Etica de la radio y televisión
Reglas
para una calidad
de vida mediática
Ernesto
Villanueva *
Para
nadie escapa que en la sociedad de fin de siglo
el derecho a saber, y el derecho a participar en
la toma pública de decisiones, pasa por entero a
través de los medios de información,
particularmente de la radio y la televisión. En
efecto, la democracia representativa y, por ende,
indirecta requiere para su ejercicio de la radio
y la televisión que hacen las veces de
vehículos de intermediación entre el Estado, la
sociedad y los ciudadanos en los más distintos
aspectos de la vida: información de interés
público, educación, entretenimiento y
publicidad justa. La radio y la televisión
juegan, por tanto, un papel de importancia
capital en la calidad de vida comunitaria.
Es, por tanto,
razonable pensar en el hecho de que los medios
electrónicos no deben permanecer al margen de
los esfuerzos por edificar una sociedad
organizada en aras de que el bien común no sea
tan sólo una noción sin asideros, cumpliendo
hasta el momento apenas un cometido formal en el
país. Es verdad que en México el camino en
busca de una radio y televisión de calidad pasa
por varios retos: educación social, reglas
jurídicas óptimas y, sobre todo, normas éticas
observables y exigibles por la comunidad. Las
normas éticas no sustituyen, en modo alguno, a
las reglas jurídicas, pero las pueden
complementar y enriquecer. El problema en México
es de fondo: Se carecen de parámetros de
referencia para saber con cierto grado de
precisión qué es ético y qué no lo es en la
programación de la radio y la televisión.
A diferencia de
lo que sucede en la prensa escrita, los medios
electrónicos no sólo producen información de
interés público; entretienen y educan también.
La responsabilidad social es mayor, pero la
respuesta frecuentemente no es proporcional a la
requerida por la sociedad para lograr una calidad
de vida mediática. En la prensa escrita mexicana
empiezan a germinar proyectos para imprimirle
eticidad a los contenidos informativos; en la
radio y la televisión no ha sido todavía el
caso. Y cuando, excepcionalmente, se intenta
alguna iniciativa en esa dirección, las fuentes
disponibles de que abrevan las entidades
interesadas son las mismas que están orientadas
propiamente a la prensa escrita. Se restringe,
por tanto, desde su origen el universo de
conductas sujetas a reglas éticas.
El reto es, sin
embargo, mayor. Hoy en día México asiste a la
puesta en escena de una radio y televisión,
tanto pública como privada, que ofrece menudos
interrogantes sobre el sentido ético de sus
contenidos programáticos.
Y es que debe
quedar claro que en un Estado democrático de
derecho el sentido teleológico de los medios
electrónicos debe consistir en un servicio
público dirigido a enriquecer la calidad de vida
mediática de todos. Y ello adquiere un rostro
identificable al brindar información de interés
público con veracidad e imparcialidad, y ofrecer
variedad de programas de cultura, educación y
entretenimiento susceptibles de interesar a la
sociedad en su conjunto regidos por normas
éticas.
Uno de los retos
que enfrenta el proceso de maduración de la
sociedad civil como ente separado de la sociedad
general en México, se localiza precisamente en
la reforma de los medios de información, en lo
general, y en la radio y la televisión y sus
contenidos, en lo particular.
El proceso de
transición a la democracia no se agota solamente
en reformar las reglas jurídicas que regulan la
renovación del poder político, sino que debe
abarcar todos aquellos eslabones cuya unión
puede hacer efectivamente de la democracia una
premisa verificable. Por ello mismo la
programación de la radio y la televisión se
encuentra en el corazón de la reforma posible.
Las resistencias a los contenidos éticos en los
medios electrónicos han tenido lugar en
distintos sectores y por razones diferentes.
