Reporteros
sin Fronteras: Informe general 2002
Malos
tiempos para la libertad de prensa
Malos tiempos para la libertad de
prensa este primer año del tercer milenio: en
todos los continentes, el ejercicio de ese
derecho fundamental que, junto a algunos otros,
es constitutivo del funcionamiento democrático
en cualquier sociedad, fue víctima de graves
ataques, dirigidos contra los medios de
comunicación y contra quienes los hacen. Ataques
físicos, contra las personas (amenazas, golpes y
heridas, asesinatos); efectuados al amparo de
leyes represivas (censura, prohibiciones de
publicación, detenciones, condenas de cárcel);
dirigidos contra las propias instalaciones
(antenas, imprentas, sedes de empresas). De forma
general, el balance es triste: la situación de
la libertad de prensa en el mundo se degradó
claramente en 2001.
Algunas
"buenas" noticias. Ciertamente, se
registraron algunas victorias. Consiguieron la
libertad algunas víctimas, emblemáticas de la
represión de regímenes que no toleran más
información que la que dictan ellos. Fue el caso
del periodista Nizar Nayyuf que, en mayo,
abandonó los calabozos sirios donde permaneció
detenido durante nueve años; o el de la
periodista y escritora San San Nweh, liberada en
julio, tras siete años pasados en el pabellón
de mujeres de la cárcel de Insein, en Rangún,
Birmania. Están en libertad pero tienen, para el
resto de sus vidas, las secuelas físicas de una
detención, durante la cual se hizo de todo
(aislamiento total, humillaciones, negación de
cuidados médicos, malos tratos, tortura) para
quebrar, tanto sus cuerpos como sus ánimos.
Están en libertad pero, a finales de 2001, el
régimen de Rangún conservaba el triste
privilegio de figurar en primer lugar, junto con
Irán, en el palmarés del número de periodistas
encarcelados (18). Y, aunque en las cárceles
sirias hoy no quedan periodistas, las autoridades
no han cesado de embargar la información. En
septiembre se promulgó un nuevo decreto sobre la
prensa, particularmente restrictivo, y la familia
de Nizar Nayyuf es objeto de muchas presiones
para obligar al periodista, exiliado en Europa, a
callar sus críticas al régimen.
En
el capítulo de buenas noticias se pueden incluir
también los progresos efectuados en algunos
países. Son muy pocos los que figuran en este
cuadro de honor. En Chile, finalmente se derogó
el célebre artículo 6b de la Ley de Seguridad
Interior del Estado, adoptada en 1958.
Establecía hasta cinco años de cárcel para
quienes "injuriaran" o
"calumniaran" a los altos
representantes del Estado. En Perú, parece que
se ha pasado definitivamente la página de la
"era Fujimori". La prensa puede, de
nuevo, cumplir plenamente su función, sin temor
a represalias, liberada de la presión de los
servicios de información y de una justicia a las
órdenes. En Serbia, la libertad de prensa
acompañó naturalmente la llegada de la
democracia, tras la caída del régimen de
Slobodan Milosevic, en octubre de 2000. Pero se
han visto frustradas las esperanzas de una
reforma rápida del sector de la información, y
de la legislación de prensa. ¿Ocurrirá lo
mismo en Afganistán, tras la caída del régimen
de los talibanes? Las declaraciones de los nuevos
dueños de Kabul incitan más bien al optimismo,
pero ¿durarán esas buenas intenciones?
Finalmente, en el continente africano se
produjeron un número de liberaciones nada
desdeñable: en Etiopía, cuatro periodistas
encarcelados desde 1997, quedaron en libertad por
"falta de pruebas"; en Togo y en la
República Democrática del Congo, algunos
periodistas, detenidos desde hacía varios meses,
se beneficiaron de una gracia del jefe del
Estado. Las presiones ejercidas por el poder en
esos países siguen siendo fuertes y se traducen,
entre otras cosas, en muchas detenciones e
inculpaciones, que pueden llevarse a efecto en
cualquier momento.
