RSF: Informe de misión en
Colombia
La
prensa, objetivo "militar"
Régis
Bourgeat e Iván García *
Introducción
El
proceso de paz emprendido por el gobierno con la
guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias
de Colombia (FARC) va acompañado de una
radicalización de la actitud de los grupos
armados, en relación con la prensa. En primer
lugar, los paramilitares, deseosos de verse
invitados a la mesa de negociaciones. Después,
la guerrilla, que acusa a los medios de
comunicación de sabotear el proceso de paz, con
la forma en que están informando de las
negociaciones.
Aunque, desde
siempre, los grupos armados han atacado a la
prensa, la situación se ha degradado todavía
más. Son los nuevos enemigos declarados de la
libertad de prensa, después de los
narcotraficantes en los años 1980 y 1990. La
guerra que enfrenta a las Autodefensas Unidas de
Colombia (AUC, paramilitares) con las guerrillas
de las FARC y del ELN (Ejército de Liberación
Nacional), también es una guerra de
información. "No puedo aceptar que el
periodismo se convierta en un arma al servicio de
uno de los actores del conflicto", ha
explicado Carlos Castaño, el jefe de las AUC,
para justificar los asesinatos de periodistas.
Aunque este grupo armado es hoy el más peligroso
para los profesionales de la información, los
grupos de Manuel Marulanda, líder de las FARC, y
de Nicolás Rodríguez Bautista, jefe militar del
ELN, también han declarado a periodistas como
"objetivos militares".
Los ejemplos de
los departamentos de Nariño, o de Caqueta, ponen
de manifiesto que en las regiones disputadas o
controladas por esos grupos, prácticamente no
existe prensa independiente. Una situación mucho
más trágica porque los narcotraficantes,
políticos, funcionarios corruptos y miembros de
las fuerzas del orden hostiles contra la prensa,
continúan persiguiendo a los profesionales de la
información. El balance hoy es muy fuerte: una
cuarentena de periodistas asesinados durante los
diez últimos años, medio centenar secuestrados
desde 1999 y cerca de otros treinta obligados al
exilio.
Una delegación
del Instituto Prensa y Sociedad (IPYS) y de
Reporteros Sin Fronteras (RSF), ambas
organizaciones miembros de la "Red RSF"
, viajó a Colombia, del 22 al 30 de octubre de
2001, para investigar sobre las condiciones de
trabajo de los periodistas y sobre la impunidad
que disfrutan los autores de los asesinatos de
los profesionales de la información. Esta
delegación se ha entrevistado con una
cincuentena de periodistas, director de medios de
comunicación y defensores de la libertad de
prensa. También ha podido entrevistarse con
representantes del gobierno para hacer balance
sobre las iniciativas adoptadas, así como con el
presidente Andrés Pastrana, para trasmitirle
unas primeras observaciones.
"Ten
mucho cuidado con lo que escribes porque leemos
lo que publicas"
En un
comunicado, publicado el 9 de noviembre de 2001,
el grupo de las AUC del departamento de Nariño,
acusa a Germán Arcos, camarógrafo de Caracol
Televisión, Oscar Torres, jefe de redacción
del periódico Diario del Sur, Cristina
Castro, corresponsal del Noticiero RCN, y
Alfonso Pardo, antiguo corresponsal del semanario
comunista Voz y comisionado para la paz,
de cubrir el conflicto "de manera
deshonesta". El grupo armado exhorta a los
periodistas abandonar la profesión en menos de
48 horas, de lo contrario serán
"ajusticiados".
Tres semanas
antes, la guerrilla de las FARC había acusado al
diario El Tiempo, y a los grupos RCN
y Caracol, de ser "enemigos del
proceso de paz", porque supuestamente
criticaban la actitud del grupo armado sin
explicar los problemas de fondo del país.
Sospechosos de
apoyar "al otro campo", los periodistas
se encuentran permanentemente en medio del fuego
cruzado de los grupos armados, alguno de los
cuales no ha renunciado a su poder para sembrar
el terror. Aparte de las AUC y las FARC, la
guerrilla del ELN, el tercer grupo armado del
país en cuanto a sus efectivos (5 mil hombres),
en marzo de 1999 declaró "objetivo militar
permanente" los medios de comunicación
masivos que "(facilitan) sus recursos
tecnológicos a la propagandización de la
política paramilitar". Lo mismo que los
periodistas, las redacciones también son objeto
de ataques: siete atentados, o intentos de
atentados con bombas, contabilizados desde 1995.
Dos de ellos tuvieron lugar en 2001: un intento,
reivindicado por las AUC, dirigido contra el
órgano del Partido Comunista; un atentado,
atribuido al ELN, que destruyó los locales de Radio
Caracol en Medellín.
Los testimonios
recogidos por IPYS y RSF dan cuenta de la
intolerancia de los grupos armados en relación
con la información publicada. "Ten mucho
cuidado con lo que escribes porque leemos lo que
publicas", se le ha advertido al
corresponsal de un diario. Desde el 1 de enero de
2001, 20 periodistas han sido declarados
"objetivos militares", o se han visto
acusados de "apoyar a la guerrilla". A
veces, la confusión es tal que los periodistas
no pueden identificar a los autores de las
amenazas. A veces también, los grupos armados
desmienten ser los autores de los atentados en
comunicados que, sin embargo, llevan el emblema
de su frente local. El 29 de mayo de 2001, cinco
periodistas de Cali fueron así declarados
"objetivos militares" en un comunicado
firmado por el "Frente Farallones", el
grupo local de las AUC. "De acuerdo a
nuestras averiguaciones hemos establecido que en
le departamento del Valle, hay medios de
comunicación y periodistas al servicio de la
guerrilla", decía el comunicado. Los jefes
del grupo armado, contactados por la dirección
de los medios concernidos, negaron la
autenticidad del comunicado.
Un
conflicto que llega hasta las salas de redacción
En un contexto
tan complejo como hostil, a menudo los
periodistas prefieren autocensurarse. Sobre todo
porque, al carecer de una organización fuerte de
defensa de la libertad de prensa y de solidaridad
profesional, se sienten aun más vulnerables. Los
medios de comunicación se movilizan muy
raramente para defender a un colega, o seguir las
investigaciones sobre asesinatos de periodistas.
Hay que decir que, como lamentaba el director de
un periódico, "el conflicto ha llegado
hasta las salas de redacción". Por ejemplo,
algunos reporteros que están cubriendo el
proceso de paz con la guerrilla se han visto
calificados, con dudoso humor, por sus
compañeros que cubren las fuentes militares de
"jefes de prensa de la guerrilla". Sea
como sea, la falta de movilización sólo puede
servir para animar a los autores de la violencia.
