La autocensura se ha convertido
en la única opción
para muchos periodistas que están en medio del
fuego
Con
el miedo a cuestas
Augusto
Guevara *
Cuando
el grupo de periodistas llegó al sitio de los
combates los muertos estaban
"sembrados" como hortalizas. La lluvia
había cesado. En la tierra húmeda, en estado de
descomposición, hallaron diez cadáveres a medio
enterrar.
Había en el
sitio tres periodistas, dos de la región y uno
de un medio de comunicación nacional. Lo único
que rompió el silencio inicial fue el ruido del
obturador de una cámara fotográfica y los
destellos del flash que iluminaron un poco
aquella tarde lúgubre. Los protagonistas de esta
historia no quieren que se mencionen sus nombres.
La muerte aún ronda, incluso en sus horas de
sueño. Es más, en sus relatos prefieren obviar
fechas exactas. Para estos tres periodistas solo
fue un setiembre negro. El mes nueve de un año
que prefieren no recordar.
Los tres hombres
de prensa habían partido ocho horas antes, uno
desde la capital, Bogotá, y los otros dos, desde
Barranquilla y Montería, en la región Caribe.
El Nudo de
Paramillo entre los departamentos de
Córdoba y Antioquía, en el norte de
Colombia era el lugar de los
enfrentamientos entre paramilitares derechistas
de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y
los guerrilleros de tres frentes de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).
En el momento en
que los tres informadores tomaban apuntes y
buscaban rastros de la forma en que sucedieron
los hechos, aparecieron de manera sorpresiva 30
hombres armados con fusiles AK- 47. Llegaron
gritando: "¿Dónde están los hijueputas
guerrillerosÖ dónde están los hijueputas
guerrilleros?". Lanzaban patadas y
empujones.
Uno de los
periodistas protestó tímidamente por el
atropello. Trató de explicarles que sólo
cumplían con su trabajo. El jefe del comando
paramilitar, con un fuerte grito, le ordenó
callarse.
Los reporteros
fueron despojados de sus grabadoras y cámaras
fotográficas. En un vehículo campero los
llevaron hasta un caserío donde una decena de
familias, presas del miedo, huían de las
miradas, como se huye de la muerte.
El campero se
detuvo con un golpe seco frente a una bodega
donde funcionaba una especie de central de
comunicaciones. Desde allí, los paramilitares
hablaron con Santander Lozada, segundo al mando
en la estructura jerárquica de las AUC.
Tras informar a
Lozada sobre los periodistas y recibir
instrucciones, el comandante Cobra, como se
hacía llamar quien estaba al frente de la
operación, expresó: "Nuestro compromiso es
con los campesinos, nosotros los defendemos de la
crueldad de los guerrilleros". Discurso
parecido repetían los insurgentes de las FARC,
quienes dicen defenderlos "de las garras de
los paramilitares". Gran paradoja: los dos
dicen protegerlos, pero los dos los asesinan.
Cobra, de unos
32 años, era un hombre moreno, alto, desgarbado
y sin gracia. Mientras aspiraba el humo de un
cigarrillo, daba órdenes a dos hombres de baja
estatura vestidos con camuflados que tenían
insignias del Batallón Rifles, guarnición
militar adscrita a la Brigada 11 del Ejército,
con sede en Montería, capital del departamento
de Córdoba.
Después de
permanecer por más de una hora atento a las
instrucciones que recibía por radio, Cobra se
dirigió de nuevo a los periodistas. La orden que
impartieron los "paras", como se les
conoce a los paramilitares de las AUC, fue que
los reporteros salieran inmediatamente de la zona
y que se les advirtiera que tuvieran mucho
cuidado con lo que informaban. A la mañana del
día siguiente, los periodistas ya habían
regresado a sus ciudades de origen.
Un día
después, los tres medios de prensa para los que
laboraban los periodistas, mostraban marcadas
diferencias en lo que publicaban. En los dos
primeros (los de circulación regional) se
reseñaba la situación como un enfrentamiento
sin víctimas y sin mayor trascendencia. En el
tercero, el periódico nacional, se decía que un
frente de las FARC había sorprendido a un
campamento base de las autodefensas, en un ataque
que dejó más de diez paramilitares muertos y un
gran número de heridos.
Empieza
el tormento
Inicialmente,
los dos periodistas regionales optaron por la
autocensura. Las razones eran de peso: vivían en
la zona, tenían mujer e hijos y dependían
económicamente de su trabajo.
