Propaganda, desinformación,
censura
La
guerra mediática
Gerardo
Albarrán de Alba
Todavía
no se asentaba la nube de escombros tras el
derribo de las Torres Gemelas de Nueva York, el
martes 11 de septiembre, cuando el mundo ya
tenía un culpable: Osama Bin Laden. El juez de
la causa: las cadenas de televisión
estadunidenses, citando "fuentes" de
Inteligencia. Desde ese día, la televisión
occidental ha repetido la acusación primero para
convencer y después para justificar su nueva
"guerra justa", en una de las mayores
operaciones de propaganda jamás vistas.
Obedeciendo a
las presiones militares del gobierno
estadunidense, que desde finales de septiembre no
ha cesado de dictarles directrices para la
cobertura del conflicto, y montándose en una
cruzada de venganza, los medios de ese país han
colaborado en una guerra de propaganda en la que
han aceptado y practicado la autocensura y han
tergiversado información, embozados en una
retórica patriotera que se retroalimenta de la
paranoia que ellos mismos desataron.
El
avasallamiento mediático de las últimas cinco
semanas pareciera responder a los cánones que
exhibió el comunicólogo francés Armand
Mattelart en su libro La
comunicaciónmundo: historia de las ideas y
de las estrategias, en 1991, justo después
de la intervención armada estadunidense en el
Golfo Pérsico: "La lógica de la guerra ha
hecho florecer los pensamientos simplificadores,
las intolerancias y las certezas ciegas en la
representación mediática, no sólo de cuantos
se oponían a la guerra en el seno mismo de las
grandes sociedades occidentales, sino también, y
sobre todo, de la otra parte del mundo".
Hoy, igual que
hace una década, los medios estadunidenses
abandonan el papel del que gustan presumir, como
"perros guardianes" frente al poder, y
parecen más perros falderos, como los llamó
Michael Morgan, editor de un número especial del
Electronic Journal of Communication, en
diciembre de 1991, pues en los hechos los medios
sirvieron más como publirrelacionistas del
gobierno, "difundiendo básicamente la
versión oficial de la administración del
presidente George Bush (padre del actual
presidente de Estados Unidos), sin ningún
contrapeso crítico, y claramente callaron u
omitieron voces discordantes, lo que hizo muy
difícil distinguir entre la línea política
gubernamental y la línea editorial, con lo que
contribuyeron a obtener un aplastante respaldo
del público a la guerra".
De algún modo,
Mattelart explica en su obra las razones de la
complicidad mediática en la guerra, a través de
un desmitificador recorrido por el desarrollo de
los medios de comunicación y su papel en las
sociedades democráticas. De ese libro, publicado
en México por Siglo XXI, se extrae una parte de
las referencias históricas recopiladas por el
investigador europeo en el capítulo que dedica a
la relación entre comunicación y guerra, lo
mismo que de otros ensayos aquí citados, para
reinterpretarlas ante el nuevo acoso mediático
desatado particularmente por la televisión.
Y es que, según
Mattelart, "la comunicación, para lo que
sirve, en primer lugar, es para hacer la
guerra", al punto de llevar al análisis
"su alistamiento al servicio de los
ejércitos".
Así, gran parte
de la prensa marcha como conscripto.
Guerra
psicológica
La difusión de
imágenes de la guerra como parte de la oferta de
infoentretenimiento en los horarios estelares de
la televisión, a la que el mundo pareciera
acostumbrado hoy, ni de lejos es un fenómeno que
haya nacido con la CNN y la globalización de la
información. La primera intervención militar
filmada fue la invasión a Cuba, en 1898. El
reportaje de la Vitagraph se llamó Fighting
with our boys in Cuba (Combatiendo con
nuestros muchachos en Cuba).
La Primera
Guerra Mundial alimentó a la teoría de la
comunicación con la hipótesis sobre el control
de opinión pública. El concepto de propaganda,
transformado en guerra psicológica para la
Segunda Guerra Mundial, con sus elementos de
distorsión, manipulación y desinformación,
avanzó largos trechos hasta la guerra del Golfo
Pérsico, en 1991, cuando el ejército
estadunidense ejerció el control total de la
información, incluso con mayor celo que en Corea
(1950-1953) o Vietnam (1961-1975), y perfeccionó
técnicas de censura puestas en práctica en las
invasiones a Granada, en 1983, y a Panamá, en
1989.
