Sala de Prensa


36
Octubre 2001
Año III, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Propaganda, desinformación, censura…

La guerra mediática

Gerardo Albarrán de Alba

Todavía no se asentaba la nube de escombros tras el derribo de las Torres Gemelas de Nueva York, el martes 11 de septiembre, cuando el mundo ya tenía un culpable: Osama Bin Laden. El juez de la causa: las cadenas de televisión estadunidenses, citando "fuentes" de Inteligencia. Desde ese día, la televisión occidental ha repetido la acusación primero para convencer y después para justificar su nueva "guerra justa", en una de las mayores operaciones de propaganda jamás vistas.

Obedeciendo a las presiones militares del gobierno estadunidense, que desde finales de septiembre no ha cesado de dictarles directrices para la cobertura del conflicto, y montándose en una cruzada de venganza, los medios de ese país han colaborado en una guerra de propaganda en la que han aceptado y practicado la autocensura y han tergiversado información, embozados en una retórica patriotera que se retroalimenta de la paranoia que ellos mismos desataron.

El avasallamiento mediático de las últimas cinco semanas pareciera responder a los cánones que exhibió el comunicólogo francés Armand Mattelart en su libro La comunicación–mundo: historia de las ideas y de las estrategias, en 1991, justo después de la intervención armada estadunidense en el Golfo Pérsico: "La lógica de la guerra ha hecho florecer los pensamientos simplificadores, las intolerancias y las certezas ciegas en la representación mediática, no sólo de cuantos se oponían a la guerra en el seno mismo de las grandes sociedades occidentales, sino también, y sobre todo, de la otra parte del mundo".

Hoy, igual que hace una década, los medios estadunidenses abandonan el papel del que gustan presumir, como "perros guardianes" frente al poder, y parecen más perros falderos, como los llamó Michael Morgan, editor de un número especial del Electronic Journal of Communication, en diciembre de 1991, pues en los hechos los medios sirvieron más como publirrelacionistas del gobierno, "difundiendo básicamente la versión oficial de la administración del presidente George Bush (padre del actual presidente de Estados Unidos), sin ningún contrapeso crítico, y claramente callaron u omitieron voces discordantes, lo que hizo muy difícil distinguir entre la línea política gubernamental y la línea editorial, con lo que contribuyeron a obtener un aplastante respaldo del público a la guerra".

De algún modo, Mattelart explica en su obra las razones de la complicidad mediática en la guerra, a través de un desmitificador recorrido por el desarrollo de los medios de comunicación y su papel en las sociedades democráticas. De ese libro, publicado en México por Siglo XXI, se extrae una parte de las referencias históricas recopiladas por el investigador europeo en el capítulo que dedica a la relación entre comunicación y guerra, lo mismo que de otros ensayos aquí citados, para reinterpretarlas ante el nuevo acoso mediático desatado particularmente por la televisión.

Y es que, según Mattelart, "la comunicación, para lo que sirve, en primer lugar, es para hacer la guerra", al punto de llevar al análisis "su alistamiento al servicio de los ejércitos".

Así, gran parte de la prensa marcha como conscripto.

Guerra psicológica

La difusión de imágenes de la guerra como parte de la oferta de infoentretenimiento en los horarios estelares de la televisión, a la que el mundo pareciera acostumbrado hoy, ni de lejos es un fenómeno que haya nacido con la CNN y la globalización de la información. La primera intervención militar filmada fue la invasión a Cuba, en 1898. El reportaje de la Vitagraph se llamó Fighting with our boys in Cuba (Combatiendo con nuestros muchachos en Cuba).

La Primera Guerra Mundial alimentó a la teoría de la comunicación con la hipótesis sobre el control de opinión pública. El concepto de propaganda, transformado en guerra psicológica para la Segunda Guerra Mundial, con sus elementos de distorsión, manipulación y desinformación, avanzó largos trechos hasta la guerra del Golfo Pérsico, en 1991, cuando el ejército estadunidense ejerció el control total de la información, incluso con mayor celo que en Corea (1950-1953) o Vietnam (1961-1975), y perfeccionó técnicas de censura puestas en práctica en las invasiones a Granada, en 1983, y a Panamá, en 1989.

Hoy, en Afganistán, la distancia entre información y propaganda se ha estrechado al punto de confundirse aún más, y los servicios de Inteligencia occidentales extienden sus tentáculos a la vigilancia de las comunicaciones a través de Internet. El congreso estadunidense aprobó el 13 de septiembre una directiva para intervenir páginas y correo electrónico, del mismo modo que lo hacía el tristemente célebre Gabinete Negro, una institución que se dedicaba a interceptar y vigilar la correspondencia privada en la Francia del siglo XIII, precedente de todo intento de control gubernamental de la información.