Finalmente,
¿se puede clasificar entre los elementos
positivos el hecho de que haya permanecido
estable el número de periodistas muertos en el
ejercicio de su profesión, lejos de las cotas
alcanzadas en los años noventa? Han sido
"sólo" 31 frente a los 32 del año
anterior. Además, en este terreno, conviene
hacer una distinción entre los, o las, que
cayeron trabajando sobre el terreno, en zonas de
inseguridad o de combates, y que no eran
especialmente objetivos en tanto que periodistas,
y los, o las, que fueron abatidos deliberadamente
por haber hecho investigaciones, publicado
artículos sobre temas sensibles, o haber
denunciado medidas arbitrarias, malversaciones,
injusticias, crímenes o tráficos.
La
nueva naturaleza de los conflictos, en los que no
se enfrentan ejércitos regulares sino
combatientes que luchan por intereses étnicos,
ideológicos, religiosos o simplemente mafiosos,
hace más peligrosa la cobertura de los
reporteros. No siempre son accidentales los
muertos, o los heridos, en estas circunstancias.
A veces ocurre que los beligerantes, aún
perteneciendo a ejércitos regulares, toman como
blanco a testigos incómodos. Está demostrado
que, en los territorios ocupados de Palestina,
donde varias decenas de periodistas han resultado
heridos desde el comienzo de la Intifada, algunos
fueron alcanzados intencionadamente por los
disparos de soldados israelíes. Las demandas de
sanciones, presentadas por Reporteros Sin
fronteras, no han dado ningún resultado, a pesar
de estar apoyadas en informes que no dejan
ninguna duda acerca de las responsabilidades
denunciadas. Nos encontramos con el eterno y
lacerante problema de la impunidad que disfrutan,
de forma casi general en todo el mundo, los
autores de ataques y asesinatos de periodistas.
Por
eso no somos capaces de establecer cuantas de
esas "buenas noticias" son relativas.
Si hemos empezado con ellas ha sido para no
desanimar, desde el principio, a los lectores de
este informe. Ha sido para demostrar que, incluso
en los períodos más negros, en un mundo marcado
a todos los niveles por enfrentamientos
violentos, por sangrientas luchas por el poder y
el control de las actividades, los territorios y
los cerebros, todavía pueden marcar puntos los
defensores de los derechos humanos en general, y
del derecho a una información libre en
particular.
La
represión gana terreno pero no faltan razones
para la inquietud y el desánimo. Con excepción
del número de periodistas muertos, todos los
demás indicadores están en alza, en relación
con el año 2000, ya se trate de detenciones de
periodistas (489), que aumentaron en un 50%, de
amenazas y agresiones (716), un 40% más, o de
actos de censura de los medios de comunicación
(378), con un 28% de aumento. Cada vez hay más
periodistas entre rejas por haber denunciado una
malversación, criticado la gestión de un
responsable o manifestado inquietudes de
cualquier naturaleza; en suma, por haber cumplido
con su oficio, lo que es suficiente, aunque el
periodista haya dado prueba de la mayor
prudencia, para denunciarles por atentar contra
el honor de un dirigente, o contra la moral de la
nación. A finales de 2001, el número de los
encarcelados se elevaba a 110, frente a los 74 de
un año antes, es decir un aumento de cerca del
50%.
Cerca
de las dos terceras partes de los habitantes del
planeta siguen viviendo en países en los que,
pura y simplemente, todavía no está reconocida
la libertad de prensa. Es, particularmente, el
caso de los últimos países comunistas en los
que el partido, único, destinado a encarnar las
aspiraciones de todo el pueblo, decreta
soberanamente lo que hay que escribir, decir y
mostrar. China, con mil trescientos millones de
habitantes, se encuentra con holgura a la cabeza
de esta categoría. Es cierto que ha
experimentado una liberalización económica, que
ha llevado a la multiplicación y el desarrollo
de los medios de comunicación. Pero, aunque se
autorizan algunas libertades a la prensa,
especialmente en materia económica, en lo
relativo a materia política y social continúa
estando sometida a la severa férula de los
dirigentes del Partido Comunista.
