M É X I C O
En
el reino de la opacidad
Miguel
Carbonell *
Uno
de los rasgos permanentes de los sistemas
dictatoriales y autoritarios es el control de la
información. Cuanto más se puedan controlar los
flujos de información, más posibilidades
existen de perpetuar las condiciones de
supervivencia del régimen en cuestión.
En México
durante muchos años esto ha sido así: el
gobierno ha controlado la información, la
función pública se ha desarrollado en una
especie de semiclandestinaje y los ciudadanos
apenas han podido saber, si acaso, en qué se
gastaban los gobernantes una parte menor del
dinero de sus impuestos.
Por fortuna, la
cosas parecen estar comenzando a cambiar. Hay un
núcleo importante de periodistas, académicos,
organizaciones no gubernamentales y simples
particulares que lleva tiempo señalando la
necesidad de contar con un mecanismo jurídico
que haga en verdad transparente la función
pública y permita que los ciudadanos y los
medios de comunicación se puedan enterar de lo
que realmente sucede dentro del enorme aparato
estatal. Se trataría de llegar a una ley de
acceso a la información como un primer paso para
ir cumpliendo con lo señalado por la última
parte del artículo 6 constitucional: "el
derecho a la información será garantizado por
el Estado". Dicha disposición fue
introducida en el texto de la Constitución en
1977 y a la fecha todavía no se ha reglamentado
por vía legislativa. Son ya 24 años de
incumplimiento manifiesto y continúo de la
Constitución por parte del poder legislativo.
El derecho a la
información, a estar informados y a que esa
información nos sea garantizada por el Estado no
es algo que esté a discusión, ni se trata de
una prebenda que pueden otorgar o negar las
autoridades: es un derecho que está inscrito en
el texto de la carta fundamental. Negarlo
significa nada menos que violar la Constitución.
La posposición de su regulación legislativa
extiende una violación constitucional patente a
cada minuto, cada hora, cada día en que ese
derecho no deja de ser simple papel mojado. Los
legisladores deben saberlo y asumir la
responsabilidad que tienen de crear los
mecanismos legales necesarios para hacer del
derecho a la información una prerrogativa
realmente actuable en la práctica.
Por supuesto que
regular el derecho a la información significa
acabar con una serie de prebendas y privilegios
que existen hoy en día. Los derechos
fundamentales, llevados a la práctica, no son
cómodos para el poder; al contrario, les exigen
a los funcionarios públicos unos estándares de
actuación a los que, en muchas ocasiones, no
están acostumbrados. El derecho de los
particulares a pedir información detallada y
puntual del quehacer público supone, en primer
término, que las autoridades deberán de llevar
a cabo todo lo necesario para proporcionar esa
información. Supone también que si no cumplen
con su deber el particular podrá recurrir ante
su superior, ante un órgano especializado o
incluso ante un juez federal para exigir que le
sea proporcionada la información que requiere.
El derecho a la
información, tomado en serio, va a terminar con
el reino de lo opaco que es nuestra
administración pública, incluyendo desde luego
al Poder Legislativo y al Poder Judicial.
Pongamos un ejemplo de la opacidad reinante.
Hasta hace muy poco, ni siquiera los propios
funcionarios públicos sabían los montos de ese
monumento a la oscuridad administrativa que son
los famosos "bonos de productividad";
no se sabía si llegarían o no y, en caso
afirmativo, de cuánto sería su monto. Hoy en
día tampoco queda muy claro cuáles son los
criterios con los que se asignan y los límites
que pueden tener. Algunos funcionarios sostienen
en privado que los sueldos publicados en el
Diario Oficial de la Federación no son reales y
que se complementan a través de diversos
conceptos, los cuales terminan inflando de forma
importante sus percepciones. Si hasta en el
municipio de Tultitlán tenían una "nómina
secreta" que le permitía a su folklórico
presidente municipal embolsarse hasta 180 mil
pesos al mes, qué no puede suceder en las
grandes estructuras burocráticas de la SEP, de
la Sedesol, del IMSS o en los oscuros pasillos de
la Suprema Corte.
Con la
regulación legislativa del derecho de acceso a
la información va a terminar también, en el
mediano plazo, la guerra de filtraciones y vendettas
públicas que desde hace unos años libran las
principales fuerzas políticas en los medios de
comunicación: al ser toda la información de
carácter público no habrá lugar para los
grandes "descubrimientos" de los
periodistas que nutren su trabajo en los bajos
fondos de los secretos oficiales.
Si la democracia
mexicana quiere en verdad consolidarse, si el
cambio del 2 de julio es algo más que un simple
relevo de membretes, si en vez del reino de lo
opaco queremos que nuestro Estado sea una
"casa de cristal", lo primero que
tenemos que hacer es regular legislativamente el
derecho a la información. Se trata de una pieza
maestra de cualquier democracia. No nos
demoremos.
*
Miguel Carbonell
es doctor en Derecho por la Universidad Complutense. Actualmente es investigador del Instituto de
Investigaciones Jurídicas
de la Universidad
Nacional Autónoma de México y experto en temas de derecho
constitucional y teoría de la democracia. Esta
es su primera colaboración para Sala de Prensa.
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