Libertad de
prensa, ¿para qué?
Fernando Castelló *
Ante
el 3 de mayo, 11º Día Mundial de la Libertad de
Prensa y primero del siglo XXI y del tercer
milenio, sigue vigente la máxima que anima la
lucha de Reporteros sin Fronteras (RsF): sin
libertad de prensa, no hay libertad; y sin
libertad, basada en el respeto de los derechos
humanos, no hay pleno desarrollo humano de los
pueblos. Libertad y derechos que no deben ser
sólo individuales. Un concepto de libertad
individual a secas se quedaría corto y lindaría
con el egoísmo individualista, propio de los
sistemas ultraliberales, en detrimento de la
igualdad y la solidaridad, propias de los
sistemas comunistas, que, a su vez, las oponían
a la libertad.
La libertad de prensa es la llave
de acceso y mantenimiento de esos derechos tan
poco respetados, que podrían resumirse en los de
todo pueblo e individuo a la libertad en igualdad
fraternal y solidaria. Y esos derechos han estado
conculcados por los dos grandes bloques
ideológicos, capitalista y comunista, con sus
derivaciones políticas, económicas, sociales y
militares, que compitieron a lo largo del
todavía cercano siglo XX, hasta la caída
estrepitosa del primero.
El comunismo, que buscaba, como
quería Marx, el reino de la libertad tras el de
la necesidad, degeneró en un imperio de la
necesidad (y necedad) sin libertad. El
capitalismo, so capa de buscar la libertad, ha
demostrado ser el sistema mejor para ahondar la
desigualdad, para producir ricos en el mundo
pobre y pobres en el mundo rico, y, en su
versión neoliberal globalizada, ya sin el
contrapeso igualitario comunista, países cada
vez más ricos a costa de países cada vez más
pobres. La libertad quizá sea uno de los
derechos que más han avanzado en nuestro tiempo,
aunque todavía gran parte del mundo carezca de
ella, pero ha sido en olvido de la igualdad.
La fraternidad, esa utópica
aspiración de la Revolución Francesa, se bate
en retirada ante la intolerancia. Quitada la tapa
de plomo de la jarra de Pandora, tras la caída
del muro de Berlín y el desmoronamiento del
equilibrio del terror y la guerra fría entre
bloques, hoy parece como si los múltiples males
que contenía se hubieran extendido por el mundo
en un desequilibrio del horror intolerante y
fratricida, clasista, nacionalista, racista,
religioso, y en cien guerras calientes que
perturban la paz social y mundial.
La solidaridad, los derechos
sociales, se ve amenazada allí mismo donde
primero se conquistaron: en el Occidente
avanzado, donde el propio Estado de bienestar
sufre el acoso del darwinismo social neoliberal,
esa filosofía insolidaria que, en la lucha por
la supervivencia, deja en la cuneta del
desarrollo insostenible a los débiles frente a
los fuertes.
Cuando RsF combate por la libertad
de prensa, lo está haciendo también por los
demás derechos, porque si no estaría
proponiendo un mundo cojo y ciego renqueando al
borde del abismo de la violencia. A través de la
libertad de prensa pueden y deben expresarse las
demás libertades políticas y los derechos
primarios básicos a la vida, al cobijo, el
alimento, el vestido, y los no menos básicos a
la integridad física, la salud, la educación...
Y también los derechos a la paz y la igualdad
solidaria y fraternal entre los seres humanos. Al
garantizar la posibilidad de expresión de las
ideas y hechos respecto de todos los derechos
humanos, la libertad de prensa contribuye a
eliminar o dejar al descubierto las barreras que
se oponen a su respeto.
Pero esa libertad de libertades no
rige hoy para la mayoría de los países del
mundo. Sólo en un tercio de ellos hay libertad
de prensa teórica y prácticamente, aunque sea
con algún reparo, mientras en un segundo tercio
sólo en teoría existe y en un tercero ni
teórica ni prácticamente se admite. En estos
dos últimos bloques, donde viven dos tercios de
la humanidad, imperan la censura, el secuestro,
el cierre de medios de comunicación o, peor, la
imposibilidad de que existan. A esto se añaden
trabas al ejercicio de la misión informativa,
amenazas, agresiones, detenciones, secuestros,
encarcelamientos, torturas, asesinatos de
periodistas, con la intención de forzarles a la
autocensura y al silencio informativo. Y cada vez
que se silencia a un periodista, depositario
profesional de la libertad de información, se
está amordazando, cegando o ensordeciendo a una
parte de la sociedad a la que informaba.
Setecientos cincuenta periodistas
han sido asesinados en los últimos 15 años en
el mundo por intentar informar, sin que en el 95%
de los casos se haya detenido (ni acaso buscado)
a los autores. Y éstos son a menudo bandas
parapoliciales o paramilitares, organizaciones
mafiosas, matones a sueldo de políticos
corruptos o de grupos de presión económica que
operan en la impunidad, con la tolerancia de
facto, el beneplácito o incluso la
complicidad de algunos gobiernos.
