La otra
ratonera
Carlos
A. Sortino *
En
algo estamos de acuerdo con mi colega y
compatriota Waisbord: "una de las
contradicciones de la democracia liberal (es)
pretender que la información sirva al bien
público cuando es producida según otros
fines". Aunque más aún acordamos cuando
leo en otro ensayo de su autoría referido al
periodismo de investigación1: "Las expectativas
democráticas pueden ser cumplidas limitadamente,
mientras que no afecten intereses políticos o
económicos".
Pero me asalta
la duda: no sé si se trata de una
contradicción, como afirma en la primera
proposición (en cuyo caso podríamos alentar
ciertas esperanzas) o si se trata de uno de sus
ejes constitutivos, como afirma en la segunda
proposición (en cuyo caso podríamos acordar que
los medios de comunicación constituyen un
aparato ideológico de mercado).
Allí reside el
punto central de "La ratonera", que
pretendo desanudar (quizás vanamente)
preguntándome para quién trabajamos los
periodistas, según el tipo de periodismo que
hagamos. Tan simple como eso. Ni cerca estuvo mi
colega y compatriota Waisbord de dar en el
blanco, pues el blanco no es él, esa es otra
ratonera que desvía el eje de la discusión. Si
se sintió agredido por mí, le pido disculpas.
No fue mi intención. No lo considero mi enemigo.
Ni siquiera la conozco.
El blanco es el
apartado que bauticé "el caso y la
trama". Porque no es la prensa o el
periodismo liberal el objeto de mi crítica, sino
el sistema capitalista mismo. Así que, desde
esta perspectiva, es muy poco importante, dentro
de este sistema, lo que pueda hacer yo como
docente o como periodista investigador (si no
denuncio ese sistema) o lo que pueda hacer como
periodista investigador o como docente mi colega
y compatriota Waisbord (si no denuncia ese
sistema).
Lamento que este
¿debate? no tenga la dimensión que merece (o
que yo creo que merece) y se pierda en una
increíble rencilla personal. Las diatribas de mi
colega y compatriota Waisbord que no hayan sido
respondidas al final de este artículo, podrán
los lectores mismos responderlas en favor de uno
u otro, pues ambos escritos están a la vista y
son muy claros. Quien sea capaz de leer
desapasionadamente podrá darse cuenta que mis
deslices malintencionados sólo surgen de la
descontextualización de quien los señala.
Así que me
ocuparé sólo de observar algunas de sus
incomprensibles exasperaciones:
1) Debo
explicarle a mi colega y compatriota Waisbord que
soy capaz de reconocer un error y otorgarle el
crédito que merece. Allí donde hablo del origen
del periodismo, debí haber escrito "se
consolidó" en lugar de "nació".
Aunque sería saludable dejar de lado de una vez
por todas el enciclopedismo acrítico como fuente
de conocimiento y reflexionar libremente acerca
de qué tipo de prácticas caracterizamos como
periodísticas, para insertar en la proposición
criticada "nació" o "se
consolidó". O cualquier otra palabra que
resulte de nuestra reflexión basada en el
análisis crítico de la información disponible.
2) Debo
explicarle a mi colega y compatriota Waisbord que
se equivoca al afirmar que no reconozco que la
debilidad de los mecanismos de rendición de
cuentas en la estructura institucional de las
democracias contemporáneas es responsable de
todas las calamidades que padecemos. Claro que es
así. Ocurre que esas débiles estructuras
institucionales son funcionales al sistema
capitalista. Y creo que esa es la cuestión
central, por lo que aliento la sustitución del
concepto "debilidad" por el concepto
"fortaleza".
Trataré de ser
claro: soy socialista, casi anarquista. Y no
simpatizo, como dice mi colega y compatriota
Waisbord, con el periodismo revolucionario (sin
comillas): deseo ese periodismo, que hoy no
existe más que en pequeños medios alternativos
desconectados entre sí, por lo que lejos están
de conformar un sistema y, mucho menos, de tener
una proyección social significativa, quizás
porque tampoco exista un proceso sociocultural
revolucionario que lo contenga. La revolución no
es un fenómeno mediático, es una praxis
política.
