El
horizonte cerrado
"Nos entregaron
la calle para vigilarnos
mejor"
Enrique
Lihn
Carlos
Ossa *
La
transición a la democracia pareciera ser el
revés de la teoría del autoritarismo, es decir
el establecimiento de un cambio epocal basado en
la gobernabilidad, la confianza civil y la
ampliación de las glorias del capital. Pero
¿qué sociedad ha inventado la transición?
¿Qué relatos políticos se instauran como
terapia normativa? ¿Cuáles son las relaciones
que se han fundado entre democracia y
comunicación?
Las preguntas
deben hacerse cargo de una constancia histórica,
la modernización es el discurso paradigmático
con el cual se justifica un proyecto que sólo
tolera las oportunidades del neoliberalismo1. Es decir, la
transición no tiene un trayecto diferencial,
sino al contrario su viaje es hacia lo existente,
hacia un presente divorciado de cualquier comarca
que no sea ella misma. En ese sentido, las
comunicaciones son una especie de
"técnica" de la actualidad dedicada a
celebrar las rabietas de lo fáctico, sus
inclemencias menores y sus abusos sin
consecuencias. En su interior los relatos de la
prosperidad y el infortunio aparecen regulados
por una lengua periodística exultante de
biografías efímeras y calamidades inútiles. La
tutela de los acontecimientos, la fragilidad de
las versiones, la sumisión de las noticias o la
mediatización del deseo aparecen como notas de
una vigilancia dulce que arma el país a la
medida de gendarmes, empresarios y asesores.
Las
comunicaciones escoltan la hiperfuncionalidad del
mercado y elaboran complejos dialectos de
justificación, novedad y justicia. La
información, entonces, organiza distintas
figuras del adversario y las exhibe como la
imposibilidad (resentimiento o nostalgia) de
ocupar un espacio en el momento actual y a su
vez, promueve los protocolos de convivencia de la
modernización y los estilos para disfrutar de
ella. El discurso comunicacional produce la
"neolengua" del desarrollo que virtual
y obsesiva, excluye todo lo que deteriore el
beneficio de su cálculo. Los saberes residuales,
resistentes o paralelos circulan por veredas
oscuras, excluidos del debate o la memoria y
sólo aparecen al interior de las instituciones
cuando su desborde alarma con resignificar las
zonas del sentido ya cazadas por el oficialismo
transicional. Por tal razón, la política reduce
la democracia a un evento patrimonial, a un
espectro jurídico cercando la corriente de las
pasiones y reduciendo la urbe a tareas de
entretención y consumo. La calle, viejo aval de
mítica participación masiva, ahora es corregida
de toda ilusión igualitaria y a cambio se
informa su accidente, delito o erotismo como las
únicas marcas de validación de lo público.
La transición,
saturada de negociaciones e impunidades, necesita
un discurso2 nebuloso, ligero,
conservador y a su vez- extensivo y amplio
donde poner lo incómodo junto a lo útil, lo
molesto al lado de lo indefenso a fin de sostener
el descentramiento y la fragmentación de la
práctica política que se mimetiza con las
hablas plebeyas en busca de una concertación, un
aplauso, un final ya decidido: la clientela
electoral.
El carácter
formalista de lo político inunda las zonas de
lectura colectiva con una serie de signos vacíos
donde se potencian figuras y se oscurecen fines;
se delatan querellas y se invisibilizan pactos
que, luego, traducidos a información se
presentan como operaciones lógicas, finitas y
necesarias del orden. La tarea política se
cierra sobre sí misma y sólo tolera una
diversidad autorreferente que encuentra amparo en
las comunicaciones y, sobre todo, en el discurso
periodístico. En él mediatiza ciertos
contenidos, confiesa algunas posiciones, declara
posibles antagonismos. De esta forma, el
periodismo articula los imaginarios de una
política mezquina y silenciosa que pareciera
haberse banalizado en el acto espectacular de su
exhibición y, sin embargo, lo que hace es
ensimismar al poder con su decir. Así los
funcionamientos políticos clásicos,
pre-modernos o tecnocráticos se decoran con los
signos de la contemporaneidad publicitaria y
logran una mímesis entre decisión y estética.
