Etica y
medios en el México de hoy
Raúl
Trejo Delarbre *
Este texto fue escrito en
1996. Sin embargo, muchos de sus planteamientos
siguen siendo válidos. Reproducirlo ahora, pese
a que también es cierto que otras cosas han
cambiado en ese tiempo, tiene la intención de
mantener viva la memoria reciente sobre la
realidad de los medios mexicanos y es casi una
provocación para alentar la revisión
actualizada del papel que desempeñan en un país
cuya transición a la democracia ha dado saltos
cualitativos desde entonces.
Los
medios de comunicación ejemplifican, y
propician, una de las paradojas más embarazosas
de la transición mexicana: se han convertido en
actores imprescindibles de los cambios
políticos, pero, al mismo tiempo, son una de las
causas de atraso de la sociedad; a la vez que son
uno de los espacios más dinámicos para la
propagación de una nueva cultura política, los
medios son ellos mismos uno de los segmentos más
rezagados respecto del contexto de reformas que
hay en el país. Además de ser territorios del
debate y la información, se han convertido en
problema específico de la vida pública
mexicana. Sin embargo, apenas comienza a
construirse una nueva institucionalidad para los
medios, a diferencia de otras naciones en donde
ya existen reglas claras tanto para la
competencia entre las empresas de comunicación,
como para el trato que tienen con el resto de la
sociedad.
Desde el
gobierno, ha dejado de existir (sin desaparecer
del todo) la intransigente censura que se había
conocido en épocas anteriores. No se trata de
una concesión gratuita del poder político: una
sociedad más activa y menos dispuesta a creerle
a medios saturados de mensajes oficiales, así
como el interés de algunas empresas de
comunicación que buscaban competir entre sí y
que para ello fueron creándose una parcial pero
nueva independencia, fueron factores de cambio en
la comunicación. La unilateralidad de los
medios, que tradicionalmente, con débiles
excepciones, sólo daban cabida a una sola voz
-la del gobierno-, se modificó con gran rapidez.
La prensa
La prensa ha
tenido una libertad de la que no disfrutaban los
medios electrónicos porque su presencia dentro
de la sociedad es sustancialmente menor. En junio
de 1990 encontrábamos que casi los 25
periódicos que se publicaban entonces
(incluyendo deportivos, especializados y
vespertinos) estarían imprimiendo unos 751,000
ejemplares al día. Pero, descontando los que no
se venden, tendríamos que los diarios de la
Ciudad de México, en el mismo ejemplo, tuvieron
una circulación real de cerca de 450,000
ejemplares cada día.
Menos de medio
millón de ejemplares de todos los diarios en una
metrópoli de 17 millones (tomamos en cuenta el
DF y su zona de influencia directa) constituyen
un contraste notable en comparación con los
promedios de lectura de diarios en casi cualquier
otra ciudad importante del mundo. The New
York Times tenía en abril de 1994 una venta
promedio, entre semana, de 1'187,000 ejemplares.
En México, una de las manifestaciones del atraso
de los medios en relación con el desarrollo de
la sociedad es todavía la falta de información
suficiente, y confiable, sobre la situación de
las empresas de comunicación y su presencia
entre sus públicos.