Uno de ellos
aprendió a vivir así, limitado a lo que era
conveniente escribir. El otro, tres meses más
tarde, no lo soportó. Después de hacer la
cobertura de una masacre no solo se retiró del
oficio, sino que ante las múltiples presiones y
el miedo, abandonó el país. Hoy vive en Costa
Rica y conduce un taxi.
Para la misma
época, en Florencia, departamento de Caquetá,
un periodista abandonó su trabajo ante la
presión de los guerrilleros y se trasladó a
Bogotá. Allí sobrevive gracias a su trabajo de
vendedor puerta a puerta.
En esta misma
zona del país, otro comunicador fue asesinado y
un tercero trabaja escribiendo al acomodo de las
circunstancias y a las órdenes de quienes tienen
las armas.
Casos como los
anteriores son conocidos por organizaciones no
gubernamentales como el Instituto Prensa y
Sociedad (IPYS), de Perú; Prensa Libre y la
Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP),
ambas de Colombia; así como el Comité para la
Protección de Periodistas, de Estados Unidos.
Hoy, el balance
es desalentador y las estadísticas apuntan a que
el 2001 (con siete periodistas asesinados a la
fecha), podría ser peor que años anteriores.
Autocensura
Sobre la
autocensura en Colombia no se manejan
estadísticas, pero es un hecho que ocurre
constantemente. "Y en algunas zonas",
dice IPYS, "convivir con los violentos hasta
se ha vuelto parte del trabajo".
El corresponsal
extranjero en Colombia, Karl Penhaul, ensaya una
explicación para ello: "En la medida en que
se incrementa la guerra de las balas, también se
incrementa la guerra de la información".
Por esto, para
el secretario general de Reporteros Sin Fronteras
(RSF), Robert Ménard, los nuevos enemigos de la
libertad de prensa en el mundo son las mafias, el
narcotráfico y guerrillas como las de Colombia o
Chechenia.
Por su parte,
Prensa Libre que ya sufrió los rigores de
la intolerancia cuando le destruyeron varios
archivos mediante un virus cree que el
periodista, principalmente el de provincia, se
convirtió sin desearlo en un corresponsal de
guerra. Y añaden: "Los ataques incesantes
dejan al comunicador en la posición de pensar
varias veces antes de escribir sobre el conflicto
armado".
Los periodistas
de las regiones aplican la autocensura en cada
palabra que escriben, como única garantía para
seguir ejerciendo sin ser víctimas de
señalamientos que podrían costarles la vida.
En medio de ese
panorama hostil y de una desprotección total por
parte del Estado, hablar de ética en algunas
zonas de Colombia es casi una utopía.
Cada año las
estadísticas arrojan una decena de hombres de
prensa asesinados. En los últimos diez años,
han muerto más de cien, al menos 50 de ellos por
razones (comprobadas) vinculadas a su oficio.
Fuerzas
oscuras
¿Quiénes son
los autores? ¿De dónde vienen las balas? La
respuesta puede ser un sofisma, pero también una
realidad deprimente y cruel. Cuando no son los
mercaderes del tráfico de drogas son las
guerrillas, o los paramilitares, o la
delincuencia común, o una mezcla de todos. Otras
veces son las "fuerzas oscuras",
eufemismo que agrupa a muchos, incluso a
militares radicales y políticos ortodoxos que
pescan en río revuelto.
Ahora más que
nunca, la prensa se ha convertido en el blanco de
los grupos armados en la guerra a muerte que
libran paramilitares y guerrilleros, con el
telón de fondo del narcotráfico. Este último,
junto con el secuestro, son las principales
fuentes de financiación de unos y otros.
Colombia se ha
convertido así en el país más peligroso del
mundo para ejercer el periodismo. En la lista de
terroristas mundiales de Estados Unidos ya
aparecen guerrilleros de las FARC y ELN, así
como paramilitares de las AUC.
Este ambiente en
el que trabajan muchos periodistas en Colombia es
lo que Javier Darío Restrepo, conferencista de
ética, catedrático y reportero de amplia
trayectoria, ha llamado la ética del miedo.
"El
periodista no conoce el arte de matar, por ende,
no conoce el arte de defenderse a sí mismo.
Así, sabe que su única defensa es la palabra, y
la palabra es un medio de defensa frágil contra
una bala", afirma Restrepo.
"En estas
circunstancia", continúa, "la opción
para muchos es callar, pero para algunos el
silencio puede ser una carga mucho más pesada
que la muerte".
* Augusto
Guevara es el
seudónimo de un peridista colombiano que padece
el exilio por segunda vez, "a causa de la
cobertura del conflicto armado en Colombia",
y quien nos hizo llegar este texto publicado
originalmente en La Nación
de Costa Rica para su reproducción en Sala de Prensa.
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