Hoy, en
Afganistán, la distancia entre información y
propaganda se ha estrechado al punto de
confundirse aún más, y los servicios de
Inteligencia occidentales extienden sus
tentáculos a la vigilancia de las comunicaciones
a través de Internet. El congreso estadunidense
aprobó el 13 de septiembre una directiva para
intervenir páginas y correo electrónico, del
mismo modo que lo hacía el tristemente célebre
Gabinete Negro, una institución que se dedicaba
a interceptar y vigilar la correspondencia
privada en la Francia del siglo XIII, precedente
de todo intento de control gubernamental de la
información.
La aparición de
la prensa popular planteó nuevos problemas a los
Estados, y ya en la guerra de Crimea, en 1854, se
ejerció la censura periodística,
particularmente sobre las imágenes, que entonces
eran armadas en placas de metal, conocidas como
clichés. Al fotógrafo británico Robert Fenton
se le prohibió imprimir imágenes crudas de la
guerra supuestamente para no alarmar a las
familias de los soldados. No obstante, la prensa
escrita difundía crónicas detalladas de las
batallas, lo que produjo serias reacciones del
ejército inglés que cerró el paso a la
práctica independiente del periodismo: a
principios de 1896, hizo obligatoria la
acreditación de los reporteros ante las
autoridades militares.
Casi un siglo
después, en Irak, la prensa occidental sólo
pudo acceder a los campos de batalla mediante pools
de prensa cuidadosamente seleccionados por el
ejército estadunidense. Las acreditaciones
fueron distribuidas sin reparo sólo entre la
gran prensa aliada, pero medios progresistas
incluso de Estados Unidos tuvieron que enfrentar
severos obstáculos, como los reporteros de Mother
Jones, Harpers, The Nation
y The Village Voice, que incluso
presentaron demandas ante tribunales por la
censura, lo mismo que hizo la agencia de prensa
francesa AFP.
La necesidad
gubernamental de control de la prensa no es
gratuita, dada su capacidad de influencia, tal y
como lo entendió el gobierno estadunidense a
finales del siglo XIX, cuando una campaña
orquestada en los periódicos sensacionalistas de
William Randolph Hearst, encabezados por el New
York Journal, obligó a la invasión militar
de Cuba en 1898. Hearst había enviado a un
reportero y a un dibujante a La Habana; éste
último, Frederic Remington, telegrafió a su
jefe pidiéndole autorización para regresar,
pues no había nada que informar. "Todo en
calma. No habrá guerra", le explicó a
Hearst. La respuesta del empresario periodístico
es célebre: "Ruégole se quede. Proporcione
ilustraciones, yo proporcionaré la guerra".
Este es el mismo
Hearst que, ya entrado el siglo XX, participaba
en las reuniones anuales a puerta cerrada de la
American Newspapers Publishers Association, el
club de dueños de periódicos estadunidenses,
donde tomaban decisiones empresariales conjuntas
para defender sus intereses extraperiodísticos,
desde el golpeteo al naciente sindicato de prensa
(American Newspaper Guild) hasta el reforzamiento
de su cabildeo en Washington, que ejercía toda
la presión posible contra medidas
gubernamentales que afectarían sus intereses
mercantiles, según documentó en esos años el
periodista estadunidense George Seldes, quien, a
lo largo de casi todo el siglo XX denunció las
maniobras que le permitieron acumular cada vez
más poder a la industria periodística de su
país.
La relación
entre prensa y ejército en Estados Unidos se
estrechó en la Primera Guerra Mundial con la
creación del Comité de Información Pública,
dependiente directo de la Casa Blanca, en el que
participaban los entonces secretarios de Guerra,
de Marina y de Estado
y el periodista
George Creel. Su función básica fue
"vender" la guerra al público
estadunidense; la principal herramienta fue el
cine. Este organismo, también conocido como el
Comité Creel, fue la primera oficina
gubernamental de propaganda estadunidense, pero
también la primera oficina de censura
gubernamental, misión que cumplió celosamente a
lo largo de la primera gran guerra.