El mercado es
una realidad que durante largo tiempo fue ajena a
la prensa mexicana, mas hoy es el contexto de una
incipiente pero constatable competencia. Sin
embargo, los diarios tienden a involucionar a los
viejos recursos del sensacionalismo, así como el
tráfico y ocultamiento de intereses. Por
ejemplo: El Universal, que no edita más
de 100,000 ejemplares diarios (de los cuales es
preciso advertir que apenas si se venderán 60%),
ha buscado deslindarse políticamente del
anterior gobierno -con el cual tuvo relaciones
cordiales- a partir de la exageración en las
noticias relacionadas con el expresidente Carlos
Salinas de Gortari. Uno de los ejemplos más
recientes y notorios del amarillismo que, en
medio de un clima de gran confusión, ha definido
la prensa mexicana fue su encabezado principal
del miércoles 3 de mayo de 1995: Carlos Salinas,
autor intelectual en el caso Colosio. Los
millares de lectores que ese día lo compraron se
encontrarían debajo de aquel sensacional titular
que, en realidad, era el resultado de una
encuesta en la Ciudad de México, en donde 46% de
los entrevistados habían considerado que el
asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo
era responsabilidad del expresidente. La
encuesta, por cierto, era de metodología harto
discutible.1
El otro diario
de larga tradición en la sociedad mexicana y que
ha experimentado problemas de imagen pública en
fechas recientes es Excélsior. Dentro y
fuera del país ha seguido siendo el periódico
de referencia por la abundancia de su material
informativo que cubre numerosas fuentes y
acontecimientos. Se trata de un diario de larga
presencia y experiencia, que todavía conserva un
reconocible profesionalismo en algunas de sus
áreas. Sin embargo, sus conflictos internos,
así como las oscilaciones en su línea
editorial, han propiciado sorpresas: entre el 15
y 17 de julio de 1995 dedicó sus ocho columnas
de primera plana a propagar las declaraciones de
un exjefe policíaco mexicano que se encuentra
prófugo en Estados Unidos.2
Calculamos que el tiraje de Excélsior
debe estar cercano a los 90,000 ejemplares
diarios.
La Jornada
ha adquirido también indiscutible relevancia.
Sin dejar de ser fundamentalmente leído en los
circuitos académicos y de la oposición
política, y por eso mismo, ha ganado presencia
entre funcionarios y distintos segmentos del
poder político. Sus virtudes son sus
desventajas: el periodismo de fuerte contenido
ideológico, que a menudo sacrifica la
acuciosidad informativa en aras del apoyo a una
causa política, sacude las emociones de algunos
de sus lectores pero suscita la desconfianza de
otros. Identificada, aunque un tanto
críticamente, con el neocardenismo en 1988 (el
autor se refiere al movimiento en torno a
Cuauhtémoc Cárdenas. N. de la R.), La
Jornada encontró una causa con la que se ha
comprometido sin reservas en ocasión del
movimiento del Ejército Zapatista de Liberación
Nacional en Chiapas. Los comunicados del
subcomandante Marcos han ocupado centenares de
páginas en ese diario, a diferencia del resto de
la prensa mexicana que no los ha ignorado, pero
tampoco se ha convertido en una suerte de vocero
oficioso del neozapatismo. De la obnubiladora
causa ideológica que recogió, La Jornada
ha involucionado a un periodismo que con
frecuencia cae en la mentira, entonces sin
coartada: hace poco publicó como si fuera
auténtica una entrevista inventada con el señor
José Córdoba Montoya (el controvertido jefe
de la oficina de la Presidencia de la Repúbilca
en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari.
N. de la R.).
Ese mismo
exfuncionario fue involuntario protagonista de un
notable episodio de invasión de la vida privada
de un personaje público cuando el diario Reforma
dio a conocer, en mayo pasado, la transcripción
de unas presuntas conversaciones con una amiga
suya. La murmuración suscitada por esas charlas
íntimas fue mucho mayor a las preocupaciones por
el hecho de que se estaba invadiendo la esfera
personal de un ciudadano; tampoco el hecho de que
así se legitimaba la intercepción telefónica
ilegal mereció especiales condenas entre quienes
se regocijaron con la publicación de los
diálogos entre el señor Córdoba y su amiga
Marcela Bodenstedt. Reforma, que
comenzó a circular en noviembre de 1993 como
filial de El Norte, que existe desde
1938 en Monterrey, ha tenido especial interés
para practicar ese tipo de diarismo que acude al
escándalo disfrazándolo de revelación
periodística. A fines de septiembre dio amplio
despliegue a una fotografía del señor Raúl
Salinas (hermano del expresidente Salinas.
N. de la R.), quien aparecía vacacionando, en un
velero, con una amiga española, y pocos días
después se suscitó el conocido escándalo en
torno a la carta que Ernesto Zedillo, siendo jefe
de la campaña presidencial del Partido
Revolucionario Institucional, le dirigió a Luis
Donaldo Colosio en marzo de 1994.
