Multimedia, más
"rendimiento" y menos información
Los
periodistas "multiusos"
del Chicago Tribune
Eric
Klinenberg *
Internet,
los teléfonos celulares, los faxes y los
ordenadores portátiles se han convertido en
instrumentos básicos desde hace poco tiempo,
pero abundan ya las grandes teorías que nos
explican cómo estos instrumentos van a
transformar nuestras vidas (1).
Tres grandes
mitologías estructuran este montón de
conjeturas. Primero, se explica que las nuevas
tecnologías de la información van a producir
finalmente la famosa "aldea global"
anunciada desde hace decenios, una comunidad
internacional ligándonos a todos, los unos a los
otros. A continuación, se afirma que los nuevos
sistemas de comunicación permitirán desarrollar
e intercambiar ideas de manera más democrática.
Finalmente, se asegura que los nuevos medios de
comunicación es decir, sobre todo
Internet, la prensa on line y la televisión por
cable o por satélite permitirán a los
periodistas producir una información más
completa y más fiable.
La diseminación
de esta "cibercelebración", por las
campañas publicitarias incesantes de las
sociedades que venden la tecnología punta, ha
conducido a cierto número de pensadores
imprudentes a olvidar la diferencia entre
potencialidad y realidad, y a creer que el
porvenir de la sociedad de la información
dependerá sólo de su imaginación. Sin embargo,
el hecho de que su advenimiento coincida con una
grave crisis de confianza respecto de los
productores de información debería despertar
algunas reticencias, y sugerir que las grandes
empresas de prensa tienen como primer objetivo
utilizar las nuevas tecnologías para asentar su
dominio de la esfera pública.
Con frecuencia,
este cambio de perspectiva no exige más que el
simple paso de la visión macroscópica
alimentada por el aparato ideológico de los
mercaderes y aproximarse al terreno del
sociólogo que dedica su tiempo a interrogar a
los productores y a los distribuidores de
información (2). Algunas semanas de
investigación en Chicago, en un conglomerado
mediático de tecnología de punta en la
información más avanzada, The Tribune Company
(la empresa que publica The Chicago Tribune),
permiten poner a prueba los discursos entusiastas
en el ámbito de estos asalariados que, a un
ritmo frenético, se afanan en Internet, preparan
emisiones de televisión y redactan sus
artículos.
The Tribune es
un conglomerado multimedia que no ha cesado de
extender sus actividades. La empresa ha sido
siempre identificada con el principal diario
editado en su ciudad de anclaje, pero tiene
además tres periódicos regionales, una gran
televisión nacional, parte en otra cadena
nacional, cuatro estaciones de radio, una
editorial, y sociedades de producción y de
distribución de emisiones televisadas. Ha
invertido decenas de millones de dólares en la
industria informática: diarios on line, guías,
derechos de emisión de eventos deportivos,
cadenas locales de televisión que difunden
información continua... Genera alrededor de 600
millones de dólares de ganancias anualmente.
En The Tribune,
la polivalencia mediática permite un modo de
producción en el que cada medio busca utilizar
los productos de los otros para mejorar su
oferta. Aunque los pertrechos de las empresas
estén dispersos, la sala de redacción central
antes dedicada exclusivamente a los
periodistas de la prensa escrita, pero donde se
han entronizado además un estudio de
televisión, centenares de terminales y un equipo
de grafismo y de fotografía ultramoderno
se ha convertido en el lugar central en donde se
realiza la mayoría de las operaciones del
complejo.
El verdadero
trabajo de integración incumbe primero a los
reporteros y a los redactores jefe. Deben
proporcionar además el "contenido"
(apelativo que, para definir lo que los
periodistas producen, ha reemplazado a la de
periodismo) de las emisiones de todos los medios
de la empresa (3). Se imponen dos cuestiones:
¿cómo afecta esta integración a los hábitos
de trabajo de los periodistas?, ¿cómo afecta a
su vez este cambio a la calidad de la
información producida?
Bajo
la presión del mercado
Primera
respuesta, los periodistas trabajan más;
disponen de menos tiempo para realizar sus
investigaciones y para escribirlas; producen
informaciones más superficiales. Cuando, en los
años 70 y 80, los sociólogos norteamericanos
estudiaron las condiciones de trabajo de los
periodistas, mostraron que los apremios de tiempo
pesaban sobre la producción y, en consecuencia,
disminuían su calidad, en particular en la
televisión, donde los reportajes se realizan
aún con mayor rapidez (4). Esas observaciones
datan de una época en que los periodistas
trabajaban sobre un tema dado y para un sólo
tipo de medio.