No hay contradicción entre mensajes innovadores
y tramas brutales...
¿Cuál sería
uno de los rasgos predominantes de los discursos
comunicacionales? ¿Sobre qué hacen descansar
obsesiones y ofrendas de bienestar? Al parecer,
las lenguas del neoliberalismo y los deseos de la
transición han consentido administrar el mismo
lugar: la vida cotidiana. Hacer de ella una
transparencia mediática satisfecha de accesos,
bienes y consuelos. Productora de memorias y
firmas de coexistencia donde los pasados dejan de
significar porque la demanda de actualidad es
más intensa, funcional y perita. Las narrativas
cotidianas, entonces, son saturadas de ecos de
mundialidad junto con reyertas políticas
locales, economías informáticas aliadas con
repertorios informativos dedicados a notificar
del control obtenido y del éxito pendiente. En
suma la ambigüedad de lo diario es compaginada
por múltiples códigos efímeros orientados a
mostrar una sociedad vehemente, próspera y
políticamente estable. Y sin embargo, sería un
error pensar que describimos sólo un proceso de
hegemonías visuales y simbólicas.
La velocidad
financiera y su imaginario telecomunicacional
prometen una escena "postcrítica" y
"postsocial"3 que libera de épicas y
compromisos militantes, rearticulando los
espacios públicos con ofertas fragmentarias de
orden y seguridad, muchas de las cuales son
realizadas en los formatos comunicacionales. Sin
embargo, hay ciertos divorcios entre lo enunciado
y lo vivido y las experiencias cotidianas se
deslizan por atajos de comprensión hacia modos
de ver y sentir más rituales que informativos.
La
modernización es un proceso que debe modificar
la domesticidad para hacer entrar en ella el
consenso, por lo mismo, los sujetos deben
encontrar en lo mediático buena parte de sus
referencias: de ahí el incremento de las
comunicaciones por ampliar la producción de
sentido y generar marcos más extensos de
mediatización4, y tal como indica Roger
Silverstone: "Es en lo cotidiano (que por
supuesto no es lo mismo que lo doméstico como
tampoco es el equivalente de lo popular) donde
operan la dimensión funcional y la dimensión
cultural de los medios (...) La audiencia de
televisión concuerda con todo esto. La audiencia
es, y siempre fue, un consumidor. Y es la
economía política de los medios, que está cada
vez más globalizada, más integrada y es más
diversa en el plano tecnológico la que
establece, aunque no determina, los términos de
la negociación los términos materiales y
simbólicos de la negociación-."5. El Convenio implícito
(nunca completamente deliberado y en más de una
etapa accidental) nos dice que la transición
chilena se mediatiza con el propósito de
reubicar las lógicas modernizadoras y el papel
del capital en la vida cotidiana: convertirlos en
su lenguaje y en su dispositivo de realismo,
diagramación y tendencia.
Las estrategias
y las imágenes que componen el paisaje de la
democracia chilena han remodelado la
heterogeneidad social tratando de introducir su
contenido en el acto base del consenso, el
consumo y la disciplina laboral. Se busca
complejizar sin conflictuar, a través de nuevas
aventuras de la diferencia y la identidad capaces
de organizar pluralismos jerarquizados que
definen lo público, lo comentan e incluso lo
cuestionan sin tocarlo. Hay toda una cadena de
programas televisivos de conversación
funcionando en esta línea: informar sin
interpretar. Dentro de este marco se da el doble
proceso del aumento de los sitios telemáticos y
la diferenciación de los grupos con la
aparición de intermediarios comunicacionales que
resuelven los problemas de una ciudadanía
vaciada de confianza institucional.