En la Ciudad de
México hay por lo menos 25 diarios. Esa
proliferación tiene diversos motivos, entre
ellos se encuentra la ligereza con que el
gobierno contrata espacios de publicidad, incluso
en publicaciones de nula presencia política o
cultural. El principal criterio que define la
existencia de la gran mayoría de los diarios no
es la circulación, ni siquiera la publicidad
comercial, sino la publicidad política -que,
vale recordarlo, no siempre aparece como tal: no
suele distinguirse entre material de la
redacción y textos pagados-. En contraparte,
resulta escasa la exigencia de los lectores,
comenzando por la poca costumbre en la sociedad
mexicana para leer con frecuencia los diarios.
La
radio
Quizá puede
decirse que el cambio en la radio mexicana
comenzó con el terremoto de 1985. En esa época,
las estaciones de la Ciudad de México
emprendieron una intensa labor de servicio social
(en la ubicación de sobrevivientes, el acopio de
víveres y, sobre todo, el intento para explicar
los alcances de esa tragedia), también al
principio politizada. Desde luego, hacía tiempo
que en la radio existían espacios susceptibles a
la información no necesariamente oficial y al
comentario crítico, pero eran escasos. Diez
años después, los cuadrantes de AM y FM en la
Ciudad de México de hecho hierven de
intencionalidad política, con frecuencia
contestataria.
La temporada
electoral de 1994 fue propicia para que en la
radio se desplegaran numerosos espacios que
mezclan la información y la opinión, y más
tarde la inquietud política de la sociedad se ha
traducido, entre tantas otras consecuencias, en
politización de la radio. Sin haber desaparecido
la presión que con diversos instrumentos
institucionales y jurídicos ejerce el gobierno,
se ha encontrado con el interés de varios
empresarios de la radio para limar el tono
oficialista que definía sus espacios.
Se estima que en
1995 en todo México hay 1,291 estaciones
radiodifusoras. La presencia social de la radio
en la sociedad mexicana es evidente, pero resulta
difícil de medir con certidumbre. Un solo
noticiero, Monitor de Radio Red, tiene
cerca de la mitad de la audiencia matutina en la
zona metropolitana de la Ciudad de México. Eso
significa, según algunas estimaciones, cuatro o
cinco millones de personas todos los días. En la
zona metropolitana del DF hay 56 estaciones
radiodifusoras: 32 en la banda de amplitud
modulada y 24 en la de frecuencia modulada. De
ellas, por lo menos 15 tienen programas matutinos
de noticias. Más que hallazgos informativos o
periodismo de investigación, que apenas comienza
a existir, la mayoría de esos programas se
distinguen por el tono personal del conductor,
que debe equilibrar el antigobiernismo exigido
por los sectores más contestatarios del
público, con la prudencia requerida no sólo por
el gobierno, sino, fundamentalmente, por los
dueños de cada estación que no quieren
enemistarse con el poder político a tal grado
que pierdan el privilegio que significa tener una
concesión radiofónica.
Sería harto
extenso revisar los contenidos y estilos de cada
programa y conductor. Pero es evidente que dentro
de esa variedad de opciones hay para casi todos
los gustos en una fase de intensa polémica, con
valores nuevos y otros no tan definidos, tan
sólo en la radio matutina. En enero pasado,
cuando el expresidente Carlos Salinas quiso hacer
una campaña de medios para dar su versión sobre
la crisis económica cuya responsabilidad se le
atribuía, él en persona llamó a varias
estaciones de televisión y radio. Apareció en
el noticiero vespertino del canal 2 de Televisa,
pero ya no en el nocturno. A la mañana
siguiente, Radio Red transmitió su llamada pero,
después, al menos dos conductores, en Radio
Fórmula y Acir, lo pusieron al aire solamente
para decirle que no les interesaban sus
opiniones. Otros locutores dijeron también al
aire que hubieran hecho lo mismo. El hecho de que
a un expresidente de la República, más allá de
lo discutible que puedan ser sus opiniones, le
"cuelguen" el teléfono delante del
auditorio da idea no sólo de la libertad, sino
quizá también de la confusión y los excesos
que hay en el panorama de la radio, igual que en
los otros medios en México.
