La duda
como pedagogía
Rubén
Darío Buitrón *
Muchas
víctimas quedaron luego de los atentados
terroristas suicidas en contra de los símbolos
del poder económico y militar de los Estados
Unidos. Y entre las víctimas intangibles del 11
de septiembre ha estado el periodismo, en
especial el norteamericano, presionado desde
adentro por las urgencias gubernamentales y por
la sicología de la gente que clamaba un
liderazgo que controlara la situación y evitara
que la crisis se saliera de rumbo.
El atentado
contra Estados Unidos fue tan impactante que no
solo estremeció al poder y a la población
norteamericana sino que puso entre las cuerdas,
para cumplir el objetivo de la defensa de la
patria, a la mayoría de la prensa, cuyos
directivos decidieron asumir un desesperado
manejo del pronombre "nosotros" y
alejarse del tratamiento en tercera persona.
Ahora, la percepción es que los grandes medios
norteamericanos, paradigmas de la prensa
contemporánea de todo el mundo, actuaron con
más emotividad y pasión que con mesura y
equilibrio.
No los podemos
culpar, por supuesto. Cualquier periodista y
cualquier medio reacciona así ante una agresión
a su país. Basta recordar cómo la prensa
ecuatoriana asumió el tratamiento informativo
del conflicto bélico con el Perú en 1995.
Pero, aunque
parezca absurdo comparar lo uno con lo otro, hay
una diferencia sustancial entre un tratamiento
informativo y otro: entonces se habló de que
Ecuador ganó "la guerra informativa".
Si eso ocurrió -lo cual ameritaría un estudio
aparte- debió ser gracias a que, no sé si por
primera vez en la historia de nuestro país, no
hubo control ni presiones gubernamentales (con
excepción de situaciones de alta seguridad) y la
prensa tuvo la libertad no solo de informar sino
de debatir y hasta objetar, en plena guerra, el
sentido, los cómos y los porqués de ese
conflicto y del futuro de la relación entre las
dos naciones.
En Estados
Unidos, en cambio, durante las primeras semanas
del conflicto los medios se vieron presionados y
su público también fue víctima de los efectos
negativos de una información limitada y
autocontrolada. Seis semanas después la gran
prensa norteamericana ya ha empezado a despertar
y a volver al ejercicio crítico de sus
libertades debatiendo, por ejemplo, la
efectividad de los bombardeos sobre Afganistán
(un editorial del New York Times se preguntaba,
el pasado domingo, cómo era posible que a estas
alturas funcionarios del gobierno pidan
"ideas" para encontrar al terrorista
Usama Ben Laden).
Pero lo que
ocurrió inmediatamente después del atentado fue
que algunos medios súbitamente olvidaron su
misión periodística y pasaron a convertirse en
vehículos de propaganda y de mensajes
patrióticos colmados de consignas, lemas y
proclamas. Un denso velo de unamidad pareció
cubrir el rostro de aquella prensa que fue
paradigmáticay que, entre otras cosas, en la
historia ha dado grandes lecciones de ética y de
lucha por la depuración política en su país,
por ejemplo al indagar y descubrir la corrupción
en el más alto escalón del poder, al punto que
un presidente, Richard Nixon, tuvo que dejar su
cargo bajo acusaciones probadas de espionaje
electoral. Una gran prensa que ahora se vio
atrapada entre generalizaciones y maniqueísmos
donde la lucha era entre el Bien y el Mal, Dios y
el Diablo, civilización y la barbarie, lo
contemporáneo y lo caduco. Nada de matices, nada
de grises, nada de terceras posiciones. Todo
blanco o negro. Están conmigo o son mis
enemigos: era el mensaje que, entrelíneas,
dejaba ver los peligros de volver al macarthismo
o la cacería de brujas que tanto daño hizo a
periodistas, intelectuales y artistas
norteamericanos en los años cuarenta-cincuenta.
La situación
fue tan dramática que la Sociedad Interamericana
de Prensa, que reúne a los periódicos más
importantes del continente, condenó desde
Washington el pedido del gobierno norteamericano
de que se "revisara" la información
antes de transmitirla. "Es la otra guerra en
la que muchos, equivocadamente, quieren enfrentar
al periodismo con el patriotismo. Es una guerra
que incluye presiones del gobierno, censura,
autocensura y limitaciones para el cubrimiento en
el escenario del conflicto. Son tiempos
difíciles para periodistas que no quieren ser
voceros del gobierno", dijo en un artículo
de opinión Jorge Ramos, presentador y periodista
de la cadena Univisión de Miami.
