Las siete
trampas capitales
contra el periodista (y el buen periodismo)
Juan Gonzalo Betancur B. *
Para un periodista,
informar sobre un conflicto armado implica
trabajar sobre un terreno y una temática
hostiles, llenos de trampas puestas para
manipularlo o para impedir que elabore una
buena información. Esta es una reflexión
sobre algunas dificultades que tiene el
cubrimiento de la guerra interna de Colombia.
Se explica como demasiadas situaciones de
esta confrontación tienen un trasfondo
político y propagandístico que debe conocer
o develar el periodista para evitar
convertirse, sin quererlo, en un idiota
útil de los actores de la guerra.
En
1997, a los sacerdotes de la Diócesis de
Apartadó, en la región de Urabá (noroccidente
de Colombia, en límites con Panamá), les
impresionó la forma en que algunos campesinos
que llegaban desplazados de las selvas del
departamento del Chocó se referían a los
paramilitares que los habían sacado de sus
tierras. Les decían a los curas: "¡Padre,
es que son personas como nosotros!".
Muchos de esos
campesinos habían oído demasiado acerca de los
paramilitares; historias de terror sin duda
verdaderas, pero también otras distorsionadas,
no se sabe por qué, quién, ni si fue en forma
inconsciente o provocada. Lo cierto es que hubo
algunos que, al saber que llegaban los
"paracos", se imaginaron que se trataba
de monstruos, de seres gigantes, peludos, con
garras y colmillos, y se sorprendieron al ver
que, físicamente, eran idénticos a cualquier
colono.
Es posible
entonces que al otro lado de la misma selva, en
el lado panameño, otros habitantes posean ideas
parecidas. Y que en otros sitios del planeta
piensen igual no sólo de paramilitares o
guerrilleros sino, por extensión, de todos los
colombianos.
Ciertamente,
esos hombres de la guerra han cometido y siguen
cometiendo actos en extremo salvajes que sólo
pueden recibir el calificativo de monstruosos.
Pero lo que quiero resaltar con esta anécdota es
cómo hay unas imágenes de los enemigos o de los
potenciales enemigos, que en ocasiones no
corresponden a lo que realmente son.
Parte de esas
imágenes mentales que se empiezan a crear son
resultado de procesos muy bien pensados que se
inscriben dentro de acciones de propaganda y de
guerra sicológica, como parte de la gran
estrategia de cada uno de los bandos para ganar
la confrontación a como dé lugar. Otras
imágenes son creadas por el establecimiento, a
través de líderes de opinión
gobernantes, columnistas, políticos,
empresarios-, que las ponen a circular y las
reiteran hasta la saciedad con fines diversos. En
ambos casos, para su difusión masiva se valen de
los medios de información.
Y existen otras
más que surgen desde abajo, desde la propia
ciudadanía, y que en sus comienzos se propagan
por canales informales como el rumor, el
comentario y en general la comunicación
interpersonal. Pero el énfasis en esta
exposición estará en lo que toca a los medios
masivos y a su responsabilidad en la creación de
imágenes e imaginarios dentro del conflicto
armado colombiano.
Bien sabido es
que todas las guerras, y los intereses que hay
tras ellas, actúan no sólo en los campos de
batalla sino en el plano de los significados, con
los medios masivos de información como
instrumentos para llegar a la mente de las
personas. Alvin y Heidi Toffler lo advirtieron en
1995 cuando en su texto "Las guerras del
futuro", dijeron: "Quienes más se
esfuerzan por reflexionar acerca de la guerra en
el futuro, saben que algunos de los combates más
importantes de hoy y del mañana se desarrollan y
se desarrollarán en el campo de batalla de los
medios de comunicación".
Para ayudar a
cualquier proceso de solución pacífica y
negociada del conflicto armado colombiano se
requiere la construcción de imaginarios
positivos hacia la reconciliación nacional.
Imágenes y conceptos distintos a esos arquetipos
distanciadores sobre la salida negociada a la
guerra interna que vivimos, algunos de moda en
Colombia y que han tomado inusitado auge aquí
ante la frustración de diversos sectores de la
sociedad tras el fracaso en las negociaciones de
paz con la guerrilla, en especial con las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).
La construcción
de esos imaginarios debe ser un proceso
perfectamente consciente dentro de los medios
informativos, para que las imágenes que ellos
crean con sus informaciones se conviertan en
dinamizadoras y no en obstáculos al
entendimiento mutuo, y para dar claridad a tanto
hecho "confuso".
