Problemas
éticos en el
periodismo del Chile actual
Emilio
Filippi M. *
A fines del mes de octubre se
realizó en el balneario turístico de
Pucón, en el sur de Chile, un seminario
organizado por los consejos regionales del
Colegio de Periodistas de ese país, para
debatir asuntos relacionados con la
autorregulación deontológica de los
profesionales chilenos, oportunidad en que,
entre otros expositores, el periodista y
profesor universitario Emilio Filippi Muratto
presentó la siguiente ponencia, que Sala de
Prensa reproduce con su expresa
autorización.
Uno
de los hechos más significativos de la
transición desde el autoritarismo a la
democracia es la transformación conceptual que
ha venido sufriendo, en su interior, el
periodismo chileno. Tal vez la situación más
crítica se deba a la poca adhesión de ciertos
influyentes periodistas a los principales valores
éticos que dan categoría profesional a nuestro
quehacer. Creo que bastan unas breves pinceladas
para hacer un cuadro de lo que está pasando.
Días atrás, un
alumno universitario me decía que en el medio en
que colaboraba se le instaba a buscar noticias
"vendedoras" y que, cuando osó
preguntar cuáles eran éstas, se le respondió:
"las que causan impacto, las que conmueven a
la gente y hacen llorar, sufrir o
impresionarse". El chico me decía que, en
un principio, no había puesto objeción, puesto
que esa definición parecía tener mucha lógica,
pero le surgieron dudas y cuando se le ocurrió
solicitar una precisión, de acuerdo con lo que
había aprendido en la Universidad, el editor le
replicó que si quería ser buen periodista,
tenía que "olvidarse de las utopías y
normas éticas", ya que los periodistas de
verdad tenían que hacer caso omiso de los
"fundamentalismos académicos".
Confieso que, realmente, quedé preocupado y, por
eso, le pedí al estudiante que sondeara a su
jefe en torno a las siguientes interrogantes:
¿La exigencia
ética de decir solamente la verdad es parte de
ese fundamentalismo? ¿Omitir maliciosa o
tendenciosamente la identidad de las fuentes es
una forma de vender más diarios o revistas, o
tener más rating o sintonía
radial"? ¿Difundir rumores no confirmados
es vendedor? ¿Qué valor tiene la vida privada
en el periodismo?
Como el
estudiante es un joven estudioso y preocupado, me
trajo por escrito las respuestas que le dio el
editor y que he creído del caso traer a esta
reunión de miembros de los tribunales de ética
de nuestro Colegio. No sé qué pensarán ustedes
al respecto pero me gustaría que discutiéramos
el punto. Aquí va el informe que me entregara mi
alumno, en el apartado de las respuestas del
editor:
Las respuestas
que obtuve, a las cuatro interrogantes
planteadas, fueron las siguientes, punto por
punto:
- A la
pregunta de si decir la verdad como
exigencia ética es parte de ese
fundamentalismo académico, el editor me
dijo: "No exactamente en el sentido
que tú le das. ¿Qué es decir la verdad
en buenas cuentas? Sé que los
periodistas tenemos la obligación de
informar de todo lo que ocurre y evitar
que las apariencias o hipocresías
disfracen la realidad. Por eso, más que
reproducir estas visiones adobadas, los
periodistas tenemos que enseñarle al
público a ver lo que efectivamente
ocurre, aportando nuestra propia visión
de los hechos, visión que logramos por
nuestro conocimiento previo sobre la
naturaleza de los protagonistas y mucha
intuición acerca de sus intenciones. Un
periodista que no tiene perspicacia y no
descubre lo que hay más allá de las
versiones oficiales, generalmente se
expone a dar una transposición engañosa
e incompleta. Los periodistas no tenemos
por qué ser aparentemente neutrales, y
pretender que ciertas versiones
supuestamente objetivas deben ser
asépticas constituye una deslealtad con
el público. Pero, si nosotros somos
capaces de interpretar lo que acontece y
orientar a la gente le estamos prestando
un servicio mayor que la simple
reproducción de lugares comunes o
irrealidades oficiales. Cuando hablo de
fundamentalismo me estoy refiriendo a
cierta "beatería" a que son
muy dados los profesores de Periodismo
cuando predican que hay que separar
tajantemente las informaciones de las
opiniones, cuando, en el hecho,
cualquiera visión aparentemente objetiva
de un suceso siempre estará cargada de
una apreciable dosis de
subjetividad".
- Acerca de
si omitir las fuentes de información es
más o menos vendedor, la respuesta fue:
"Todo depende de las circunstancias.
Muchas veces no hay informantes que se
atrevan a dar la cara, aunque faciliten
las formas para que el periodista se
entere y difunda los hechos y, basándose
en su derecho al secreto profesional,
omita la identidad de la fuente.