La radio está
experimentando una suerte de introspección ante
esa manera tal vez excedida de asumir su libertad
y que, a tono con el contexto de murmuraciones y
confusiones que ha existido en la vida pública
mexicana, le ha llevado a privilegiar el
amarillismo antes que la búsqueda informativa.
Los conductores y directores de noticias
comienzan a emprender balances, en privado y en
público, sobre la experiencia del año más
reciente.
Diez
nuevos rasgos
1.
Competitividad creciente, pero insuficiente. Las
reglas del mercado empiezan a determinar la
presencia social de cada medio, en una situación
en donde cada empresa de comunicación tiene que
comenzar a mejorar sus contenidos para participar
de la competencia por los públicos. Pero esta es
apenas una tendencia que está desarrollándose.
2. Hay una
situación dual: por un lado, persiste el viejo
sistema de conveniencias que compromete a medios
y comunicadores con el poder político
tradicional, no sólo por las ventajas
económicas y la influencia pública que pueden
estar involucradas. Además, hay convicciones o
concepciones del país compartidas por los
operadores más tradicionales en los medios y la
vieja clase política.
3. Pero, al
mismo tiempo, existe una creciente actitud para
hacer periodismo de investigación, ir más allá
del boletín y la inserción pagada y, así,
ofrecer informaciones menos anodinas, por parte
de periodistas casi siempre jóvenes, con
formación universitaria y en empresas de
comunicación que entran cada vez más de lleno a
esa disputa por los auditorios.
4. Tenemos, en
la prensa, muchos medios para pocos públicos.
Centenares de diarios y revistas que apenas
llegan a unos cuantos millares de lectores cada
uno, representan en la prensa escrita un panorama
de desajuste entre los costos de edición y la
poca gana de la sociedad para ser lectora
consuetudinaria.
5. La
contraparte es, en la televisión, la presencia
de pocas opciones que no llegan a constituir
contrastes significativos entre sí, para
públicos muy amplios, que con frecuencia no
tienen otra fuente de información. El modelo
Televisa sigue imperando aunque, por primera vez
en cuarenta años, comienzan a haber otras
opciones, locales y nacionales.
6. En este
tránsito no hay aún condiciones para que, en
todos los casos, rijan las leyes del mercado. La
publicidad, gubernamental y comercial, sigue
siendo definida a partir de datos de audiencias
falsos, o por otro tipo de consideraciones, pero
sin atender necesariamente a la presencia real de
cada medio.
7. La
comunicación electrónica sigue siendo
privilegio de unos cuantos. Las concesiones para
transmitir por radio y televisión continúan
siendo otorgadas de manera discrecional, sin
explicaciones ni justificaciones, por parte del
gobierno federal. Una de las principales
exigencias de los sectores sociales y políticos
que han presentado proposiciones para reformar la
legislación para los medios, ha sido la
creación de un espacio colegiado en donde no
sólo el gobierno, sino también miembros del
Congreso y quizá del mundo profesional,
empresarial y académico definan a quiénes y en
qué términos se otorgan las concesiones para
usufructuar frecuencias de radio y televisión.
8. Hay una nueva
libertad de expresión, ejercida con más
amplitud que en el pasado, aunque no sin
dificultades. Más que del gobierno, las
taxativas para ese ejercicio suelen surgir de los
propietarios de las empresas de comunicación. En
los años recientes, en la radio de la Ciudad de
México ocurrieron despidos y suspensiones de
periodistas, conductores de programas de
análisis y comentaristas, que en la mayoría de
los casos perdieron su empleo, o fueron removidos
a otros horarios u otras frecuencias. Todo ello
no fue resultado de exigencias específicas del
gobierno -como se creyó en varios casos-, sino
decisiones de los dueños de esas emisoras.