La eliminación
del conflicto de las interpretaciones o la
horizontalidad de los códigos son eventos
redundantes de la actividad informativa. Sin
embargo, en todo esto no hay conspiración
mediática arruinando la jefatura del poder y sus
ciclos: hay un deseo de sociedad, incluso
atávico, que muestra el caso personal con su
desgracia o fortuna, en forma de un graffiti del
yo y documenta la historia reciente del país
como una saga de individualidades. Nos hemos
acostumbrado a vivir lo diario como espectáculo
autorreferencial, ruina argumentativa y abandono
solidario, y nos cuenta percibir que la
comunicación (en sus diversos planos y
géneros), por ejemplo, no sólo intenta
normalizar los desvíos esquizofrénicos de la
modernización, ansiosa de maquillar su pillaje
con el sueño de las identidades dialógicas:
también manufactura percepciones, sensibilidades
y zonas de reconocimiento.
La televisión,
según este contexto, hace converger mundos y
hablas dispares, escenifica sus vidas y las
reemplaza terminada la brevedad de los
testimonios. A su vez, incrementa símbolos
equidistantes a los institucionales e incluso los
mezcla y confunde, en un proceso continuo de
significación. De esta forma nunca deja de
"hacer contacto", integra a todos los
sectores y los transversaliza con las cuotas de
diversión, silencio y distancia que distribuye.
La televisión no sólo imita el tiempo
cotidiano, también, lo produce y coloca en él
las huellas de sociabilidades modificadas por las
rutinas de la mercancía y el acceso; redefinidas
por la exclusión política y la segmentación
cultural; interpeladas por residuos nacionalistas
e instantáneas globales. La irrupción de un
ciudadano desmasificado es una de las
consecuencias y expresa una mutación que va más
allá de lo político: "en Chile escribe
Norbert Lechner- el proceso de modernización
fomenta no sólo una fragmentación estructural
de la sociedad: también genera un nuevo tipo de
sociabilidad. Las antiguas solidaridades son
desplazadas por un ´individualismo negativo´.
En resumidas cuentas la vida social se encuentra
determinada por la vida privada, la cual
establece el horizonte de sentido. Una expresión
de ello es la notable estetización de las
relaciones sociales en Chile. En la medida en que
se impone una cultura de la imagen concediendo
lugar prioritario a la mirada, nuevos y
continuamente cambiantes signos de distinción
social se sobreponen a los clivajes de clase
tradicionales"6.
El predominio de
la mirada podría explicar la importancia que
toma en la política la gestualidad y la
preparación que de ello se hace, y si aceptamos
que la televisión según Umberto Eco-
habla de sí misma es pertinente conjeturar que
el único discurso político posible es el
televisivo. De esta forma mirar es la actividad
dada a un tipo de ciuadadano-elector que se
relaciona con las instituciones por medio de
ofertas, despliegues repetitivos e icónicos que
hacen del civismo un acontecimiento alegórico
sujeto a la neutralidad axiológica de la
transición.
La política
con arreglo a la idea de que muere en los
medios- ha perdido su centro y se somete a la
mirada "autista" del telespectador. Se
deja caer e interrumpir, provocando una serie de
cruces con la televisión que la restarían de su
labor argumentativa, constructora y articulante.
Al no estar referida a su propia esfera y
escenificarse desde cualquier paraje7 (el matinal, el programa
de conversación, el show de concursos, la
entrevista humana, etc.) parece entregar a la
televisión su cetro y se deja seducir por la
simultaneidad, la falta de compromiso, la
velocidad y la cita episódica. De esta manera
una urdimbre estallada transita a la televisión
y la faculta para presentar en sus léxicos
visuales los sucesos de la transición leídos
como vida cotidiana. El relato periodístico se
aboca a lo confesional haciendo ubicua la
existencia de la víctima; el reportaje
científico consuela con la explicación
especializada que libera del monstruo o lo
anormal; el estelar nocturno compensa, con el
voyeurismo y la conversación informal, la falta
de información ampliada sobre las decisiones del
poder y las oscuridades de la influencia; la
transmisión en directo denuncia la infracción,
organiza a los testigos y juzga. Lo noticioso se
antropologiza en búsqueda de una etnografía
blanda, de barrio y caída capaz de sostener
"una tragedia personal" (Silverstone,
1994) unos cuantos minutos, y sin embargo, esto
no reduce sólo a talk-show la función
informativa: también describe un habla que ha
desestabilizado los discursos normativos con una
crónica pasajera y mítica, descriptiva y
cultural, mixta y creativa.