Por otra parte, actualmente, sólo la Fundación
para la Libertad de Prensa (FLIP) se dedica
exclusivamente a la defensa de la libertad de
prensa. Pero la mayor parte de sus esfuerzos
están dedicados a un programa de protección de
periodistas, cuya eficacia se basa en la
discreción. Por eso, la FLIP es todavía poco
conocida. Sin embargo, esta asociación
colombiana de defensa de la libertad de prensa,
confió a los representantes de RSF y el IPYS que
esperaba poder reforzar muy pronto su actividad
de denuncia pública de los ataques contra la
prensa. Para María Teresa Ronderos, presidenta
de la FLIP, la prioridad está en "que los
que amenazan sepan que no les saldrá gratis
amedrentar".
Según la
asociación Medios para la Paz, que organiza
talleres de formación, las prácticas y las
actitudes de los periodistas también ponen en
peligro su vida. Algunos de ellos no respetan las
más elementales reglas de la deontología en las
relaciones con sus fuentes, habiendo llegado a la
situación de ir a pasar sus vacaciones con los
miembros de algún grupo armado. "Por eso,
el espíritu de Medios para la Paz es considerar
la profesionalidad como la primera medida de
protección", explica Gloria Moreno,
directora de la organización que también
denuncia la responsabilidad de las redacciones
que, ávidas de exclusivas, harían que sus
reporteros corran riesgos desconsiderados. Y cita
el ejemplo de la corresponsal de un noticiero de
televisión en Barrancabermeja a la que, después
de despedirla, le propusieron volver a la
redacción si conseguía encontrar los primeros
rastros de un avión secuestrado por el ELN. La
periodista lo consiguió después de atravesar
dos localidades en las que se enfrentaban el
ejército y la guerrilla... Aunque fundadas, las
denuncias de falta de profesionalidad de los
periodistas, o la irresponsabilidad de algunos
director de medios de comunicación no deben, sin
embargo, hacer olvidar que el uso de la violencia
contra la prensa es injustificable e inaceptable.
Lo mismo que estas autocríticas sólo podrían
desalentar la movilización del gremio en favor
de sus representantes.
Los
paramilitares: primera amenaza contra la libertad
de prensa
Desde 1999,
veintisiete periodistas emprendieron el camino
del exilio. La mitad de ellos, las atribuyen a
los paramilitares. "Las Autodefensas
ejecutan más fácilmente sus amenazas",
explica un reportero de la prensa escrita. Entre
los catorce casos de periodistas asesinados por
razones profesionales desde 1999, ocho son
imputables a ese grupo armado. Uno de los casos
de exilio más conocidos es el de Ignacio Gómez.
Entre febrero y mayo de 2000, el periodista de El
Espectador recibió, al menos, cincuenta y seis
cartas amenazadoras. En un artículo, había
revelado que una masacre de cuarenta y nueve
campesinos fue cometida por paramilitares, con el
apoyo de miembros del ejército. Después de
escapar, el 24 de mayo, a un intento de secuestro
en las calles de Bogotá, Ignacio Gómez se
refugió en Estados Unidos, el 1 de junio de
2000. Regresó a su país un año más tarde.
También han regresado otros tres profesionales
de la información, otros efectúan regularmente
viajes de ida y vuelta, entre el país de acogida
y su tierra natal. A diferencia de los regímenes
dictatoriales que persiguen a sus opositores y
pueden obligarles a un exilio durante largos
años, la situación en Colombia, donde la
amenaza no proviene del Estado, no prohibe a los
periodista un regreso puntual al territorio.
Muchos
profesionales de los medios de comunicación,
preguntados por RSF e IPYS, coinciden en decir
que la violencia de las AUC se ha convertido en
el principal impedimento para la libertad de
prensa. Carlos Castaño, buen comunicador, se
prodiga desde hace dos años en entrevistas en la
prensa nacional e internacional. De esta forma
intenta convencer de que las masacres cometidas
por sus hombres están justificadas por su
objetivo: defender a la clase media contra la
guerrilla. En una entrevista concedida al diario
francés Le Monde, en la primavera de 2001,
reconocía que las AUC habían ejecutado "a
dos periodistas locales que eran, de hecho,
guerrilleros". "No puedo aceptar que el
periodismo se convierta en un arma al servicio de
uno de los actores del conflicto",
explicaba. Pocos días después de la
publicación de este artículo, la policía
conseguía neutralizar una bomba de 250 kilos de
TNT (Trinitrotolueno), colocada ante el local del
semanario comunista Voz, en Bogotá. Una acción
reivindicada, poco después, por Carlos Castaño.
En sus
relaciones con la prensa, la guerrilla está muy
lejos de demostrar la misma voluntad para
convencer. Como respuesta a las preguntas de
enviados especiales, llegados para preguntar
sobre la presencia de su grupo armado en el
Putumayo, un subcomandante de la guerrilla se
limitó a exhibir un comunicado oficial e invitó
a los periodistas a que lo copiaran. Encerrada en
su retórica, la guerrilla desconfía de los
patrones de la prensa "al servicio de los
grandes monopolios", y acusa a los medios de
comunicación de ser "los principales
causantes de gran parte de los males de
Colombia". El comunicado del 18 de octubre,
en el que las FARC acusan a El Tiempo, y a los
grupos RCN y Caracol, de ser "enemigos del
proceso de paz", es también testimonio de
que el grupo armado se siente maltratado por los
medios de comunicación. En febrero de 2001,
Nicolás Rodríguez Bautista, jefe del ELN,
justificaba los secuestros de periodistas por la
discriminación de que, afirma, es víctima su
grupo en los medios. Varios observadores,
preguntados por IPYS y RSF, cuentan que, en
efecto, la prensa nacional denuncia con más
interés las exacciones cometidas por la
guerrilla que las de los grupos paramilitares.
Aunque menos grave que el de los paramilitares,
el balance de las FARC y del ELN en materia de
represión de la libertad de prensa, no resulta
menos elocuente: tres periodistas asesinados
desde 1999 y otros seis amenazados, obligados a
exilarse. En total, las FARC y el ELN han
secuestrado, a veces solamente durante algunas
horas, a cincuenta y seis periodistas desde 1998.
Normalmente con el objetivo de obligar a los
medios de comunicación a difundir un comunicado
de prensa, o a denunciar las exacciones cometidas
por el ejército o los paramilitares. En el caso
de Henry Romero, secuestrado por el ELN en
octubre de 1999, el grupo armado lo que quería
era juzgar al fotógrafo de la agencia Reuters,
por haber publicado imágenes en las que
aparecían los guerrilleros con la cara
descubierta. Fue liberado después de siete días
de detención.
Los reporteros
que cubren el conflicto cuentan que, en
ocasiones, las fuerzas del orden son igual de
intolerantes que los grupos armados en relación
con la prensa. "¿Y este? ¿Está con
nosotros o con los otros?", preguntó un
oficial refiriéndose a un periodista. La
organización Human Rights Watch, en varias
ocasiones ha acusado a determinadas brigadas del
Ejército, de colusión con los grupos
paramilitares. Un coronel acusó a Carlos
Pulgarín, corresponsal del diario El Tiempo en
Montería, de ser un "vocero de la
guerrilla", antes de verse agredido por
presuntos miembros de las AUC. El periodista
había publicado informaciones sobre las
pérdidas sufridas por ese grupo, en los
combates. Además del ejército, a veces se
cuestiona a la policía y a los guardias de las
cárceles. El 25 de mayo de 2000, Jineth Bedoya,
de El Espectador, fue secuestrada en la misma
entrada de la cárcel La Modelo, de Bogotá, ante
los ojos de los vigilantes. Un año y medio
después, todavía no se conocen las conclusiones
de la investigación efectuada por el Instituto
Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC). La
periodista quedó en libertad unas diez horas
más tarde, después de haber sido golpeada,
drogada y después violada. Algunos días antes,
había publicado un artículo sobre asesinatos
cometidos en la cárcel por miembros de las AUC,
detenidos en ese establecimiento.