El
régimen de Pekín, animado por su integración
en la Organización Mundial del Comercio, la
obtención de los Juegos Olímpicos de 2008 y su
adhesión a la cruzada contra el terrorismo,
lanzada por George W. Bush tras el atentado del
11 de septiembre en Nueva York, tiene más que
nunca vía libre para proseguir su ocupación del
Tibet y reprimir a los grupos religiosos, a los
movimientos de oposición y a las minorías
étnicas contestarias. Se dedica a reforzar el
control sobre los medios de comunicación, y
especialmente sobre las publicaciones regionales.
Vigila Internet de cerca y vela, todo lo posible,
para que por la Red sólo circulen informaciones
"ortodoxas". En 2001, dieciséis
ciberdisidentes pagaron con su libertad esa
política, uniéndose a los doce periodistas que
permanecen en la cárcel.
Siguiendo
el ejemplo de los países comunistas, un
determinado número de gobernantes ejerce un
control absoluto sobre la información, tanto en
regímenes de partido único, como Siria e Irak,
como en dictaduras militares, como Birmania, o en
monarquías absolutas, como Arabia Saudí.
Decorados
de cartón piedra y leyes represivas En los
restantes países del mundo, se proclaman
solemnemente los principios de libertad de
expresión en general, y de prensa en particular.
Pero son muy pocos los que las practican
realmente. Muchos Estados, en todos los
continentes, se dotan de todas las apariencias de
una democracia, pero a menudo se trata solamente
de decorados de cartón piedra, destinados a
engañar a los países realmente democráticos y
a las grandes instituciones internacionales, que
hacen como que se lo creen. Es, por ejemplo, el
caso de Túnez, donde el régimen policial del
presidente Ben Alí controla los medios de
comunicación, privados y públicos, con mano de
hierro, ejerce una represión total y se hace
pasar por víctima cada vez que se le acusa.
Para
salvar las apariencias, los dirigentes
"legalizan" la represión, creando
leyes represivas, que aplican una policía y una
justicia a sus órdenes. En Panamá, varios
textos todavía prevén penas de cárcel por
"difamación" o "atentado al
honor", lo que permitió a los agentes del
Estado plantear 70 querellas. En Guatemala, una
ley llamada de "colegio obligatorio",
aprobada en diciembre, prevé la radiación de la
profesión y, por tanto, la prohibición de
trabajar para los periodistas que tengan
"una conducta moral incorrecta en el
ejercicio de sus funciones". En Africa,
muchos países se han dotado de leyes de prensa
que permiten sancionar, con grandes condenas de
cárcel, delitos tales como "la difusión de
noticias falsas", "los atentados contra
la moral del ejército" o las "injurias
al jefe del Estado". Cuando se les critica,
hacen valer que han copiado las disposiciones
de... la ley francesa de 1881, lo que es cierto
con matices porque esas penas de cárcel no las
dictan los tribunales franceses desde hace mucho
tiempo. En 2001, Reporteros Sin Fronteras
consiguió que se modificara la ley de 1881,
suprimiendo las penas de cárcel y dejando sin
coartada a los dictadores africanos... que no han
seguido el ejemplo.
El
recurso a la represión "legal" no
quiere decir que desaparezca la violencia. En
Colombia, donde fueron asesinados tres
periodistas, las guerrillas por una parte, y las
milicias paramilitares por otra, se dedican a
acallar todas las voces que les molestan.
Condenados a muertos, muchos periodistas
eligieron el camino del exilio. Pero también
allí los asesinos actúan con total impunidad.