Atravesando
un campo minado
Cuando se juega
con palabras y con herramientas que producen
significado, como lo hacemos los periodistas, hay
que tener mucho cuidado. En especial si se habla
de un conflicto, si se está en una zona que lo
vive o si la confrontación está cerca, pues a
diario se camina por un campo lleno de trampas.
Trampa
1: Desconocer la historia
Lleva a la
equivocada posición de creer que los conflictos
surgieron por generación espontánea. Y para el
caso colombiano, que aparecieron sólo porque hay
unos "malos" empeñados en acabar con
"los buenos"; que esos malos son así
porque simplemente quieren destruir todo y que
las soluciones son simples, por lo que tendrían
que darse rápido.
Las raíces del
problema colombiano son tan hondas y su
desarrollo actual está determinado por tantos
factores (exclusión política, narcotráfico,
ausencia de Estado, corrupción, crisis del
modelo económico) que es necesario insistir
mucho en las informaciones acerca de dos cosas:
cómo todos esos elementos influyen en tan
caótica situación, y cómo las soluciones son
difíciles y por lo tanto demoradas.
Esa mezcla de
factores es lo que Iván Orozco Abad llamó el
"ensuciamiento del conflicto
colombiano", es decir, cuando todas las
violencias empezaron a mezclarse y a
retroalimentarse, hasta generar la confusión
actual en la que se diluyen los límites si se
quiere propios de los fenómenos y del accionar
de los grupos armados. Así lo explica el autor
mencionado en su libro "Combatientes,
rebeldes y terroristas - Guerra y derecho en
Colombia":
"La
Colombia de hoy padece una situación de
violencia que podemos caracterizar, con Daniel
Pécaut, como de "violencia
generalizada". No encontramos en nuestro
país una situación de guerra civil abierta, en
el sentido de un conflicto bipolar, que aglutine
en sus extremos al conjunto de la población sino
una violencia fragmentaria y compleja, en la cual
una pluralidad de actores armados intervienen
recíprocamente. Colombia, sobre todo a partir
del ingreso masivo del narcotráfico en la vida
política del campo, ha vivido un proceso de
marcada feudalización político-militar. Entre
nosotros hay señores patrimoniales que son,
simultáneamente, señores de la
guerra. Es así como se habla de la
guerra de Pablo, de la guerra de
Víctor, etc., como de una pluralidad de
guerras privadas que responden a lógicas que se
entrelazan y se interfieren con otras violencias.
Los mismos aparatos del Estado, en cuanto
involucrados en conflictos regionales y locales,
han resultado, parcialmente, privatizados a
través de la corrupción.
De otro lado, la
interferencia recíproca de la violencia ha
determinado un ensuciamiento creciente de los
conflictos. Entre nosotros, la guerra es una
guerra sucia compartida. Desde el punto de vista
del Estado, la suciedad del conflicto se
manifiesta sobre todo en una doble tendencia
creciente hacia la bandolerización de la
delincuencia política y hacia la politización
de la delincuencia común.
Si a este
escenario de violencias organizadas le agregamos
el mar inmenso de la delincuencia común
desestructurada que asola a nuestras ciudades y
campos, entonces tenemos por lo menos en sus
pinceladas más gruesas el cuadro de fondo que
sirve de coreografía al conflicto entre el
Estado y el para-Estado, de un lado, y las
guerrillas, del otro".
Que los
periodistas conozcan y entiendan la historia real
de Colombia y de la guerra que vive es vital:
aquellos que están informando para otro país,
como los corresponsales, para que elaboren
mensajes que ayuden a comprender el problema
colombiano desde su dimensión histórica y
coyuntural, y no generen entre su público nuevas
distorsiones que a la postre se conviertan en una
dificultad más de cara a un proceso de apoyo
internacional. Y los que están cubriendo los
hechos dentro del propio territorio nacional,
para que hagan informaciones que permitan a la
ciudadanía entender que los grupos armados
tienen lógicas diferentes producto de su
historia, intereses diversos y posturas opuestas,
por lo que las soluciones, es decir las
negociaciones (lo que se ha llamado en forma
genérica "el proceso de paz"), no van
a ser rápidas, así todos lo queramos.