Regiones
particularmente peligrosas
Los ataques
contra los periodistas de El Espectador en 2000,
y los recientes atentados con bomba contra Voz y
Radio Caracol, demuestran que la violencia de los
grupos armados también va dirigida contra los
medios de comunicación de las grandes ciudades.
Sin embargo, es
sin duda mucho más difícil la situación en las
provincias, por tres razones fundamentales. Ante
todo, porque los periodistas de los medios
pequeños están más aislados. Después, porque
los grupos armados están mucho más presentes.
Algunas regiones se encuentran completamente bajo
su control, como es el caso de la ciudad de
Montería, en el departamento de Córdoba
(Noroeste), feudo de las AUC, o de la zona
desmilitarizada concedida a las FARC, en el
departamento de Caqueta (Sur). Finalmente porque,
en numerosos lugares, los grupos armados se
disputan el control de la región: departamentos
de Nariño (Suroeste), de César (Noreste), de
Magdalena (Norte), del Putumayo (Sur), de Norte
de Santander (Norte), de Arauca (Este), etc.
Dos regiones se
han distinguido tristemente, durante los últimos
meses, por sus múltiples atentados contra la
libertad de prensa: el departamento de Nariño,
fronterizo con Ecuador, y el de Caqueta. En el
interior de éste último, hay que distinguir
entre la zona de distensión y la región de
Florencia, capital del departamento. De ésta
última hablaremos en el capítulo dedicado a la
impunidad.
El departamento
de Nariño, situado en la frontera con Ecuador,
con una larga costa en el océano Pacífico, es
estratégico para el tráfico de armas y de
droga. Grupos paramilitares, guerrillas y
narcotraficantes se disputan el control de esta
provincia y, en particular, del puerto de la
región, Tumaco. En septiembre de 2000, los
paramilitares llegaron a la ciudad portuaria y
emprendieron "limpiarla". Un artículo
publicado en El Espectador, cuenta que, después
de haber asesinado a los delincuentes y los
mendigos, los paramilitares se dedicaron a
perseguir a los líderes obreros y a las voces
independientes. Carlos Lozano, director del
semanario Voz y miembro del Partido Comunista,
revela que entonces recibieron amenazas los
militantes de izquierda de la región. Varios de
ellos abandonaron la región a comienzos del año
2001. El 27 de abril, Flavio Bedoya, corresponsal
de Voz en Tumaco, fue asesinado después de haber
publicado un artículo denunciando las exacciones
de ese grupo armado. También había recibido
amenazas. Colaboraba igualmente en una
publicación local, El Faro, en la que denunciaba
asuntos de corrupción. El responsable de esta
publicación también se vio obligado a abandonar
la región. Un programa de radio, "La Caja
de Pandora", conocido por su independencia,
ha desaparecido de la parrilla de programación.
En ocho meses, en la ciudad se han cometido
treinta y nueve asesinatos políticos.
Las fuerzas de
La Marina, presentes en la región, están
acusadas de encubrir esos atropellos. Los
periodistas que intentan investigar se exponen a
recibir amenazas. En el aeropuerto, un militar
filma a los recién llegados cuando bajan del
avión. La prensa de Pasto, la capital del
departamento, también ha sido atacada. El 19 de
abril, fue objeto de un atentado el semanario El
Otro. Dos granadas, lanzadas contra sus locales,
destruyeron una parte de las instalaciones. El
director de la publicación, Ricardo Romero, ha
declarado que ni él, ni los periodistas del
semanario, habían recibido amenazas. Sin
embargo, piensa que el atentado está relacionado
con las denuncias publicadas en el periódico.
Poco después, Ricardo Romero, ex miembro de la
guerrilla M19 (Movimiento del 19 de Abril), y
cuatro periodistas de El Otro, se vieron
obligados a esconderse. Según dos periodistas de
Pasto, ese atentado se inscribe también en una
política sistemática destinada a amordazar a
los medios de comunicación independientes. La
publicación, el 9 de noviembre, de un comunicado
del frente local de las AUC, amenazando con
atacar a cuatro periodistas acusados de cobertura
"deshonesta", es el último ataque
contra la libertad de prensa.
En la zona
desmilitarizada de 42.000 kilómetros cuadrados,
concedida a las FARC, la problemática es
diferente. Paradójicamente, los periodistas que
han trabajado en San Vicente del Caguán,
principal localidad de la "zona de
distensión", fueron amenazados antes por
las AUC que por las FARC. Estas últimas,
responsables de la zona, se han mostrado
relativamente respetuosas con la libertad de
prensa, en el interior de su territorio. En
cambio, varios periodistas llegados para cubrir
el proceso de paz, han sido señalados como
sospechosos de hacer el juego a la guerrilla.
Amenazados, al menos tres ellos se han visto
obligados a abandonar el país: Martín Movilla y
William Parra, del canal Caracol Televisión, y
Eduardo Luque Díaz, de RCN Radio. Los dos
primeros fueron acusados, en llamadas anónimas,
de ser "amigos de la guerrilla". El
último, cubría el conjunto del departamento de
Caqueta. También recibió amenazas Hollman
Felipe Morris, por sus reportajes en el canal de
televisión RCN TV. A su vez, en septiembre de
2000 se vio obligado a exiliarse después de
haber publicado, en el diario El Espectador,
artículos sobre el proceso de paz y sobre las
exacciones cometidas por los paramilitares.
Actualmente, los
periodistas más amenazados son los originarios
del departamento de Caqueta que están cubriendo
el proceso de paz desde sus inicios.
Definitivamente, han sido equiparados con
"portavoces de la guerrilla" por las
AUC. María Luisa Murillo, corresponsal de El
Tiempo, Luis Alfonso Altamar Gaitán, colaborador
de varios medios y director de su propia
estación de televisión, y Efraín Jiménez,
corresponsal de RCN Radio y periodista de la
radio comunitaria Ecos del Caguán, no pudieron
acudir a una entrevista concertada con los
representantes de RSF e IPYS porque los
paramilitares controlan las carreteras que unen
San Vicente con Bogotá. Cuando está en
cuestión la existencia de la zona de
distensión, los tres periodistas quieren hacer
patente su temor a que los paramilitares invadan
el territorio. El asesinato de "Lelo",
el 10 de octubre de 2001, fue considerado como
una advertencia. Era el chófer habitual de los
corresponsales de la prensa internacional,
llegados para informar de las negociaciones. Su
cadáver se encontró, con una bala en la boca,
junto a su taxi carbonizado. Fue asesinado por
cuatro presuntos paramilitares, que se
presentaron como periodistas.