Inglaterra hizo
lo propio y creó el ministerio de Información,
al frente del cual estaba el dueño del Daily
Express, lord Beaverbrook. Ahí trabajaron
también el dueño del Times, lord
Northcliffe, responsable de la propaganda en
países enemigos, de quien dependía el escritor
H.G. Wells, a cargo de la sección alemana.
Francia decretó
una ley "sobre las indiscreciones de la
prensa en tiempos de guerra", en 1914.
Entonces, igual que hoy, la censura apeló a la
"disposición patriótica" de la prensa
para no publicar nada que no fuera supervisado
previamente por una oficina instalada
expresamente en el ministerio de Guerra, según
consta en una circular del primer ministro René
Viviani.
Al finalizar la
Primera Guerra Mundial, fue la Armada
estadunidense la que convenció a la Casa Blanca
de que agrupara a las grandes empresas que
explotaban las nuevas tecnologías
"estratégicas" de la época. Así
nació la RCA (Radio Corporation of America), en
1919, que se repartió el sector de radio y
telecomunicaciones con la General Electric, la
American Telegraph & Telephone y
posteriormente la firma Westinghouse. En el
consejo de administración de la naciente RCA, un
representante de la Casa Blanca ocupaba un
asiento. Hasta 1919, la radio era considerada una
"arma de guerra" en todo el mundo, y
consecuentemente no existían emisiones privadas.
Con el paso del tiempo, y mediante la
adquisición de estaciones de radio y
televisión, RCA se convirtió en lo que hoy es
una de las cuatro principales cadenas
estadunidenses: la NBC (National Broadcasting
Company)
bajo control corporativo de la
General Electric.
El período de
entre guerras fue prolijo en teorías sobre la
manipulación de la opinión de las masas, mismas
que fueron ensayadas en todo el mundo a través
de emisiones de radio de onda corta. Para ello,
Londres tenía a la BBC, y Estados Unidos creó La
Voz de América y una división de
"relaciones culturales", dentro del
Departamento de Estado, en el que eran piezas
clave las revistas Time y Readers
Digest. Estas actividades de propaganda se
dirigieron fundamentalmente hacia Latinoamérica
como parte de una teoría geopolítica basada en
el concepto de defensa hemisférica.
Hoy, La Voz
de América ha incrementado
significativamente sus horas de transmisión en
árabe y otras lenguas que se hablan en Asia
central y el norte de Africa.
Al entrar a la
Segunda Guerra Mundial, en 1941, Estados Unidos
creó la Oficina de Información de Guerra (OWI,
por sus siglas en inglés) y la Oficina de
Servicios Estratégicos (OSS). La esencia de
ambas agencias sobrevive hasta nuestros días: en
1948, la OWI pasó a ser la Oficina de
Información Internacional y luego la USIA
(Agencia de Información de Estados Unidos); un
año antes, la OSS se convirtió en la Agencia
Central de Inteligencia, la CIA. (La capacidad y
eficacia de los servicios de propaganda de la
Alemania nazi y de la Unión Soviética son
capítulo aparte; en todo caso, ni una ni otra
existen ya.)
En los años 50,
las severas restricciones a la prensa en la
guerra de Corea contrastaron con algunas de las
imágenes que el público estadunidense vio años
después por televisión durante la guerra de
Vietnam, lo que llevó a las autoridades
militares y a científicos sociales a culpar a
las cadenas de dividir tanto a las élites como a
las masas estadunidenses, como escribió el
politólogo Samuel P. Huntington en 1975, quien
aseguraba que "el desarrollo del periodismo
televisado ha contribuido a minar la autoridad
gubernamental", e incluso el patriotismo, al
punto de convertirse en agente de la derrota.
No era así.
