Gorriti
Roberto Eisenmann Jr. *
Maruja
y yo conocimos a Esther y a Gustavo Gorriti
cuando llegamos a Cambridge, Massachussets, en
1985 a participar en el programa Nieman de
periodismo de la Universidad de Harvard. Hicimos
amistad inmediata, porque éramos las dos parejas
latinoamericanas ese año, y además porque
compartíamos convicciones profundas sobre la
democracia y el ejercicio de la madre de todas
las libertades: la libertad de expresión. Era
para el Perú, la época funesta de Alan García
y Sendero Luminoso, y para nosotros, la época de
Noriega. Gustavo había profundizado sus
investigaciones sobre Sendero Luminoso,
convirtiéndose en el experto sobre ese violento
movimiento que pretendía ser una nueva creación
con base peruana, pero con extensión universal.
Sus investigaciones se convirtieron en libros muy
reconocidos. Allí en Harvard, inicié, con una
larga entrevista en el McNeil-Lehrer News Hour,
mi lucha por desconectar a Noriega del Gobierno
estadounidense. En no pocas ocasiones, Gustavo me
ayudó con los medios estadounidenses, y se
convirtió en un compañero de lucha. Conocedor
de los riesgos que enfrentaba en cada viaje a
Panamá, Gustavo nos ayudaba todas las veces con
un manto de protección a través de sus
contactos con todas las organizaciones de
protección de periodistas habidas y por haber.
Al
terminar el año en Harvard, salió la famosa
pieza de primera plana en el New York Times sobre
Noriega (para lo cual muchos panameños fueron
colaboradores) y Noriega me culpó. Su Asamblea
de mentira me declaró traidor a la
Nación (mi medalla política más
prestigiosa) e inicié mi segundo exilio. Gustavo
regresó a Perú, Fujimori se hizo presidente,
puso a Montesinos de asesor, y Gustavo se
convirtió en el denunciante de las
vagabunderías de éste. Y cuando Fujimori dio su
autogolpe, el primer preso político fue Gustavo.
Gracias al escándalo internacional que se
formó, salvó su vida y se vio forzado al
exilio.
En
el año de 1995 entregué la presidencia de La
Prensa a Johnny Arias. Johnny, por una
coincidencia, conoce a Gustavo en Miami, e
impresionado con su talento, le ofrece un puesto
como director asociado de La Prensa. El resto
-como dicen- es historia patria. En semanas,
Gustavo llegó a conocer Panamá mejor que
muchísimos panameños; desarrolló fuentes de
información inigualables, e inició un
periodismo de investigación profundo nunca antes
conocido en nuestro medio. En el proceso, se hace
de muchos y poderosos enemigos y, a los demás,
nos pone muy incómodos porque en una u otra
ocasión, los padrinazgos típicos de nuestros
países reciben golpes por la verdad cruda que va
descubriendo Gustavo. Las páginas de la sección
de Negocios de La Prensa van creciendo en forma
geométrica, comenzando con el caso
Banaico, cambiando de ser sección dominada
por gacetillas, a ser una de noticias
investigadas. Luego del me como mis
palabras, el gobierno de Pérez Balladares
decide sacar a Gustavo de Panamá porque no
tiene familiares enterrados en esta tierra,
lo que según mi perspectiva, no es sino una
ventaja como periodista, ya que puede investigar
y escribir sin cálculo, y con palabras
punzantes.
Gustavo
y yo hablamos mucho, y muchísimo sobre Perú.
Con la huida de Fujimori y Montesinos, se siente
reivindicado en su lucha, además de muy
solicitado porque es en el Perú, un héroe de la
batalla contra la dictadura fujimorista. Hace
varios meses conversábamos sobre su vuelta al
Perú, y me pedía le relatara mis vivencias de
cómo programar el des-exilio. Su
vivencia panameña estaba por terminar, por
circunstancias netamente peruanas.
Gustavo
no es (ni será nunca) ganador de premios de
popularidad. Como la mayoría de las personas
talentosísimas, tiene además un ego
proporcional a su talento. Por eso, no me
sorprende la hostilidad que sienten muchos hacia
él. Los periódicos importantes del mundo tienen
siempre al menos uno de estos
Gustavos. Por ejemplo, el New York
Times, el diario que en mi concepto establece la
agenda noticiosa en el mundo, en mis tiempos
tenía a Seymour Hersh. Era un problema
organizacional pero, a la vez, un ejemplo
de cómo se ejerce el verdadero y profundo
periodismo de investigación. Entraba y salía
del Times cuando quería y exigía que o
sus investigaciones salían en primera plana o
renunciaba. Por su talento, el Times lo
retuvo cuanto pudo. Las elites de Estados Unidos
lo odian, por su total irreverencia hacia ellos y
lo acusan de sensacionalista; pero su pluma
investigativa sigue siendo de las mejores;
trabaja donde quiere, cuando quiere y con el pago
que quiere. Sus notas dan siempre la vuelta al
mundo.
Así,
los Gorriti y Hersh del mundo del periodismo
producen mucha incomodidad y hostilidad, pero
señalan el camino de lo que es un periodismo de
verdad. Solo un periodista mediocre estará
siempre a la altura y alejado de la
controversia. Periodismo cómodo, simplemente no
lo es. Hay que recordar que noticia es todo
aquello que alguien quiere mantener en secreto;
lo demás es propaganda.
Y
ahora, al último incidente de Gorriti con La
Prensa. Cuando uno maneja un poder (especialmente
cuando éste es el cuarto), tiene como
obligación primaria estar bien informado. En el
caso de Gustavo Gorriti, la junta directiva de La
Prensa, dirigida ahora informalmente por Ricardo
Alberto Arias, mostró no estarlo. La decisión
de sacar a Gustavo del periódico desde
ya, cuando por razones distintas ya
empacaba sus maletas para volver a Perú, fue un
error gratuito que costará caro en percepción
internacional al periódico y a su potencial
nuevo presidente. El segundo golpe del one-two:
cuando el Ministerio Público le prohíbe la
salida del país, muestra una potencial alianza
funesta para el periódico, que equivale a -como
dicen en nuestra tierra- meterse un
cangrejo en la bragueta. Se ha completado
así el círculo de errores que pondrán a
Gustavo nuevamente en la noticia internacional,
solo que esta vez -desafortunadamente- al costo
de la reputación del periódico.
La
junta directiva debería haber aprendido ya que
periodistas del calibre de Gustavo no escriben
para un periódico, ni siquiera para un país,
sino para un mayor universo. Como a los
verdaderos amigos se les hiere con la verdad para
no destruirlos con la mentira, les digo a mis
amigos de la junta directiva que en todas estas
movidas Gustavo no puede perder, no importa qué
ocurra. Pero Ricardo Alberto y la junta directiva
pierden ganando. Error de juicio garrafal. Mal
comienzo y peor mensaje a los accionistas
próximos a reunirse en asamblea general.
* Roberto
Eisenmann Jr. es fundador del diario La Prensa de Panamá y actual
presidente de la Fundación Libertad Ciudadana. Este
artículo fue publicado en La Prensa, y se reproduce con autorización
expresa de Miren
Gutiérrez, editora de
Negocios.
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