La aparición de la prensa popular planteó nuevos problemas a los Estados, y ya en la guerra de Crimea, en 1854, se ejerció la censura periodística, particularmente sobre las imágenes, que entonces eran armadas en placas de metal, conocidas como clichés. Al fotógrafo británico Robert Fenton se le prohibió imprimir imágenes crudas de la guerra supuestamente para no alarmar a las familias de los soldados. No obstante, la prensa escrita difundía crónicas detalladas de las batallas, lo que produjo serias reacciones del ejército inglés que cerró el paso a la práctica independiente del periodismo: a principios de 1896, hizo obligatoria la acreditación de los reporteros ante las autoridades militares.

Casi un siglo después, en Irak, la prensa occidental sólo pudo acceder a los campos de batalla mediante pools de prensa cuidadosamente seleccionados por el ejército estadunidense. Las acreditaciones fueron distribuidas sin reparo sólo entre la gran prensa aliada, pero medios progresistas incluso de Estados Unidos tuvieron que enfrentar severos obstáculos, como los reporteros de Mother Jones, Harper’s, The Nation y The Village Voice, que incluso presentaron demandas ante tribunales por la censura, lo mismo que hizo la agencia de prensa francesa AFP.

La necesidad gubernamental de control de la prensa no es gratuita, dada su capacidad de influencia, tal y como lo entendió el gobierno estadunidense a finales del siglo XIX, cuando una campaña orquestada en los periódicos sensacionalistas de William Randolph Hearst, encabezados por el New York Journal, obligó a la invasión militar de Cuba en 1898. Hearst había enviado a un reportero y a un dibujante a La Habana; éste último, Frederic Remington, telegrafió a su jefe pidiéndole autorización para regresar, pues no había nada que informar. "Todo en calma. No habrá guerra", le explicó a Hearst. La respuesta del empresario periodístico es célebre: "Ruégole se quede. Proporcione ilustraciones, yo proporcionaré la guerra".

Este es el mismo Hearst que, ya entrado el siglo XX, participaba en las reuniones anuales a puerta cerrada de la American Newspapers Publishers Association, el club de dueños de periódicos estadunidenses, donde tomaban decisiones empresariales conjuntas para defender sus intereses extraperiodísticos, desde el golpeteo al naciente sindicato de prensa (American Newspaper Guild) hasta el reforzamiento de su cabildeo en Washington, que ejercía toda la presión posible contra medidas gubernamentales que afectarían sus intereses mercantiles, según documentó en esos años el periodista estadunidense George Seldes, quien, a lo largo de casi todo el siglo XX denunció las maniobras que le permitieron acumular cada vez más poder a la industria periodística de su país.

La relación entre prensa y ejército en Estados Unidos se estrechó en la Primera Guerra Mundial con la creación del Comité de Información Pública, dependiente directo de la Casa Blanca, en el que participaban los entonces secretarios de Guerra, de Marina y de Estado… y el periodista George Creel. Su función básica fue "vender" la guerra al público estadunidense; la principal herramienta fue el cine. Este organismo, también conocido como el Comité Creel, fue la primera oficina gubernamental de propaganda estadunidense, pero también la primera oficina de censura gubernamental, misión que cumplió celosamente a lo largo de la primera gran guerra.

Inglaterra hizo lo propio y creó el ministerio de Información, al frente del cual estaba el dueño del Daily Express, lord Beaverbrook. Ahí trabajaron también el dueño del Times, lord Northcliffe, responsable de la propaganda en países enemigos, de quien dependía el escritor H.G. Wells, a cargo de la sección alemana.

Francia decretó una ley "sobre las indiscreciones de la prensa en tiempos de guerra", en 1914. Entonces, igual que hoy, la censura apeló a la "disposición patriótica" de la prensa para no publicar nada que no fuera supervisado previamente por una oficina instalada expresamente en el ministerio de Guerra, según consta en una circular del primer ministro René Viviani.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, fue la Armada estadunidense la que convenció a la Casa Blanca de que agrupara a las grandes empresas que explotaban las nuevas tecnologías "estratégicas" de la época. Así nació la RCA (Radio Corporation of America), en 1919, que se repartió el sector de radio y telecomunicaciones con la General Electric, la American Telegraph & Telephone y posteriormente la firma Westinghouse. En el consejo de administración de la naciente RCA, un representante de la Casa Blanca ocupaba un asiento. Hasta 1919, la radio era considerada una "arma de guerra" en todo el mundo, y consecuentemente no existían emisiones privadas. Con el paso del tiempo, y mediante la adquisición de estaciones de radio y televisión, RCA se convirtió en lo que hoy es una de las cuatro principales cadenas estadunidenses: la NBC (National Broadcasting Company)… bajo control corporativo de la General Electric.