No he leído en
el escrito de mi colega y compatriota Waisbord
una sola frase que lo identifique
ideológicamente en forma directa. Tal vez no
quiera hacerlo. Tal vez no pueda hacerlo. No lo
sé. Lo que sé es que cuando sentí que iba a
lograr alguna aproximación, mi colega y
compatriota Waisbord me gambeteó: "No sé
si es pertinente explicar mi posición frente al
Banco Mundial o el Departamento de Estado, ya que
a Sortino no le interesa". ¿Cómo que no me
interesa? ¿Cómo lo sabe mi colega y compatriota
Waisbord? ¿Lo sabe? Claro que es pertinente.
Claro que me interesa. Si tantas veces lo ha
dicho, ¿qué le cuesta decirlo una vez más?
Sobre todo
teniendo en cuenta que me cuesta mucho trabajo
leer, que me resulta imposible entender y que a
mi colega y compatriota Waisbord le disgusta la
gente que sabe qué decir antes de leer (en este
caso, antes de preguntarme), la gente que es
intelectualmente deshonesta e improlija, la gente
que trampea y defrauda a los lectores. Lectores
que, por otra parte, son caracterizados por mi
colega y compatriota Waisbord casi como idiotas
(igual que al autor de sus lecturas). ¿Qué
lector -sobre todo de SdP- puede caer en la
trampa o ser defraudado en temas que,
seguramente, conoce muy bien, o por brillantes
actos de creatividad intelectual sobre escritos a
los que cualquiera puede acceder?
3) Debo
explicarle a mi colega y compatriota Waisbord que
no lo estoy acusando de nada y que no caracterizo
su trabajo porque no lo conozco integralmente.
Nada personal. Sí caracterizo al periodismo de
investigación que impulsa el Banco Mundial como
funcional al sistema capitalista. Pero tampoco:
el mismo Banco Mundial lo caracteriza de ese
modo. Si mi colega y compatriota Waisbord tiene
algún grado de responsabilidad en ese trabajo,
ha sido su decisión y no puedo saber qué es lo
que lo ha impulsado a tomarla: identificación
ideológica, necesidad económica, estrategia
académica, honestidad intelectual (tiene un
derecho legítimo a creer, como muchos, que se
puede pelear desde adentro del sistema), una
combinación de varios de estos factores, no lo
sé. No puedo juzgarlo. Por eso no necesito
evidencia.
Sí puedo
caracterizar (o juzgar, si mi colega y
compatriota Waisbord así lo prefiere) aquello
que conozco. Por ejemplo: el caso Watergate. Dice
mi colega y compatriota Waisbord que no lo
presenta como ejemplo suyo porque -lejos de
aquellos saltos analíticos admirables que tanto
detesta- no lo dice en primera persona y porque
en otro escrito (su libro) lo critica. Pues bien,
no he leído su libro. No tengo la obligación de
hacerlo -nadie tiene la obligación de hacerlo-
porque supongo que él no incurrirá en la
deshonestidad intelectual en la que yo he
incurrido y no utilizará el impersonal polémico
para referirse a un hecho que luego no será
puesto en crisis en ese mismo escrito (lo que le
otorgará indemnidad), dado que es un recurso tan
viejo como el lenguaje: "perdón, señor, yo
no dije lo que usted dice que dije". Podría
yo utilizar el mismo recurso: una simple lectura
de mi comentario al ejemplo de Watergate y se
advierte que no hablo de mi colega y campatriota
Waisbord, sino del ejemplo que presenta.
4) Debo
explicarle a mi colega y compatriota Waisbord que
tal vez mi pereza intelectual -que se traduce en
no haber leído lo último que se ha publicado
sobre el tema, quizás porque, de todos modos, no
lograría comprenderlo- me haga decir que no
considero que las prácticas individuales haya
que observarlas fuera de contexto, pues están
contenidas en prácticas sociales que las
condicionan (para bien o para mal). Por lo tanto,
debo caracterizar el trabajo de una persona no
sólo como un producto individual, sino como un
producto social. No me parece casual que mi
colega y compatriota Waisbord no critique el caso
Watergate en el sitio del Departamento de Estado
o el periodismo al servicio del sistema
capitalista en un emprendimiento del Banco
Mundial, y sí lo haga, según él, en otros
trabajos.