Al combinar las
texturas políticas y cotidianas lo televisivo no
produce excluyentemente- un texto ebrio de
imágenes suplementarias, sí recombina lo
representacional con diversos verosímiles no
apegados a lo verídico. De una u otra forma, al
ser lo mediático el factor productivo de lo
ideológico, no se necesita el relato político o
intelectual para explicar los eventos, sino el
discurrir incesante del especialista. La
construcción audiovisual de los hechos reclama
una explicación de memoria corta, que sólo
puede dar quien indemniza a la sociedad con
normalización, amenaza o recado: el experto. La
pantalla multiplica las lenguas funcionales de la
modernización donde periodistas, empresarios,
académicos, humoristas y profesionales
administran la actualidad e integran las
disidencias, por medio, de los análisis sin
contextos; de las preguntas sin tema; de las
biografías sin sujeto; de las acusaciones sin
responsables.
Aquí la
televisión se mueve en una doble frontera:
institucionaliza lo público para detener su
exceso, e individualiza la experiencia para
teatralizar lo privado. Sin embargo, y este es el
problema a destacar, ésto no sería el resultado
de la televisión: más bien, es el producto de
una modernización que evita el ejercicio de la
política a través del desmantelamiento de su
especificidad8, para mantener su
existencia como una técnica conciliadora y una
esfera restringida de poder ante públicos más
ansiosos de consumo que de democracia.
La
revolución de lo igual
La transición
unida a las obligaciones con los poderes
corporativos, ha insistido en regular lo
televisivo de un modo paradojal: lo ofrece a lo
publicitario, a sabiendas de que en ese nicho se
puede expresar una diversidad tímida, fluida y
vigilante que no intimida ni desordena y a su vez
justifica la "expresión democrática".
El secreto de la política se pone a salvo (ser
la modernización), gracias a la transparencia
comunicativa donde todo queda anclado en una
voluntad amorfa, publicitando el prestigio
tecnológico y la seguridad ciudadana. El
consenso entre poderes logra excluir lo público
a través de la conversión metafórica de parte
de la política en cotidianeidad inmóvil y
necesaria, pero también logra la subordinación
de las identidades esquivas a la demanda de
privacidad e informatización, con lo cual se
anuncia la llegada de lo diverso como respuesta
al pasado confrontacional. El secreto de la
política queda cautelado porque la transición
nos ha convencido del fin del discurso y el
inicio de la escenografía.
Esto, explica en
parte, la renuncia de todos lo gobiernos
concertacionistas a la llamada "política
comunicacional", pues ésta exigía al
Estado hacer la genealogía de la dictadura a la
democracia (asumir las promesas de la campaña
del No), en cambio la privatización del debate
colectivo y la mediatización de la protesta,
permitió hacer la genealogía de la política al
mercado. No fue un asunto de escrúpulos
anti-estatistas, ni menos un desmalezamiento de
autoritarismos ideológicos lo puesto en juego
como sugieren los epígonos de esta
fórmula- fue la entrega de lo público a su
mercantilización. Liberado el Estado de la
función de comunicar lo político y de imaginar
la ciudad, permitió a los asesores inventar los
límites del realismo y las palabras urgentes de
la gesta pacificadora, la reconciliación y el
fin de la disputa. Toda relación sería
visual...
A partir de esta
perspectiva la televisión abandona el lugar del
estigma para convertirse en el texto político de
la modernización. Lo sustancial es cómo ordena
en una estructura hegemónico-fragmentaria lo
informativo y lo narrativo, los mezcla y
restituye a velocidades desiguales que condenan
toda diferencia a ser pulsión y a la vez-
ser registro, testigo sin habla y confesión
compartida. El discurso televisivo conseguiría
que todos miráramos juntos
indefinidamente- a la modernización
desplegándose sobre sí misma en una turba de
anuncios, sensaciones, símbolos y mercaderías
que hacen posible el acceso sin necesidad de
pasar por la igualdad social.