Acaso en el fondo se ha impuesto hasta el momento
la máxima del pragmatismo aséptico: Buscar el
mayor beneficio empresarial al menor costo
posible. Y ello es particularmente cierto en
México. Las energías y esfuerzos desde las
empresas radiofónicas y televisivas con bastante
frecuencia van dirigidos a elaborar sofismas como
discursos argumentales para justificar su
negativa a adoptar contenidos éticos, en lugar
de trabajar con la sociedad organizada en
fórmulas concretas para transformar el círculo
vicioso que existe: No hay mejor programación
porque la sociedad no la pide, y la sociedad no
la pide porque no sabe que hay una mejor
programación. Se requiere trascender ese estado
de cosas y edificar un círculo virtuoso que haga
posible una calidad de vida mediática donde los
grupos vulnerables, particularmente los niños y
la mujer, deben ser tratados con la debida
consideración.
En este sentido,
conviene hacer algunas puntualizaciones, en
virtud de los desencuentros argumentales que se
han vertido tradicionalmente al respecto en el
ámbito de la discusión pública mexicana, a
saber:
Primero. Los
medios electrónicos no son buenos o malos per
se. En todo caso lo positivo o negativo se
localiza en los contenidos programáticos de la
radio y la televisión; es decir, del análisis
del esquema de programas a la luz de referentes
de medición razonablemente aceptados puede
casuísticamente emitirse juicios de valor en pro
o en contra. De ahí, por tanto, que estudiar los
contenidos televisivos adquiere una importancia
capital.
Segundo. Frente
a la discusión sobre si debe el poder público
mediante una ley positiva regular con
exhaustividad los contenidos programáticos,
nuestra respuesta es en sentido negativo, en
virtud de que la legislación vigente está
destinada en este campo específico a delimitar
los alcances constitucionales de las libertades
de expresión e información, que son el respeto
a la vida privada, la paz y el orden público. Y
ello es así porque la ley tiene como misión
principal proteger el interés público y hacer
posible la convivencia social en paz, razón por
la cual regula únicamente aquellas conductas
humanas que puedan poner en peligro esos valores
sociales, dejando al ser humano un gran manto de
libertad para que pueda llevar a cabo su proyecto
vital, cualquiera que sea éste, en función de
sus posibilidades y sus circunstancias. Por esta
razón, no debe ser mediante una ley positiva
como se pueda construir una programación con
contenidos de calidad, por las innumerables
posibilidades de incurrir en ejercicios de
censura que mutilan todo sentido primigenio de
libertad.
Tercero. De cara
al argumento sostenido por diversos empresarios
de la radio y la televisión, según el cual el
televidente y el radioescucha tienen en sus manos
la decisión de ver o no ver determinados
programas mediante la opción de apagar el
aparato televisor, habría que decir que se trata
en realidad de un sofisma, sobre la base de los
siguientes razonamientos: a) el producto
televisivo y radiofónico carece, de entrada, de
la obligación de cubrir con las normas de
calidad que en los productos comerciales ha
establecido la Secretaría de Comercio, sin cuyo
cumplimento no pueden ser comercializados al
público; b) el producto televisivo y
radiofónico, a diferencia de los demás
productos comerciales, carece de garantía,
razón por la cual no puede ser sustituido ni
compensado de otra forma; c) el producto
televisivo y radiofónico se encuentra dentro de
la casa y el televidente y/o el radioescucha debe
aceptar, de mejor o peor manera, los contenidos
que unilateralmente le son proporcionados, toda
vez que particularmente para la base de la
pirámide social- la decisión de apagar o no el
televisor o el radio es tanto como decidir entre
tener teléfono o no tenerlo.
Cuarto. No es
propiamente cierto que la medición de audiencias
via ratings arroje resultados objetivos
para saber cuáles programas son aceptados y
cuáles no. En el mejor de los casos, habría que
diferenciar entre los programas más vistos y/o
escuchados y los programas más aceptados, y
tener en cuenta que los raitings son
aproximaciones realizadas a través del método
de ensayo y error, circunstancia que - a
diferencia de lo que sucede en los demás
productos comerciales con los que se puede saber
certeramente su grado de aceptación en el
mercado, obliga a ejercicios, mayores o menores,
de interpretación.