Pero en la sede
de The Tribune, la experiencia de los periodistas
se ha convertido en otra cosa: el equipo local
produce ocho versiones y tres ediciones del
diario, siete emisiones de información
televisada y un número incalculable de productos
diversos para Internet. Si para la prensa escrita
hay todavía equipos diferentes, para Internet y
para el telediario local ya no hay nada que los
diferencie. Los periodistas de prensa escrita que
hace cinco años ocupaban solos la sala de
redacción, continúan siendo el corazón de la
empresa. Pero el mercado de periódicos se ha
contraído y la concurrencia se ha intensificado
en materia de televisión e Internet, por lo que
Tribune ha redefinido el papel de los redactores,
a fin de que puedan trabajar en varios medios a
la vez.
Así, ahora, un
periodista puede escribir un artículo para la
edición de tarde, aparecer en la pantalla para
tratar el mismo acontecimiento y dar consistencia
a la información con los especialistas de
Internet, sugiriéndoles relaciones con otros
sitios o acontecimientos. Estas prácticas
mantienen los costos en un nivel bajo y aumentan
el rendimiento del proceso de producción. Pero
absorben una parte del tiempo que los periodistas
consagraban a sus investigaciones, al reclamar de
ellos a la vez nuevas aptitudes profesionales
(por ejemplo, ser telegénico) y una escritura
mediática adaptable a cualquier tipo de soporte.
Las
informaciones y los periodistas se ven afectados
directamente por estas transformaciones. En
Francia, el debate se concentra en los
telediarios que, a falta de tiempo y espacio, no
ofrecen más que una información superficial y
mediocre (5). La misma observación podría
hacerse en Estados Unidos: un telediario que dura
treinta minutos (de los que ocho son de
publicidad intercalada entre las noticias)
contiene tanto texto como un artículo de primera
página del New York Times. Pero a medida que los
conglomerados mediáticos crean sinergias de
producción entre sus diferentes soportes, los
redactores jefe no sólo pierden el tiempo
necesario para el buen tratamiento de la
información, sino que sufren una presión que
les conduce a escribir de tal manera que su
producción se adapta a un denominador común.
Un caso especial
es el de la televisión, lo que explica que los
artículos se parezcan cada vez más a
microrreportajes para la pequeña pantalla. Los
responsables de la prensa escrita son conscientes
de esa pérdida de rumbo. Un reciente sondeo
indica que más de la mitad de los redactores
jefe y de los directores de secciones deploran el
carácter cada vez más superficial de las
informaciones de la prensa escrita. Y dos tercios
admiten que los periódicos prefieren interesarse
más en las personalidades que en las cuestiones
de fondo (6).
El nuevo sistema
de producción amenaza tanto al tipo de
información escogido como a la calidad de la
investigación que lo ha precedido. Los
responsables de la redacción deben alimentar el
contenido de varios medios con un personal
limitado. Los periodistas, obligados a tener un
tema al final de la jornada, se limitan entonces
a aquellos que pueden tratar sin esfuerzo. El
periodismo de investigación y los temas que
exigen una búsqueda exhaustiva y una reflexión
más profunda son frecuentemente excluidos de
oficio. En otros términos, el tipo de trabajo
por el cual los periódicos norteamericanos
tenían una gran reputación es el que publican
ahora de manera excepcional. Bajo la presión de
los gerentes, los redactores jefes utilizan las
nuevas tecnologías como un argumento que les
permite reafirmar su control jerárquico y con
ello reducir un poco más el carácter
democrático del trabajo periodístico. El
resultado es una disminución de las
informaciones serias propuestas al lector.
¿Por qué los
periodistas aceptan una situación semejante? Por
una parte, los cursos de periodismo, que
privilegian una profesionalización acelerada,
preparan a los futuros profesionales para estas
condiciones de trabajo y este tipo de periodismo.
Por otra parte, el mercado de trabajo se
caracteriza por una concurrencia feroz y los
periodistas, raramente sindicados u organizados,
se sienten vulnerables. Conseguir un empleo en
Tribune tiene tal atractivo que centenares de
periodistas experimentados tratan de obtener
contratos de prueba de un año, que, para los
candidatos escogidos, no desembocarán en una
titulación más que en un caso de cada diez.
