Al caer la
oscuridad
Por
primera vez, un importante periodista de
investigación colombiano cuenta por qué
abandonó su país
Frank Smyth
Washington,
D.C.- El 24 de mayo, el periodista colombiano
Ignacio Gómez, conocido por sus amigos como
"Nacho", salió de su casa en Bogotá y
trató de tomar un taxi. No tuvo que esperar
mucho: un ansioso conductor lo vio, se movió a
través del tránsito, y paró entre chirridos
con un neumático sobre la acera.
Gómez se
aproximó al taxi. Mientras abría la puerta,
alcanzó a ver en el espejo del conductor a un
hombre que se aproximaba desde atrás. Gómez
pensó que el hombre podía haber llamado al taxi
primero, así que cortésmente le abrió la
puerta y lo invitó a abordar el auto.
El hombre se
heló, y permaneció amenazante frente a Gómez
por unos momentos, sin moverse. En ese momento,
Gómez se dio cuenta de que el rostro de ese
hombre se parecía a un retrato hablado que la
policía obtuvo por la descripción que hicieron
los sobrevivientes de una masacre en el pueblo de
Mapiripán, en 1997, donde paramilitares de
derecha mataron a 49 personas con la ayuda del
ejército colombiano.
Gómez se alejó
del taxi y cruzó la calle mientras llamaba la
policía desde su teléfono celular.
A sus 38 años de edad,
Gómez está entre los periodistas más
respetados en Colombia; él creció en los
barrios bajos de Bogotá, y en ese momento
encabezaba la unidad de investigación del diario
El Espectador. En Febrero de este año,
Gómez reportó que la masacre de Mapiripán
habido sido ejecutada por paramilitares bajo el
comando del conocido dirigente de las
Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Carlos
Castaño.
Reportar sobre
cualquier aspecto de la guerra civil en Colombia
es un asunto peligroso; 36 periodistas han sido
asesinados en la última década, más que en
ningún otro país en Latinoamérica. Cubrir a
las AUC, sin embargo, es aún más peligroso,
porque la organización es tan despiadada como
extremadamente sensible sobre su imagen pública.
Esta violenta
organización derechista, con fuertes lazos con
militares colombianos, ha sido vinculada a
cientos de violaciones de derechos humanos en
Colombia. El dirigente de las AUC, Carlos
Castaño, parece haber alcanzado dos logros para
mejorar la imagen de su grupo, mediante una serie
de entrevistas de televisión y saturando de
comunicados a los medios impresos. Mientras,
quienes osan criticar a las AUC saben que
podrían padecer violentas represalias. El
asesinato de Jaime Garzón, el más popular
crítico político colombiano, en agosto de 1999,
ha sido atribuido a las AUC, así como al menos
otros cuatro asesinatos de periodistas en los
últimos años. Los periodistas que cubren a las
AUC han sido atacados, amenazados y forzados al
exilio. El columnista Alfredo Molano, de El
Espectador, se fue a España en enero de 1999
después de que Castaño envió una carta por fax
al periódico en la que describía al periodista
como "un enemigo de la nación".
A pesar de los
evidentes riesgos, Nacho Gómez y sus colegas en El
Espectador continuaron reportando sobre las
AUC. En su reportaje sobre la masacre de
Mapiripán, Gómez narró que las AUC actuaron en
concierto con fuerzas del ejército colombiano,
bajo el comando del coronel Lino Sánchez. Poco
después de publicar esta nota, Gómez empezó ha
recibir amenazas por carta. Para abril, ya
sumaban 56 cartas, similares en tono y frases,
firmadas por individuos que se identificaban como
personal militar. La policía estableció más
tarde que todas habían sido generadas en tres
impresoras de computadora.
Algunos de los
paramilitares de las AUC implicados en la masacre
de Mapiripán habían sido condenados el año
anterior por participar en otra masacre, en la
ciudad de Barrancabermeja, y fueron cumplir sus
sentencias en la prisión de alta seguridad La
Modelo, tras cuyas paredes han muerto muchos
presos, entre quienes se cuenta al agente de
inteligencia naval Saulo Segura, quien fue
encarcelado por atestiguar contra un veterano
comandante de la naval sobre su presunta
relación con escuadrones de la muerte integrados
por militares. En diciembre de 1995, Segura fue
asesinado dentro de La Modelo por un hombre no
identificado, quien dejó el arma homicida (una
pistola) cerca de su cadáver.
