Confrontado
con partes esenciales de sí mismo, Julio
Scherer García abrió fragmentos de su
piel y de su alma, el miércoles 3 de
abril, al ser objeto de un homenaje
entrañable, extendido en un tiempo que
parecía interminable, durante la
ceremonia en la que recibió el Premio
Nuevo Periodismo Iberoamericano, en
Monterrey. No hay crónica verosímil de
lo que ocurrió en el Museo de Arte
Contemporáneo de la capital de Nuevo
León, al mediodía. Como no la puede
haber cuando se trata de hablar de las
insondables profundidades del espíritu
de los periodistas auténticos. En todo
caso, poco se puede hacer para transmitir
las emociones, sino buscarlas en las
palabras de quienes las experimentan.

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El oficio de periodista
Julio Scherer García *
Me abruma la expresión
homenaje a un periodista. Sé de mi piel, conozco
mi alma.
En la segunda
mitad de 1976, expulsado de Excélsior
por un sistema que se soñó imbatible, tuve el
impulso de abandonar el trabajo que me
acompañaba desde la juventud. Sin ojos para el
futuro, pensé en un porvenir de días
circulares. Compañeros de entonces y de siempre
que rehusaron permanecer una hora más en el
diario ultrajado, pugnaron para que siguiéramos
juntos. El despojo había sido brutal. No era
tolerable la cancelación de un destino común,
la vocación truncada.
Aún los
escucho, generosos. Empecemos de nuevo, a costa
de los riesgos que vengan. Su entereza pudo más
que mis resquemores y su capacidad creadora mucho
más que la rabia estéril que me vencía. Ellos
tuvieron los ojos que a mí me faltaron. Así
nació Proceso el 6 de noviembre de 1976
en una casa alquilada. Incluida la estufa, la
redacción formaba parte de la cocina.
Fue una época
que trajo de todo. Comprobé que el dinero
mercenario astilla los huesos y la traición los
deshace. Valoré la lealtad, poderosa como el
amor. Entendí extremos de la condición humana.
Dice la frase bíblica que un amigo fiel no tiene
precio y en la paradoja que es la vida yo
agregaría que los judas tampoco tienen precio.
En nuestro
tiempo, dominados por la prisa, decididos a
llegar primero a donde sea, pasamos de largo por
las palabras. Como si se tratara de un lugar
común, recitamos que el poder corrompe y el
poder absoluto corrompe absolutamente. Pero al
estadista inglés Lord Acton habría que tomarlo
en serio. La corrupción absoluta destruye los
principios, degrada los hábitos y atenta contra
el deseo, la gracia impalpable de la vida.
Arriba, en la cumbre donde todo sobra, no se
sigue a la mujer con la admirada naturalidad con
la que se la mira en la calle, incompleta como el
varón, necesitados uno de la otra,
complementarios para la dicha. No son éstas las
venturas del poder. Sin límite que los
satisfaga, los dioses no se divierten.
El reducto que
los resguarda y aísla está construido con
materiales abominables: el crimen y la impunidad.
Ahí está el arsenal para lo que se ofrezca: la
información reservada, los instrumentos para
ensuciar la intimidad, la amenaza, la tortura, el
calabozo, la disuasión por la violencia, la
simulación y sus mil disfraces, la intriga
permanente, el engaño a toda hora, los modos y
maneras para exhumar secretos que protegen el
honor. Notables en algún momento muchos de
ellos, los hijos del poder se acostumbran a vivir
con ventaja sobre todos, expresión ésta de la
cobardía que se encubre en la prepotencia.
Hay otros
poderes: el show del dolor, el drama individual
para el rating, las matanzas como un
espectáculo colorido, las drogas a cambio de
hombres y mujeres colgados sobre el vacío y sin
energía para desprenderse y caer, las fortunas
labradas con el sufrimiento de millones y hasta
con los cuerpos frágiles de los niños.
La manipulación
ordena el mundo. Los pobres están ahí para que
los ricos puedan volcar sobre ellos los tesoros
de su corazón. A los de abajo ya les llegará su
momento, que el mundo, aldea global, también les
pertenece. Escuchamos el canto: todos formamos
una familia. La cuestión es mantener la
esperanza. Se ha dicho que la oscuridad cerrada
anuncia la alborada, la tímida luz primera a la
que seguirán todos los resplandores del cielo.
Al periodismo no le
compete la eternidad. Son suyos los minutos
milenarios. Ubicuo, su avidez por saber y contar
no tiene medida, maravilla del tiempo.
No obstante
conviene reconocer que nuestro oficio tiene una
dosis de perversidad: es difícil escapar a la
seducción que ejerce, sin punto de convergencia
con el hastío. Pero carga también con deberes
estrictos.
Perdería su
sentido si no recorriera los oscuros laberintos
del poder, ahí donde se discute del hambre sin
sentirla, la enfermedad sin padecerla, la
ignorancia sin conocerla, la muerte prematura
como una lánguida tristeza, la depravación como
un tóxico en la sangre de los desencantados. Es
abominable el terrorismo de las bombas y las
torres, como odioso es un mundo paralizado por la
enajenación de hombres y mujeres apenas con
fuerza para sostener sus huesos.
El terrorismo
destruye cuerpos e inteligencias que supieron lo
que es vivir y mata a los desdichados que se
fueron sin noción de la vida. Tan vil es un
asesinato como otro, una masacre como otra, que
en la tragedia no existen escalas ni mediciones.
Sin la denuncia del terror y las contradicciones
que lo provocan, el periodismo quedaría reducido
a una deslumbrante oquedad. Habría que agregar
que los huecos permiten suplantar la realidad por
la apariencia y poner ésta al servicio del
poder. A los hechos no se les maneja; a la
apariencia, sí.
A Gabriel
García Márquez lo reclamamos íntegro para
nuestra profesión. Amante del dato preciso como
el poeta consagrado a la metáfora perfecta, sabe
que el dato preciso evade la mentira y burla el
equívoco. Libre su fantasía sin espacio, la
somete a la realidad concreta. A la vida no hay
para qué engañarla, quizá dijera el Gabo.
A don Lorenzo
Zambrano quiero expresarle mi gratitud y a los
miembros del jurado decirles que he leído muchas
de sus páginas con el concentrado sentimiento
que llamamos devoción. Me corre prisa por
abrazarlos, reiterarles que se excedieron, que me
conmueven, que una emoción así no es peso sino
alivio y hasta podría humedecer mi alma.
* Julio
Scherer García es
periodista, y eso debería bastar para
presentarlo. Estas son sus palabras al recibir el
Premio
Nuevo Periodismo Iberoamericano de manos de Gabriel García Márquez,
el 3 de abril de 2002, en la ciudad de Monterrey,
Nuevo León (México), como homenaje a su
trayectoria de más de 50 años como reportero,
director de Excélsior (1968-1976) y fundador y director de Proceso (1976-1996).
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