En el interior
de la zona de distensión, las FARC no han
cometido ningún atentado grave contra la
libertad de prensa. Ex corresponsales en la
región cuentan que las negociaciones han sido la
primera oportunidad para que aprendieran a
conocerse la prensa y el grupo armado, salido de
la clandestinidad. Los ataques de los
guerrilleros contra la prensa han sido sobre todo
verbales, y dirigidos contra los grandes medios
de comunicación o los patronos de la prensa.
Regularmente les acusan, como en el comunicado
del 18 de octubre, he hacer fracasar las
negociaciones con la cobertura que le están
dando. Aunque parece que el grupo armado no se ha
molestado nunca en formular reproches, o
comentarios directamente sobre los periodistas,
faltan los casos de amenazas o problemas.
"He podido escribir todo lo que quería
sobre las FARC, e incluso denunciar, sin
exponerme a represalias, la masacre de una
veintena de personas, acusadas de ser
paramilitares, por parte de este grupo
armado", cuenta un ex corresponsal. Sin
embargo, un reportero ha confiado a RSF que ha
sido puntualmente víctima de actos de
intimidación, por parte del grupo armado.
La
respuesta de las autoridades:
el Programa de Protección a Periodistas
Para responder a
las situaciones de inseguridad a las que tienen
que enfrentarse los periodistas, el gobierno
adoptó, el 10 de agosto de 2000, el decreto 1592
que instauró el Programa de Protección a
Periodistas y Comunicadores Sociales. Este
programa está pilotado por el Comité de
Reglementación y Evaluación de Riesgos,
dependiente del viceministro del Interior.
Representantes de diversas instituciones del
Estado, entre otras la policía y el DAS
(Departamento Administrativo de Seguridad,
servicios de seguridad colombianos), se sientan
junto a un representante del Alto Comisionado de
las Naciones Unidas para los Refugiados y
organizaciones de la prensa.
Entre ellas, la
FLIP tiene un papel destacado: el de realizar una
investigación preliminar para determinar si el
periodista, que acude en busca de ayuda, ha sido
amenazado por razones profesionales. Los
servicios de seguridad, policía nacional o DAS,
efectúan después un estudio de seguridad. Sobre
esta base, se le hacen propuestas al periodista
afectado, para reforzar su seguridad: desde la
entrega de un teléfono móvil, para contactar en
caso de emergencia con el Comité, hasta el pago
de un billete de avión, para irse a la capital o
salir del país.
En el caso de
que el periodista decida refugiarse en Bogotá,
puede recibir una ayuda mensual de 850.000 pesos
(435 euros, 385 dólares) durante tres meses,
renovable excepcionalmente por un período de la
misma duración. La FLIP intenta establecer
colaboración con embajadas u otros organismos,
para facilitar la salida hacia el extranjero o la
integración de los periodistas en Bogotá. Ha
llegado a un acuerdo con un instituto para
permitirles seguir unos cursos de periodismo,
acuerdo que es muy loable porque, a veces, los
periodistas de provincias son autodidactas. Por
otra parte, y en coordinación con el IPYS, se ha
creado en Lima una Casa de Refugio, para acoger a
los que están más amenazados. Esta iniciativa,
apoyada por varias organizaciones internacionales
de defensa de la libertad de prensa, parte del
principio de que el exilio, en un país cultural
y geográficamente cercano, puede resultar menos
difícil de sobrellevar que la expatriación a
Estados Unidos o a Europa.
Desde su
creación, el Programa de Protección a
Periodistas ha examinado setenta peticiones de
ayuda. En cuarenta y uno de los casos, se llevó
a cabo un estudio de seguridad. Diecinueve
profesionales han recibido ayuda, seis de ellos
para abandonar el país. El Ministerio del
Interior juzga "preocupante" el aumento
del número de periodistas amenazados. Los que se
benefician del programa son, esencialmente,
periodistas de las provincias en las que imperan
los grupos armados, narcotraficantes y
autoridades corruptas. Entre marzo y octubre de
2001, el Comité registró veintiocho amenazas
contra medios de comunicación y periodistas.
Amenazas a periodistas que
acudieron al Programa (por autores)
(marzo-octubre
2001)
| AUTOR DE LA AMENAZA |
NÚMERO DE AMENAZAS |
| Paramilitares
(AUC) |
12 |
| Autoridades/funcionarios
locales |
5 |
| Fuerzas
del Orden |
3 |
| Grupos
guerrilleros (Farc, ELN) |
2 |
| Desconocidos |
6 |
| Fuente:
Programa de Protección a Periodistas,
del Ministerio del Interior. |
El
programa se topa con dificultades. Ante todo,
está limitado por su presupuesto, que se eleva a
300 millones de pesos (alrededor de 150.000
euros, 135.000 dólares), mientras que el costo
de una protección de las llamadas
"dura" (adjudicación de un automóvil
blindado con dos guardaespaldas) está estimada
en 120 millones de pesos al año. Por tanto, el
Programa no está en condiciones de proponer al
periodista protección en su lugar habitual.
Cuando la amenaza es muy seria, el profesional de
la información es trasladado a la capital
regional, o a Bogotá. Una solución
insatisfactoria incluso para algunas de las
organizaciones que integran el Comité. Estiman
que "desembarazarles del periodista es
seguir el juego de los autores de las
amenazas"". Y más aun porque los
periodistas prefieren pasar desapercibidos y
piden que no se haga pública su situación. Una
decisión que el Comité respeta siempre, pero
que le priva de un medio de presión sobre los
autores de las amenazas. Porque, aunque los
beneficiarios del programa tienen que presentar
una denuncia en la Fiscalía General de la
Nación contra ellos, normalmente se niegan a
llevarla adelante por temor a represalias, o
porque están convencidos de la inutilidad de la
gestión.
Otro problema:
la participación de la policía y el DAS en el
programa. Probablemente inevitable genera, sin
embargo, la desconfianza de quienes se ven
amenazados precisamente por miembros de las
fuerzas del orden. Finalmente, si hoy el Programa
sólo se ocupa de una ínfima parte de los casos
de periodistas amenazados, es también porque,
iniciado hace solamente un año, todavía es poco
conocido por los periodistas.
Periodistas
asesinados:
el balance más grave del continente americano
En un contexto
en el que no faltan argumentos
"sensibles" (lucha armada entre
paramilitares y guerrillas, corrupción,
narcotráfico...), no resulta sorprendente que
Colombia tenga hoy la cifra más elevada de
periodistas asesinados, en todo el continente
americano.