¿Cuál fue la
reacción de la prensa ecuatoriana a partir del
atentado del 11 de septiembre? Evidentemente, sus
conductas y actitudes estuvieron, de una u otra
manera, marcadas por aquello que le ocurría a la
prensa norteamericana.
La mayoría de
noticiarios de televisión local se ha limitado a
repetir lo que dicen las dos cadenas
norteamericanas que difunden en español, CNN y
Univisión.
Por las
limitaciones de infraestructura y de recursos
economómicos podría entenderse que hayan tenido
que apelar a ello, pero olvidaron el trabajo
complementario de contextualización y análisis
locales, tanto así que algunos noticiarios
incluso han copiado los "banners" o
rótulos, cargados de intencionalidad, que usan
esas cadenas en sus informativos sobre la guerra.
¿Cómo
afrontamos el tema en el Diario El Universo?
Mientras gran parte del periodismo internacional
y local parecía hundirse bajo el peso de una
avalancha noticiosa, la primera decisión que
tomamos fue, aunque suene contradictorio,
mantener los valores y principios que han
caracterizado por 80 años la línea editorial
del periódico: el manejo equilibrado de la
noticia, la confrontación de fuentes, la
verificación de datos, el no responder a ningún
otro interés que el interés colectivo, la
precisión informativa, el restringir espacios a
posiciones extremas e intolerantes, el esfuerzo
por la objetividad, entendida como "el
ejercicio de un periodismo crítico, es decir,
con capacidad de análisis y de un uso
razonablemente frecuente de la reflexión",
según la definición del autor español José
Javier Muñoz.
Pero no es sido
fácil y no siempre quedamos satisfechos con el
resultado. Cada día corremos riesgos y nos
enfrentamos a situaciones complejas como estas:
una, la información externa viene filtrada y
unilateral; dos, sin ese ejercicio analítico y
contextual podemos convertirnos en simples
repetidores de lo que nos envían los grandes
productores de información; tres, la gran
cantidad de noticias, muchas de ellas
contradictorias, que llegan por las agencias
internacionales, puede confundir nuestros
enfoques; cuatro, la necesidad de que el equipo
de periodistas encargado del tema entienda y
elabore adecuadamente la complejidad del
conflicto antes de procesar lo que va a llegar al
lector; cinco, el peligro de que si a nuestros
lectores no les ofrecemos valor agregado, ellos
podrían concluir que en la televisión ya lo han
visto todo -con y no sentir necesidad de acceder
al Diario como herramienta de pro-fundidad y
calidad informativas. Pero en este largo y
difícil conflicto, que según sus protagonistas
durará años y quizás décadas, nada está
dicho.
Se trata de un
trabajo donde cada día hay más preguntas que
respuestas. ¿Cómo procesar la información
diaria sin convertirnos en cajas de resonancia de
las fuentes interesadas? ¿Cómo superar la
unilateralidad informativa? ¿Cómo contar a
nuestros lectores una historia escrita solo por
una parte de los protagonistas sin tener acceso,
por ejemplo, al dolor de los afganos que nada
tienen que ver con los talibán y Ben Laden?
¿Cómo dar sentido a las palabras ataque,
terrorismo, occidente, islam, globalización,
guerra, fundamentalismo, civilización, barbarie,
sin tener la certeza semántica de cada término,
sin averiguar previamente la profundidad de cada
concepto? ¿Cómo afrontar la autocensura y
cuáles son sus límites? ¿Cómo no afectar con
nuestras informaciones la diversa e intangible
sensibilidad de nuestros lectores? ¿Cómo saber
a quién servimos y para qué servimos?
Iñigo
Domínguez, un teórico del periodismo español,
dice que la mejor forma de manejar un conflicto
es ejerciendo la honestidad interpretativa. Y
pone un ejemplo: luego de leer un reportaje sobre
los disturbios raciales en Los Angeles, el lector
no debe tener indicio alguno de que es blanco o
negro el periodista que lo escribió.
Así, bajo la
tensión cotidiana de pensar los cómos y los
porqués de cada hecho relacionado con el
conflicto, nuestra lucha se centra en intentar,
sin apasionamientos ni subjetividades, un
ejercicio riguroso de la duda en busca de
reflejar todas las aristas, o al menos las que se
pueda, de esa compleja realidad. El reto,
entonces, está en mantener la serenidad y y el
equilibrio, seguir estrictamente nuestra línea
editorial sin dejar que la afecten corrientes,
tendencias o emotividades.
