Vietnam
Documentales
contra una guerra sucia
Ignacio
Ramonet *
La
guerra de Vietnam duró catorce años, de 1961 a
1975. El Frente de Liberación de Vietnam del Sur
se formó el 20 de diciembre de 1960, unas seis
semanas después de que John F. Kennedy fuera
elegido presidente de Estados Unidos. A comienzos
del año siguiente, Kennedy lanzó a la guerra
las Fuerzas Especiales , violando los acuerdos de
Ginebra de 1954. Luego vino la escalada de Lyndon
B. Johnson, a fines de los años 60, con el
bombardeo del norte de Vietnam y de Hanoi. A
continuación se produjo la
"vietnamización" de la guerra,
decidida por Richard Nixon. Por último, el
gobierno pro-estadounidense de Saigón y su
ejército cayeron el 30 de abril de 1975.
Este conflicto
fue el tema más ampliamente tratado por la
televisión en toda la historia de las
informaciones televisadas en Estados Unidos. El
sociólogo George Bayley efectuó un estudio muy
preciso (1) sobre la forma en que las tres
grandes redes televisivas estadounidenses (ABC,
CBS, NBC) dieron cuenta de esta guerra durante el
periodo 1965-1970.
Casi la mitad de
las informaciones sobre la guerra estaba referida
a las acciones de la infantería sobre el terreno
y a las actividades de la aviación. Cerca de un
12% de esas noticias eran citas oficiales de los
dos gobiernos (Saigón y Washington). Sólo el 3%
del conjunto de las informaciones difundidas daba
el punto de vista del "enemigo". Ese
porcentaje indica bastante explícitamente hasta
qué punto la televisión estadounidense fue
parcial en su versión de los acontecimientos.
También se
minimizó el impacto que la guerra tuvo dentro de
Estados Unidos, el rechazo que despertó,
fundamentalmente entre los jóvenes, generando
manifestaciones antibelicistas, marchas por la
paz y protestas universitarias. Respecto de esta
parcialidad, George Bayley señala:
"Prácticamente todos los resúmenes diarios
de los combates provenían de los servicios de
relaciones públicas del ejército". Sólo
en el año 1971, esos servicios habían gastado
más de 200 millones de dólares para presentar a
los ciudadanos estadounidenses la mejor imagen
posible del ejército.
En un documental
de Peter Davis, The Selling of the Pentagon (Cómo
se vende el Pentágono), un ex oficial de los
servicios de información relata cómo se
esforzaba por "desinformar" a los
periodistas que venían a investigar sobre el
terreno. Por ejemplo, un equipo de la CBS que
realizaba un reportaje sobre los bombardeos
contra Vietnam del Norte, y que se había
dirigido a él para poder entrevistar pilotos
estadounidenses, fue víctima de sus manejos. El
oficial efectivamente hizo el contacto, pero
antes advirtió severamente a los pilotos sobre
lo que bajo ningún concepto había que decir...
"De igual
modo, los servicios de información organizaban
falsos operativos de las tropas gubernamentales
survietnamitas. Los servicios oficiales filmaban
esos operativos y después enviaban los
reportajes a pequeñas emisoras estadounidenses
que no tenían medios para enviar equipos propios
a Vietnam", señala un observador (2).
Fue para
oponerse a esa visión parcial y manipuladora de
una "guerra sucia", que desde fines de
los años 60 cineastas independientes comenzaron
a denunciar los horrores de la intervención
estadounidense en Vietnam por medio de
documentales políticos.
En In the
Year of the Pig (En el año del cerdo, 1969),
Emile de Antonio es el primero en tratar de
explicar las razones profundas de la guerra. Con
métodos de arqueólogo, De Antonio estudia una
enorme cantidad de imágenes de archivo,
remontándose a la época de la colonización
francesa, y demuestra dos cosas: la
premeditación de la intervención
estadounidense, y el carácter ineluctable -a su
entender- de la derrota militar.
Un cineasta
talentoso, Joseph Strick, ya había detectado los
signos premonitorios de ese fracaso (véase su
film Interviews with My Lai Veterans, 1970)
en la arrogancia y la suficiencia exhibida
por el teniente William Calley y sus siniestros
compañeros -soldados transformados, por obra y
gracia del ejército, en criminales de guerra, en
verdaderas "máquinas de matar" luego
de los entrenamientos deshumanizantes que el
documentalista Frédéric Wiseman había
denunciado en Basic Training , de 1971.
La impresionante
película Winter Soldier (Soldado de
invierno) fue un llamado a la desobediencia. Se
trata de un documental colectivo donde veteranos
de la guerra relatan las atrocidades que ellos
mismos cometieron en Vietnam, "en nombre de
la civilización occidental". De todos los
documentales que se realizaron contra la guerra
de Vietnam, este fue, sin dudas, el que tuvo
mayor impacto en la opinión pública.