El período de entre guerras fue prolijo en teorías sobre la manipulación de la opinión de las masas, mismas que fueron ensayadas en todo el mundo a través de emisiones de radio de onda corta. Para ello, Londres tenía a la BBC, y Estados Unidos creó La Voz de América y una división de "relaciones culturales", dentro del Departamento de Estado, en el que eran piezas clave las revistas Time y Reader’s Digest. Estas actividades de propaganda se dirigieron fundamentalmente hacia Latinoamérica como parte de una teoría geopolítica basada en el concepto de defensa hemisférica.

Hoy, La Voz de América ha incrementado significativamente sus horas de transmisión en árabe y otras lenguas que se hablan en Asia central y el norte de Africa.

Al entrar a la Segunda Guerra Mundial, en 1941, Estados Unidos creó la Oficina de Información de Guerra (OWI, por sus siglas en inglés) y la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS). La esencia de ambas agencias sobrevive hasta nuestros días: en 1948, la OWI pasó a ser la Oficina de Información Internacional y luego la USIA (Agencia de Información de Estados Unidos); un año antes, la OSS se convirtió en la Agencia Central de Inteligencia, la CIA. (La capacidad y eficacia de los servicios de propaganda de la Alemania nazi y de la Unión Soviética son capítulo aparte; en todo caso, ni una ni otra existen ya.)

En los años 50, las severas restricciones a la prensa en la guerra de Corea contrastaron con algunas de las imágenes que el público estadunidense vio años después por televisión durante la guerra de Vietnam, lo que llevó a las autoridades militares y a científicos sociales a culpar a las cadenas de dividir tanto a las élites como a las masas estadunidenses, como escribió el politólogo Samuel P. Huntington en 1975, quien aseguraba que "el desarrollo del periodismo televisado ha contribuido a minar la autoridad gubernamental", e incluso el patriotismo, al punto de convertirse en agente de la derrota.

No era así.

Aun sin necesidad de una censura gubernamental, las cadenas de televisión practicaron sin pudor la autocensura, motivadas fundamentalmente por el tipo de relación que ya tenían con el gobierno y con el ejército, como lo probó el politólogo Daniel C. Hallin en 1986 en su ensayo La guerra sin censura: los medios y Vietnam. El mito de que una guerra televisada pierde el apoyo del público fue resaltado por el mismo autor durante la guerra del Golfo Pérsico. Ese axioma provocó la censura militar en Irak, lo mismo que lo había hecho en 1982 en la guerra de Las Malvinas, entre Inglaterra y Argentina. Hallin no creía en una conspiración manipuladora entre medios y militares, y se concentró en demostrar la necesidad del Estado de contar con una complicidad mediática que dotara de credibilidad y legitimidad a la propaganda y a la desinformación.

Censura y autocensura

Una década antes, en 1972, este tipo de operaciones militares y de Inteligencia en diversos campos de la vida civil provocó que el senador estadunidense William F. Fulbrigth, llamara a comparecer a la USIA. En los testimonios recogidos era casi imposible distinguir entre información y propaganda. Un par de años antes, en un ensayo titulado La maquinaria de propaganda del Pentágono, Fulbrigth ya había denunciado la influencia de "las actividades de relaciones públicas del Departamento de Defensa sobre el modo de pensar de la nación".

En 1976, otro senador, Frank Church, hizo comparecer a los responsables del trabajo sucio de la CIA y del Pentágono, durante una investigación sobre el uso de los medios de comunicación estadunidenses, y argumentó dos razones: "La primera es la capacidad, inherente a las operaciones clandestinas en los medios, de manipular e, incidentalmente, de engañar al público de nuestro país; la segunda, el daño que las relaciones clandestinas del organismo de Inteligencia (se refiere a la CIA) con periodistas y medios pueden ocasionar a la propia credibilidad e independencia de una prensa libre".

Una de las operaciones que cuestionó la Comisión Church fue la campaña de prensa de la CIA, en 1970, contra el entonces candidato a la presidencia de Chile, Salvador Allende, profusamente difundida en las páginas del New York Times y del Washington Post. No obstante, Allende ganó las elecciones, pero murió en 1973 durante el golpe de Estado encabezado por el general Augusto Pinochet, con el beneplácito estadunidense.

Para entonces, los ámbitos de la guerra habían abandonado los intereses tradicionales.

