Guerra
Santa
El odio
multiplica el odio; la violencia
multiplica la violencia, y la fuerza
multiplica la fuerza en una espiral
descendente de destrucción
La
reacción en cadena de males odio
engendrando odio, guerras produciendo
más guerras tiene que ser
quebrada, o nos sumergiremos dentro del
abismo oscuro de la aniquilación.
Martin
Luther King, Jr.
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El ambiente
moderno, por su misma naturaleza, es y
será siempre uno de los principales
obstáculos con los que tropezará
inevitablemente toda tentativa de
restauración tradicional en Occidente.
René
Guénon (Aperçus sur
linitiation)
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Gerardo Albarrán de Alba
Estoy
al borde de la nausea. La saturación informativa
de las últimas tres semanas me ha provocado una
reacción contraria a la que burdamente exacerban
los grandes medios occidentales. Desde la mañana
del 11 de septiembre hasta el momento en que
escribo esto, la tarde del viernes 28, el
bombardeo mediático para vendernos una cruzada
ha sido incesante. Quisiera poder gritar:
"¡A ver quién les compra su guerra!".
El problema es que medio mundo la está
comprando.
Estas líneas no
son una mera abstracción; tampoco una catarsis
expresiva. Ni siquiera pretendo informar.
(Agradezco a Enrique Maza y a Ernesto Villanueva
que me liberen de esas responsabilidades, pues ya
ellos se ocupan en esta edición especial de Sala
de Prensa de dos vertientes fundamentales para
entender lo que está pasando: el primero, con un
recuento de la concentración de la propiedad de
los medios y las deformaciones que produce; el
segundo, apelando a una ética periodística que
hoy resulta más urgente de aplicar que nunca.)
Nada de eso me
motiva. Obedezco a la indignación que siento
ante la estupidez mediática que se está
apoderando de la conciencia social de Occidente,
preparándola para justificar nuevas atrocidades
en nombre de la democracia y la libertad. Y eso
me espanta.
En el número
más reciente de Newsweek se leen
expresiones de este talante: "En Yemen, un
nido de víboras del terrorismo, las
autoridades detuvieron a docenas de
sospechosos seguidores de Bin Laden". O
bien: "El máximo jefe podría estar en las
montañas de Afganistán, escondiéndose de las
bombas y los comandos estadunidenses, pero
también, sin duda, preparando su próxima
atrocidad". O peor: "Ahora los
funcionarios de inteligencia están advirtiendo
que las células terroristas, cerradas y
secretas, son extremadamente difíciles de
penetrar; que por cada cabeza de serpiente
cortada, surgen dos más del pantano
".
(Los subrayados son míos.)
Lo mismo se leen
o escuchan expresiones similares en medios
estadunidenses y hasta europeos. La mayor parte
de la gran prensa latinoamericana se ha sumado al
coro belicista, eco absurdo de la irracionalidad.
No voy a decir
nada nuevo: más que un medio de información y
comunicación social, la prensa es un vehículo
de propaganda de las oligarquías.
La prensa
occidental no es neutral; está contaminada
ideológicamente por el concepto de democracia.
Prácticamente todos los códigos de ética
periodística supranacionales resaltan el valor
de la democracia, y llaman abiertamente a
defenderle. Es un valor que personalmente
comparto, a pesar de mis reservas y
cuestionamientos por la subordinación a la que
le ha sometido el mercado. Tampoco me caso con
modelos culturales hegemónicos que se
multiplican espeluznantemente. En el fondo, lo
que comparto es la esencia humanista de la
democracia; además, encuentro fascinante su
mejor instrumento para mediar las relaciones
sociales y para acotar al poder: la política.
Y es que
cualquier posibilidad de crear un mundo en el que
primen los derechos humanos pasa hoy,
necesariamente, por procesos culturales
determinados por la comunicación. Pero esto
mismo es, a la vez, su primer obstáculo.
