Voz e
información en una sociedad democrática
Juan
Francisco Escobedo *
La
demanda histórica -satisfecha razonablemente-
para universalizar el derecho al voto y
convertirlo en un instrumento irremplazable y
fundamental de la legitimidad de la
representación política, ha contribuido a
modificar la percepción favorable que los
actores sociales y políticos le otorgan a la
libertad de los ciudadanos para expresarse y
hacer oír su voz.
La boleta
electoral, de ser un objeto de disputa en
México, se transformó en un objeto de
confluencia, insustituible para verificar el
sentido de la voluntad de los ciudadanos. Pero al
mismo tiempo propició la disminución de la
atención pública hacia el ejercicio de las
libertades de expresión y de información en el
ámbito cotidiano de los ciudadanos. La antigua
dualidad: voz y voto, tantas veces proclamada en
las batallas protodemocráticas, se ha sesgado
hacia el ejercicio preferente del voto. Los
ciudadanos votan y lo hacen cada vez en mayor
número; pero después del proceso electoral
guardan silencio y las voces de los pocos que se
atreven a expresarse se vuelven inaudibles entre
el ruido estruendoso del aparato gubernamental y
de sus integrantes.
Los gobiernos y
los funcionarios habitualmente tienen problemas
para oír a los ciudadanos. Los oyen mal y,
cuando se da el caso de que los escuchen,
atienden mal sus demandas, salvo que éstas se
formulen a través de un interlocutor previamente
reconocido por el gobierno, o bien, porque el
tema ha entrado en la agenda pública.
No es un avance
menor que, en los tiempos que corren, el voto de
los ciudadanos se respete con mayor frecuencia
que en el pasado. El voto, por sí mismo, no
colma el horizonte de los derechos y libertades
públicas que los ciudadanos de una sociedad en
transformación deberían ejercer. Los
procedimientos e instituciones democráticas
instaurados en un período de transición
requieren para consolidarse de una ciudadanía en
crecimiento, que no se restrinja al cumplimiento
del derecho a votar.
Los votos
definen a los ganadores y perdedores temporales
de las batallas por las parcelas de la
representación y el poder políticos, pero no
tienen mayor peso para influir en la definición
de las modalidades y contenidos que adoptarán
las políticas gubernamentales, y sus efectos
tampoco inciden en el comportamiento y ejercicio
razonable de las funciones de los gobernantes.
El voto libre y
respetado constituye la piedra angular de las
democracias representativas. México tiende hacia
la consolidación de una democracia
representativa. Pero en efecto, para consolidar y
hacer duradero un régimen democrático es
preciso que los ciudadanos recuperen la voz en su
acepción más amplia, que combina una dimensión
político democrática que se manifiesta en torno
a los procedimientos electorales, con la
dimensión político liberal que alude a las
libertades de pensamiento, expresión, imprenta e
información.
El voto es la
manifestación más evidente del grado de
participación de los ciudadanos en los asuntos
públicos, pero no es el factor más eficaz para
introducir correctivos y límites a los gobiernos
y a los funcionarios. Los votos no nos informan
acerca de las opiniones, percepciones, ideas y
valores que los ciudadanos y los grupos sociales
tienen acerca de los asuntos y poderes públicos,
una vez que se ha superado el momento electoral.
Es necesaria la voz de los ciudadanos para que su
voto no se convierta en la coartada de nuevos
gobernantes autoritarios, que con la cobertura de
una legitimidad difusa se dispongan a gobernar
sin límites y sin proyecto.
La voz de los
ciudadanos importa para la democracia. Si los
asuntos de interés público suscitan la emisión
de opiniones por parte de los ciudadanos y éstos
a su vez buscan que su voz tenga mayor
resonancia, entonces los asuntos del gobierno
también son asuntos de la sociedad de ciudadanos
en torno a la que se articula y despliega un
orden político cuya naturaleza y componentes
tienden a ser predominantemente democráticos. Si
el orden o régimen político en transformación
otorga preeminencia a los derechos políticos
asociados a los procesos electorales, entonces
las posibilidades de que el régimen político en
transición consolide sus reglas e instituciones
democráticas, disminuye.
Con votos libres
y respetados se legitiman los poderes públicos y
la élite gobernante. Se hace posible la
alternancia y el desplazamiento de gobiernos
ineficaces. Pero sólo con voces sonantes y
disonantes, escuchadas, contrastadas y
discutidas, se hace posible la consolidación del
naciente régimen democrático. Participar y
deliberar son los verbos claves de la democracia.
Cuya importancia crece, especialmente si se trata
de regímenes políticos en transición como es
el caso de México.
La transición a
la democracia tiene fases. La instauración de
las reglas e instituciones democráticas es
decisiva, porque permite que los actores
políticos aprendan a dialogar y establecer
acuerdos bajo nuevas condiciones. En la fase de
instauración se hacen visibles las
contrahechuras del régimen que declina, al mismo
tiempo que aparecen las dificultades para
arraigar las nuevas instituciones en un contexto
de cultura política autoritaria. En esta fase
juegan un papel decisivo los actores políticos y
afloran las tendencias acerca del cambio. Los
acuerdos entre los reformistas del viejo régimen
y los moderados de la coalición política
emergente son determinantes. Pero la persistencia
de las instituciones y reglas de nuevo cuño no
queda garantizada con los acuerdos entre las
élites. Son los ciudadanos, la compleja y
diversa constelación de grupos y organizaciones
sociales y los medios de comunicación, quienes
adquieren mayor relevancia en la fase culminante
de la transición, que es la de consolidación.
