Venezuela:
El crudo efecto
de la vanidad mediática
Nelson
González Leal *
La
vanidad y la doble moral son dos de los rasgos
principales de la modernidad mediática, y en
Venezuela estos se potencian de una manera
lastimosa y de alto perjuicio para la sociedad.
No quiere decir que estas cualidades resulten
exclusivas del período moderno venezolano, pues
desde la época independentista nuestro talante
dio muestras de su presencia. De José Antonio
Páez a Los Monagas, de los Monagas a Guzmán
Blanco, de Guzmán Blanco a Cipriano Castro, de
Castro a Juan Vicente Gómez, de Gómez a Marcos
Pérez Jiménez, y de éste al resto de los
presidentes electos en la era democrática
exceptuando, tal vez, a Ramón J.
Velásquez-, el fuero de lo insustancial y de una
probidad escasa ha dominado el desarrollo de la
conciencia social y política del venezolano.
Este dominio se
ha visto afianzado por la producción y posterior
desarrollo de dos hechos cardinales que
acontecieron en Venezuela con la distancia que
divide apenas a un par de generaciones: la
aparición del petróleo, durante el gobierno de
Juan Vicente Gómez, y la puesta en marcha de la
tecnología de telecomunicaciones, en la década
del ´50. Su carácter cardinal lo otorga el
hecho de que el establecimiento de su industria y
la manera en que ha sido manejada por quienes
tuvieron la visión sociopolítica y económica
justa para lograr su capitalización, originaron
el desplazamiento de la actitud y la conciencia
ética-social del pueblo venezolano hacia la
entronización de un pragmatismo utilitario y
especulativo, que disloca la realidad y sujeta
sus partes al control avasallante de la lógica
mercantil. Bajo este control se cumple lo que el
pensador neoliberal Alain Minc1 ha dicho respecto al
estado natural de la sociedad: no es la
democracia, sino el Mercado quien lo establece o
define.
Infiltrada por
la idea de que el sólo hecho de poseer riquezas
garantiza el bienestar social y político y
aun el ético y el cultural-, la sociedad y sus
instituciones ceden el compromiso de establecerlo
a aquellos que logran dominar la lógica
mercantil y capitalizar la economía,
desconociendo que la labor de capitalización
puede convertirse, o bien, en una devastadora
guerra, o bien, en un angustiante juego amoroso,
en donde, como advierte una sentencia popular,
todo vale. El fin justifica los medios, y éstos
son muy maquiavélica y liberalmente empleados
por quienes comprenden que para labrar un camino
expedito al éxito económico en una sociedad
desarticulada, hace falta tener poder y perpetuar
la desarticulación.
Esto hace,
entonces y ahora, la industria mediática, en
especial aquellas empresas que se erigen como
dioses neomodernos: la televisión y la
publicidad. Para obtener con escasa dificultad el
poder que le garantice el éxito económico,
reducen la sociedad a su expresión mercantil y
producen la fragmentación de la conciencia
colectiva e individual, mediante la difusión del
único modelo que, según el esquema ideológico
mediático, es representativo del éxito social y
personal dentro del mercado de valores
neomodernos: el triunfo económico; obtenido
siempre por la vía más sencilla o cómoda.
El
azar mediático para ser millonario
Como muestra de
lo anterior podríamos colocar miles de ejemplos
televisivos y publicitarios, pero haremos
precisión en uno muy determinante: En Venezuela
se trasmite un programa de concurso denominado
¿Quién quiere ser millonario? Este es, en
realidad, una franquicia internacional, cuyo
esquema es el siguiente: el concursante debe
responder a un determinado número de preguntas
de cultura general, cada acierto le garantiza la
obtención de un monto en dinero y cada falla le
resta la posibilidad de acceder a ese monto, ya
que sólo puede errar en tres oportunidades. Y
empleo el término errar con absoluta
propiedad, pues de lo que se trata en este juego
es de agenciarse el dinero más por azar, que por
conocimiento, en tanto las preguntas son
formuladas bajo el método de selección simple,
otorgando cuatro alternativas al participante,
además de tres opciones de ayuda o consulta
externa.