9. Los medios
son, a la vez, espacios democráticos y
propagadores de confusiones. En pocos meses los
medios de comunicación de masas, que se habían
convertido en jueces de la vida pública
mexicana, pasaron a ser acusados de algunas de
las distorsiones y descomposturas políticas que
hay en el país. La descomposición de la clase
política tradicional, que se traduce en
tensiones en todos los partidos, indecisiones en
el gobierno y exigencias insatisfechas en la
sociedad, ha llegado también a los medios de
comunicación que en ocasiones reproducen
mecánicamente, cuando no magnifican, esos
signos. No queremos decir que esa es la constante
en todos. Pero sí es el rasgo más notorio en un
panorama en donde, durante muy largo tiempo, no
pasaba nada con los medios de comunicación en
México.
10. Sin embargo,
tanto en los medios acartonados en el viejo
estilo como dentro de aquellos en donde se
aprecia alguna vocación renovadora, han existido
actitudes de mimetización al panorama de
desconfianza que se extendió en la sociedad
desde fines de 1994. El rumor y no la noticia, el
amarillismo y no el profesionalismo, han abundado
en medios de todas las filiaciones ideológicas.
Para numerosos medios, participar por la disputa
de los auditorios en el contexto de un nuevo
mercado de la información ha significado
orientarse por el escándalo e incluso la
publicación de informaciones falsas, exageradas
o distorsionadas. Venden más, pero contribuyen a
la ya notable turbación de la sociedad.
La
ética extraviada
En pocos meses
los medios de comunicación de masas, que se
habían convertido en jueces de la vida pública
mexicana, pasaron a ser acusados de algunas de
las distorsiones y descomposturas políticas que
hay en el país. No es que la conciencia
crítica, la acuciosidad profesional o la
obsesión denunciatoria hubiera singularizado
antes a los medios mexicanos. Al contrario,
muchos de ellos han mantenido las mismas inercias
que durante largas y aburridas décadas los
convirtieron, más que en espejos o contrapartes,
en amplificadores del poder político. Pero en
una sociedad con espacios de organización y
expresión tan precariamente desarrollados como
sigue siendo la mexicana, el hecho de que en
algunos medios se asumieran posiciones menos
complacientes llamó con fuerza la atención de
la clase política y los sectores más atentos de
esa misma sociedad. El desamodorramiento de
algunos medios fue una de las novedades que
acompañó al proceso social y político mexicano
al comenzar esta década de los años noventa.
Una precaria pero consistente discusión
política se hizo presente en las páginas de
algunos diarios y en espacios acotados, pero
sintonizables en la radio.
La crítica al
poder político fue severa como nunca antes, al
menos en esta mitad del siglo. Dejaron de existir
tabúes para la prensa. Incluso la figura
presidencial, tan tradicionalmente intocada,
comenzó a ser motivo no sólo de fuertes
cuestionamientos en los artículos de fondo
escritos por dirigentes de la oposición
política, sino además -y luego en especial- en
las caricaturas de diarios de casi todas las
tendencias.
Pero la crítica
ácida no basta. Los medios que la han practicado
en ocasiones se han solazado tanto en ella que no
hacen más que reproducirla, a veces con más
adjetivos que argumentos. Sintonizados con el
clima de desconfianza que ha recorrido el país
en todo lo que va de 1995, muchos de los medios
críticos, o que con tal actitud querían
manifestar un perfil distante de las posiciones
oficiales, terminaron por alimentar ese panorama
de rumores, confusiones y desinformaciones.
Tenemos, así,
que en el último año los "más
informados" fueron frecuentemente quienes
más desinformaron; los medios "más
oportunos" se convirtieron en los más
irresponsables; los "más
comprometidos" fueron los menos
profesionales; los "más
independientes", los más entregados a los
intereses del mercado.3
Hay una
descomposición de la política mexicana,
manifestada en los conflictos dentro de las
élites tradicionalmente unidas en acuerdos
fundamentales y ahora con frecuencia desgarradas
en fuertes conflictos. Esa situación se
reproduce en una sociedad que cada vez desconfía
más de todo, en uno de los momentos de mayor
turbación pública que México haya conocido.