Destaco esto
último porque, aún existiendo esas
contradicciones entre Estado, guerrilla y
paramilitares; aún los repetidos hechos de
guerra y los pocos de paz; aún las masacres, los
secuestros, las extorsiones, hay que insistir en
la solución negociada del conflicto porque una
alternativa estrictamente militar tendría
efectos devastadores sobre todo el país y sobre
las regiones fronterizas de las naciones vecinas.
Trampa
2: No entender el contexto en el que se
desarrolla el conflicto
Es la forma más
habitual de perderse y hacer perder a los
lectores, radioescuchas o telespectactores.
Carecer del conocimiento mínimo de todos los
elementos políticos, sociales, económicos y
hasta culturales que se conjugan en una región o
en un momento específico de la historia (y de la
confrontación), impide explicar el por qué de
las acciones bélicas.
Porque cuando
ocurre un ataque guerrillero o paramilitar contra
un municipio, por ejemplo, la explicación más
recurrente que presentan la mayoría de
periodistas es que "el pueblo ya estaba
amenazado". Y santo remedio. En casos como
ese hay que profundizar hasta llegar a puntos
tales como la importancia estratégica que puede
tener ese pueblo o ese lugar específico de la
geografía.
Un caso
patético en ese sentido lo tuvimos en la zona
fronteriza colombo-venezolana hace un par de
años, cuando empezaron las masacres de las
Autodefensas Unidas de Colombia en la zona de La
Gabarra, departamento de Norte de Santander. Los
primeros cubrimientos se limitaban a dar cuenta
de los muertos, las viudas y los desplazados,
datos absolutamente necesarios, claro está. Y
parecía, para el resto del país, una situación
extraña porque allí supuestamente no había
conflicto armado, no era una "zona
roja".
Pero la
explicación de que eso respondía, además de
acabar con la guerrilla, a una estrategia para
quedarse con el negocio de la coca en la región
para las autodefensas financiarse, a la vez de
debilitar las arcas de los insurgentes, sólo
empezó a darse unas semanas después cuando iban
ya más de 50 muertos.
Caer en la
trampa de no dominar el contexto en que se dan
los hechos de violencia hace que el periodista no
explique el por qué de lo que ocurre, que no
rodee sus mensajes de interpretación y contenido
que valga la pena, que, finalmente, se convierta
en un simple transmisor de lo evidente.
Trampa
3: Reproducir estereotipos y no medir el lenguaje
La
simplificación que representa acudir a
estereotipos no sólo es muestra de estrechez
mental del periodista y del medio para el cual
trabaja sino de su pereza intelectual. Significa
desconocimiento de las realidades y de las
personas. Evidencia ganas de perpetuar ideas
preconcebidas para no espantar a lectores y
anunciantes, para reforzarles sus temores o
certezas. Es facilismo puro y duro.
Los estereotipos
aparecen a diario en las noticias y están
metidos desde la simplificación de los titulares
hasta en las florituras que traen esas crónicas
romanticonas hechas con la pretensión de ser
literarias.
Salir de ese
esquema implica meterse en una lucha interna
dentro del medio porque, ¿cómo romper con
ellos, cuando a muchos editores y directores de
medios les encantan tanto como los pasabocas de
los cocteles?
Y del problema
del lenguaje, ni se diga. Creo que lo más grave
es el uso de terminologías incorrectas, de
expresiones que reproducen el clima de agresión
o que son propias de los actores armados (y
cuando hablo de actores, uso el término según
el Derecho Internacional Humanitario, por lo que
incluyo ahí a las Fuerzas Armadas del Estado).
Porque una cosa es que un militar se refiera de
una manera sobre sus enemigos y otra bien
distinta que el periodista hable igual a como lo
hace ese militar.
Lo otro grave en
relación con la terminología es el significado
distinto que tiene una misma palabra o concepto
para los diferentes bandos en contienda.
Todo esto,
vuelvo a lo anterior, genera distorsiones y hasta
ambientes poco propicios para la negociación.
Trampa
4: Caer en las redes de la propaganda
Todos los grupos
armados son especialistas en generar hechos de
propaganda, contrapropaganda y desinformación.
Lo tienen tan claro que hasta figura en sus
manuales de instrucción. Los periodistas
debíamos tener nuestros propios manuales para
neutralizar o, por lo menos, evitar caer de
bruces en esta otra trampa.
Sobre propaganda
existen centenares de textos pero, para precisar
algunos conceptos, voy a utilizar uno que
condensa los fundamentos de esa acción de
comunicación y es el libro "La guerra de
las mentiras", de Alejandro Pizarroso
Quintero.