¿Quién quiere
ser millonario?, apunta, claramente, a la
entronización de la acriticidad intelectual y
del sentido mercantil de la vida. ¿Quién quiere
ser millonario? es un programa globalizado que
busca despertar un anhelo típico y determinante
de las sociedades liberales, el de constituirse
en dueño del poder económico, el de ser miembro
de esa élite especialísima que se conoce como
"los millonarios". Y para ello sólo
basta tener suerte; no como en el programa
español denominado Saber y ganar, donde, como es
obvio, hay que saber para poder ganar, y no sólo
dinero, sino también conocimientos. Apunto que
el esquema de preguntas de este programa español
no es de selección simple, sino de desarrollo
intelectual de la respuesta.
Este golpeteo
constante al anhelo de triunfo económico y la
hendidura que produce en el espíritu crítico,
abona la tierra para la abundante germinación de
dos frutos de sabor y carácter tan vil como
aquel de la historia bíblica: la vanidad y la
doble moral. De la pulpa de estos frutos se
alimentan la industria televisiva y la publicidad
para erigirse como profetas finales, portadores
de una revelación definitiva y absoluta: el
camino hacia la tierra prometida se llama
Globalización.
Los
profetas de una nueva religión
Son estos
profetas quienes se anuncian como los únicos
conocedores de los secretos que guarda este
paraíso global. Pero la verdad puede ser
distinta: el Dios real es el Mercado y tanto la
televisión, como la publicidad, no son más que
dos fieles y eficientes mensajeros; así como la
Globalización es sólo su doctrina. Una doctrina
uniformizante que, apoyada en la perfección del
discurso publicitario y televisivo, ha logrado
entronizar en la sociedad latinoamericana
realidades ajenas a su certidumbre, para crear
una religión totalmente mediática, llena de
falsedad y olvido: la de la apariencia.
En Venezuela
esta nueva religión -cuyo instrumento más fiel,
indiferente e infalible es el Dinero-, hace de la
cultura nacional un artificio de la ideología
economicista (con todo su correlato a punto:
pragmatismo utilitario y especulativo y
conformación de una estructura sociopolítica
para la conquista del poder por el poder mismo),
donde el ethos social no puede más que
sostenerse como un modelo abstracto y sin-lugar
de la libertad colectiva.
En consecuencia,
la formulación de la libertad en Venezuela es de
carácter liberal, y este carácter liberal
traduce según determina José María
Desantes2- una vía absolutamente
individualista, o, en esencia, la libertad del
más fuerte. Esto, aplicado al sistema mediático
equivale a la libertad del que tiene el poder de
informar, que es el propietario individual
o conglomerado- de los medios. Y como ya se ha
constatado en tantas oportunidades pese a
nuestra conveniente inconsecuencia y desmemoria
sociopolítica- esta formulación ignora su
responsabilidad con el bien comunitario, para dar
mayor espacio a las exigencias de la lógica
comercial y/o a las de los intereses que giran en
torno a la consecución del poder.
Los
paradigmas de la neomodernidad
Antes de
proseguir se hace necesaria la precisión de un
término que he manejado con cierta profusión,
pues esto nos permitirá obtener un mejor marco
referencial del tema tratado. Se trata del
término neomodernidad que puede parecer
una categoría sin razón, puesto que su
pertinencia y su valor significante se arriesgan
a convertirse en una perogrullada, en tanto la
modernidad se concibe, en su movilidad temporal y
de sentido, como el paradigma de la perenne
innovación dentro del mundo industrializado, y,
además, dado que, filológicamente, el prefijo neo
designa la conformación de géneros recientes e
inéditos, funciona, dentro de nuestra particular
realidad sociopolítica, con alcance histórico y
aun metalingüístico, para designar el
ensanchamiento de un orden cultural (la
modernidad) que, de ser un proceso de
autorregulación social, política y artística
de la sociedad burguesa y de sus instituciones,
se trocó, por efecto de la influencia
masmediática, en ideología de la negación
respecto a los valores fundamentales de esta
sociedad, a saber: el trabajo, el progreso, la
racionalidad crítica y la libertad innovadora.
Tal
ensanchamiento del sentido, forma y substancia de
la modernidad condujo al cambio de la naturaleza
racional y dogmática de estos valores
cambio que algunos pensadores como Antoine
Compagnon3 prefieren llamar
contaminación-, por un efecto moral y
éticamente ambiguo, que "preconiza un
patriotismo de citas heroicas, especial para
adornar discursos políticos, además de
guarderías, escuelas y puestos policiales",
pero incapaz de impulsar el renacimiento de una
verdadera cultura nacional no institucionalizada
en función de las determinaciones del Mercado.