Los acuerdos de
la fase de instauración no exigen a los actores
profesión de fe democrática. Las transiciones
se inician y avanzan sin demócratas, pero la
consolidación de la naturaleza del régimen,
así como de sus componentes nuevos o renovados,
requieren de demócratas y del impulso de la
cultura democrática para consolidarse y durar.
Es en ésta fase donde la voz de los ciudadanos y
de los actores colectivos es irremplazable.
El concepto de
"voz" en este contexto, alude al
ejercicio sin restricciones de las libertades de
pensamiento, expresión e información de los
ciudadanos, que no disponen de los recursos
necesarios para hacerse escuchar como
interlocutores atendibles por el gobierno y
relevantes para los medios. Las organizaciones
sociales, independientemente de su naturaleza y
fines, siempre tienen mayores dispositivos para
expresarse y ser escuchados, en comparación con
los ciudadanos comunes. De ahí que su actividad
fundamental en un proceso de transición como el
que aún vive México, radica en la gestión de
nuevos términos de relación e interlocución
con el gobierno y con el emergente orden
político.
La transición
introduce incertidumbre, porque debilita y
cuestiona los intercambios y las mediaciones
políticas y comunicativas establecidas por el
régimen autoritario. Y no ofrece esquemas
sustitutivos en el corto plazo. No por ineficacia
del gobierno o de los nuevos actores, sino porque
los intercambios y las mediaciones inéditas y la
continuidad de los intercambios tradicionales se
realizan gradualmente y con el trato sucesivo. La
incertidumbre no se despeja con nuevas leyes,
sino con la validez de la legalidad y el
establecimiento de nuevas pautas para dialogar.
Hay que negociar para poder negociar. En esta
dimensión los ciudadanos no juegan ningún
papel. Su voz es irrelevante, salvo que -insisto-
consigan llevar a la agenda pública los temas
que les interesan.
La alternancia
en el gobierno fue posible por los votos de los
ciudadanos, no por sus voces. La alternancia no
cierra la transición, la hace posible. El cambio
de régimen político será posible con la voz y
el voto de los ciudadanos. La combinación de
voto y voz debe lubricarse con información.
Especialmente la que recogen y reciben de cuatro
fuentes básicas: 1) información mediada, 2)
información pública, 3) información educativa,
y 4) información sociocultural.
La voz de una
persona en cuanto tal transporta consigo y denota
información recogida previamente en el mundo
privado. La voz de los ciudadanos además de la
carga que deviene del mundo personal, se
convierte en una voz que trasciende en la medida
que exhibe opiniones, percepciones y valores
relacionados con el mundo de la política, que ya
se sabe que no se agota en la frecuencia de lo
gubernamental. La voz de los ciudadanos que
recoge componentes del mundo político y
público, es la voz que incide en los procesos
múltiples que confluyen en el proceso de
transición a la democracia o de cambio de
régimen político. Esa voz necesita de
información. Especialmente de la que es mediada
por los medios de comunicación y de la
información pública en manos del gobierno.
En un proceso de
transición democrática los actores sociales y
políticos están en condiciones de gestionar y
procesar acuerdos para establecer nuevas reglas e
instituciones acerca del mundo de la información
mediada por los medios y de la información
pública. La estructura de oportunidades que se
abre en una transición le otorga relevancia a
los acuerdos en torno a las reglas jurídicas e
instituciones públicas que regulan el ámbito de
los medios y el derecho de acceso a la
información pública, dado que están
directamente relacionados con el ejercicio de las
libertades públicas y los derechos humanos.
La formulación
de regulaciones nuevas o la reforma de la vieja
trama de leyes del régimen autoritario son
viables porque dependen de los acuerdos básicos
entre los actores de la transición. En cambio,
el establecimiento de nuevas modalidades y
contenidos, por ejemplo, en la educación formal
queda reservado al ámbito de las políticas
públicas, donde tiene autonomía relativa el
gobierno en turno.
El nexo entre el
derecho de acceso a la información pública y la
actualización de la legalidad en materia de
medio de comunicación con la posibilidad de que
los ciudadanos hagan oír su voz, es muy
estrecho. El voto está garantizado en México
por el Código Federal de Instituciones y
Procesos Electorales (COFIPE) y el Instituto
Federal Electoral, pero el ejercicio de la voz en
sus variadas posibilidades: ¿qué norma
jurídica e institución estatal la garantiza? La
historia del ejercicio de las libertades de
pensamiento, expresión, imprenta e información
es la historia de la aplicación e
interpretación discrecional de las leyes por
parte de los gobiernos de la era priísta. Las
leyes al servicio de la discrecionalidad sólo
han permitido voces oficiales y silencios
dóciles. Las voces disonantes que se expresaron
antes de la alternancia, lo hicieron por encima y
a pesar de la ley, de la cooptación o de la
represión. El autoritarismo aceptó voces
múltiples e incluso plurales, pero sin conexión
con votos diferenciados y distintos a los
otorgados legal o ilegalmente al PRI. La
democratización del régimen necesita votos,
voces, información veraz de los medios y acceso
efectivo a la información pública.
* Juan
Francisco Escobedo
es coordinador del Posgrado en Comunicación de
la Universidad
Iberoamericana. Miembro del
Sistema
Nacional de Investigadores,
en México. Esta es su primera colaboración para
Sala
de Prensa.
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