La historia de
los derechos humanos no es sino la crónica de un
largo camino hacia el reconocimiento pleno de la
igualdad entre los hombres. Desde los tiempos de
Juan sin Tierra (1215), hasta la proclamación de
la Declaración Universal de los Derechos Humanos
(1948), el establecimiento de límites al poder
ejercido por unos cuantos (ya déspotas por
justificación divina, ya tiranos afianzados por
las armas, ya demócratas que operan como
gerentes del libre mercado) delineó los
contornos políticos y sociales de la
civilización occidental como la conocimos hasta
el siglo pasado.
Pero la esencia
misma del poder se ha transformado. La política
ya no es el eje en torno al cual gira la vida
social; economía e información globales moldean
hoy los perfiles de un mundo que amenaza con
tomar desprevenida a la humanidad para instalarla
en la antiutopía.
Virtud de la
especie había sido la razón que, como explica
Marcuse, culmina en la libertad. Así, el derecho
a la vida, a las creencias, al movimiento y a la
propiedad, eran pilares de este principio
básico, cuyo terreno natural es el de las ideas.
La prensa (en el sentido más amplio del
concepto) jugó un papel determinante en el
desarrollo de las democracias occidentales a lo
largo de los siglos XVIII, XIX y XX. No en balde,
la propia Declaración Universal de los Derechos
Humanos (Arts. 18 y 19), así como la Convención
Europea de los Derechos Humanos (Arts. 9 y 10) y
la Convención Americana sobre Derechos Humanos
(Arts. 12 y 13) consagran casi
idénticas las libertades de conciencia,
religión, pensamiento y expresión.
En 1993, el
Consejo de Europa sostuvo que "la
información y la comunicación revisten gran
importancia tanto para el desarrollo de la
personalidad de los ciudadanos como para la
evolución de la sociedad y de la vida
democrática". Al cambio de milenio, los
paradigmas de la democracia sobre los que se
construyó el discurso de la prensa independiente
parecieran desmoronarse. El mundo es un mercado,
y la prensa no es inmune. El viejo concepto de
interés público, que dotó a la prensa
industrial de un sentido de utilidad social, es
sustituido por el interés del público:
los productos informativos son concebidos como
mercancía y, el ciudadano, como cliente al que
se le atiende en función de su poder
adquisitivo. Esto reduce a mera retórica a los
valores humanísticos por lo que apelaba la
UNESCO, en 1983, como deber deontológico de los
periodistas para "contribuir a eliminar la
ignorancia y la incomprensión entre los pueblos,
a hacer a los ciudadanos de un país sensibles a
las necesidades y deseos de los otros, a asegurar
el respeto de los derechos y de la dignidad de
todas las naciones, de todos los pueblos y de
todos los individuos, sin distinción de raza,
sexo, lengua, nacionalidad, religión o
convicciones filosóficas".
El propio
Consejo de Ministros de Europa advirtió, desde
1991, que la concentración en la propiedad de
los medios "podría ser perjudicial para la
libertad de información y el pluralismo de
opiniones, así como para la diversidad de las
culturas". La preocupación no era gratuita.
Tres años después, reiteró que la libertad de
expresión, que incluye la libertad de prensa, es
"condición fundamental" para una
"genuina sociedad democrática".
Lo cierto es que
cada vez son menos las empresas periodísticas
que pretenden explicar qué sucede y por qué. Se
renuncia a la responsabilidad de contar cómo es
el mundo; los medios no son los mensajeros, sino
el mensaje. En contrapartida, la sobreexposición
a información intrascendente, la saturación de
mensajes vacíos y la proliferación del
entretenimiento, alejan a los individuos de toda
conciencia de su entorno y, consecuentemente, de
toda posibilidad de crítica y de participación
en la toma de decisiones de la comunidad
política a la que pertenecen. Las grandes
empresas de comunicación están al servicio de
sus propios intereses, de la reproducción de su
capacidad de influencia y de la acumulación de
un nuevo poder; y en su desaforada marcha,
arrastran a la mayoría de los medios locales
que, sin capacidad para competir, reproducen
estados de amnesia cultural como único mecanismo
de sobrevivencia.