Aun sin
necesidad de una censura gubernamental, las
cadenas de televisión practicaron sin pudor la
autocensura, motivadas fundamentalmente por el
tipo de relación que ya tenían con el gobierno
y con el ejército, como lo probó el politólogo
Daniel C. Hallin en 1986 en su ensayo La
guerra sin censura: los medios y Vietnam. El
mito de que una guerra televisada pierde el apoyo
del público fue resaltado por el mismo autor
durante la guerra del Golfo Pérsico. Ese axioma
provocó la censura militar en Irak, lo mismo que
lo había hecho en 1982 en la guerra de Las
Malvinas, entre Inglaterra y Argentina. Hallin no
creía en una conspiración manipuladora entre
medios y militares, y se concentró en demostrar
la necesidad del Estado de contar con una
complicidad mediática que dotara de credibilidad
y legitimidad a la propaganda y a la
desinformación.
Censura
y autocensura
Una década
antes, en 1972, este tipo de operaciones
militares y de Inteligencia en diversos campos de
la vida civil provocó que el senador
estadunidense William F. Fulbrigth, llamara a
comparecer a la USIA. En los testimonios
recogidos era casi imposible distinguir entre
información y propaganda. Un par de años antes,
en un ensayo titulado La maquinaria de
propaganda del Pentágono, Fulbrigth ya
había denunciado la influencia de "las
actividades de relaciones públicas del
Departamento de Defensa sobre el modo de pensar
de la nación".
En 1976, otro
senador, Frank Church, hizo comparecer a los
responsables del trabajo sucio de la CIA y del
Pentágono, durante una investigación sobre el
uso de los medios de comunicación
estadunidenses, y argumentó dos razones:
"La primera es la capacidad, inherente a las
operaciones clandestinas en los medios, de
manipular e, incidentalmente, de engañar al
público de nuestro país; la segunda, el daño
que las relaciones clandestinas del organismo de
Inteligencia (se refiere a la CIA) con
periodistas y medios pueden ocasionar a la propia
credibilidad e independencia de una prensa
libre".
Una de las
operaciones que cuestionó la Comisión Church
fue la campaña de prensa de la CIA, en 1970,
contra el entonces candidato a la presidencia de
Chile, Salvador Allende, profusamente difundida
en las páginas del New York Times y del Washington
Post. No obstante, Allende ganó las
elecciones, pero murió en 1973 durante el golpe
de Estado encabezado por el general Augusto
Pinochet, con el beneplácito estadunidense.
Para entonces,
los ámbitos de la guerra habían abandonado los
intereses tradicionales.
En 1983, un
estudio de los sociólogos británicos Philip
Schlesinger, Graham Murdock y Philip Elliot,
titulado Televisando el terrorismo: violencia
política en la cultura popular, advertían
nuevas relaciones entre los medios y las
estrategias estatales, impregnando los reportajes
periodísticos de esquemas ideológicos en una
situación de crisis de "seguridad
nacional". Si bien el estudio se enfoca a la
televisión inglesa y su cobertura del conflicto
en Irlanda del Norte, los investigadores señalan
los problemas que el tratamiento televisivo del
terrorismo plantea a las democracias liberales y
demuestran lo que se podría llamar una falsa
diversidad en el tratamiento de esta información
en programas noticiosos:
"Algunos
programas son relativamente cerrados
y funcionan, total o principalmente, dentro de
los límites fijados por la perspectiva oficial.
Otros, no obstante, son más abiertos
y dejan sitio a opiniones alternativas o
contrarias. Sin embargo, no habría que exagerar
el alcance de esta diversidad. Aunque la
televisión es el escenario de una lucha
permanente entre las distintas perspectivas en
liza sobre el terrorismo, la controversia no es
equilibrada. Los programas abiertos
se emiten con mucho menos frecuencia que los
cerrados y alcanzan menores
audiencias."
Para la guerra
del Golfo Pérsico, en 1991, pareció que nada
había quedado de los intentos legislativos de
los años 70 para escrutar las prácticas
comunicacionales de un nuevo tipo de conflicto,
hoy perfeccionadas, y para poner un alto a la
manipulación militar de las masas.