Generalmente eso hace más atractivo
cualquier relato. Naturalmente, los
medios que dan informaciones, aunque
omitan las fuentes, obtienen mayor
aprecio del público que se ve favorecido
con el aporte de datos que, de otra
manera, no puede obtener. Algunos
periodistas o académicos
fundamentalistas se oponen a hablar de
"periodismo que vende", o de
luchar por el rating o la
sintonía, y nos acusan a quienes
tratamos de dar muchas noticias, con o
sin fuentes conocidas, de ser mercaderes
del periodismo. Pero, no nos engañemos.
Sin el apoyo del público y del mercado
es imposible asegurar la existencia de un
periodismo libre".
- Sobre si
difundir rumores no confirmados es
vendedor, el editor replicó: "Hay
rumores y rumores. Aquello de que 'el
rumor no es noticia', es una falacia.
No lo es, mientras no se publica. Y si
logramos hacer público el rumor, lo
convertimos en noticia y eso es del
agrado del público.
- Respecto
del valor que se debe atribuir a la vida
privada en el periodismo, el editor
respondió: "Es un tema discutible,
pero es la gente la que quiere saber lo
que ocurre en todos los planos, y la vida
privada de los personajes públicos es
uno de ellos. Es cierto que no siempre
tiene interés lo que hacen las personas
comunes y corrientes. Pero si se trata de
personajes, políticos, artistas,
empresarios, dirigentes sociales o
autoridades, ciertamente hay un deseo
desenfrenado de invadir esa privacidad.
Yo no soy partidario del morbo, ni de
exacerbar el conocimiento de hechos
íntimos que pueden ofender a lectores,
auditores o televidentes, pero tampoco me
asusta hablar de asuntos que afectan a la
sociedad de una manera u otra, sea en el
terreno de la vida pública o de la vida
privada de los protagonistas de las
noticias. En definitiva, como creo en la
libertad de información, que contempla
el acceso libre a las fuentes y la
divulgación libre de los hechos, no me
gusta que me coarten esta facultad
esencial para la existencia de una
democracia de verdad".
Hasta aquí el
informe de mi alumno, que he querido mostrar en
esta jornada como un aporte a nuestras
discusiones. No necesito decirles a ustedes que
las respuestas del editor, algunas de las cuales
parecen bastante razonables, merecen, sin
embargo, ser analizadas a la luz de ciertas
ineludibles reflexiones de carácter ético.
Es un hecho que
vivimos en un período en que el periodismo
parece haberse depreciado en la consideración
ciudadana. Uno de los hechos más criticados es
la concentración del poder informativo en pocas
manos. Se ha dicho, y no falta razón para eso,
que el hecho de que los medios de comunicación
estén en poder de empresas orientadas
ideológicamente en una misma dirección,
impediría el necesario pluralismo justamente
debido a la falta de diversidad de órganos de
difusión. Si bien esa crítica se asienta en una
comprobación empírica, es preciso tener en
cuenta que, a pesar de tal realidad, el acceso a
las tribunas de opinión y la expresión de las
fuentes de diversos orígenes son bastante más
amplios de lo que se supone. Tal vez el juicio
negativo se deba a ciertas constantes en la
conducta de los medios que mayoritariamente
concitan la acogida del público. Por ejemplo, la
parcialidad en la presentación de las noticias
políticas. Porque, si bien se dan a conocer
todos los hechos ocurridos en ese campo, es
evidente que el relato de los mismos adquiere
para el medio un sesgo o tendencia según sea el
grupo, partido, movimiento o sector involucrados.
La posición maniquea de presentar a los buenos a
un lado y a los malos al otro, que en el pasado
se expresaba prohibiendo a éstos expresarse,
ahora se ha reemplazado por una generosa apertura
de puertas, lo que no importa que se abandone el
afán de satisfacer a los de un lado y satanizar
a quienes se ubican en la acera de enfrente.
Esta costumbre
transgrede un principio ético que para los
periodistas constituye casi una regla de oro: no
confundir las informaciones con las opiniones.
También hay otro olvido de nuestros preceptos
que, por lo demás, son de carácter universal y
no simplemente locales. Esto es, que los
titulares de las informaciones deben corresponder
al texto de éstas, evitándose toda tentación
de hacer juicios de valor intencionados cuando se
presenta una noticia.