Y caminando
sobre esa línea hemos descubierto que los hechos
del 11 de septiembre no hacen sino ratificar la
necesidad de reforzar dentro de las redacciones
el ejercicio autocrítico (la ética), la razón
de ser del medio (los lectores) y el manejo
responsable de la herramienta fundamental (la
pedagogía).
¿Cómo hemos
tratado de manejar esa pedagogía?
1. Con una
agenda propia. Cada día analizamos los hechos
más recientes, los contextualizamos y planteamos
nuestra puesta en escena de los temas. En este
aspecto juegan un rol clave la confrontación de
lo que nos llega de las agencias y de los canales
con otras fuentes, y la apertura de espacios para
puntos de vista esclarecedores.
2. Con temas
donde se promuevan los valores humanos. Tratamos
de mantener espacios donde se hable de la paz, de
la solución de los conflictos mediante el
diálogo y del ejercicio de la tolerancia hacia
lo distinto y lo diverso.
3. Con una
política informativa pluralista. Intentamos que
se expresen los representantes de todos los
sectores involucrados y/o víctimas del conflicto
y también quienes tengan posiciones que busquen
la solución por caminos alternativos.
4. Con una
actitud permanente de contextualizar,
profundizar, reflexionar y analizar cada hecho
sobre la base de los antecedentes, los orígenes,
las raíces, las motivaciones de cada sector en
pugna, así como de quienes interceden por romper
esos muros de desencuentro.
5. Con la más
amplia apertura al conocimiento de realidades
ignoradas u ocultas en lo político,
geopolítico, religioso, económico, social y
cultural en busca de puentes que unan las
culturas y no que las dividan.
6. Con
aterrizajes múltiples del conflicto en relación
con el Ecuador. Sus efectos económicos,
políticos y sociales, sus componentes
históricos, las distintas posiciones frente al
temor de lo que pudiera implicar la base de Manta
si el terrorismo lo considerara un objetivo
militar antinorteamericano, el requerimiento
permanente de la opinión de la población sobre
la marcha del conflicto, el debate sobre los
mitos y leyendas alrededor del atentado, en
especial en cuanto a las supuestas profecías de
Nostradamus, del Apocalipsis y de la Virgen de
Lourdes, el acercamiento a nuestros lectores
sobre la realidad de las comunidades extranjeras
que habitan en el Ecuador y sus formas de mirar
la vida.
7. Con segmentos
especiales para los migrantes ecuatorianos en
Estados Unidos. Abrimos columnas en el Diario y
en nuestra página de internet para que pudieran
comunicarse con sus familiares y expresar sus
sentimientos acerca del problema. Enviamos,
además, un equipo de reporteros a Nueva York
casi inmediatamente después de ocurrido el
ataque para que el periódico pueda testimoniar
directamente lo que estaba pasando allí, cuál
era la situación de nuestros compatriotas y
cómo empezaba a cambiar la realidad migratoria
en los Estados Unidos.
Se trata de una
estructura pedagógica construida sobre dos ejes:
uno, el deber del periodista para informar con
espíritu crítico; y, dos, el derecho del lector
a ser informado con responsabilidad y honestidad.
Se trata de una
agenda propia y no de una agenda pasiva o
sometida. De una agenda que sirva a un lector
reflexivo, cuestionador, que nunca se dé por
satisfecho, que exija que le cuenten toda la
verdad.
Una agenda
construida con la única certeza de que nuestra
obligación es hacer bien nuestro trabajo, que no
es alentar la guerra ni objetarla: es informar
sobre ella, pero informar de la mejor manera
posible.
Contar al mundo
lo que es el mundo. Eso es el periodismo. Y si
con esas 228 páginas, producidas por los
periodistas de El Universo y sus
colaboradores desde el 11 de septiembre hasta
hoy, vamos logrando que la pedagogía de la duda
construya un lector más despierto y lúcido, el
resultado será positivo: el lector sacará sus
propias conclusiones de la realidad, como
protagonista y no como sujeto pasivo, y el mundo
caminará por la ruta que él, multiplicado por
cientos de millones, haya escogido tras ejercer
su derecho a que se satisfagan todas sus
preguntas.
*
Rubén Darío Buitrón es editor general del diario El Universo, en Ecuador. Esta es su primera
colaboración para Sala de Prensa.
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