Sin embargo, en
Colombia, las cifras de los periodistas
asesinados deben examinarse con prudencia. Los
asesinatos no siempre están motivados por la
actividad periodística de sus víctimas. Por una
parte, porque los periodistas, frecuentemente por
necesidad, tienen que ejercer varias actividades,
que son otros posibles motivo de asesinato. Por
otra parte, porque en este país se considera
periodista al titular de un diploma de
periodismo, aunque no trabaje para un medio de
comunicación. Finalmente porque, como el
conjunto de los colombianos, los periodistas
pueden ser víctimas de la importante
delincuencia común. A esas dificultades se
añaden el miedo a declarar de los familiares y
las frecuentes contradicciones entre las fuentes
de información, que hacen todavía más difícil
la determinación exacta de los móviles de
cualquier asesinato.
Desde 1991, RSF
ha establecido cuarenta casos de periodistas
asesinados por sus opiniones, o en el ejercicio
de su profesión. IPYS y RSF consideran que, en
más de una veintena de los casos, esos
asesinatos son imputables a los grupos
paramilitares o a las guerrillas. En segundo
lugar, los periodistas pagan con su vida sus
revelaciones sobre la corrupción y el crimen
organizado que ponen en entredicho a la clase
política local, a los narcotraficantes y a las
mafias. Finalmente, en los restantes casos, las
que quedan en entredicho son las propias fuerzas
del orden, la policía, el ejército o los
servicios de inteligencia.
Desde 1999, y en
paralelo con el proceso de paz, se asiste a un
recrudecimiento de los asesinatos por parte de
los grupos armados, sospechosos en once de los
catorce casos reseñados por RSF, desde esa
fecha. De estos once casos, ocho son imputables a
los paramilitares de las AUC, y los tres
restantes a las FARC. Esos grupos armados
intentan así reducir al silencio a los
periodistas que consideran sospechosos de apoyar
al otro campo, o a los que denuncian sus
atropellos.
Doce
periodistas asesinados en 2001
A 22 de
noviembre de 2001, el balance de lo que va de
año es de doce periodistas asesinados. IPYS y
RSF estiman que, en cuatro de los asesinatos, no
se puede hablar de atentado a la libertad de
prensa, en la medida en que las víctimas, aunque
poseedoras de un título de periodismo, no
trabajaban para un medio de comunicación. Se
trata de los casos de Carlos Alberto
Trespalacios, asesinado el 1 de mayo en
Medellín, Edgar Tavera Gaona, asesinado el 17 de
mayo en Guepsa (departamento de Santander),
Wilson Peña, abatido por cuatro asesinos a
sueldo el 7 de septiembre en Gigante, en el
departamento de Huila, y Heriberto Cárdenas,
asesinado en Buenaventura (Centro Oeste) el 14 de
noviembre.
Por otra parte,
continúan investigándose los casos de otros
cinco periodistas, a falta de poder establecer
una relación con el contenido de sus programas o
artículos:
Yesid Marulanda,
periodista deportivo del noticiero
"Notipacífico", emitido por el canal
de televisión regional Telepacífico, con sede
en Cali, fue asesinado el 3 de mayo, por dos
asesinos a sueldo. Según su familia y sus
compañeros, no había recibido ninguna amenaza.
Eduardo Estrada
Gutiérrez, presidente de la Asociación para el
Desarrollo de la Comunicación y la Cultura de
San Pablo (Adecosan), fue asesinado el 16 de
julio en San Pablo (departamento de Bolivar),
cuando su asociación estudiaba poner en marcha
una emisora comunitaria. Una fuente, que quiere
permanecer en el anonimato, ha declarado a RSF
que Eduardo Estrada Gutiérrez fue asesinado
porque iba a participar en una mesa de diálogo
entre la sociedad civil y el ELN. Sin
pronunciarse sobre el móvil, la Asociación de
Radios Comunitarias del Magdalena Medio
(Aredmag), a la que está afiliada Adecosan,
recuerda el trabajo de democratización, para el
acceso a los medios de comunicación, realizado
por el periodista. Para la Sociedad
Interamericana de Prensa (SIP), el simple hecho
de trabajar para una radio comunitaria le ha
costado la vida a Eduardo Estrada Gutiérrez. Los
grupos armados presentes en la región consideran
a estas emisoras como un reto, e intentan
controlarlas para reforzar su presencia.
Aunque se ignora
lo que decían en antena, otros dos periodistas
de las radios comunitarias, Pablo Emilio Parra
Castañeda, asesinado el 27 de junio, y
Arquímedes Arias Henao, asesinado el 4 de julio,
podrían haber muerto por la misma razón. El
primero era propietario y locutor de la emisora
Planadas Cultural Estéreo, así como responsable
de la Cruz Roja en la localidad de Planadas,
desde hace más de dos años. El segundo,
director de Fresno Estéreo, había creado otras
emisoras en la región y seguía siendo
propietario de una de ellas, Armonía FM
Estéreo, con sede en Palocabildo. Los dos
trabajaban en el departamento de Tolima, donde
están presentes la guerrilla de las FARC y los
grupos paramilitares.
Omar de Jesús
Castañer Jaramillo, periodista de Chinchina,
localidad situada en el Departamento de Caldas,
fue asesinado el 17 de agosto. Esta información
ha sido facilitada a los representantes del IPYS
y de RSF por la FLIP, que todavía no disponía
de informaciones sobre el medio de comunicación
para el que trabajaba, ni sobre los móviles del
crimen.
Tras la
investigación, IPYS y RSF consideran que, en
tres casos, es más creíble la hipótesis de un
asesinato motivado por el trabajo del periodista:
se trata de los casos de Flavio Bedoya, Jorge
Enrique Urbano Sánchez y José Duviel Vásquez.
Flavio Bedoya,
corresponsal del semanario Voz en Tumaco
(Departamento de Nariño, sudoeste del país),
fue asesinado por sicarios el 27 de abril de
2001. De cincuenta y dos años de edad y padre de
tres hijas, el periodista del órgano del Partido
Comunista Colombiano había recibido amenazas de
muerte tras publicar, el 4 de abril, un artículo
sobre las exacciones cometidas cerca de Tumaco
por los paramilitares, acompañado de una
entrevista con un comandante de las FARC. En el
artículo, criticaba la incapacidad de la
policía para capturar a los criminales. Según
la redacción de Voz, el periodista fue asesinado
por los paramilitares (ver, arriba :
"Regiones particularmente peligrosas").
El 8 de julio,
Jorge Enrique Urbano Sánchez, fue asesinado, de
cuatro disparos, por dos desconocidos en moto. Un
amigo del periodista también resultó herido
durante la agresión. Jorge Enrique Urbano
Sánchez había denunciado la inseguridad
imperante en Buenaventura, una ciudad portuaria
del departamento del Valle (Oeste). Trabajaba
para la radio Mar Estéreo, perteneciente al
grupo Todelar, y en el programa "Amanecer
Porteño", emitido por el canal de
televisión local Telemar. Sus denuncias estaban
estrechamente relacionadas con su trabajo de
responsable de una organización encargada del
mantenimiento de los espacios públicos de la
ciudad. Dos meses antes, fue amenazado por haber
participado en las operaciones de desalojo de
drogadictos y del traslado de los vendedores
ambulantes de un parque público.
Dos días antes,
había sido asesinado José Duviel Vásquez. Era
entonces el tercer periodista de La Voz de la
Selva, una emisora de la ciudad de Florencia
(Caqueta), asesinado en el espacio de ocho meses.