Este autor
considera que la definición más precisa de
propaganda es la de Violet Edwards que explica:
"Propaganda es la expresión de una opinión
o una acción por individuos o grupos,
deliberadamente orientada a influir opiniones o
acciones de otros individuos o grupos para fines
predeterminados (Group Leader´s Guide to
Propaganda Análisis, Nueva York, 1938,
p.40)".
Así mismo,
Pizarroso manifiesta que el conjunto de
actividades de propaganda de guerra puede ser
llamado también "guerra sicológica".
Pero para explicar mejor este último concepto,
cita a W. E. Daugherty que la define así:
"Es el uso planificado de propaganda y otras
acciones orientadas a generar opiniones,
emociones, actitudes y comportamientos en grupos
extranjeros, enemigos, neutrales y amigos, de tal
modo que apoyen el cumplimiento de fines y
objetivos nacionales (A Psychological Warfare
Casebook, Baltimore, 1964, p.2)".
Precisados esos
términos, hagamos un repaso rápido sobre los
siguientes hechos del conflicto armado
colombiano, de gran impacto en la prensa nacional
y extranjera, y cómo respondían a intereses
propagandísticos de los respectivos actores de
la guerra:
1. La
reiteración de Estados Unidos en señalar que el
Plan Colombia es exclusivamente para combatir el
narcotráfico, al que califica como principal
problema del país, responde a la primera regla
de la propaganda: la simplificación, para lo
cual hay que crear un "enemigo único".
Ese enemigo se
presenta siempre ante la opinión pública como
el exclusivo responsable de lo que pasa, así no
lo sea en forma única. Pero eso no importa, pues
en la práctica en el desarrollo real de la
confrontación- todas las fuerzas de combate se
despliegan no sólo contra él sino contra otros
enemigos que son "secundarios" y que no
fueron mencionados antes.
La lucha contra
ese "enemigo único" es la
justificación para acciones militares de muy
diversa índole. Y eso ya se está viviendo en
Colombia: el discurso respecto al Plan Colombia
está cambiando por parte del Gobierno Nacional y
de Estados Unidos (principal financiador del
mismo en su componente militar) toda vez que se
está "moviendo en el ambiente político y
diplomático" la posibilidad que ese dinero
se emplee también para combatir a la guerrilla,
al "terrorismo" y a otras formas
criminales (por ejemplo, grupos de secuestradores
que puedan ser o no insurgentes).
2. La
liberación progresiva de personas secuestradas
en forma masiva que hizo la guerrilla del
Ejército de Liberación Nacional, ELN (en el
avión de Avianca cuando cubría la ruta
Bucaramanga-Bogotá-, la iglesia La María y el
kilómetro 14 en la ciudad de Cali- y la
Ciénaga del Torno en Barranquilla-), se
debe, también, al cumplimiento de la segunda
premisa de la propaganda: la modulación del
mensaje. Es decir, en ir generando situaciones
que le permitan una presencia permanente en los
medios y, por ende, los lleven a aparecer ante el
Estado y la opinión pública como poderosos y
dominadores de la situación.
3. La
insistencia de todos los mandos militares en
llamar a la guerrilla
"narcobandoleros",
"narcoterroristas",
"facinerosos",
"antisociales", busca que el mensaje
quede entre la gente por efecto de "la
repetición", que es la tercera técnica
propagandística. Su objetivo es criminalizar a
los grupos insurgentes, desconocer el componente
ideológico que aún motiva su accionar ilegal y
negar que el motivo de su alzamiento contra el
Estado fue o sigue siendo por causas políticas,
a pesar de que dentro de sus actuales
"formas de lucha" empleen el terrorismo
y la criminalidad. La teoría clásica de Karl
Von Clausewitz plantea sobre fenómenos como ese
que la guerra es la continuación de la política
por otros medios.
4. La
presentación las dos primeras veces en
televisión del jefe de las Autodefensas Unidas
de Colombia, Carlos Castaño, sin uniforme
camuflado ni armas sino vestido de civil (con
camisa bien planchada y corbata), tiene que ver
con la cuarta regla: la trasfusión, que
significa buscar mecanismos que generen cercanía
entre el emisor y el receptor, para que ambos se
identifiquen y ganar las audiencias a su causa.
