Comunicación
contra información
Ignacio
Ramonet *
Cabe
preguntarse ¿cuáles son realmente los poderes
hoy? El primero de todos es el poder económico;
el segundo, el mediático, y, relegado en una
tercera posición, el político.
Algunos sueñan
con un mercado perfecto de la información y la
comunicación, totalmente integrado gracias a las
redes electrónicas y los satélites... Lo
imaginan construido según el modelo del mercado
de capitales y los flujos financieros, que se
mueven de forma permanente...
En el gran
esquema industrial concebido por los patronos de
la industria del entretenimiento, la información
es concebida como una mercancía, y este
carácter predomina ampliamente respecto a la
misión fundamental de los medios: aclarar el
debate democrático.
Los
medios no saben distinguir, estructuralmente, lo
verdadero de lo falso
La prensa
escrita está en crisis. En España, en Francia y
en otros países está experimentando un
considerable descenso de difusión y una grave
pérdida de identidad. ¿Por qué razones y cómo
se ha llegado a esta situación?
Independientemente de la influencia, real, del
contexto económico y de la recesión, las causas
profundas de esta crisis hay que buscarlas en la
mutación que han experimentado en los últimos
años algunos conceptos básicos de periodismo.
- Se ha
producido una revolución copernicana en
el concepto de información.
Actualmente, la imagen de un
acontecimiento (o su descripción) es
suficiente para darle todo su
significado. En este nuevo marco, el
medio escrito ha perdido jerarquía
frente a la televisión: El primero, por
definición, vincula el informar a
proporcionar no sólo la descripción
precisa y verificable de un hecho, sino
también un conjunto de parámetros
contextuales para que el lector pudiera
comprender su significado profundo. La
televisión ocupa el lugar dominante
entre los medios porque satisface como
ningún otro medio el objetivo
prioritario del telespectador, que no es
comprender la importancia de un
acontecimiento sino verlo con sus propios
ojos. Es más, cuando un gran
acontecimiento no ofrece un capital de
imágenes se crea una especie de
confusión difícil de desvelar. Estoy
pensando en el genocidio en Ruanda, en
1994 cuando los hutus exterminaron a una
gran parte de los tutsis. Oímos hablar
muy poco, en principio, porque se estaba
celebrando el Festival de Cannes. Pero
después se descubrió que se trataba de
un genocidio, se empezaron a avanzar
cifras y la televisión empezó a mostrar
imágenes. Cuando llegan las primeras
imágenes se ve gente que sufre,
familias, personas, niños y ancianos que
caminan, que son víctimas de epidemias,
se les ve morir, cómo los entierran.
Todo masivamente... como un gran éxodo
bíblico. Se sabe al mismo tiempo que
circulan estas imágenes, que Francia
montó una llamada "operación
turquesa" para proteger a las
poblaciones. Genocidio, víctimas,
protección. Todo parece funcionar. Pero
como del genocidio no hubo imágenes
reales, lo que los telespectadores ven
cuando creen estar viendo a las víctimas
no es otra cosa que a los victimarios y,
la "operación turquesa" fue
tendida para defender a los autores del
genocidio. Este tipo de información no
puede decir una cosa y su contraria, no
se puede decir: ha habido víctimas, he
aquí los verdugos. Los verdugos son
víctimas. No hay forma de entenderlo.
- Otro
concepto que ha cambiado es el de actualidad
de la información. ¿Qué es
hoy la actualidad y qué acontecimiento
destacar en el maremágnum de hechos que
ocurren en el mundo? ¿En función de
qué criterios hacer la selección?
También aquí es la televisión la que
manda, construyendo la actualidad,
provocando el shock emocional y
condenando prácticamente a la
indiferencia a los hechos que carecen de
imágenes. En el nuevo orden de los
medios, las palabras, los textos, no
valen lo que las imágenes.
- También ha
cambiado el tiempo de información La
optimización de los medios es ahora la
instantaneidad (el tiempo real), el
directo, que sólo pueden ofrecer la
radio y la televisión. Esto hace
envejecer a la prensa diaria,
forzosamente retrasada respecto a los
acontecimientos y demasiado cerca de la
vez, de los hechos, para poder sacar, con
suficiente distancia, todas las
enseñanzas de lo que acaba de
producirse.
- Un cuarto
concepto que se ha modificado es el de la
veracidad de la información.
Basta con que un hecho sea lanzado desde
la televisión (a partir de una noticia o
imagen de agencia) y repetido por la
prensa escrita y la radio, para que el
mismo sea acreditado como verdadero sin
mayores exigencias. Y como en la
actualidad los medios funcionan
entrelazados, en bucles, de forma
que se repiten e imitan entre ellos, es
frecuente la confirmación por
parte de un medio de la noticia que éste
mismo lanzó a partir de la reproducción
de la misma en otro medio, que
simplemente la "levantó" del
primero. Es más, se produce a veces un
verdadero mimetismo mediático,
una especie de fiebre que se apodera
súbitamente de los medios y que los
impulsa, con la más absoluta urgencia a
precipitarse para cubrir un
acontecimiento bajo el pretexto de que
otros -en particular los medios de
referencia- conceden a dicho
acontecimiento una gran importancia. Los
medios se autoestimulan de esta forma, se
sobreexcitan unos a otros, multiplican la
emulación y se dejan arrastrar en una
especie de espiral vertiginosa,
enervante, desde la sobreinformación
hasta la náusea. De esta forma, podemos
recordar, se construyeron las mentiras de
las "fosas de Timisoara", y
todas las de la Guerra del Golfo. ¿Qué
medios tiene el ciudadano para averiguar
que se falsea la realidad? No puede
comparar unos medios con otros. Y si
todos dicen lo mismo no está en
condiciones de llegar, por si mismo, a
descubrir lo que pasa.