Las libertades
de ser, de creer, de discernir y de decir han
sido desplazadas por la libertad de consumir.
Saramago lo dice así:
Se ha
establecido y orientado una tendencia a la
pereza intelectual y en esa tendencia los
medios de comunicación tienen una
responsabilidad. Hay gente que dice que ya no
hay periódicos, sino sólo empresas
periodísticas.
Frente a esta
realidad, la promoción de los derechos humanos
quedaría relegada. De ahí la pertinencia del
cuestionamiento de Javier Darío Restrepo
(ombudsman de El Colombiano, en
Medellín): "La pregunta siempre es: ¿A
quién servimos?". Responder honestamente
tal interrogante es responsabilidad de los
periodistas, incluso en las condiciones de
sometimiento a los intereses que rigen a la
empresa informativa (o precisamente por eso). Si
el objetivo último es contribuir a un mundo en
el que primen los derechos humanos, y se opta por
hacerlo en un marco de democracia, esto obliga al
periodista lo menos a reinterpretar
al mundo para explicarlo coherentemente
si
no es que resulta verdad que habrá que
reinventar la democracia para hacer frente a un
sistema excluyente en el que hay poca relación
entre lo que la gente vota y lo que ocurre a su
alrededor.
__________
Referencias:
- 3th European Ministerial
Conference on Mass Media Policy. Wich way
forward for European media in the 90s?
Nicosia, October 1991.
- 4th European Ministerial Conference on Mass
Media Policy. The media in a democratic
society. Prague, December 1994.
- Castells, Manuel. La era de la información:
economía, sociedad y cultura. Vol. III: Fin de
milenio. Siglo XXI Editores. México. 2000.
- Coe. Código Europeo de Deontología del
Periodismo. 1993.
- Coe. Convention de sauvegarde des Droits de
l'Homme et des Libertés fondamentales. 1950.
- De Aguinaga, Enrique. "El periodista en el
umbral del Siglo XXI", en Sala de Prensa,
No.24, octubre de 2000
(http://www.saladeprensa.org).
- De Pablos Coello, José Manuel. El
periodismo herido. Foca. Madrid. 2001.
- Eco, Humberto. Entrevista con Margarita
Rivière, en El segundo poder. Aguilar.
Madrid. 1998.
- Marcuse, Herbet. Razón y revolución.
Alianza. Madrid. 1979.
- Newsweek (edición fechada el 3 de octubre del
2001).
- Oea. Convención Americana sobre Derechos
Humanos. 1969.
- Onu. Declaración Universal de los Derechos
Humanos. 1948.
- Restrepo, Javier Darío. "La ética
periodística", en Cuadernos del Taller
de Periodismo. FNPI. Cartagena. 1999.
- Saramago, José. Declaraciones a El País,
11 de enero de 2001, p.27.
- Unesco. Código Internacional de Ética
Periodística. 1983.
*
Gerardo Albarrán de Alba es coordinador de Proyectos Especiales
de la revista mexicana Proceso, director de Sala de Prensa y coordinador académico del Curso de
Posgrado en Periodismo de Investigación y
profesor de Taller de Periodismo del Departamento
de Comunicación de la Universidad
Iberoamericana. Es miembro
del Consejo Editorial de Le Monde
Diplomatique (edición
mexicana) y del Consejo Asesor de la Fundación Información
y Democracia, A.C., y vocal
del Consejo Directivo del Centro de Periodistas de
Investigación, A.C.
(IRE-México). Es doctorando en el Programa
2001-2003 del Doctorado en Derecho de la
Información por la Universidad de Occidente, con el apoyo del Programa
Iberoamericano de Derecho de la Información de
la Universidad
Iberoamericana y del
Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional
Autónoma de México.
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