En 1983, un estudio de los sociólogos británicos Philip Schlesinger, Graham Murdock y Philip Elliot, titulado Televisando el terrorismo: violencia política en la cultura popular, advertían nuevas relaciones entre los medios y las estrategias estatales, impregnando los reportajes periodísticos de esquemas ideológicos en una situación de crisis de "seguridad nacional". Si bien el estudio se enfoca a la televisión inglesa y su cobertura del conflicto en Irlanda del Norte, los investigadores señalan los problemas que el tratamiento televisivo del terrorismo plantea a las democracias liberales y demuestran lo que se podría llamar una falsa diversidad en el tratamiento de esta información en programas noticiosos:

"Algunos programas son relativamente ‘cerrados’ y funcionan, total o principalmente, dentro de los límites fijados por la perspectiva oficial. Otros, no obstante, son más ‘abiertos’ y dejan sitio a opiniones alternativas o contrarias. Sin embargo, no habría que exagerar el alcance de esta diversidad. Aunque la televisión es el escenario de una lucha permanente entre las distintas perspectivas en liza sobre el terrorismo, la controversia no es equilibrada. Los programas ‘abiertos’ se emiten con mucho menos frecuencia que los ‘cerrados’ y alcanzan menores audiencias."

Para la guerra del Golfo Pérsico, en 1991, pareció que nada había quedado de los intentos legislativos de los años 70 para escrutar las prácticas comunicacionales de un nuevo tipo de conflicto, hoy perfeccionadas, y para poner un alto a la manipulación militar de las masas.

La guerra desatada ahora en Afganistán se nos presenta como una reedición la miniserie que nos ofrecieron las grandes cadenas de televisión estadunidenses durante la guerra del Golfo Pérsico, mediante el despliegue de una elaborada musicalización, diseño gráfico y títulos especiales durante los noticieros, en los que destaca la manipulación de los símbolos nacionales estadunidenses, algo que ha sido severamente cuestionado en ese país por apenas unas pocas voces críticas, como la de John R. MacArthur, editor de la revista Harper’s y autor de un libro sobre censura y propaganda en la guerra del Golfo, quien declaró a finales de septiembre: "Los medios de comunicación están actuando como un instrumento del gobierno, de una manera opuesta a lo que se supone que deberían ser: un elemento de independencia y objetividad".

La propia prensa estadunidense está consciente del papel propagandístico militar que está jugando, según fue documentado por la organización francesa Reporteros sin Fronteras (RSF), que el jueves 11 emitió un reporte sobre la censura y la autocensura practicada por los medios en Estados Unidos, que incluso se ha traducido en el despido de periodistas en Texas y Oregon, así como la cancelación de programas de la cadena ABC (propiedad del corporativo Disney) y la censura directa a La Voz de America, que, pese a todo, pudo transmitir fragmentos de una entrevista con el líder del Talibán, aunque por ello "rodarán algunas cabezas", prevé Claude Porcella, quien está al frente del servicio en francés de esa estación.

Paul Khlebnikov, reportero de Forbes, explicó a RFS lo que es la postura de la mayoría de sus colegas estadunidenses: "Esta guerra debe ser librada no sólo en los terrenos militar y económico, sino también en el psicológico, es decir, a través de los medios. Asesinar a Bin Laden no será suficiente; él tiene que ser eliminado simbólicamente".

Por lo pronto, las cadenas de televisión estadunidenses acataron la instrucción de no transmitir discursos de Osama Bin Laden, mientras la Casa Blanca estrecha aún más los filtros informativos no sólo para los medios, sino incluso entre los miembros del Congreso, a los que implícitamente acusó de filtrar a la prensa el inicio de los ataques, el domingo 7. Así, el martes 9, CNN anunció, pero no transmitió, un nuevo video con un mensaje de la organización Al Qaeda, difundido por Al Jazira, la televisora independiente de Qatar y único contrapeso mediático en esta guerra de propaganda, cuya señal puede ser vista incluso en Estados Unidos y Canadá.

Y en esta subordinación ideológica, la televisión latinoamericana se ha sumado sin rubor al coro belicista, reproduciendo los mismos esquemas de manipulación y propaganda de los corporativos estadunidenses.

La misma aplanadora mediática que insiste hoy en justificar la nueva "guerra justa" que ha iniciado Estados Unidos, fue lo que hizo decir a Mattelart, hace casi una década:

"Una de las novedades de esta fusión (prensa–propaganda militar) es su extensión, hecha posible gracias a la connivencia de numerosos periodistas, ingenuos o cínicos."


* Gerardo Albarrán de Alba es coordinador de Proyectos Especiales de la revista mexicana Proceso, director de Sala de Prensa y coordinador académico del Curso de Posgrado en Periodismo de Investigación y profesor de Taller de Periodismo del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana. Es miembro del Consejo Editorial de Le Monde Diplomatique (edición mexicana) y del Consejo Asesor de la Fundación Información y Democracia, A.C., y vocal del Consejo Directivo del Centro de Periodistas de Investigación, A.C. (IRE-México). Es doctorando en el Programa 2001-2003 del Doctorado en Derecho de la Información por la Universidad de Occidente, con el apoyo del Programa Iberoamericano de Derecho de la Información de la Universidad Iberoamericana y del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.


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