Creo que no
alcanza con decir, al referirse a la agenda del
periodismo investigativo, que "por lo
general, se han dado a conocer delitos oficiales
pero sólo excepcionalmente se han denunciado
abusos cometidos por grandes empresas o
desigualdades sociales"2 y que las denuncias
periodísticas "tienden a concentrarse en
crímenes individuales y puntuales más que en la
concentración del poder, y a presentar un
tratamiento liviano más que informes en
profundidad"3.
Y no alcanza
porque se proyectan desde ese discurso dos -para
mí, falsas- premisas rectoras:
- Que el
periodista elige libremente qué dará a
conocer y cómo será su tratamiento del
tema, premisa que alienta la idea de su
falta de capacitación y/o compromiso
social.
- Que la
concentración del poder (¿político o
económico?), los abusos de las grandes
empresas, los problemas sociales, ocurren
porque hay algunas malas personas que
ejercen el poder (económico o político)
sin preocuparse por los efectos sociales
de sus actos.
Ambas premisas
sientan sus bases en la convicción de la
responsabilidad individual absoluta: hay gente
buena y hay gente mala y es su elección elegir
el camino del bien o el camino del mal. Esta
convicción tiene también su correlato social:
la economía de mercado está fundada en la ley
de la oferta y la demanda y todos tenemos
igualdad de oportunidades, por lo que el mejor
producto en calidad y precio será el triunfador.
Pero ocurre que la concentración de poder no es
otra cosa que la tendencia natural de
acumulación del sistema capitalista y que el
mercado está controlado por unas cuantas
empresas multinacionales apoyadas políticamente
por los gobiernos de sus países de origen. Al
diablo con la responsabilidad individual
absoluta. Al diablo con la ley de la oferta y la
demanda.
Dice mi colega y
compatriota Waisbord que las contribuciones del
periodismo de investigación "están
limitadas por intereses políticos y económicos
y por una cultura periodística obsesionada por
intrigas entre funcionarios gubernamentales. El
periodismo investigativo existe dentro de las
limitaciones de las empresas periodísticas y la
cultura de las redacciones. Las empresas esperan
conseguir éxitos económicos más que enriquecer
debates públicos, y la cultura de las
redacciones tiende a seguir fórmulas de
cobertura más que a expandir y bucear una
variedad de temas de interés público"4. Este es otro ejemplo
concreto de aquella convicción: no creo que sea
posible separar "la cultura de las
redacciones" de las "limitaciones de
las empresas periodísticas". Más bien creo
que aquella "cultura" es un producto de
estas "limitaciones".
Insisto: lo que
en realidad molesta (al menos, a mí me molesta)
no es la adhesión a tal o cual campo
ideológico, sino su ignorancia u ocultamiento. Y
no estoy hablando de mi colega y compatriota
Waisbord: estoy hablando del periodismo de
investigación que cada uno de nosotros puede
hacer, según reflexione antes (o no) y según
reconozca después (o no) desde cuáles
fundamentos y hacia cuáles objetivos, lo que le
hará medir (o no) cuál es la proyección de su
fuerza dentro del sistema dominante.
Sólo espero que
esta increíble rencilla personal no persista y
que se metan al ruedo, haciendo caso omiso de
ella, quienes tengan algo sustancial para decir.
_____
Notas:
1 El buen periodismo: las contradicciones
irresueltas del periodismo de
investigación", en Revista Contribuciones,
abril/junio 2001, publicación del Centro
Interdisciplinario de Estudios sobre el
Desarrollo Latinoamericano (CIEDLA) de la
Fundación Konrad Adenauer (www.kas-ciedla.org.ar).
2 Ibídem.
3 Ibídem.
4 Ibídem.
*
Carlos A. Sortino
es periodista de la revista En Marcha (La
Plata, Argentina), docente de la cátedra
Periodismo de Investigación en la Facultad de
Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de
La Plata y miembro fundador
de la asociación civil sin fines de lucro Justicia sin Fronteras. Es colaborador de Sala de Prensa.
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