Pero,
seguramente la falta más seria que se nota en
nuestro periodismo es la tendencia a convertir
los reportajes en un relato supuestamente repleto
de antecedentes, pero ambiguos en cuanto a
exactitud, precisión y, lo más lamentable,
carentes de veracidad en gran medida. Uno de los
ejercicios que realicé en algunas de mis clases
fue que los alumnos revisaran detenidamente las
páginas de reportajes más destacadas de diarios
y revistas y verificaran cuántas veces se
omitía la identidad de las fuentes, a través de
subterfugios como el de "en fuentes
allegadas a", "círculos que rodean al
ministro cual o al diputado tal", "una
fuente que no quiso revelar su nombre",
"un informante de ese Ministerio, o de
Palacio, o del Ejecutivo", etc. Esta
artimaña, repetida muchas veces, la basan sus
autores en el derecho ético y legal a guardar el
secreto profesional, pero quienes conocen los
gajes del oficio saben que el artificioso recurso
sirve para disfrazar la falta de una
verificación acuciosa de los hechos, la
inexistencia de una fuente de verdad y su
reemplazo por la imaginación del autor del
texto, o el compromiso adquirido con alguien
externo que se sirve de la mano del periodista
para favorecer intereses creados. Los
manipuladores de la opinión pública y de las
llamadas orientaciones comunicacionales o
"marketing" político, han usado y
abusado de esa fórmula para inclinar a los
ciudadanos en una dirección determinada.
La ética nos
insta a respetar la dignidad de las personas, a
no hacer escarnio de los defectos ajenos ni
discriminación por razones de raza, condición
económica y social, creencias religiosas ni
diferencias u opciones sexuales. Son frecuentes
los casos en que nuestros medios han faltado a
esta norma esencial. Si nos detenemos a pensar en
el reciente caso de Alto Hospicio, veremos que no
solamente fallaron la policía, las autoridades
ejecutivas y el Poder Judicial en la atención de
ese problema, sino que también debe atribuirse
una apreciable cuota de responsabilidad a los
medios de comunicación que olvidaron el cuidado
que deben tener por la suerte de los menores de
edad, se encargaron de difundir las erróneas
versiones policiales, haciéndose cargo de su
verosimilitud y ampliando ante la opinión
pública la creencia de que las chicas
desaparecidas habían huido de sus hogares para
prostituirse en Tacna. Fuera del agravio injusto
e inmoral causado a las familias afectadas, esos
medios desafiaron la ética y la ley al
identificar a las menores, con nombres y
apellidos, así como el establecimiento
educacional en que ellas estudiaban.
Se ha dicho que
a los policías del sector les faltó
profesionalismo, porque desecharon la posibilidad
de una solución difícil y prefirieron el
recurso fácil de la difamación espontánea.
Pero no se ha dicho que a la prensa, la radio y
la televisión que amplificaron la gratuita
imputación, también les cabe una cuota
importante de responsabilidad.
Quienes me
conocen saben que jamás pediría que se
restrinja la libertad de expresión ni se
disminuya los fueros del periodismo. Pero, con la
misma convicción, debo insistir aquí en la
necesidad de que los periodistas sepamos asumir
la responsabilidad por nuestros actos y que
fortalezcamos los órganos reguladores de las
conductas éticas de quienes tienen la hermosa y
significativa misión de informar, orientar y
defender los derechos de las personas en una
sociedad democrática. Los periodistas debemos
dar el ejemplo, si queremos que nuestro país sea
en forma progresiva cualitativamente mejor. Es el
aporte que le debemos a Chile, y que el país
espera de nosotros, en momentos en que a nuestros
difíciles problemas económicos emergentes se
agrega un serio deterioro moral en nuestras
costumbres.
Para terminar,
quisiera proponer aquí que no escatimemos
oportunidad en reiterar a nuestros colegiados y
al periodismo en general cuáles son los valores
éticos que consideramos intransables,
especialmente porque jamás debiéramos olvidar
que la misión del periodismo y de los
periodistas es estar al servicio de la verdad, de
los derechos humanos y de los principios
democráticos, y que éstos consideran que el
ejercicio de la libertad no nos autoriza a pasar
a llevar la dignidad de la persona, ni olvidar
que siempre debemos actuar con responsabilidad.
Además, debemos
recordar que cuando el Colegio creó el Tribunal
de Ética y Disciplina pensó en establecer una
instancia de análisis y diálogo acerca de
nuestro quehacer profesional, que actúe con
autonomía para enmendar cualquier daño que los
periodistas podamos causar, sin ánimo represivo,
sino como una forma didáctica de conducir la
profesión por los senderos deontológicos que el
país requiere.
* Emilio
Filippi Muratto
fue presidente nacional del Colegio de Periodistas
de Chile, primer presidente
del Tribunal
Nacional de Ética y Disciplina de esa organización gremial, y
actualmente imparte la cátedra de Ética en las
Escuelas de Periodismo de las universidades Diego Portales, Andrés
Bello y Uniacc (todas de Santiago). Es miembro del
Consejo Editorial de Sala de Prensa.
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