El mayor paradigma de la neomodernidad es,
sin duda, la cultura de masas que, en honor de la
ambigüedad ética que la define y de su
avasallante lógica comercial, no rechaza los
espacios elitescos de la sociedad burguesa para
conformar un nuevo lugar de participación plural
y no discriminatorio -abierto y no cerrado-, sino
que integra éstos a su lógica participativa,
colocándolos a la cabeza del proceso de
culturización popular.
En resumen, lo
que se ha llamado posmodernidad en Venezuela no
es más que el repliegue y acondicionamiento de
los valores de la modernidad en el ámbito
mediático, es decir, una modernidad definida por
las características, naturaleza e intereses de
los Medios de Entretenimiento Masivo y del
instrumento regulador más eficaz del Mercado, la
publicidad. De la modernidad que pondera los
valores del progreso, la razón y el trabajo, y
que establece el criterio de lo nuevo utilitario
como paradigma sociopolítico y cultural, pasamos
a una neomodernidad que, sin abandonar el
paradigma de lo nuevo utilitario, se sostiene
sobre el esquema de la gratificación inmediata,
mediante el consumo desaforado y la creación
indiscriminada de falsas necesidades, valores que
son coto predilecto de la Publicidad y del
negocio del entretenimiento de masas. En tal caso
la vanidad y la doble moral resultan necesarias
para sustentar los paradigmas neomodernos y para
conformar "el esquema de acriticidad propio
al desprendimiento de los valores que tocan los
imperativos sociales de la frugalidad y de la
valorización del ahorro y del trabajo"4.
El
señorío mediatizador de los preceptos sociales
Precisado lo
anterior, es posible determinar que en nuestro
marco sociopolítico actual no solamente son los
imperativos o preceptos de la frugalidad (en sus
acepciones de mesura y modestia), el ahorro y el
trabajo, los que, de una manera muy sutil,
violenta la modernidad mediática. No olvidemos
que la ideología sobre la cual el sistema de
entretenimiento masivo deposita y activa sus
operaciones es de corte liberal y que, desde esta
moldura ideológica, el sistema mediático
pondera, además de la categoría de lo nuevo
utilitario, la de la apariencia, que puede
apreciarse, inclusive, como una degradación de
la primera y que estableció el dominio de un
mercado mediatizador de la calidad del contenido
conceptual y programático de las categorías
libertad, democracia y comunicación.
Este dominio
mediatizador de las categorías sociopolíticas
que definen la naturaleza y el alcance del Estado
Nación y de sus instituciones, representa el
señorío del sector mediático liberal sobre el
proceso de culturización social, política y
económica de Venezuela. Pero debe aclararse
-para ser justos con la realidad-, que esta
avasallante mediatización se afianza en un
terreno que bien abonó la escasa inteligencia y
la profunda incultura política de los dirigentes
partidistas venezolanos. Merced a la falta de
visión histórica -que produce, entre otras
cosas, un ejercicio de consecución inmediatista,
absoluto y no programático del poder-, y la
completa incapacidad para sostener el basamento
ideológico de las agrupaciones que representan y
permitir que estas terminen convertidas en meras
maquinarias electorales, los líderes políticos
venezolanos originaron un estancamiento estatal y
gubernativo de tal magnitud que consecuenció el
lamentable quiebre entre la sociedad y el estado.
Terreno fértil, pues, para dos fenómenos de
evidente presencia en nuestro país: la búsqueda
desesperada y átona de nuevas representaciones
de la realidad y la demanda y posicionamiento de
liderazgos provenientes de filas distintas a las
políticas.
Entre estas
búsquedas de nuevas representaciones de la
realidad surge aquella que formula lo siguiente:
establecer todas las relaciones necesarias para
que una colectividad humana pueda constituirse en
una comunidad con potencial de desarrollo
armónico pasa por traspasar de la esfera
pública a la privada el control de los procesos
económicos, sociopolíticos y culturales de una
Nación. Y aquí los dos profetas neomodernos ya
descritos, la televisión y la publicidad, juegan
una posición fundamental: se convierten, no
sólo en el instrumento con mayor alcance para
proporcionar a la sociedad elementos conceptuales
y normativos tan preciados como el conocimiento,
la eticidad y la epistemología de las
categorías libertad, democracia y comunicación,
sino también en los potenciadores o hacedores de
nuevos liderazgos; por supuesto y siempre desde
su lógica comercial, plagada de acriticidad y
sujeta a las determinaciones de la religión de
la apariencia: vanidad y doble moral como
preceptos finales y constitutivos.