Una vez en el
puesto, el periodista ignora con frecuencia el
tipo de aptitud que tendrá que desarrollar. ¿Y
cómo podrá descubrirlo si tendrá la
responsabilidad de tareas tan diferentes como la
redacción de artículos, el montaje de
reportajes televisivos y la concepción de
vínculos Internet? Aquellos que entrevén el
futuro de su profesión saben que, aunque la
capacidad de escribir bien continúa siendo
apreciada aquí y allá, se ha convertido en una
capacidad en vías de rápida depreciación. Si
han entendido que el periódico de mañana se
parecerá cada vez más al que se ve por
televisión, emplearán sus energías al tenor de
ello.
Puesto que nada
prueba que las nuevas tecnologías mejoren la
calidad de la información, ¿de dónde viene la
idea de que la digitalización (Internet)
favorecerá la unificación del mundo en una
aldea global de gentes informadas, llamadas
"netizens" (ciudadanos internautas) en
Estados Unidos? Porque ¿cómo negar que
actualmente se puede leer Le Monde diplomatique
en la pantalla (o se puede también escuchar
radios internacionales) y captar la BBC, CNN o
TV5 en una cadena por satélite?
Los nuevos media
facilitan un cierto cosmopolitismo de la
información. Sin embargo, los grandes grupos de
comunicación utilizan frecuentemente
tecnologías de punta con una finalidad
diametralmente opuesta: les permiten fragmentar
al límite, "dirigirse" al público a
quien se sirve informaciones locales
estructuradas en torno a su región, su ciudad o
su código postal (7). De esa manera, la
producción digital de información favorece el
narcisismo, no el universalismo.
Hace veinte
años, el Chicago Tribune procedía a un reparto
geográfico de su zona de difusión y realizaba
páginas especiales para cada una de las ocho
zonas cubiertas. La impresión y la edición
moderna han permitido al periódico generalizar
esa lógica. No se contenta con imprimir páginas
especiales para cada una de las zonas de la
ciudad y de la región, sino que imprime desde
ahora diferentes primeras páginas, modificando
títulos y fotos en función de la localización
de los lectores. Y conduce estudios de marketing
muy avanzados para adaptar su
"producto" a los temas de interés
local.
Los sociólogos
sostienen que los periódicos de una localidad
contribuyen a la integración de los diferentes
barrios yuxtapuestos en una comunidad social y
política única. Incluso los diferentes
periódicos, destinados a lectores distintos,
participarían en la construcción de un
espíritu de pertenencia a una colectividad
urbana puesto que trata temas que conciernen al
conjunto de la ciudad. Pero, en Chicago y su
entorno, los lectores de la periferia
incluso cuando trabajan en la ciudad
no leen ya en su diario de residencia las
informaciones que conciernen a la ciudad. Y
aquellos que viven en el norte de la ciudad se
verán privados de lo que concierne al sur. The
Tribune puede atraer así a la vez a un público
encerrado en sí mismo y a los publicitarios que
quieren dirigirse a él.
Este dirigirle
hacia uno mismo no se limita a los periódicos.
Porque, aunque Internet ofrece informaciones
sobre el mundo entero, los internautas utilizan
sobre todo la red para recoger informaciones que
les conciernen personalmente. En Estados Unidos,
la difusión de noticias locales conoce, pues, un
verdadero boom en Internet; los grandes grupos de
prensa se disputan ya ese reducto. Los
norteamericanos visitan los sitios locales mucho
más que los que están dedicados a cuestiones
internacionales en inglés, por no decir de los
sitios en lenguas extranjeras.
Hace diez años,
el Chicago Tribune disponía de doce oficinas en
su sede y treinta y dos corresponsales en el
extranjero. En la actualidad no cuenta más que
con seis oficinas y veintisiete corresponsales.
Semejante evolución refleja las tendencias
nacionales. De 1975 a 1990, el lugar asignado a
la información internacional cayó por debajo
del 15 % del espacio o de la duración total para
los medios de comunicación, periódicos y
boletines de información televisada. En lugar de
enviar corresponsales a cubrir los
acontecimientos nacionales e internacionales, el
periódico destina sus equipos a los barrios
prósperos, allí donde ha abierto nuevas
oficinas y donde dispone de lectores selectos.