Los
grados de censura, de violencia, de control de
los medios de comunicación, varían mucho de un
país a otro. Las situaciones fluctúan. Hay que
constatar que después de los progresos reales de
los últimos años, la represión ha regresado a
muchos países, como Bangladesh, Eritrea, Haití,
Nepal o Zimbabue, mientras que han sido muy pocos
los países que han hecho el camino inverso.
También en las grandes Es necesario constatar
también que, en las grandes democracias, en
América del Norte, en Asia, en Europa, se
multiplican los atropellos. Incluso en la Unión
Europea, a pesar de ser puntera en la defensa de
los derechos humanos y la libertad de expresión
han aparecido, o se han agravado, nuevas amenazas
para el pluralismo y la libertad de información,
en varios de los principales Estados miembros.
Ocurre así en Italia donde el jefe del Estado,
Silvio Berlusconi, controla la mayor parte de los
medios audiovisuales del país, tanto privados
como públicos, y donde la represión de las
manifestaciones organizadas contra la
globalización ultraiberal, durante la cumbre de
Genova, causó un muerto y muchos heridos, entre
ellos 19 periodistas. Asesinatos por grupos
armados, en España y en el Reino Unido, en el
marco de los conflictos vasco e irlandés;
revisiones y condenas en Francia y en Alemania;
concentraciones de la prensa escrita, e
intervenciones políticas sobre el audiovisual
público en Austria; hechos todos ellos que ponen
de manifiesto que también el "Viejo
Continente" se encuentra metido en una
inquietante espiral.
Existen
razones para temer que las cosas se degraden.
Todavía no se han terminado las consecuencias de
los atentados cometidos el 11 de septiembre en
Nueva York. Varias leyes adoptadas para luchar
contra el terrorismo son inquietantes y debilitan
el principio fundamental de la libre circulación
de la información. En Canadá y en Estados
Unidos se han aprobado medidas que ponen en
cuestión el secreto de las fuentes y refuerzan
la vigilancia en Internet. En la guerra
emprendida contra "las fuerzas del
mal", la administración Bush se preocupa
poco de los medios empleados. Los medios de
información deben elegir su campo, y la
propaganda le gana terreno a la verdad. Hay que
amordazar al adversario y aniquilar a los medios
de comunicación "rebeldes". Ante tal
maniqueísmo hay motivos para sentirse
preocupados.
La
libertad de prensa en las Américas - Principales
amenazas:
la violencia en el Sur, las leyes antiterroristas
en el Norte
Los
efectos del 11 de septiembre sobre la libertad de
prensa se han dejado sentir sobre todo el
América del Norte. Primera consecuencias de los
ataques contra el World Trade Center para la
prensa: la muerte de un fotógrafo, que se
precipitó dentro de una de las torres durante el
incendio, y la de ocho colaboradores de los
medios de comunicación, que trabajaban allí.
Después, por razones de seguridad, las
autoridades limitaron el acceso de los
periodistas al lugar. Se trataba de impedir que
tomaran imágenes de los cadáveres, lo que
podría tener un efecto devastador sobre la
opinión pública norteamericana. Apenas fueron
atacadas las torres, Estados Unidos planeó
operaciones militares en Afganistán y emprendió
una guerra mediática contra el enemigo nº1 de
América, muchas veces en detrimento de la
libertad de prensa. La administración del
presidente Bush multiplicó las recomendaciones a
los medios de comunicación norteamericanos,
acerca de la utilización que debían hacer de
las grabaciones de Ossama Bin Laden. Siguiendo el
ejemplo de los regímenes árabes autoritarios,
el Departamento de Estado norteamericano
presionó al canal de televisión qatarí Al
Jazira, acusado de "animar sentimientos
anti-norteamericanos" en Oriente Medio. La
compra, por el Pentágono, de todas las imágenes
del satélite Ikonos, capaces de dar una idea
precisa del impacto de los ataques
norteamericanos en Afganistán, es otra forma de
censura. Finalmente, la adopción de la ley
antiterrorista "Patriot", constituye un
retroceso para los partidarios de la
confidencialidad en Internet. Da poder al Federal
Bureau of Investigation (FBI) para interceptar
los mensajes recibidos y enviados por personas
sospechosas de terrorismo, sin tener que pedir
una autorización judicial previa. En Canadá, la
reforma de la legislación, para proporcionar a
la justicia los medios necesarios para luchar
contra el terrorismo, terminó con la adopción,
en diciembre, de la ley C-36. Entre otras cosas,
contiene varias disposiciones que cuestionan
gravemente el secreto de las fuentes.