El 3 de mayo, RsF difunde una
lista de los 30 peores depredadores de la
libertad de prensa en el mundo. En 2000, 32
periodistas fueron asesinados; 329 pasaron por
comisarías y prisiones, en las que unos 80
siguen encarcelados; 510 sufrieron agresiones o
amenazas... En ese mismo año, 295 medios de
comunicación fueron censurados, suspendidos o
clausurados.
Entre los países que disfrutan
del privilegio de la libertad de prensa están
los más ricos del mundo. La libertad de prensa
es un lujo más de los poderosos y su reparto es
muy desigual entre las dos clases de países en
que se divide la sociedad internacional: ricos y
pobres. Éstos siguen condenados a padecer aquel
"silencio de los pobres" por falta de
medios de expresión que ya denunciaban los
revolucionarios franceses hace dos siglos.
En los países todavía
comunistas, pese a las relativas aperturas
económicas al exterior y al "socialismo de
mercado", se sigue considerando la
información como un bien de Estado, instrumento
de conformación de voluntades en el seguidismo
de las consignas del poder. Sólo la prensa
oficial es "libre", y los periodistas,
considerados funcionarios, se tienen que plegar a
las razones de Estado, so pena de cárcel o
"trabajo correccional" por
"espionaje", "atentado contra la
seguridad" o "propaganda enemiga".
En el mundo capitalista occidental
hay libertad de expresión reconocida y
practicada, pero persisten intentos de
sometimiento y control de la prensa por parte de
poderes políticos y económicos.
Pero donde "el silencio de
los pobres" se hace más ominoso es en la
mayoría de los países que componen el llamado
"Sur". La libertad de expresión en ese
hemisferio, como en parte del Norte, escasea,
pese a (o precisamente por) ser una necesidad
perentoria.
No únicamente la represión
violenta, oficial u oficiosa, limita allí la
libertad de prensa, al igual que las demás
libertades, sino también la miseria económica,
el analfabetismo, la ausencia de medios técnicos
y humanos para aplicar esa libertad, costosa de
ejercer incluso cuando hay voluntad para ello y
no se le ponen cortapisas expresamente.
También el mundo pobre en nivel
de vida y en libertades sufre el olvido de las
grandes agencias de prensa internacionales, que,
alegando que sus clientes no lo requieren, se
olvidan de informar regularmente del Sur y sus
problemas. Salvo cuando éstos ponen en peligro
intereses económicos o estratégicos de
Occidente o saltan a la actualidad en forma de
calamidades masivas. Los pobres no interesan ni
conmueven más que cuando se mueren o se mueven
en masa.
En cada uno de los tres mundos en
que hoy sigue dividido el planeta, los pobres,
faltos de medios de expresión, por no poder o
saber crearlos o por olvido, se ven obligados a
lamerse las heridas y matar el hambre en
silencio.
Un silencio que hay que intentar
romper, ayudando, desde nuestro Occidente
privilegiado, a que los damnés de la terre
encuentren o recuperen la paz, el pan y la
palabra. Que el silencio de los pueblos no se
identifique con el de los corderos. Que nuestros
estómagos nunca se satisfagan con las migajas
del banquete occidental, ni hagamos oídos sordos
al clamor silencioso de los que carecen de todo.
Los periodistas podemos y debemos
contribuir a esa tarea a través de la defensa de
la libertad de la prensa y de sus profesionales
en el mundo: denunciando su ausencia o los
atentados contra ella y ellos, allí donde se
cometan; apoyando a los periodistas encarcelados
mediante su apadrinamiento por parte de medios de
comunicación occidentales; contribuyendo a la
formación de profesionales y a la creación o
mantenimiento de medios de comunicación...
Shakespeare ponía en boca de
Macbeth aquella terrible definición de la vida
como "esa fábula llena de ruido y de furia,
contada por un loco y carente de sentido".
Seamos los periodistas de todo el mundo esos
locos fabulosos empeñados, aun a riesgo de
perder nuestra vida o libertad en los intentos de
ganárnosla o ejercerla, en contar o ayudar a
contar libremente, sin fronteras físicas ni
mentales, la realidad de los lejanos pueblos
pobres, sin eludir la de nuestros cercanos y a
veces pobres pueblos.
En estos albores de siglo y de
milenio contribuyamos a trocar el ruido y la
furia de la violencia, la injusticia y la
insolidaridad por el diálogo, la equidad, la
fraternidad, la tolerancia; a cambiar los fusiles
por las plumas, las cámaras, los micrófonos; a
quitar las sordinas informativas que se ponen al
clamor silenciado de los pobres y dar así un
sentido a sus vidas. Y a las nuestras.
* Fernando
Castelló es presidente
de la organización internacional de defensa de
la libertad de prensa Reporteros sin Fronteras. Este artículo fue publicado en el
diario El
País (3-V-2001), y
fue cedido expresamente por el autor como su
primera colaboración para Sala de Prensa.
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