Los grupos de prensa han seguido, en suma, a los
norteamericanos afortunados a las zonas en donde
viven ahora.
Se ve que, si
bien la revolución digital ha entrañado una
modificación de la producción y de la
distribución de la información, en cambio no ha
provocado un gran cambio en la estructura del
campo periodístico, a menos que
denominemos así la progresión en una lógica
comercial y el abandono de valores y de
exigencias que han caracterizado durante tanto
tiempo a un determinado periodismo. Un antiguo
redactor jefe del semanario Time estima que hoy
la subordinación creciente de la información a
las presiones del mercado supone "el dato
destacado que caracteriza al periodismo
norteamericano". Es también una de las
menos cubiertas (8).
El antiguo
director de la redacción del Chicago Tribune se
lamentó recientemente: "El periodismo ha
tenido siempre por función educar a la gente.
Hoy, los propietarios estiman, al contrario, que
no se trata más que de una franquicia
(mercancía) como otra cualquiera, y que, como
las otras, primero debe aportar dinero". El
actual responsable de la dirección del Chicago
Tribune dice lo mismo: "No soy el redactor
jefe de un periódico; soy el patrón de una
empresa de contenido" (9).
Esta ética
está devaluando ya el conjunto de la profesión.
Los patronos de la prensa norteamericana son los
primeros en admitir o en reclamar la
demolición del muro que separa la redacción del
diario y su división comercial. Hoy, 192 diarios
y semanarios han sistematizado incluso el
principio de reuniones comunes entre las dos
entidades (10). Pero si esa mezcla de especies es
peligrosa, hará un poco menos opaca la
naturaleza comercial de la industria mediática,
lo que permitirá quizá acelerar el movimiento
de desconfianza de la opinión, respecto a la
información que se le vende. Ya, la acumulación
de escándalos que han caracterizado
recientemente al periodismo norteamericano
(plagios, invenciones, obsesión por lo
escandaloso y lo salaz) ha despertado la lucidez
de un batallón de críticos, en Estados Unidos y
en otros países (11).
______
Notas:
(1) Para uno de los mejores
análisis sobre el tema, léase a Manuel
Castells, La Société en réseaux, Fayard,
París, 1998; para uno de los más populares,
Nicholas Negroponte, LHomme numérique,
Laffont, París, 1995.
(2) Léase, por ejemplo, a
Alain Accardo (dirigido por) Journalistes
précaires, Editions Le Mascaret, Burdeos, 1998.
(3) Sobre este pasaje del
periodismo de "contenido" en la
Tribune, cf. Ken Auletta, "Synergy
City", American Journalism Review
(http://ajr.newslink.org/special/guide.html)
(4) Léase a Herbert Gans,
Deciding Whats News, Vintage, Nueva York,
1979, y Todd Gitlin, The Whole World is Watching,
University of California Press, Berkeley, 1980.
(5) Léase a Pierre Bourdieu,
Sobre la televisión, Anagrama, Barcelona, 1998.
(6) Léase a Serge Halimi,
"Un journalisme de racolage", Le Monde
diplomatique, agosto de 1998. Léase igualmente a
Neil Hickey, "Money Lust: How Presure for
Profit is Perverting Journalism", Columbia
Journalism Review, Nueva York, julio/agosto de
1998.
(7) Léase a Ives Eudes,
"Essor des chaînes hyper-locales aux
Etats-Unis", Le Monde diplomatique, febrero
de 1994, y Quentin Hardy, "The small screen
gets even smaller in some US towns", The
Wall Street Journal Europe, 8 de junio de 1998.
(8) Neil Hickey, op.cit.
(9) "I am not the editor
of a newspaper. Y am the manager of a content
company", citado en Ken Auletta, op.cit.
(10) Véase, Joseph S. Coyle,
"Now the Editor as Marketer", Columbia
Journalism Review, julio/agosto 1998.
(11) Para Estados Unidos,
véase sobre todo el trabajo bimestral Extra
publicado por la asociación Fairness and
Accuracy in Reporting (FAIR), 130 West 25th
Street, Nueva York, NY 10001.
* Eric
Klinenberg es
investigador en la Universidad de California, Berkeley, Estados Unidos. © Le Monde diplomatique, edición
mexicana. Este texto se reproduce en SdP con la autorización expresa de su
directora general.
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