La televisión
chilena siguiendo caminos globales ya no es
nacional y -aún así- se consagra como un relato
de lo cotidiano. En su interior desatado
remodeliza (diariamente) la legitimidad de las
imágenes y los vínculos sociales9: ingresa, excluye y
administra las sentimentalidades, de tal forma
que tematiza los bordes y los centros. Logra
castigar al otro sin libreto y además construir
un "espacio público virtual" que une
lo individual y lo mediático. La televisión
circula en y por lo público como la
constatación imaginaria de la edad de lo
post-político, el triunfo del advertising sobre
lo ideológico, la elaboración de una escena y
su drama sin requerir nombres, sólo episodios
momentáneos.
Las relaciones
entre el sistema comunicacional, la política y
el espacio público (o sus restos) circulan por
múltiples sitios y por ninguno, auspician los
requerimientos de libertad de expresión y la
restringen a las cómodas biografías de los
gabinetes empresariales y su imagen moderna de
Chile.
La televisión
provee de crédito valórico a los saberes
modernizadores para legitimar lo inédito del
tiempo global, celebrar sus flujos y sus
heroísmos de inversión como datos de progreso y
armonía. Las fracturas y los desórdenes del
capital se ocultan detrás de las violencias
menores de la ciudad, de los tráficos y las
congestiones, de los abandonos y las plenitudes
que hablan de la transición y sus innumerables
acontecimientos.
El presente que
construye el relato televisivo es como el
"fantasma que aguarda su hora", una
esperanza de realidad siempre suspendida por la
ficción de su naturaleza, pero capaz de dar
forma a una economía escrituraria colonizadora
de los pequeños refugios de la vida, recuperando
los espacios de fugas y amplificando las
murmuraciones para cumplir con el plan de la
información de terminar con los sitios sagrados
y los enigmas. La economía escrituraria es el
expediente por el cual la modernización chilena
convierte a la sociedad en el texto del
neoliberalismo. Pero el mérito modernizador
sólo es posible en la simulación del futuro, es
decir, en la invención de un más allá previsto
y regulado por lo actual, en la noción de un
mercado predictivo que niega la memoria y afirma
la moral, apelando a un hombre sin sombra ansioso
de vivir el "enseguida". La
comunicación configura a lo transicional como el
lugar que habitamos, tránsito sin herencia hecho
de retazos de porvenir, justificado por cables y
risas que piensan en esta edad como idéntica a
sí misma, entonces: "la sociedad es
concebida como un estadio o estado definitivo,
privado de historicidad, proveniente de una
especie de pacto atávico. La
historicidad representaría la amenaza del
retorno al comienzo caótico, superado por el
pacto consensual. Esta idea
hegemónica de historicidad es abiertamente
paradójica. Concibe el Chile actual modernizado
como una sociedad globalizada, por tanto en
proceso de cambios constantes, adaptativos
respecto al movimiento perpetuo de los mercados
múltiples. La constante superación de las
tecnologías, la destrucción de los
parroquialismos, la erosión de los estrechos
límites de los Estados-nacionales, la expansión
obligada de la mirada desde nuestro ombligo hacia
el mundo globalizado, implica un constante
dinamismo (...). Se trataría, entonces, de una
sociedad móvil pero sin historicidad"10.