En ambos casos, Castaño pretendía aparecer ante
la opinión pública como un ciudadano común y
corriente y no como el comandante de un grupo
armado sindicado de cometer centenares de
atropellos contra la dignidad humana.
5. Las
paradas militares de las Farc en la desaparecida
Zona de Distensión exhibiendo los mejores
uniformes, disciplina en sus formaciones,
"estados mayores", jerarquías en el
mando, las armas más modernas e incluso
mostrando a las guerrilleras más lindas, tiene
que ver con otra regla: la exageración. Lo sean
o no lo sean, la impresión que queda en quien ve
esas imágenes es que se trata de un verdadero
ejército, disciplinado, poderoso y hasta
conformado por gente "bonita".
Los postulados
propagandísticos son más: la minimización, la
desfiguración, la división de la sociedad, la
búsqueda de la unanimidad y el contagio, entre
otros. Igualmente, son más los hechos reales que
hemos visto en los medios que responden a esas
líneas.
La pregunta que
queda es: ¿Están los medios y los periodistas
preparados para enfrentar esas situaciones y
poder caminar sobre la cuerda floja, sin caerse
al lado de la propaganda o al lado de la
desinformación?
Trampa
5: No "oler" las implicaciones
políticas de los actos de guerra y de los
propios hechos políticos
El conflicto
armado, social y político que hay en Colombia ha
convertido al país en una especie de
"patito feo" con el que nadie se quiere
relacionar y en un "chivo expiatorio"
al que todos le pueden echar las culpas.
No niego el
terrible problema que hay: ejércitos ilegales
deambulando a sus anchas por los campos,
violaciones sistemáticas a los derechos humanos,
el desplazamiento infame de miles de campesinos,
el fuerte negocio del narcotráfico, la
corrupción rampante, como males de marca mayor.
Pero esa
condición de "país problema" puede
ser aprovechada de muy diversa forma por
gobiernos, por las clases dirigentes de países
vecinos o por personas con aspiraciones
políticas dentro de nuestro propio país.
Anuncios como
militarización de fronteras, restricciones
temporales a actividades comerciales,
declaraciones que señalan a Colombia como
problema regional, en ocasiones responden más al
interés de crear hechos políticos en otros
países para desviar la atención de situaciones
problemáticas internas, ganar adhesiones o
movilizar la opinión pública a favor. Y eso se
puede dar no sólo en ámbitos nacionales sino
regionales y locales, dentro y fuera de Colombia.
Igual puede
ocurrir con determinados hechos de orden público
y violencia en áreas fronterizas. Algunos
secuestros, masacres, incursiones de hombres
armados, en un momento dado podrían no ser
responsabilidad de guerrilla o paramilitares,
como se afirma a los pocos minutos de conocido el
suceso. Lo planteo porque, ¿acaso no puede haber
"manos extrañas" interesadas en
producir situaciones de crisis que generen una
fuerte reacción en la opinión pública nacional
o internacional, a fin, por ejemplo, de dañar un
proceso de paz? ¿O personajes ocultos que
quieran internacionalizar el conflicto para
aumentar así los presupuestos de guerra?
Por eso hay que
tener mucho cuidado con las primeras versiones
acerca de los llamados "hechos de orden
público": a veces lo que parece evidente no
es tal; a veces las declaraciones de altos
funcionarios civiles, militares y policiales no
son las mejores para aclarar situaciones porque
son apresuradas e irresponsables dado que las
sindicaciones que hacen se fundamentan en
indicios o con base en pruebas débiles.
Y con esto no
quiero decir que haya que negar tales
declaraciones: simplemente hay que explicar que
se trata de versiones preliminares suministradas
por una fuente informativa que debe estar
perfectamente identificada. Cuando se trata de
declaraciones off de record, con fuente
oculta o producto de "filtraciones", el
periodista debe dudar de inmediato pues lo más
posible es que vaya a ser manipulado: hay que
recordar que se está hablando con una persona
comprometida en la guerra y que las guerras se
ganan a como dé lugar, incluso mintiendo.
Por las
características de lo que pasa en Colombia,
informar exige alto profesionalismo y
responsabilidad. Por eso los periodistas deben
estar alertas para no caer en las trampas que nos
puedan tender.
De todas formas,
esto es muy complejo de analizar cuando se está
al calor de un cierre de edición, a minutos de
iniciar el noticiero o a punto de empezar una
emisión radial ya que los fenómenos que ocurren
nunca se dan puros sino que están determinados
por circunstancias diversas y con intereses
plurales. Y generalmente no tenemos de golpe
todos los elementos de juicio para valorarlos.