También fue el último. La Fundación Jorge
Eliecer Gaitán, propietaria de la radio,
decidió vender la emisora.
La
Voz de la Selva:
la voz de los Turbay se ha extinguido en
Florencia (Caqueta)
El 30 de
noviembre de 2000, fue asesinado Guillermo León
Agudelo. Era el gerente administrativo de La Voz
de la Selva. Según diversos testimonios, no
había recibido amenazas y nada de lo que decía
en antena puede explicar su muerte. El asesinato,
quince días más tarde, de Alfredo Abad,
director de información de la emisora, fue
interpretado entonces por el diputado del Partido
Liberal, Diego Turbay, como un
"campanazo" proveniente de la guerrilla
de las FARC. Cree que, a través de la radio, a
quien se quiere atacar es a la familia Turbay. La
Voz de la Selva fue creada por instigación del
padre de Diego Turbay, Hernando Turbay, que en
los años 1970 y 1980 fue un destacado opositor a
la presencia de la guerrilla en la región. Desde
entonces, los Turbay han estado en el punto de
mira de las FARC. El hermano de Diego, Rodrigo
Turbay, murió en 1997 a manos de este grupo
armado, que le tenía secuestrado desde hacía
dos años. Después de la muerte de Guillermo
León Agudelo, también fue asesinado Andrés
Paez, un diputado que había apoyado a Diego
Turbay. Finalmente, el 29 de diciembre de 2000,
Diego Turbay fue asesinado, junto a otras seis
personas, entre ellas su madre, en una carretera
de Caqueta, por un presunto comando de las FARC.
Caqueta, zona estratégica para el tráfico de la
droga, ha adquirido aún mayor importancia desde
que alberga la zona de distensión, concedida por
el gobierno a las FARC.
Según un
miembro de la Asociación de Periodistas de
Caqueta, citado en la edición del 8 de enero de
2001 del semanario Semana, no termina ahí el
tributo pagado por los periodistas de Caqueta a
la lucha que enfrenta a la familia Turbay con sus
enemigos. "A los asesinatos se les suma el
exilio forzoso por amenazas de otros cuatro
periodistas en el último semestre (...) Es muy
coincidal que casi la totalidad de los
periodistas muertos y los amenazados sean
personas que tiene algún tipo de relación con
la familia Turbay, o que, en otros casos, no
utilizaban la profesión para atacar a los
Turbay."
Según Omar
García, el asesinato, siete meses más tarde, de
José Duviel Vásquez, que sucedió a Alfredo
Abad en la dirección de la emisora, podría
tener un origen diferente. Omar García, que
también trabajaba en La Voz de la Selva,
acompañaba a José Duviel Vásquez cuando fue
asesinado. El mismo resultó herido durante la
agresión. En un testimonio publicado en el
semanario Semana, con fecha del 29 de octubre,
recuerda los asuntos importantes que había
denunciado su compañero. En febrero de 2001,
había revelado un asunto de corrupción y
chantaje, denunciando a la antigua alcaldesa de
Florencia, Lucrecia Murcia, y a varios consejeros
municipales. La redacción de la radio también
estaba investigando acerca de la responsabilidad
del gobernador de Caqueta, Pablo Adriano Muñoz,
en la posible malversación de fondos, y
denunciaba las importantes sumas que pagaba para
garantizar su seguridad. Posteriormente, un
conflicto enfrentó a Duviel Vásquez con el
gobernador. El periodista se había denunciado
Pablo Adriano Muñoz por "calumnia e
injuria", después de que le acusara de
poner en peligro su vida, con sus repetidas
críticas. Algunos días antes de su muerte,
José Duviel Vásquez confió a varias personas
que se sentía amenazado. Carlos Alberto
Beltrán, el abogado que había elegido para
llevar adelante su querella, y que también era
responsable administrativo de La Voz de la Selva,
tuvo que abandonar la ciudad tras escapar a un
intento de asesinato.
Cuando
colaboraba en la investigación sobre la muerte
de su compañero, Omar García fue amenazado de
muerte en varias ocasiones, tanto en la calle
como por teléfono. Se ha acogido al Programa de
Protección a Periodistas. Después de haber sido
trasladado a Bogotá, donde tampoco estaba
garantizada su seguridad, se ha visto obligado a
buscar refugio en el extranjero. Una persona
próxima a La Voz de la Selva cuenta que, tras el
asesinato de Duviel Vásquez ningún periodista
de la región se atreve a criticar al gobernador.
En la primavera de 2001, Ricardo Calderón,
enviado especial del semanario Semana en
Florencia, se vio obligado a abandonar
precipitadamente la región, después de darse
cuenta de que le seguían. En un artículo sobre
el asesinato de Diego Turbay, publicado algunos
meses antes, este periodista recordó que Adriano
Muñoz fue encarcelado en el marco de la
investigación sobre el secuestro de Rodrigo
Turbay, y más tarde puesto en libertad por falta
de pruebas.
La
impunidad arraigada
En Colombia, el
índice de impunidad es mayor del 95%. "Un
nivel tal, que después del narcotráfico, la
impunidad se ha convertido en el segundo factor
de criminalidad", constata amargamente un
magistrado. Un porcentaje que, desgraciadamente,
también es válido para los asesinatos de
periodistas. Sin embargo, durante los últimos
cinco años, se multiplican los ejemplos de
investigaciones que han permitido identificar, e
incluso detener a los asesinos.
En el seno de la
Fiscalía General de la Nación se creó, en
1991, una Unidad de Derechos Humanos, que
investiga sobre los casos de amenazas o
asesinatos de sindicalistas, de personas cuyo
estatuto depende del Derecho Internacional
Humanitario, de miembros de la Unión Patriótica
(intento de integración de la guerrilla en la
vida política, a principios de los años 1980, y
del que han sido asesinados varios de sus
miembros) y de periodistas. En total, 1.100
investigaciones se encuentran en manos de la
Unidad de Derechos Humanos. En julio de 1999 se
creó una sub-unidad para investigar
exclusivamente sobre los asuntos referidos a los
periodistas, con cuatro fiscales. Actualmente,
tienen confiados treinta y cinco casos, entre
ellos treinta investigaciones sobre asesinatos
ocurridos entre 1986 y 2001.
Sólo en un caso
de asesinato, el de Ismael Jaime Cortés,
director del diario La Opinión, ocurrido el 6 de
mayo de 1992 en el departamento del Magdalena
(Norte), algunos de los autores materiales de la
muerte fueron condenados de forma definitiva, con
una pena de cárcel confirmada en segunda
instancia. En otros cinco casos, los presuntos
asesinos fueron detenidos, pero no han sido
juzgados o el proceso se encuentra todavía en
curso. Por otra parte, tres casos han sido
reasignados a otros servicios, porque los
asesinatos no guardaban ninguna relación con un
trabajo periodístico. En los veintiún casos
restantes, a los que hay que añadir otros casos
de asesinatos de periodistas muertos a causa de
su trabajo, pero que no han sido entregados a
esta sub-unidad, no se ha detenido a ningún
sospechoso.
