La ética
informativa, ausente
Ernesto
Villanueva
La
inmediatez de la noticia y el sentido de la
primicia y la oportunidad han primado en buena
parte de los medios al momento de cubrir el
ataque terrorista a Estados Unidos. Las
directrices éticas --muchas de ellas adoptadas
por los propios medios líderes involucrados en
la cobertura informativa-- han quedado a buen
recaudo en espera de mejores momentos para ser
aplicadas.
El problema es
que la espectacularización de la noticia y de
sus efectos colatorales lo que han logrado es,
por un lado, desnaturalizar el derecho a la
información del público (creando, por ejemplo,
estereotipos de enemigos sin que haya una debida
confirmación, la transformación de medios y
periodistas en actores y protagonistas y no en
observadores imparciales, seducción de las
agencias de noticias y de relaciones públicas
para formar opinión pública conforme a los
estándares del stablishment informativo
sin detenerse a reflexionar si ahí se encuentra
efectivamente el quid de la cuestión) y, por
otro, un proceso de ansiedad y estrés creciente
en importantes sectores de la sociedad que se
traduce, en el mejor de los casos, en un impacto
negativo en la calidad de vida y, en el peor de
ellos, en actitudes proactivas de racismo y
xenofobia que minan el sentido de civilidad y
responsabilidad y que están registrando ya casos
de violencia en Estados Unidos contra personas de
origen o apariencia árabe, por el simple hecho
de serlo o parecerlo.
En estos casos
es cuando, por el contrario, los medios de
comunicación deben adoptar las medidas éticas
más adecuadas. Hacer de la responsabilidad
social un valor tan importante como el informar a
tiempo. Hay, por supuesto, quienes sostienen que
la primera noticia es lo más significativo, al
fin y al cabo los desmentidos habrán de perderse
en el amplio mundo de la información sin que
tengan efecto alguno en la audiencia, que se
queda generalmente con la primera impresión.
¿Cómo pueden
los medios ser éticos y al mismo tiempo
oportunos? Parece ser la interrogante que habría
que responder. La respuesta no es sencilla, pero
se pueden hilvanar algunas reflexiones que
contribuyan a coberturas éticas de fenómenos
terroristas:
a)No se debe
optar por el silencio informativo. Eso queda
claro. La ausencia de información, en lugar de
generar tranquilidad, hace nacer el rumor, las
noticias no confirmadas y, a final de cuentas, el
efecto es contraproducente en el público, que
termina desinformado, si bien por excepción,
cuando hay vidas humanas en peligro, el silencio
se convierte en un mal necesario para los medios
que debe ponderarse en su justa dimensión.
b)Se debe tener
prudencia al momento de hacer imputaciones
directas y distinguir con claridad si se trata de
informaciones confirmadas o trascendidos, de
manera que la audiencia se encuentre en
posibilidades racionales de formarse una idea
sobre el fenómeno informativo. Si no hay
distinción, toda noticia, de cualquier calidad,
se convierte en la verdad para el ciudadano
promedio, habida cuenta de que difícilmente el
lector, el televidente o el radioescucha tiene
posibilidades de cotejar lo que lee, escucha o
ve. Aquí los medios tienen una gran
responsabilidad frente al público.
c)Los medios de
comunicación no deben convertirse en rehenes de
los terroristas y deben abdicar de presentarse
asépticamente como espejos de la realidad, para
buscar, en cambio, contextualizar y matizar las
informaciones recibidas de manera tal que el
ciudadano pueda discriminar lo que recibe de los
medios. No se vale informar primero y pensar
después en las implicaciones de las notas
informativas. Y es que se puede aplicar sin
matices el principio de matar a uno para
aterrorizar a 10 mil. ¿Cómo? A través de los
medios de comunicación.
d)Los medios no
deben explotar las debilidades orgánicas de la
mayor parte de la sociedad para satisfacer sus
intereses mercantiles de vender más ejemplares o
lograr mayor raiting; es justo al
contrario; la prensa, la radio y la televisión
tienen el compromiso de materializar el derecho a
saber del público poniendo todo el empeño y
cuidado en esta tarea. Nada más y nada menos
porque los ciudadanos dependen casi por entero de
lo que los medios presentan como la realidad,
como la verdad de un fenómeno noticioso y, para
efectos prácticos, lo que los medios dicen que
es la realidad es la realidad para la mayor parte
de la población.
e)Los medios
deben respetar el derecho a la propia imagen de
actores, familiares, rehenes y testigos de un
hecho terrorista. El respeto de los derechos
fundamentales de estas personas no puede estar
subordinado al interés de la noticia. Es
necesario hacer un balance adecuado caso por
caso. De esta suerte, toda entrevista o reportaje
debe hacerse con el debido cuidado y delicadeza
porque estas personas regularmente se encuentran
en shock o sufren aflicciones que les
impiden pensar adecuadamente.
En este proceso
informativo donde, en un buen número de casos,
la ética ha quedado guardada en el baúl de los
recuerdos, debe insistirse en que el derecho a la
información no supone cualquier información,
sino información de calidad, información veraz
y contrastada. Al actuar con responsabilidad no
sólo ganan los ciudadanos, ganan también los
medios que hacen la diferencia. Y estos tiempos
de crisis constituye una buena oportunidad para
poner en práctica lo que muchos de los códigos
de ética periodística sostienen como valores
primordiales, pero que a muchos parece
olvidárseles.
*
Ernesto Villanueva es
miembro del Consejo Editorial de Sala de Prensa; profesor de tiempo
completo y coordinador del Programa Iberoamericano
de Derecho de la Información en la Universidad
Iberoamericana, en la
Ciudad de México. Preside la junta
directiva de la Asociación Latinoamericana de Derecho
de la Información y de la Comunicación; dirige la Revista
Iberoamericana de Derecho de la Información; encabeza el Consejo Editorial de la
edición mexicana de Le Monde
Diplomatique, y es autor de más de una docena de libros.
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