La política se
blanquea de historia en la consumación de la
inmediatez, allí se concentra y se queda,
extática y sola renunciando a dar paternidad a
cualquier expediente que la saque del flujo y la
publicidad. Por ello el sistema comunicacional
inscribe en el cuerpo el trabajo de la
globalización, sus insignias tecnológicas,
celebraciones de unidad y visibilidades de mundo
conseguibles por la firma crediticia. La
producción noticiosa, entonces, acepta ese cruce
de animación japonesa (convertida en estudio
fetiche de violencia infantil) con la publicidad
transnacionalizada de ferias del consumo vistas
como citas de negocios, reportajes científicos
promoviendo los milagros de los monopolios
farmaceúticos o especiales de prensa que
rescriben la historia del país de acuerdo a las
editoriales de los auspiciadores: bancos,
gaseosas o catálogos de multitienda: "todo
esto ocasiona una acumulación fantástica: las
referencias viven las unas sobre las otras y a
expensas las unas de las otras. También ahí se
desarrolla un sistema excrecente de
interpretación sin relación alguna con su
objetivo"11.
Los imaginarios
sociales fijan los espectros al pasado y las
esperanzas al futuro, y ambos campos son
tecnificados por un saber sociológico y
comunicacional, basado en la peritación, en el
beneficio. Las estrategias comunicacionales son
utilizadas para producir targets específicos
(sobre todo en los periodos de campañas
políticas) y apelar a los públicos12 para conseguir de ellos
síntomas de conformidad o datos de resistencia a
corregir.
La actualidad
detiene a la política en el suceso modernizador
y el discurso comunicacional mezcla lo global y
lo nacional sin interrupciones, anunciando un
territorio lleno de miradas adversativas:
numerosos presentes poniendo en escena un solo
discurso, el discurso neoliberal que mimetizado
con la información y la entretención se vuelve
una "especie de máquina lógica", la
cual tal como lo advierte Pierre Bourdieu-
destruye de forma sistemática a los colectivos y
sus oposiciones. La transición salva a la
política destruyendo lo público, es decir,
disolviendo todo en la racionalidad modernizadora
de lo continuo sin testamento. Ello es producto
de una suma de certezas comunicativas que
producen el sentido común de lo nacional y
enmarcan a la democracia en una profecía vulgar
que triunfa porque repite su propia imagen. La
imagen difundida habla de la historia de una
revolución conservadora triunfante y
revanchista, dulcificada por su control de la
memoria, la eficacia en la producción de efectos
de verdad y la tregua jurídica ganada para sus
asesinos.
Hay, por lo
tanto, un acuerdo tácito para detener lo
intempestivo y contener las subjetividades
blasfemas que se cuelan por los lados, arrojar a
los rincones los tiempos vagos carentes de
productividad, pero sin destruir o negar de
modo absoluto- sino imitando, recuperando,
diluyendo o colocando en lo mediático el momento
peligroso, afín de entrevistarlo y repetirlo
hasta cansar su amenaza y dar a ver la agonía de
su reincidencia. Según Nelly Richard: "La
actualidad chilena de la transición se vale de
ese ´hoy´brevemente recortado sin lazos
históricos- para saturar el presente con el
descompromiso de fugacidades y transitoriedades
que sólo cargan de ritmo y virtudes lo
momentáneo a fin de que la historia se vuelva
definitivamente olvidadiza"13 Y como la modernización
no espera tener un recuerdo de sí misma,
necesita de un pacto que deje testimonio de su
obra y resista cualquier densidad, confesión o
misterio no autorizado por lo informativo. La
modernización acelera sus dispositivos para
alejarse de aquellas imágenes que la fijen a un
destino o le exigan reparación por su
injusticia.
Entrega sus
bienes a cambio de un olvido rápido y un futuro
inacabable y le pide a la política cotidianizar
al capital como relaciones sociales; así es
posible identificar esos calendarios televisivos
llenos de pie de páginas dedicados a las
miniaturas del sentido que postergan
-incansablemente- la pregunta por la sociedad:
programas periodísticos o misceláneos hechos de
contingencias y apuros, donde funciona "el
eterno retorno de lo mismo". La política se
transforma en una máquina célibe (tal como lo
imaginó Freud), productora de sueños difundidos
por imágenes huérfanas y en un idioma universal
"sin tierra" (casi el augurio réprobo
de la globalización), donde no hay ni ostracismo
ni diáspora. En su interior la muerte es una
escritura, los cuerpos desaparecen, las cosas se
deshacen, los sentimientos se imaginan y las
palabras se pierden. Parte importante de esta
alegoría ha dejado de ser sueño para
convertirse en cohabitación. Ese es el acuerdo
por el cual la política chilena se ha convertido
en modernización económica.