Varios factores
contribuyen a explicar el mantenimiento de una
impunidad casi generalizada. El elevado nivel de
la criminalidad: con quince asesinatos diarios
solamente en la ciudad de Cali, los fiscales
tienen la sensación "judicializar la
guerra", o sea de estar tratando una
situación de guerra con los medios judiciales de
un país en paz. Se lamentan de la falta de
medios y creen que la respuesta del Estado es
insuficiente. Así, en algunos departamentos, un
único juez tiene que pronunciarse sobre todos
los casos. Es, entre otros, el caso de
Valledupar. En esta ciudad, capital del
departamento de César (Noreste), el proceso de
Libardo Prada Bayona, presunto asesino de la
periodista Luz Amparo Jiménez Payares, ultimada
el 11 de agosto 1998, se retrasó en siete
ocasiones para iniciarse finalmente el 10 de
julio de 2001, casi dos años después de la
primera fecha fijada. Antigua periodista de la
televisión, Luz Amparo Jiménez Payares había
informado, en 1996, de la expulsión por los
paramilitares de los campesinos que ocupaban la
propiedad de un antiguo ministro, Carlos Arturo
Marulanda.
Al problema de
los medios hay que añadir las presiones e
intimidaciones a que se ven sometidos los
magistrados, los testigos y los abogados. Citado
por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP),
Ricardo de la Hoz, abogado de la parte civil en
el caso de Luz Amparo Jiménez Payarés, afirma
que cinco o seis abogados de Libardo Prada Bayona
han renunciado a la defensa, después de recibir
amenazas. "En los mismos tribunales penales
de Valledupar, he recibido la sugerencia de que
no asista a la audiencia", informa De la Hoz
acerca de su propia situación. Según Diana
Calderón, responsable de la Unidad de Reacción
Rápida, una unidad de la SIP encargada de
investigar los asesinatos de periodistas, las
presiones sobre los testigos amenazan tanto las
instrucciones porque las demostraciones de los
investigadores se basan normalmente en
testimonios. "Existe una gran debilidad en
el aporte de pruebas materiales o basadas en
expertizajes", precisa. Una afirmación
compartida por el Fiscal General de la
República, Luis Camilo Osorio.
Porque, a veces,
las amenazas se cumplen. Carlos Alberto Oviedo,
ex diputado de Armenia, ciudad del departamento
de Quindio (a 300 kilómetros al oeste de
Bogotá), y presunto autor intelectual de los
asesinatos de Ernesto Acero Cadena y Jairo Elías
Márquez, tenía fama de matar a los asesinos a
sueldo. En el marco de la única investigación
sobre la muerte de Jairo Elías Márquez, fueron
asesinadas dos personas: un testigo y uno de los
presuntos asesinos. Ernesto Acero Cadena,
periodista de la revista El Informador
Socioeconómico, asesinado en diciembre de 1995,
lo mismo que Jairo Elías Márquez, propietario
del bimensual El Marqués, asesinado el 20 de
noviembre de 1997, habían denunciado al diputado
en asuntos de corrupción.
Frente a las
presiones locales, la Fiscalía deplora que la
Constitución colombiana establezca que el
proceso debe celebrarse en el departamento en que
ha tenido lugar el crimen. Una reforma de la
justicia que autorice la centralización de los
procesos, para evitar a los jueces las presiones
locales, ha chocado siempre con el rechazo del
tribunal supremo, guardián de la Constitución.
Sin embargo, algunos funcionarios del ministerio
público se manifiestan convencidos de que el
resultado de dos procesos de presuntos asesinos
de periodistas, habría sido diferente si las
audiencias se hubieran celebrado en Bogotá.
Recuerdan el caso de Juan Carlos Henao, el
presunto asesino de Ernesto Acero Cadena,
absuelto en primera instancia, el 14 de junio de
2000, por un tribunal de Armenia. El fiscal,
presumiblemente víctima de fuertes presiones, no
recurrió a pesar de haber solicitado la
culpabilidad del acusado. En abril de 2001, la
confirmación en apelación, por el Tribunal
Superior de Neiva (departamento de Huila), de la
absolución de los presuntos asesinos del
periodista Nelson Carvajal, también provocó la
irritación de la Fiscalía. Aunque generalmente
los jueces siguen las indicaciones del ministerio
público, el tribunal consideró insuficientes
las pruebas y poco creíbles los testimonios,
prefiriendo una hipótesis descartada por los
investigadores. Informada de que, durante la
instrucción, uno de los investigadores había
sufrido presiones, RSF había pedido a las
autoridades que "velen por la total
independencia del fallo del Tribunal".
Finalmente,
prácticamente jamás se molesta a los autores
intelectuales. Algunos de ellos se han convertido
en intocables, como Carlos Castaño, el jefe de
las AUC. Se han dictado contra él varias decenas
de órdenes de detención, pero el hombre se
encuentra al frente de un verdadero ejército de
8.000 hombres. Entre otras, es objeto de una
orden de detención desde julio de 2000, por
haber ordenado el asesinato del periodista y
humorista Jaime Garzón. Hasta el momento, sólo
han sido detenidos el presunto asesino y el
hombre acusado de conducir la moto. Jaime Garzón
fue asesinado el 13 de agosto de 1999. Según los
investigadores, Carlos Castaño acusaba al
humorista de intervenir, como intermediario, en
la liberación de personas secuestradas por la
guerrilla. Descartan la hipótesis de que
determinados sectores del ejército, igualmente
molestos por las iniciativas del humorista según
varios testimonios, hayan podido participar en el
crimen. Por otra parte, la evasión de Carlos
Alberto Oviedo, a principios de septiembre de
2001, fue una nueva demostración de la impunidad
que disfrutan los asesinos. Al parecer, el ex
diputado corrompió a sus carceleros para poder
escapar. Acusado de cerca de una decena de
asesinatos, entre ellos los de dos periodistas,
Carlos Alberto Oviedo fue finalmente detenido, y
luego condenado a treinta y nueva años de
cárcel, por homicidio. A pesar de la gravedad de
la pena, disfrutaba de un régimen de favor y se
encontraba en situación de residencia vigilada.
Al día siguiente de la evasión, el Ministro de
Justicia ordenó la apertura de una
investigación penal y disciplinaria contra diez
funcionarios del Instituto Nacional Penitenciario
y Carcelario (INPEC), entre ellos su ex director.
Los resultados de la investigación no se han
dado a conocer.
Para paliar la
falta de medios de la Unidad de Derechos Humanos,
en octubre de 2001 se decidió crear sub-unidades
regionales de los Derechos Humanos, en todo el
territorio. Se deben crear veinticinco unidades
que, bajo el control de la oficina de Bogotá, se
encargarán de una parte de las investigaciones.