En
Latinoamérica, ningún país parece quedar
definitivamente al margen de la violencia contra
la prensa. Después de Uruguay en 2000, Costa
Rica, otro país tradicionalmente pacífico, ha
conocido el asesinato de un periodista. En total,
nueve periodistas, y tres colaboradores de los
medios de comunicación, murieron en no menos de
siete países diferentes: Bolivia, Brasil,
Colombia, Costa Rica, Guatemala, Haití y
Paraguay. En muchos casos, se trata de asesinatos
políticos o de periodistas muertos por sus
revelaciones sobre la corrupción. Si el número
de asesinatos ha progresado (un 50% más, en
relación con 2000), la lucha contra la impunidad
en cambio progresa con dificultad. En México,
los asesinos de dos periodistas, muertos en 1997,
fueron juzgados y condenados, pero a los autores
intelectuales no se les ha molestado en absoluto.
En Paraguay, el asesino de Salvador Medina,
abatido en enero de 2001, fue condenado a
veinticinco años de cárcel, nueve meses más
tarde, pero los presuntos autores intelectuales
fueron absueltos, por falta de pruebas. En Costa
Rica, las autoridades siguen sin identificar a
los asesinos de Parmenio Medina, autor de unas
sulfurosas revelaciones sobre la radio católica
Radio María de Guadalupe. Finalmente, en
Colombia, persiste la impunidad. En la Fiscalía
General, están convencidos de que se presionó a
los jueces que absolvieron, en abril, a los
presuntos asesinos de Nelson Carvajal. En
septiembre, la evasión de su "residencia
vigilada" del diputado Carlos Alberto
Oviedo, sospechoso de ser el autor intelectual
del asesinato de dos periodistas, pone de
manifiesto la magnitud de los progresos que
quedan por hacer. En total, cuarenta periodistas
han muerto en Colombia, desde 1991.
En
Haití, todas las instituciones del Estado
participan del clima de impunidad. Lo demuestran
los obstáculos que ponen trabas a la
investigación sobre el asesinato de Jean
Dominique, ocurrido en abril de 2000. La policía
se ha negado a aplicar varias órdenes de
detención dictadas por el juez. Igualmente,
está implicada en la muerte de dos importantes
sospechosos, poco después de ser detenidos. El
Senado se ha negado a levantar la inmunidad
parlamentaria del senador Dany Toussaint, que es
el principal sospechoso. El Ministro de Justicia
nunca ha facilitado, al juez encargado de la
investigación, los medios necesarios para
garantizar su propia seguridad. En cuanto al
presidente Jean-Bertrand Aristide, multiplica las
declaraciones tranquilizadoras pero no hace nada
más que tapar la actitud de la policía, del
Senado y de su gobierno, en este asunto. Los
seguidores del partido Fanmi Lavalas (en el
poder), convencidos de poder disfrutar de la
misma complacencia, han multiplicado las
agresiones y las amenazas contra los periodistas
críticos, a los que identifican con la
oposición para poder justificar mejor la
represión. Esta escalada de violencia termino
con el otro asesinato de un periodista, a
principios de diciembre, y la salida hacia el
exilio de una decena de periodistas, después de
un supuesto intento de golpe de Estado, el 17 de
diciembre.