Así, un hecho político que creemos podría
responder a un fin específico, puede en realidad
no serlo o serlo parcialmente. Igual con uno de
violencia. Lo importante es que se tenga presente
que existe el riesgo de caer en esa trampa y por
ende se deba abrir bien los ojos.
Trampa
6: Perderse en las lógicas o
"ilógicas" internas de los medios
Esta es una de
esas trampas que afectan el mensaje pero que no
se tiene mucho en cuenta en los análisis que
provienen de quienes están por fuera de los
medios: hace relación a las políticas internas
de los medios, a las rutinas de trabajo de los
periodistas, a la cantidad de recursos humanos,
físicos y técnicos de que disponen para hacer
los cubrimientos informativos, a los criterios
personales de los editores y jefes de redacción,
a las horas de cierre de edición o emisión, en
resumen, a las formas de trabajo específicas de
cada redacción.
Aunque no
debería ser así, esas lógicas internas
que más parecen ilógicas- influyen
demasiado en los mensajes, sin que los
perceptores se den cuenta de que esa es la causa
real de que una información salga de una manera
y no de otra. A veces los analistas de los medios
dan unas explicaciones sobre lo que se publica,
atribuyendo los vacíos de las noticias al
interés deliberado de manipular o los fallos que
presentan a la ignorancia de quien escribe. En
unos casos eso puede ser verdad, pero en otros
definitivamente no; sin embargo, en ocasiones se
insiste en ello por simple desconocimiento de las
razones internas que incidieron en la
"producción" de un artículo.
Perderse en las
lógicas internas de una sala de redacción se
constituye en una trampa cuando los sistemas
internos de trabajo de los medios dificultan la
labor periodística honesta y con sentido, cuando
coartan la creatividad del reportero y
distorsionan o manipulan el mensaje para
acomodarlo a sus intereses empresariales o a los
particulares del dueño.
Trampa
7: Carecer de una brújula ideológica que apunte
hacia la verdad y la paz
En buena medida,
es el asunto de fondo de lo anterior: no tener
claridad en cómo cubrir los hechos de guerra y
violencia lleva a que en la práctica los medios
y los periodistas se confundan, olviden la
historia, el contexto en que se dan los
acontecimientos, los manipule la propaganda y no
entiendan los intereses políticos y politiqueros
que hay tras cada coyuntura.
El resultado
final va a ser más nefasto que una simple
información pobre: se desconocerá la realidad y
se alimentarán los imaginarios colectivos sobre
la guerra, los pueblos y las personas, negando a
la sociedad civil, a quienes no son combatientes,
su derecho a ser considerados inocentes.
Definir una
brújula que apunte el trabajo periodístico
hacia la información veraz y oportuna en medio
del mare mágnum que vive Colombia es difícil
pues requiere de un gran compromiso por parte del
medio de comunicación y periodistas muy
preparados. Y no todos están interesados ni
capacitados para hacerlo.
Además, es
traumático y peligroso. Las incomprensiones, los
riesgos y los señalamientos abundan porque hay
muchos intereses y personas que tienen deseos de
pescar en el río revuelto de la guerra. Pero en
la perspectiva de ejercer un periodismo
responsable y comprometido con la verdad, no
queda otro camino. O tal vez si: trabajar hasta
que nos encontremos con el abismo... pero sin
dejar que nos lancen a él.
* Juan
Gonzalo Betancur B. es
Comunicador Social Periodista egresado de
la Universidad
Pontificia Bolivariana
(Medellín). Durante diez años fue reportero del
periódico El
Colombiano, siete de ellos
especializado en manejo de información sobre
violencia y conflicto armado; en ese diario fue
editor de la sección Antioquia. Miembro de los
equipos periodísticos de El Colombiano ganadores
del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar
en los años 1990, 1991 y 1996 y del Premio de la
Sociedad Interamericana de Prensa en la
categoría Derechos Humanos, en 1996. Tiene
posgrados en Análisis Político y del Estado, de
la Universidad
Autónoma Latinoamericana,
de Medellín; y en Comunicación y Conflictos
Armados, de la Universidad Complutense, de Madrid. Actualmente es profesor de
periodismo en la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB-Colombia). Esta es su primera
colaboración para Sala de Prensa.
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