De
la realidad mediática a la gremial
Como
"Traficantes de realidad" los ha
descrito el periodista uruguayo Marcelo Jelen, en
un artículo publicado en Sala de Prensa5, refiriéndose
especialmente al uso que de la información hacen
los Medios de Entretenimiento Masivo. Y como ya
he dicho: nuestro sistema informativo mediático
se desarrolla bajo la égida del poder económico
liberal, que basa el criterio de la formulación
de la verdad en una libertad de carácter
individual, exclusiva de los dueños de Medios.
Su formulación es evidentísima: para garantizar
que la actividad informativa se ejecute de manera
libre, esta debe ser potestad del sector privado.
Esto ha sido
innegable en Venezuela, sobre todo, durante los
acontecimientos políticos acaecidos en el
período que va del diez de diciembre del 2001 al
12 de abril del 2002, cuando los canales de
televisión pertenecientes al grupo Cisneros
(Venevisión), a la familia Phelps (Radio Caracas
Televisión, canal que trasmite, por cierto, el
programa ¿Quién quiere ser millonario?) y a la
Corporación Televen, iniciaron y sostuvieron una
campaña informativa de abierta oposición al
régimen gubernativo del presidente Hugo Chávez
Frías. La excusa para esta postura es,
francamente, absurda: a falta de un sector
político con verdadera fuerza opositora, los
Medios tienen el deber de constituirse en
vigilantes de las acciones que el gobierno
ejecute en función del desarrollo del Estado. A
esto sólo cabe responder como lo hace un
reconocido editorialista del programa informativo
20/20 de la CBS, Keep me a break.
Vanidad y doble
moral mediática, no cabe duda. Como ya lo he
sostenido en otra oportunidad6, el enfrentamiento entre
los sistemas informativos y de opinión
mediática y el Gobierno -un asunto de índole
tan vieja ya como el propio nacimiento de la
Prensa-, ha resultado siempre saludable a la
democracia y ha de considerarse tan conveniente
como la separación de la Iglesia de los asuntos
del Estado, puesto que lo medular de esta
situación sociopolítica reside en la
posibilidad de evitar los excesos que de uno u
otro bando se producen, al encontrarse aupados, o
bien por un criterio mal entendido de la
libertad, o bien por una conceptualización
unidireccional de la misma. Ahora bien, la
condición saludable de este enfrentamiento se da
en tanto ambas partes cumplan a cabalidad su
función institucional, que no es otra que
establecer todas las relaciones necesarias e
indispensables para que una colectividad humana
pueda constituirse en una comunidad con potencial
de desarrollo armónico. Esta función pareciera
ser así descrita- responsabilidad única
del Gobierno, pero si tomamos en cuenta que el
término comunicación, en su sentido primordial,
indica "poner algo en común, es decir,
traspasarlo a la esfera pública, colocarlo a
disposición del público"7, entendemos que
cualquier organismo o empresa que asuma la tarea
de comunicar socialmente la realidad y sus
cambios, no está haciendo otra cosa que
comprometiéndose con una función pública, o lo
que es igual, con el cometido de establecer las
relaciones descritas.
Y si aquella
debe ser la real función de un sistema
informativo, la del periodista o comunicador
social no debe ser otra distinta a la que
describió J. Ward Moorehouse, esa especie de
diplomático tahúr de la publicidad, creado por
Jhon Dos Passos en su novela Paraleo 42-:
"el anhelo de todo periodista era
desentrañar el significado exacto de todo cambio
operado en la realidad"8. Lástima que Doss
Passos ubique el tiempo verbal en pasado, aunque
no le falta razón para ello. El mismo Marcelo
Jelen ha escrito a propósito de la condición
intelectual del periodista, lo siguiente:
"Todo esto hace pensar que no es necesario
ser inteligente para trabajar de periodista. Es
posible aun siendo un perfecto imbécil"9.