Hemos arribado a
una situación de desconcierto, en donde los
afanes mercantiles diluyen, cuando los hay, los
parámetros éticos, y la competencia entre los
medios no suele ser por consolidar audiencias en
el conjunto de la sociedad, sino por recibir la
anuencia del mundo político escindido por
numerosas tensiones, rivalidades y murmuraciones.
Tenemos, se ha
dicho, una suerte de "paparazzización de la
política nacional"4 que
no obedece sólo el afán efectista de los
medios, pero que encuentra en ellos su principal
elemento propagador y amplificador. Así ha sido
como los excesos de varios de los medios más
notoriamente emancipados de rutinas y tradiciones
han constituido el tema fundamental en la
situación de la comunicación mexicana al llegar
a la mitad de la década.
El escándalo
como ingrediente sustancial de la información
política y pública es una realidad en los
medios de numerosos países en todo el mundo. En
México, la diferencia es que ello ocurre cuando
los medios, de la misma forma que la sociedad,
apenas comienzan a madurar. Entre otras
consecuencias, eso significa que los ciudadanos
-e incluso el poder político, en algunos casos-
no cuentan con elementos para defenderse de las
versiones parciales, o calumniosas, que los
medios llegan a propalar. El de la ética y la
comunicación es un tema que apenas, y no sin
dificultades, empieza a tener presencia en la
sociedad y en los medios en México.5
Allí hay, sin embargo, una posibilidad muy
destacada para que los medios emprendan un
ejercicio de autoevaluación. Lo mismo, el debate
sobre asuntos de la ética y la comunicación
permitirá que la sociedad tenga parámetros,
surgidos de los medios mismos, en los cuales
ubicar la información que recibe.
Desorientación
y descomposición: una de las dos, o ambas, han
sido pautas en el comportamiento reciente de
medios de comunicación antaño rigurosamente
institucionales. Los medios son hoy más
exigentes que nunca con el poder político y esa
actitud sin duda puede ser un ingrediente de la
nueva democracia mexicana, pero sólo en la
medida en que, de forma correlativa, estos sean
exigentes con ellos mismos.
______
Notas:
1 Puede verse,
al respecto, Marco Levario Turcott,
"¿Soldado de una guerra", Etcétera,
núm. 119, 11 de mayo de 1995 y, específicamente
sobre la mencionada encuesta, Ricardo de la
Peña, "De encuestas y cabeceos", Etcétera,
núm. 120, 18 de mayo de 1995.
2 El reportero Rafael Medina C.
le hizo una entrevista al excomandante Guillermo
González Calderoni, quien ha sido acusado por
las autoridades judiciales mexicanas de
enriquecimiento ilícito (se asegura que su
fortuna asciende a 400 millones de dólares) y
que al momento de esa publicación se encontraba
refugiado en Mc Allen, Texas. La entrevista
recibió los encabezados principales de Excélsior
y provocó comentarios críticos como el de
Héctor Aguilar Camín en la columna
"Compuerta" de Nexos, núm.
213, agosto de 1995, y del autor de esta
ponencia, "Para el gobierno, delincuente;
para Excélsior, 'experimentado", Etcétera,
núm. 129, 20 de julio de 1995.
3 Ariel González Jiménez,
"Democracia e información", Etcétera,
núm. 123, 8 de junio de 1995.
4 Jaime Ramírez Garrido,
"Intimidad y libertad", Etcétera,
núm. 122, 1 de junio de 1995.
5 Este es un tema sobre el que
hemos escrito, recientemente, entre otros textos,
en De la crítica a la ética. Medios y
sociedad, el nuevo contrato público,
Universidad de Guadalajara, 1995, y en
"Periodismo, la ética elástica", Nexos,
núm. 2, 11, julio de 1995.
|