Quinto. No se
quiere abonar aquí a favor de un sistema de
televisión pública (que en México,
jurídicamente hablando, nunca ha existido) con
la exclusión de los particulares. Por el
contrario, la presencia de la iniciativa privada
en el mercado televisivo y radiofónico
contribuye a brindar opciones y hacer de un
régimen de libertades una realidad concreta. Ni
duda cabe también que la lógica de la
obtención de ganancia, en una economía social
de mercado, es no sólo un planteamiento
legítimo, sino ingrediente indispensable para
darle viabilidad a proyectos televisivos y
radiofónicos de largo aliento.
Así pues, si se
considera que el producto televisivo y
radiofónico tiene una naturaleza sui
géneris, tanto por lo que hace a sus
peculiares características mercantiles como por
lo que se refiere a su valor social de servicio
público en pro del interés general, se puede
inferir que tomar medidas que vayan más allá de
la lucha del mercado publicitario y de la
obtención de raitings supone actuar con
responsabilidad frente a la sociedad. Y
ciertamente para ser responsable se requiere ser
libre, se necesita de la convicción voluntaria
de que se actúa a favor del interés público,
pues es precisamente en la autonomía de la
voluntad y en la libertad donde puede cultivarse
la noción de responsabilidad.
En esa tesitura,
la eticidad de los contenidos no implica
demérito en ningún sentido para la industria de
la radio y la televisión. Y esto conviene
precisarlo porque con cierta regularidad se
incurre en errores de percepción que hacen ver a
los contenidos éticos de la radio y la
televisión de calidad como enemigos principales
de la rentabilidad económica de estos medios.
Al respecto
habría que señalar que ser éticos y rentables
es perfectamente compatible. Más aún, los
contenidos éticos no sólo generan rentabilidad
económica, sino también rentabilidad social,
ese valor a veces inasible que da sentido a la
idea de humanidad.
Más que haber
formulado una amplia discusión teórica sobre la
pertinencia de adoptar contenidos éticos en la
radio y la televisión, en este volumen se ha
integrado un catálogo representativo de la
deontología de la radio y la televisión del
mundo entero que permita validar lo que en las
líneas anteriores se ha argumentado. El estudio
de los códigos éticos aquí compilados
permitirá al lector:
a) Constatar
que la ética en los medios electrónicos es
una práctica cotidiana en países de
distinto signo económico, pero que ubican al
público como el eje central sobre el que
gira su actuación;
b) Verificar
que es posible el sano equilibrio entre
contenidos éticos y empresa privada;
c) Conocer
el grado de evolución que vive el país
propio de cara a la experiencia comparada;
d) Formular
iniciativas de recepción crítica de
consumos de medios electrónicos;
e) Notar que
en países de mucho menor desarrollo
económico que el propio existe, por el
contrario, una férrea voluntad para tener
una programación de calidad, y
f) Advertir
que es posible lograr una sólida calidad de
vida mediática cuando existe el apropiado
concurso de ciudadanos y empresas de radio y
televisión.
Si una parte de
ello se puede alcanzar, esta obra habrá cumplido
con creces sus propósitos de transmisión de
conocimientos.
* Ernesto
Villanueva es profesor de
tiempo completo y coordinador del Programa Iberoamericano
de Derecho de la Información en la Universidad
Iberoamericana, en la
Ciudad de México. Preside la junta
directiva de la Asociación Latinoamericana de Derecho
de la Información y de la Comunicación; dirige la Revista
Iberoamericana de Derecho de la Información; coordina el consejo editorial del dossier de Medios
de Le
Monde Diplomatique, edición en español, y
es autor de más de una
docena libros, el más reciente: Etica de la radio y
la televisión, reglas para una calidad de vida
mediática (México, junio de 2000, Universidad
Iberoamericana, UNESCO), del cual este texto es la nota
introductoria. Es,
además, miembro del consejo editorial de Sala de Prensa.
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