En
menor medida, la situación también se ha
degradado en América Central. Para empezar,
Costa Rica donde, aparte del asesinato de
Parmenio Medina, la Comisión y la Corte
Interamericana de Derechos Humanos han contestado
una condena por "difamación", validada
por la Corte Suprema, porque ven en ella un
peligroso precedente. En Panamá, orgullosos de
una legislación que todavía prevé penas de
cárcel para los delitos de "calumnia e
injuria" o de "delito contra el
honor", los agentes del Estado, a quienes
sigue sin gustarles las críticas, ejercen un
constante acoso judicial sobre los medios de
comunicación. Se presentaron setenta querellas.
En Honduras, el presidente Flores Facussé es
sospechoso de haber intervenido, con la
dirección de dos medios de comunicación
tradicionalmente críticos con él, para
conseguir el despido de seis periodistas.
Finalmente, durante su último año de mandato,
el presidente Arnoldo Alemán también
multiplicó los actos hostiles contra la prensa,
en Nicaragua: agresión de una periodista,
retirada de la publicidad pública a uno de los
principales diarios, presentación de proyectos
de leyes liberticidas, adopción de una ley que
obliga a los periodistas a pertenecer a un
colegio profesional, so pena de cárcel, etc.
Igualmente,
en Guatemala, se adopto en diciembre una ley
llamada de "colegio obligatorio".
Prevé la radiación de la organización y la
prohibición de trabajar, para los periodistas
que "han incurrido en notoria conducta
moralmente incorrecta en el ejercicio de su
función"; y, eso, en el momento en que la
prensa asume mejor que nunca su papel de
contrapoder. Por otra parte, los periodistas han
pagado muy caras sus revelaciones sobre la
corrupción de la clase política. Cerca de una
decena fueron amenazados y agredidos. Otro, Jorge
Mynor Alegría Armendáriz, murió tras haber
implicado a un concejal en desvíos de fondos. En
Paraguay, Salvador Medina también fue ultimado
por haber denunciado la presunta relación entre
elementos de la clase política local y unos
delincuentes, en un asunto de tráfico de maderas
preciosas, en el centro del país. Pocos meses
más tarde, entraban en vigor dos leyes de acceso
a la información, que pueden poner trabas al
trabajo de investigación de los periodistas. Se
trata de unos textos considerados allí como
"leyes de autoprotección", adoptados
por la clase política.
En
Cuba, el régimen del presidente Fidel Castro
está protegido por una Constitución, que
confía al Estado la totalidad de los medios de
comunicación. Cuba, última dictadura en el
continente americano, es también el único país
de la región donde todavía se encarcela a los
periodistas. Aunque dos de ellos salieron en
libertad en 2001, resulta sin embargo difícil
hablar de flexibilidad del régimen. El
presidente Fidel Castro, muy cuidadoso de su
imagen, ha optado por una represión más
discreta, pero muy eficaz, cuyo objetivo es ante
todo mantener el monopolio del Estado sobre la
información. En ese contexto, un centenar de
periodistas independientes intentan transmitir
sus artículos a la comunidad cubana en el exilio
que, posteriormente, los difunde en sus páginas
de Internet, a las que los cubanos no tienen
acceso, teniendo en cuenta el estricto control
que ejerce el gobierno sobre la Red. Incluso en
esas condiciones, los periodistas independientes
son objeto de un constante acoso, destinado a
disuadirles de continuar con sus actividades:
detenciones, escuchas telefónicas, amenazas de
procesos, citaciones policiales, presiones sobre
sus familias...También los corresponsales
extranjeros presentes en La Habana trabajan bajo
la estrecha vigilancia del gobierno. "Para
dar ejemplo", Pascal Fletcher, corresponsal
de Reuters y del Financial Times, fue víctima de
una campaña de descrédito en los medios de
comunicación gubernamentales, que le obligó a
abandonar la isla. "Limpio" de esta
manera, el espacio mediático cubano está
ocupado por la prensa oficial, que solo publica
informaciones que hayan recibido el imprimatur
del Departamento de Orientación Revolucionaria.