- Un quinto
parámetro es la hiper-emoción,
esto es un mecanismo que vuelve
verdadero aquello que provocó la
emoción del telespectador; cuando el
telespectador sólo puede tener certeza
de la emoción que a él le provocaron
unas imágenes acerca de las que no tiene
medio de saber si son reales o falsas.
Así, el telespectador podrá decir:
"Yo vi lo que pasó en Rumania,
vi esas batallas, esos combates...".
¿Cómo es posible? Porque esta
concepción de la información plantea un
camino equívoco. En el momento que
asisto a una escena que suscita mi
emoción ¿dónde está lo verdadero: en
las circunstancias objetivas que rodean a
esa escena y hacen que se produzca, o en
el sentimiento que yo experimento? Y
además, como mis lágrimas son
verdaderas, yo creo que lo que he visto
es verdadero. Se crea así una confusión
entre emoción y verdad contra la que es
muy difícil precaverse.
- Un nuevo
concepto de censura ha emergido,
y funciona no suprimiendo, amputando,
prohibiendo, cortando. Funciona al
contrario: por demasía, por
acumulación, por asfixia. ¿Cómo
ocultan hoy la información? Por un gran
aporte de ésta: la información se
oculta porque hay demasiada para consumir
y, por lo tanto, no se percibe la que
falta. La información durante siglos fue
una materia extremadamente escasa, tanto,
que se podía decir que quien tenía la
información tenía el poder. Finalmente
el poder es el control de la circulación
de la comunicación. Tomemos la Guerra
del Golfo. Hoy se sabe que fue una gran
manipulación. No se dijo: "Va a
haber una guerra y no os la vamos a
enseñar." Al contrario, se dijo:
"La vais a ver en directo." Y
se dio tal cantidad de imágenes que todo
el mundo creyó que veía la guerra,
aunque después se dio cuenta de que las
imágenes eran señuelos o que las
habían grabado antes. Esta
superabundancia de información hace
incluso la función de biombo. Un biombo
que oculta, que es opaco y que hace más
difícil la búsqueda de la buena
información.
La ideología de
la CNN, la nueva ideología de la información en
continuo y en tiempo directo, que la radio y la
televisión han adoptado, establece que hoy no
puede existir un acontecimiento sin que sea
grabado y pueda ser seguido en directo y en
tiempo real. Esa idea consigna que el mundo tiene
cámaras en todas partes y que cualquier cosa que
se produzca puede ser grabada. Y si no se graba
no es importante.
La
prensa escrita acepta la imposición de tener que
dirigirse no a ciudadanos sino a telespectadores
A la tendencia
creciente a confundir información con
comunicación se debe añadir un malentendido
fundamental: Muchos ciudadanos estiman que,
confortablemente instalados en el sofá de su
salón, mirando en la pequeña pantalla una
sensacional cascada de acontecimientos a base de
imágenes fuertes, violentas y espectaculares,
pueden informarse con seriedad. Error mayúsculo.
Primero porque el periodismo televisivo,
estructurado como una ficción, no está hecho
para informar sino para distraer; segundo porque
la sucesión de imágenes breves y fragmentadas
(una veintena por telediario) produce un doble
efecto negativo de sobreinformación y
desinformación; finalmente, porque querer
informarse sin esfuerzo es una ilusión más
acorde con el mito publicitario que con la
movilización cívica. Informarse cuesta y es a
ese precio que el ciudadano adquiere el derecho a
participar inteligentemente en la vida
democrática.
Numerosas
cabeceras de la prensa escrita continúan
adoptando, por mimetismo televisual, por
endogamia catódica, las características propias
del medio audiovisual: la primera concebida como
pantalla, la reducción del tamaño de los
artículos, la personalización excesiva de los
periodistas, la prioridad otorgada al
sensacionalismo, la practica sistemática de la
amnesia en relación con las informaciones que
hayan perdido actualidad. Compiten con el
audiovisual en materia de marketing y desprecian
la lucha de ideas. Fascinados por la forma se
olvidan del fondo. Han simplificado su discurso
en el momento que el mundo convulsionado por el
fin de la guerra fría, se ha vuelto
considerablemente más complejo.
Un desfase tal
entre este simplismo de la prensa y la
complicación de los nuevos escenarios de la
política internacional desconcierta a muchos
ciudadanos... Informarse sigue siendo una
actividad productiva, imposible de realizar sin
un esfuerzo y exige una verdadera movilización
intelectual. Una actividad tan noble en
democracia como para que le ciudadano decida
dedicarle una parte de su tiempo y de su
atención.
*
Ignacio Ramonet es
director de Le
monde Diplomatique y
de Maniere
de voir; es
especialista en geopolítica y estrategia
internacional, doctor en Semiología y en
Historia de la Cultura. Este texto fue publicado
en Bitácora, suplemento del diario La República, de Uruguay, y se reproduce con la
autorización expresa de su editor, Carlos
Santiago.
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