La prensa en Uruguay
La
prensa también se ahoga en sus miserias
Jorge
Jauri *
En
uno de los momentos más mediocres de la
producción periodística nacional, las encuestas
coinciden en informar que la profesión concita
los mayores índices de aceptación y
consideración de la opinión pública. Tal
paradoja invita a una reflexión sobre la
"crisis de la prensa" desde el área de
la oferta periodística.
Con tal paradoja
instalada es natural que, desde un análisis
económico elemental, sea pertinente preguntarse
pese a todo- si en el Uruguay de hoy las
razones determinantes de la "crisis de
prensa" residen en el área de la demanda.
Una primera
impresión daría para pensar que si los
consumidores de los servicios de prensa tienen
una opinión positiva sobre sus proveedores de
información, también tienen una valoración
semejante sobre el servicio que aquellos generan,
y de una u otra forma, los consumidores pagan.
Una aproximación a la realidad un poco menos
incauta la contextualiza un poco más y entiende
esa "aceptación" como una valoración
muy relativizable; con lo que a la gente piensa
de sus delegados políticos, de sus proveedores
de justicia, de seguridad o, incluso, de
educación y salud. Desde esta aproximación,
para la población los comunicadores tendrían
sólo un poco más de aceptación que la del
personal político, la policía y el ejército,
los profesores y los médicos.
Con todo, aún
desde esta perspectiva, la valoración y las
expectativas que tiene la población sobre los
comunicadores y su oferta excede ampliamente la
capacidad de este conjunto para utilizar tales
créditos.
Preguntas
inquietantes
¿Es realmente
así? ¿Qué quiere decir que, desde esta
visión, la crisis de la prensa sea una
expresión de incapacidad de la oferta? ¿Podría
pensarse que -tal como sucede en prácticamente
todas las cadenas industriales, la prensa está
en crisis porque no logra mejorar y sostener una
oferta adecuada? Si fuera así: ¿qué
transformaciones deberían operarse para que la
prensa, utilizando la fortaleza del crédito
relativo- de la población recreara su
oferta? Y por último: ¿qué efectos generaría
en el mercado y el país la creación de una
oferta sustancialmente mejorada de la prensa
nacional?
Responderse
estas preguntas supone realizar un ejercicio
bastante más complejo que trabajar sobre los
lugares comunes que rodean la discusión nacional
sobre la prensa. Colocar los focos sobre el área
de la oferta, aunque más no sea por un momento,
se asemeja a un ejercicio de introspección
dolorosa y ardua de llevar a término sin ayudas.
Empero, es desde allí y con sus actores desde
donde deben surgir los aportes más
significativos para revertir la crisis.
Imaginemos por
un momento que damos por obvia la identificación
de algunas de las causas de la crisis (recesión
y caída del gasto estatal, discrecionalidad de
la publicidad estatal, ampliación de la oferta
externa, caída de la capacidad adquisitiva de
salarios e ingresos, y varias etcéteras más).
Desde la
perspectiva alternativa y no frecuentada en
general, la crisis de la prensa es la crisis de
su oferta. Y sus causas principales serían:
- La escasez
de estructuras empresarialmente aptas
para desarrollar y mantener un servicio
crecientemente complejo y que, además,
ahora está sometido a una fuerte
competencia.
- Ausencia de
normas que sanciones y estimulen la
profesionalidad. En principio normas de
autoregulación explicitadas en códigos
y documentos públicos (ver recuadro).
- Ausencia en
el programa sindical de reivindicaciones
que presionen a los emisores públicos
calificados de información de calidad.
Si el Estado uruguayo produce una
información deficiente, es aún más
descalificada la vinculación profesional
de los comunicadores y los emisores de la
información.
De la mera
lectura del enumerado surgen nuevas inquietudes
y, sobre todo, un listado de tareas.
El
Estado: un selector comprometido
Mientras al
Estado se le siga demandando sólo una
distribución más "justa" de la
publicidad oficial la "crisis de la
prensa" está asegurada. Las campañas de
comunicación modernas impedirán cada vez más
un control real de la "justa"
distribución de la publicidad oficial. Pero,
además, triste destino tienen los medios y los
periodistas que sólo aspiren a vivir de ese
igualitarismo con el cual se les debe conceder
los dineros que gasta el Estado en publicidad.
Este problema es parte de otro, mayor y complejo:
las omisiones del Estado en la creación de
mejores condiciones de competencia leal en
practicamente todos los sectores de actividad.
Hay otra
responsabilidad omisa sobre la cual no se repara
en general y que si cuestiona severamente la
acción del Estado en la materia: la
distribución de los insumos de calidad para
elaborar los servicios de prensa, en particular
los informativos. La información de calidad o al
menos la provisión abundante de insumos para
generarla es un servicio que, al igual que la
educación tiende a igualar o diferenciar a los
ciudadanos en "las condiciones de
partida". La responsabilidad del Estado es
insoslayable y por ella debe velar la Justicia en
una dimensión extravagante para las
posibilidades de comprensión actual de sus
jerarcas. En el Uruguay no son demasiado
frecuentes las iniciativas de jueces o fiscales
de intentando preservar las condiciones de
competencia o la "democratización" de
la información.
El Estado
uruguayo no sólo es omiso en velar por las
condiciones de competencia en un área tan vital.
Además, interviene negativamente en la
distribución del flujo informativo. Los casos de
los infinitos "papers" de información
de calidad que deambulan o se archivan en los
escritorios públicos y que son conocidos por los
amigos antes de liberarse al uso público es tan
conocido que la gravedad del método ya pasa
desapercibida. Empero esto tampoco parece pasible
de ser modificado desde una auto reforma
presidida desde el propio Estado uruguayo.
La ciudadanía
se ha educado en la aceptación de una de las
causas más graves que deterioran el menú
informativo que se le ofrece: los uruguayos
parecen aceptar que en el Estado haya siempre un
burócrata capaz de definir a que información
puede acceder la comunidad. Naturalmente en todo
lo esta que haya sido repasada y utilizada
convenientemente por el jerarca de turno y sus
amigos.
Esta y otras
realidades afines han transformado al consumidor
de información en un sujeto pasivo, que no
diferencia ni exige, que confía en que lo bueno
es aquello que al final del espinel burocrático
alguien le ha ofrecido luego de salvar todos las
veladas censuras del método. En definitiva, un
servicio que le sirve muy poco y por el cual
está dispuesto a pagar cada vez menos.
* Jorge
Jauri es
periodista. Este texto se publicó en Bitácora, suplemento del diario uruguayo La República, y se reproduce en Sala de Prensa con la autorización expresa de su
editor, Carlos Santiago.
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