_____
Notas:
1 En una perspectiva general
las opciones son escasas, y de acuerdo a Franz
Hinkelammert: "Hoy la sobrevivencia de la
mayoría de la población mundial solamente es
posible, si sobrevive en producciones
no-competitivas en el marco de una competencia
globalizada. No hay ninguna posibilidad de su
sobrevivencia por medio de su inclusión en
producciones y actividades competitivas, porque
cada vez menos la competitividad y el crecimiento
correspondiente pueden asegurar la inclusión de
todos en el proceso económico" en, Nihilismo
al desnudo. Los tiempos de la globalización.
Editorial Lom, Santiago, 2001. Pp.21-22.
2 Un valioso trabajo sobre los modos
discursivos de constitución de lo transicional y
su vínculo con el saber sociológico se
encuentra en Mauro Salazar y Miguel Valderrama: Dialectos
en Transición. Política y subjetividad en el
Chile actual. Editorial Lom, Santiago, 2000.
3 Idelber Avelar: La ficción
postdictatorial y el trabajo del duelo.
Editorial Cuarto Propio, Santiago 2000.
4 Una amplia investigación, en torno al
consumo simbólico y comunicacional de medios en
Chile y el resto del continente se encuentra en
el texto de Guillermo Sunkel (coordinador): El
consumo cultural en América Latina.
Editorial del Convenio Andrés Bello, Bogotá,
1999.
5 Roger Silverstone: Televisión y
vida cotidiana. Amorrortu Editores, Buenos
Aires 1994. Pp. 289.
6 Norbert Lechner: "Modernización
y democratización: un dilema del desarrollo
chileno", en Revista Estudios
Públicos N° 70, Santiago 1998.
7 Tal como lo ha señalado Jesús
Martín-Barbero y Germán Rey (1999), dejar la
desgracia de la política reducida al sicariato
televisivo es una exageración. Es creer que la
política no sigue haciendo sus labores porque
está preocupada por un glamour creciente y
espectacular. Un texto tan injusto con la imagen
como el Homo Videns (1998) de G. Sartori
ejemplifica ese "mal de ojo
intelectual" que busca la explicación de la
crisis fuera del campo político, para mantener
la inmaculez de un prurito ilustrado asociado al
liberalismo clásico, que supone a la imagen como
pura superficie cansina de éxtasis casual.
8 Una especificidad que se crea
históricamente y no responde a ninguna sustancia
u ontologización, es un hacer siempre conectado
a las formas de mutar, desplazarse y construir el
poder.
9 Dominique Wolton: El elogio del gran
público. Una teoría crítica de la televisión.
Editorial Gedisa, Barcelona, 1992.
10 Tomás Moulian: Chile actual:
anatomía de un mito. Editorial Lom,
Santiago, 1997. Pp. 46.
11 Jean Baudrillard: Las estrategias
fatales. Editorial Anagrama, Barcelona, 1997.
Pp. 11.
12 Las apelaciones son asimétricas porque
los públicos son diferentes, la segmentación
define escalas y categorías y hoy, independiente
del contenido televisivo, la medición implica
una estadística y una clasificación social. La
conocida por todos nosotros es la ABC 1,2,3.
13 Nelly Richard: Residuos y
metáforas. (Ensayos de crítica cultural sobre
el Chile de la Transición). Editorial Cuarto
Propio, Santiago, 1998. Pp.40.
*
Carlos Ossa S. es
profesor de la Universidad de Chile y miembro del Centro de Investigaciones
Sociales de la Universidad ARCIS,
dirigido por el sociólogo Tomás Moulian.
Miembro del comité de redacción de la revista In Fraganti y colaborador permanente de la revista Crítica Cultural, que dirige Nelly Richard. Es
colaborador de Sala de Prensa.
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