Hugo
Chávez, el presidente de Venezuela, gran
admirador de Fidel Castro, inquieta. Sus
incendiarias declaraciones contra la prensa
plantean la cuestión de saber si el ex militar,
autor de un fallido golpe en 1992, cederá a la
tentación autoritaria. A las amenazas verbales
de los años precedentes, se han sumado en 2001
nuevas formas de intimidación: amenaza de
retirar la licencia de emisión a un canal de
televisión, amenaza de rectificación fiscal,
proyecto de adopción de una ley liberticida. En
Brasil como en México, la amenaza no llega de la
cúspide del ejecutivo sino, sobre todo, de los
concejales y los grupos mafiosos. En el Estado de
Bahía (este de Brasil), el diario A Tarde
denunció las presiones económicas, ejercidas
sobre la prensa, por la familia del ex gobernador
Antonio Carlos Magalhaes. En el Estado de Rio
Grande do Sul, la justicia adoptó, en dos
ocasiones, sanciones que parecían de otros
tiempos, contra algunos periódicos. En México,
el asesinato de José Luis Ortega Mata, en el
Estado de Chihuahua, subraya una vez más los
peligros que corren los periodistas que
investigan sobre los tráficos que tienen lugar
en la frontera con Estados Unidos. Por otra
parte, se reseñaron una veintena de casos de
amenazas, agresiones y presiones. Los métodos
utilizados recuerdan, muchas veces, los de los
regímenes autoritarios.
El
2001, con tres periodistas y un colaborador de
los medios de comunicación muertos, es un nuevo
año negro para Colombia. La causa principal es
la guerra que libran los grupos armados
paramilitares y las guerrillas comunistas. Esta
guerra es también una guerra de la información.
Regiones enteras, como Caqueta o Nariño,
disputadas por los grupos armados, se han vuelto
así particularmente peligrosas para los
representantes de la prensa. Diputados y
organizaciones criminales se suman a la lista de
los agresores. En esas condiciones, resultan
insuficientes los medios destinados al programa
gubernamental de protección de periodistas. A
pesar de los progresos realizados en los últimos
años, el ministerio público todavía se ve
ampliamente desbordado para investigar a fondo
cada uno de los asesinatos de periodistas. El
clima de inseguridad provocó que marcharan al
exilio otros ocho periodistas.
Sin
embargo, en ese contexto de degradación
generalizada de la situación de la libertad de
prensa en 2001, algunos países ofrecen motivos
para la esperanza. La situación de la prensa,
correcta en Uruaguay, en Ecuador y en Salvador,
ha mejorado claramente en Perú y en Chile. En
este país, finalmente fue derogado el célebre
artículo 6b de la Ley de Seguridad Interior del
Estado, adoptada en 1958. Establecía hasta cinco
años de cárcel para quienes
"injurien" o "calumnien" a
altos representantes del Estado. En total, sobre
una treintena de persona pesaba la amenaza de que
se les aplicara este artículo, desde la vuelta a
la democracia en 1990. En Perú, se ha pasado
definitivamente la página de la "era
Fujimori". La prensa, liberada de la
presión de los servicios de información y de
una justicia a las órdenes, de nuevo puede hacer
su papel de contrapoder, sin temor a represalias.
En cambio, se han multiplicado las revelaciones
sobre las sumas percibidas, de manos de Vladimiro
Montesinos, la ex eminencia gris de Alberto
Fujimori, por los directores de algunos canales
de televisión. Entre las sanciones previstas, la
retirada de licencias a esos canales. Un asunto
espinoso para el gobierno del nuevo presidente,
Alejandro Toledo, sospechoso de querer aprovechar
la ocasión para conceder esas licencias a
personas cercanas a él.
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