La guerra
desatada ahora en Afganistán se nos presenta
como una reedición la miniserie que nos
ofrecieron las grandes cadenas de televisión
estadunidenses durante la guerra del Golfo
Pérsico, mediante el despliegue de una elaborada
musicalización, diseño gráfico y títulos
especiales durante los noticieros, en los que
destaca la manipulación de los símbolos
nacionales estadunidenses, algo que ha sido
severamente cuestionado en ese país por apenas
unas pocas voces críticas, como la de John R.
MacArthur, editor de la revista Harpers
y autor de un libro sobre censura y propaganda en
la guerra del Golfo, quien declaró a finales de
septiembre: "Los medios de comunicación
están actuando como un instrumento del gobierno,
de una manera opuesta a lo que se supone que
deberían ser: un elemento de independencia y
objetividad".
La propia prensa
estadunidense está consciente del papel
propagandístico militar que está jugando,
según fue documentado por la organización
francesa Reporteros sin Fronteras (RSF), que el
jueves 11 emitió un reporte sobre la censura y
la autocensura practicada por los medios en
Estados Unidos, que incluso se ha traducido en el
despido de periodistas en Texas y Oregon, así
como la cancelación de programas de la cadena
ABC (propiedad del corporativo Disney) y la
censura directa a La Voz de America, que,
pese a todo, pudo transmitir fragmentos de una
entrevista con el líder del Talibán, aunque por
ello "rodarán algunas cabezas", prevé
Claude Porcella, quien está al frente del
servicio en francés de esa estación.
Paul Khlebnikov,
reportero de Forbes, explicó a RFS lo que
es la postura de la mayoría de sus colegas
estadunidenses: "Esta guerra debe ser
librada no sólo en los terrenos militar y
económico, sino también en el psicológico, es
decir, a través de los medios. Asesinar a Bin
Laden no será suficiente; él tiene que ser
eliminado simbólicamente".
Por lo pronto,
las cadenas de televisión estadunidenses
acataron la instrucción de no transmitir
discursos de Osama Bin Laden, mientras la Casa
Blanca estrecha aún más los filtros
informativos no sólo para los medios, sino
incluso entre los miembros del Congreso, a los
que implícitamente acusó de filtrar a la prensa
el inicio de los ataques, el domingo 7. Así, el
martes 9, CNN anunció, pero no transmitió, un
nuevo video con un mensaje de la organización Al
Qaeda, difundido por Al Jazira, la televisora
independiente de Qatar y único contrapeso
mediático en esta guerra de propaganda, cuya
señal puede ser vista incluso en Estados Unidos
y Canadá.
Y en esta
subordinación ideológica, la televisión
latinoamericana se ha sumado sin rubor al coro
belicista, reproduciendo los mismos esquemas de
manipulación y propaganda de los corporativos
estadunidenses.
La misma
aplanadora mediática que insiste hoy en
justificar la nueva "guerra justa" que
ha iniciado Estados Unidos, fue lo que hizo decir
a Mattelart, hace casi una década:
"Una de las
novedades de esta fusión (prensapropaganda
militar) es su extensión, hecha posible gracias
a la connivencia de numerosos periodistas,
ingenuos o cínicos."
*
Gerardo Albarrán de Alba es coordinador de Proyectos Especiales
de la revista mexicana Proceso, director de Sala de Prensa y coordinador académico del Curso de
Posgrado en Periodismo de Investigación y
profesor de Taller de Periodismo del Departamento
de Comunicación de la Universidad
Iberoamericana. Es miembro
del Consejo Editorial de Le Monde
Diplomatique (edición
mexicana) y del Consejo Asesor de la Fundación Información
y Democracia, A.C., y vocal
del Consejo Directivo del Centro de Periodistas de
Investigación, A.C.
(IRE-México). Es doctorando en el Programa
2001-2003 del Doctorado en Derecho de la
Información por la Universidad de Occidente, con el apoyo del Programa
Iberoamericano de Derecho de la Información de
la Universidad
Iberoamericana y del
Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional
Autónoma de México.
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