Ya existen tres sub-unidades en Neiva,
Villavicencio y Cali. Según la Fiscalía, en
esta última ciudad ya se han conseguido
resultados en la investigación sobre una
masacre. Sin embargo, esta reforma no se ha
llevado a cabo por unanimidad. Varios defensores
de los Derechos Humanos temen que la
descentralización exponga, a su vez, las
investigaciones a las presiones locales.
Proyecto
de censura de la Comisión Nacional de
Televisión
El 23 de octubre
de 2001, la Comisión Nacional de Televisión
(CNTV), institución pública encargada de
regular el contenido de los programas
televisados, hizo público un proyecto de
regulación, según el cual los canales de
televisión "no podrán presentarse
entrevistas, declaraciones y comunicados de
quienes se identifiquen como miembros, voceros o
representantes de grupos alzados en armas u
organizaciones criminales". Dicho de otra
manera, "se puede dar la información
respectiva pero no transmitir imágenes de esas
personas", ha precisado Sergio Quiroz,
presidente de CNTV. El proyecto también prohibe
la emisión de imágenes que "vulneren los
derechos humanos" e intenta, en nombre
"del derecho fundamental a la intimidad y a
la dignidad de las víctimas", prohibir
"los primeros planos sobre hechos
violentos". La CNTV es una institución
compuesta por cinco miembros (dos designados por
el gobierno, y otros tres por los medios de
comunicación o las organizaciones de la sociedad
civil), independiente del gobierno.
Debería
archivarse el proyecto de la CNTV. Según Eduardo
Cifuentes, defensor del Pueblo (ombudsman),
ninguna institución en Colombia tiene poder para
restringir la libertad de prensa, protegida por
el artículo 214 de la Constitución, incluso en
estados de excepción. Aunque una parte de la
profesión lamenta que la competencia entre los
canales de televisión haya dado lugar a una puja
para la difusión de imágenes crudas del
conflicto, todos los profesionales de la
información coinciden en decir que solo los
periodistas deben decidir lo que se debe
informar. El presidente Andrés Pastrana,
también ex periodista, desaprobó el proyecto.
Durante la entrevista que concedió a los
representantes del IPYS y de RSF, se pronunció a
favor de una "autorregulación" de los
medios de comunicación.
Sin embargo, en
un editorial publicado en el semanario Semana, la
periodista María Isabel Rueda, pone en tela de
juicio el papel del gobierno en este asunto.
Afirma que Sergio Quiroz es el "delegado
personal" de Andrés Pastrana, y subraya que
no hace nada "sin el permiso de
arriba". Según el diario El Tiempo, el
proyecto de la CNTV podría formar parte de una
serie de iniciativas del gobierno, destinadas a
preparar los ánimos para el final del proceso de
paz. En el momento en que el gobierno cuestiona
el estatuto de interlocutor de las FARC, los
grupos armados se verían privados de acceso a la
pequeña pantalla.
En dos
ocasiones, tras la llegada al poder de Andrés
Pastrana, han intervenido la CNTV, o altos
funcionarios, para pedir a los canales de
televisión que no emitieran un reportaje o una
entrevista. En 1997, la CNTV fue utilizada por la
Administración del presidente Ernesto Samper
(1994-1998). En aquel momento, el presidente,
criticado por la prensa por la presunta
financiación de su campaña por el Cartel de
Cali, consiguió que las concesiones,
inicialmente atribuidas a los telenoticieros
hasta 2004, fueran revisadas cada año por la
CNTV.
Conclusión:
luchar contra la impunidad
Cuarenta
periodistas asesinados desde hace diez años,
medio centenar secuestrados en los tres últimos
años, cerca de una treintena obligados a
exiliarse... Colombia posee el triste record de
violencias de todas las categorías. Violencias
que proceden, ante todo, de los grupos armados y,
en primer lugar, de los paramilitares de las AUC.
En varias regiones controladas, o disputadas, por
las AUC, las FARC o el ELN, la libertad de prensa
es prácticamente inexistente, bien porque la
prensa independiente ha sido laminada, o bien
porque se ha instalado la autocensura. Es la
razón por la que Carlos Castaño, Manuel
Marulanda y Nicolás Rodríguez Bautista forman
parte de los treinta y nueve más peligrosos
predadores de la libertad de prensa en el mundo.
Esta violencia la ejercen también los
narcotraficantes, los concejales corruptos y los
miembros de las fuerzas del orden, temerosos de
que salgan a la luz sus "negocios".
La impunidad
cierra, sobre la prensa, el círculo vicioso de
la violencia y el miedo. Los periodistas, no
sólo pueden difícilmente publicar o difundir
sus informaciones, sino que ni siquiera pueden
denunciar las presiones de que son víctimas,
para acabar con ellas. Son muy loables los
esfuerzos del gobierno para garantizar la
protección de los periodistas o reforzar los
medios de la Fiscalía, pero continúan siendo
muy limitados, especialmente en el aspecto
financiero. En este contexto, los periodistas no
tienen más opciones que la autocensura o poner
en peligro su vida. Por eso, RSF y el IPYS están
convencidos de que la prioridad del gobierno debe
ser la lucha contra la impunidad. Durante la
entrevista concedida a los representantes de
ambas organizaciones, el presidente Andrés
Pastrana declaró que compartía esta
preocupación e hizo una llamada a la comunidad
internacional para que apoye económicamente el
programa de protección de periodistas.
IPYS
y RSF recomiendan:
1- al gobierno:
- que
emprenda una reforma de la justicia que
permita juzgar, a los presuntos asesinos
que apelan, en Bogotá, al margen de las
presiones locales,
- que aumente
los medios destinados al Programa de
Protección a Periodistas, para que sea
capaz de ofrecer a los profesionales de
la prensa una protección sobre el
terreno, y garantizar así el ejercicio
del periodismo en la mayor parte del
territorio,
- que haga
todo lo posible para que los resultados
de las investigaciones del INPEC sobre el
secuestro, en mayo de 2000, de Jineth
Bedoya, y sobre la evasión, en
septiembre de 2001, de Carlos Alberto
Oviedo, se hagan públicos en el menor
plazo de tiempo.
2- a la
comunidad internacional que proporcione ayuda
financiera al programa de Protección de
Periodistas, y a la lucha contra la impunidad.
3- a la CNTV,
que no siga con su proyecto de regulación que
intenta prohibir la difusión de imágenes de
miembros de grupos armados o de organizaciones
criminales, o de las que "vulneren los
Derechos Humanos".
4- a la prensa,
que se movilice para defender la libertad de
prensa:
- siguiendo
de cerca las investigaciones y los
procesos por los asesinatos de
periodistas, en particular el caso de
Amparo Leonor Jiménez, cuyo proceso se
encuentra actualmente en fase de
deliberación, y el de Jaime Garzón, del
que muy pronto deberían hacerse
públicas las conclusiones de la
investigación.
- apoyando la
acción de la FLIP, tanto en sus
publicaciones como económicamente.
* Régis
Bourgeat, es miembro de
Reporteros
sin Fronteras, e Iván García, del Instituto Prensa y Sociedad. Esta es una investigación de la Red RSF,elaborada tras la misión en Colombia,
realizada del 22 al 30 de octubre de 2001.
|