a algún tipo de escrutinio. La
posibilidad de "contagio" entre los
sujetos observados no ha podido ser plenamente
descartada en la modalidad de experimento
empleada y era el principal temor que este
investigador consideró respecto a la validez de
la prueba, a pesar de las cautelas
procedimentales seguidas. Sin embargo, el número
reducido de respuestas obtenidas permite
descartar que se hubiera producido un amplio
número de contestaciones a partir de comentarios
al respecto entre los parlamentarios y la
consiguiente percepción de sentirse sometidos a
algún tipo de inspección. Aun así, uno de los
últimos mensajes recibidos a primeros de
noviembre de 2001, comentaba de pasada que ya
sabía por un par de compañeros de la Cámara,
de su mismo partido, que ellos ya habían
respondido a la pregunta de este ciudadano y por
lo tanto se limitaba a reiterar su disposición a
responder a otras cuestiones en el futuro. Tal
evidencia de que con el paso de un excesivo
número de días aumentaba la probabilidad de que
nuevas respuestas pudieran resultar inducidas,
aconsejó no considerar hipotéticas nuevas
respuestas a partir de las 5 semanas
transcurridas desde el envío inicial. De hecho,
este tipo de sospechosas respuestas de última
hora no se han llegado a producir tras el plazo
inicialmente fijado para computar las
contestaciones electrónicas.
13 La prueba realizada entre noviembre y
diciembre de 1999 sufrió en un primer intento
graves problemas técnicos. Tras un primer envío
de los mensajes ningún diputado o senador llegó
a responder, a pesar de no haberse producido la
devolución, por errores de transmisión o de
dirección incorrecta, de ninguno de los mensajes
remitidos. Al considerar demasiado inexplicable
que ni uno solo de los 281 mensajes tramitados
hubiera sido respondido, fue enviada una nueva
oleada de mensajes tres semanas más tarde,
utilizando en este caso la función electrónica
de reclamación de notificación de la
recepción. Aunque en el caso del Senado esta
función no resultó operativa, al carecer de
ella el servidor de la Cámara, fue posible
verificar también en este colectivo al
enviar los mensajes agrupados en bloques y
mediante la utilización de la opción de copia
oculta-, que al menos uno de cada grupo de
envíos sí respondía en esta ocasión y, en
definitiva, que la mayoría de los mensajes de la
segunda oleada sí habían llegado a su destino.
Se comprobó también que algunas direcciones
eran incorrectas tal y como aparecían en las
correspondientes páginas electrónicas de su
Cámara, siendo devueltos tales mensajes esta
vez. La mayoría de los parlamentarios que
respondieron al Segundo mensaje mencionaban que
no eran conscientes de haber recibido ninguno
previo. Todas estas circunstancias hacen aflorar
otro problema no contemplado hasta aquí, en
relación con la fiabilidad que puedan ofrecer
los servidores electrónicos de instituciones con
tan intenso tráfico como el que una verdadera
democracia electrónica exigiría para estas
instituciones.
14 Entre los que sí respondieron hubo
algunos que sutilmente "regañaban" al
comunicante por su simpleza (con frases como
"es obvio que la manera de comunicarse
conmigo es como usted ha hecho"), o
traslucían muy escaso interés, remitiendo a la
dirección de su partido o grupo parlamentario.
En cambio otros expresaron gran amabilidad y
entusiasmo por las posibilidades comunicativas de
las nuevas tecnologías.
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* José Luis
Dader es profesor en la
Fac. CC. Información de la Universidad Complutense
de Madrid. El texto aquí
publicado es una versión reelaborada y ampliada
a partir de la comunicación presentada en el
Seminario Internacional sobre "Innovación
Tecnológica y Comunicación Política" en Perugia, Italia, diciembre, de 1999
(Dader, 1999), y fue proporcionado por el autor
para Sala
de Prensa.
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