Otra reportera
de El Espectador, Jineth Bedoya, comenzó
a darle seguimiento a los abusos cometidos por
miembros de las AUC presos en La Modelo. En
abril, afloraron las tensiones en la prisión,
cuando paramilitares de las AUC se enfrentaron
con presos izquierdistas y con criminales
comunes. Durante los disturbios, los jefes de las
AUC jefes ordenaron varias ejecuciones sumarias
de otros prisioneros. Bedoya publicó esta nota
en El Espectador.
En las
siguientes semanas, oficiales militares
colombianos con supuestos vínculos con las AUC
extendieron rumores que señalaban a los
periodistas de El Espectador como agentes
de una guerrilla marxista. En tanto, fuentes
anónimas advirtieron a Bedoya que ella estaba en
una lista de sentenciados a muerte de las AUC.
El 23 de mayo,
Nacho Gómez revisó su buzón en la oficina y
encontró un pequeño sobre con su nombre
rotulado al frente. Dentro había una fotocopia
de las revelaciones de Bedoya sobre La Modelo.
Bedoya y su editor en El Espectador, Jorge
Cardona, recibieron notas idénticas.
Hora y media
más tarde, sonó el teléfono celular de Bedoya.
La persona que llamó se identificó como
"El Panadero", supuesto cabecilla de
las AUC presos en La Modelo. "El
Panadero" negó que planeara matar a Bedoya,
y le ofreció reunirse con ella dentro de La
Modelo, a las 10 de la mañana del día
siguiente, para un entrevista.
Aunque "El
Panadero" le dio instrucciones a Bedoya para
que fuera sola, llegó a la prisión acompañada
por Cardona y por un fotógrafo. En una sala de
espera, un guardia les anunció que la entrevista
habido sido autorizada. El guardia los apremió,
mientras las autoridades de la prisión los
estaban esperando para procesarlos a ellos. Para
ese momento, el fotógrafo había salido a
comprar una soda, y Cardona fue a buscarlo,
dejando sola a Bedoya.
Cuando Cardona y
el fotógrafo volvieron a la sala de espera,
Bedoya había desaparecido. Ni los guardias ni
nadie más aceptó haber visto nada.
Cardona creyó
que Bedoya, que siempre demostró una conducta
independiente, había decidido entrar sola a la
prisión. Pero a las 5 de la tarde, cuando todos
los visitantes deben abandonar la prisión, ella
todavía no aparecía.
| Para entonces,
Cardona había llamado al director
general de investigaciones de la
procuraduría general, quien empezó por
revisar la bitácora de la prisión y, al
mismo tiempo, empezó un rastreo
electrónico del teléfono celular de
Bedoya. A las 6:30 de la tarde,
los investigadores detectaron una señal,
proveniente desde la ciudad de
Villavicencio, una de las plazas más
fuertes de los paramilitares que se
conocen y que está a varias horas de
Bogotá por carretera. Mientras los
investigadores organizaban la búsqueda,
un conductor de taxi Bedoya
arrastrándose fuera de un basurero a
orillas de la carretera.
|
El
25 de mayo, Bedoya
fue
secuestrada en el
vestíbulo
de la prisión
La
Modelo, donde se
encontraba
para
entrevistar
a un dirigente
de
las AUC detenido;
luego
fue conducida a una
ciudad
a tres horas de
Bogotá,
donde
fue
golpeada
y violada.

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Más
tarde, Bedoya contó a la policía que después
de que su editor la dejó sola para buscar al
fotógrafo, se le acercaron dos hombres en el
vestíbulo de la prisión. Uno de ellos le puso
una pistola en su costado, mientras el otro le
cubrió la cara con una tela aparentemente
remojada con alguna droga, provocándole un
desmayo.
En
semiinconciencia, Bedoya fue llevada una casa
frente a la prisión. Sus secuestradores la
ataron de pies y manos, la amordazaron y vendaron
sus ojos. Luego la condujeron a Villavicencio,
donde salvajemente golpeada y violada. Durante el
asalto, los hombres le dijeron cómo planeaban
asesinar a otros periodistas, incluyendo su
colega Nacho Gómez.
Los asaltantes
de Bedoya no explicaron por qué la dejaron
libre. Una semana mas tarde, Nacho Gómez huyó a
Estados Unidos.
* Frank
Smyth es representante
en Washington, D.C., del Comité para la
Protección de los Periodistas. Este reporte fue elaborado en inglés
para el CPJ y se reproduce en Sala de Prensa con la autorización expresa de
Marylene Smeets, coordinadora del Programa de las
Américas del CPJ, en Nueva
York. (Traducción de GAA.)
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