Y esta
imbecilidad, manifiesta en muchos periodistas y
comunicadores sociales de los medios televisivos
venezolanos, trajo como consecuencia una
sumisión al interés mediático tal, que condujo
a la falsificación de la realidad producida en
torno a los sucesos que articularon la
momentánea ruptura del orden democrático y
constitucional en Venezuela, entre los días 10,
11 y 12 de abril de 2002. No cabe duda, la
conformidad hace feliz al hombre, pero también
lo torna imbécil. Esta realidad origina un
supuesto que asomaré acá, pero que no será
discutido sino en otro artículo: En Venezuela,
el Medio es el gremio, pues es quien controla y
determina los alcances profesionales del
periodista; es quien establece la medida del
poder de la profesión y quien ensalza o subyuga
la ética profesional, de acuerdo a sus muy
particulares prioridades. Y, además, se ha
constituido en la única fuente capaz de proveer,
desde el punto de vista de la práctica
profesional, elementos tan preciados como el
conocimiento, la eticidad, la epistemología y,
algo bastante importante, la seguridad de
subsistencia.
Por fortuna, el
pueblo venezolano reaccionó pronto ante el
manejo mediático y exigió la rectificación de
la postura de los canales mencionados
(Venevisión, RCTV y Televen), es decir, exigió
el ajuste de estos canales a su deber social,
pluralista y objetivo o más bien, de
subjetividad bien intencionada, como ha
calificado a la única objetividad posible el
escritor peruano Alfredo Bryce Echenique-, sin
desmedro, por supuesto, de la racionalidad
crítica. Aún así, estos canales se negaron a
asumir una postura correspondiente con el ethos
social y hubo de darse una manifestación
violenta del pueblo para obligarlos a cumplir con
su deber. Luego de esto, algunos periodistas
reclamaron esta actitud pública y achacaron la
reacción al acicate de algunos personeros del
gobierno, desconociendo que aquel estallido
popular fue más bien una respuesta al ejercicio
de la vanidad y la doble moral mediática. Cito
acá, para finalizar, un párrafo escrito por el
periodista boliviano José Luis Exeni, que
ilustra bien esta situación: "Parece más
pertinente, como periodistas, asumir el hecho de
que mientras sigamos solazándonos en la
autocontemplación del ombligo, creyéndonos
dueños de la verdad y sus rincones, y negando
sistemáticamente toda deficiencia e
insuficiencia en nuestras filas, la exigencia de
responsabilidad social y decencia en nuestro
oficio vendrá por una de estas dos vías o
las dos, ambas tan probables como nocivas:
desde el poder institucionalizado (político y
económico), como imposición y censura; o desde
los actores sociales y culturales, como ausencia
de credibilidad y demanda de protección contra
nuestros excesos.10"
_____
Notas:
1. Citado por la periodista Berta
Bernarte Aguirre, en "La globalización de
la comunicación: la exaltación de la cultura
del intercambio". Monografía.
http://www.monografías.com/. Abril, 1998. Pág.
8
2. DESANTES GUANTER, José María. La
función de informar. Ediciones Universidad
de Navarra S. A. Pamplona, España, 1976. Pág.
28
3. COMPAGNON, Antoine. Las cinco
paradojas de la modernidad. Monte Avila
Editores. Caracas, Venezuela,1991. Pág. 17
4. QUINTANA, Eduardo. Pragmática de
la libertad. Ediciones Angria. Caracas,
Venezuela, 1992. Pp. 115
5. JELEN, Marcelo. "Traficantes de
realidad". Sala de Prensa N° 11. Septiembre
1999
Año II, Vol. 2.
6. En "De libertad hablamos",
artículo publicado en el semanario de opinión
política El Clarín (Cumaná, Edo.
Sucre). N° 779. Semana del 08 al 14 de Marzo
2002.
7. DESANTES GUANTER, José María. Op.
Cit.
8. DOSS PASSOS, John. Paralelo 42.
Editorial Bruguera. Barcelona, España, 1981.
Pág. 317
9. JELEN, Marcelo. Op. Cit.
10. EXENI, José Luis. Autorregulación
del periodismo. Sala de Prensa N° 30. Abril
2001. Año III, Vol. 2.
*Nelson
González Leal es
columnista del semanario político El Clarín (Cumaná, Edo. Sucre) y corresponsal en
el Estado Zulia de un semanario de sucesos
capitalino. Dirige y edita la revista
electrónica de periodismo, arte y literatura El Asombro Inútil. Se ha desempeñado, además, como
Subdirector de Literatura del Consejo Nacional de la
Cultura de Venezuela y como
Coordinador General de la Fundación de Estudios
Políticos "Luis Gómez". Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.
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