A su regreso de
la guerra, jóvenes "veteranos" (de
entre 20 y 27 años) toman conciencia de haber
participado en una carnicería y de que -a raíz
del condicionamiento sufrido- han sido
deshumanizados y reducidos a la condición de
"Terminators" criminales. Comprenden
entonces que la guerra de Vietnam no tendrá
jamás su Tribunal penal internacional, que los
verdaderos responsables políticos y militares de
las masacres, de la lluvia de napalm, de los
bombardeos aéreos contra civiles, de las
ejecuciones masivas en los presidios, y de los
desastres ecológicos provocados por el uso
generalizado de defoliantes, nunca serán
juzgados por una corte marcial ni condenados por
crímenes contra la humanidad.
Esa evidencia se
les hace insoportable; por lo tanto, para aportar
un contra-testimonio a las mentiras difundidas
por los medios, ciento veinticinco veteranos, que
no son ni desobedientes ni desertores, muchos de
ellos cubiertos de condecoraciones, se reúnen en
Detroit en febrero de 1971. Cineastas
neoyorquinos deciden filmar ese acontecimiento
-que los medios oficiales boicotean- y así
registran treinta y seis horas de película, cuya
síntesis será Winter Soldier.
Allí se puede
ver a esos ex soldados - otrora orgullosos de
haber combatido por su patria- explicar el lavado
de cerebro sufrido previamente en los campos de
entrenamiento, donde les enseñaban a amordazar
su conciencia moral y a liberar sus instintos
agresivos. Cuentan las atrocidades que cometieron
luego de haber sido robotizados: las violaciones,
las torturas, los incendios de poblados, las
ejecuciones sumarias, el uso de niños para
practicar tiro al blanco, el intercambio de las
orejas de los vietnamitas (vivos o muertos) por
latas de cerveza, el lanzamiento de prisioneros
desde helicópteros, etc.
Evocan el
catálogo de las consignas de guerra: "Todo
vietnamita vivo es sospechoso de ser del
vietcong; todo vietnamita muerto es un auténtico
vietcong"; "Si un campesino escapa ante
vuestra presencia, es un vietcong; si no escapa,
es un vietcong inteligente; en ambos casos hay
que eliminarlo"; "Cuenten los
prisioneros únicamente después que el
helicóptero llegue a destino, no al despegar;
así no tendrán que rendir cuentas por los que
hubieren desaparecido en vuelo", etc.
Winter
Soldier pone en evidencia la profundidad del
traumatismo provocado en Estados Unidos por el
conflicto vietnamita, y subraya el desconcierto
moral de la juventud que participó en esa
guerra.
Posteriormente,
en Hearts and Minds (Corazones y mentes,
1973), el director Peter Davis se interrogó
sobre las características culturales
estadounidenses que -más allá de
consideraciones políticas-habían podido
favorecer la extensión irracional del conflicto,
hasta darle -por la cantidad y la gravedad de las
atrocidades cometidas- dimensiones de un crimen
contra la humanidad.
En primer lugar,
el director procede a rastrear las redes de
mentiras, de afirmaciones y de fobias, que
paulatinamente aprisionaron a Estados Unidos en
la lógica de la intervención. Abiertamente
interrogados, ciertos dirigentes exponen
pretextos geopolíticos absurdos: "Si
perdemos Indochina, perdemos el Pacífico, y
seremos una isla en un mar comunista". Otros
ven en la intervención una manera de conservar
el acceso a materias primas indispensables:
"Si cayera Indochina, dejarían de llegarnos
el estaño y el tungsteno de la península de
Malaca". Por último, más ideológicos,
otros afirman que Estados Unidos interviene
"para socorrer a un país víctima de una
agresión extranjera".
Peter Davis sabe
que para dilucidar los orígenes de la brutalidad
en el "comportamiento individual" de
los militares estadounidenses, hay que analizar
una cantidad de ritos que caracterizan, en parte,
la sociedad.
Hearts and
Minds distingue tres de esos ritos o
"estructuras de enceguecimiento", cuya
función es ocultar el sentido profundo de un
acto bajo una montaña de significaciones
secundarias puramente formales. Así, por
ejemplo, Peter Davis muestra cómo el ejército
logra diluir la dimensión criminal de un acto de
guerra a través de la multiplicación de
intermediarios tecnológicos entre un militar y
su víctima.
Muestra de ese
proceder es el caso de un piloto que, con mirada
serena, declara: "Cuando uno vuela a 800
kilómetros por hora no tiene tiempo de pensar en
nada más. Nunca veíamos a la gente. Ni siquiera
oíamos las explosiones... Nunca sangre ni
gritos. Era algo limpio; uno es un especialista.
Yo era un técnico". La conciencia del
piloto, fascinada por el mito de la eficacia
técnica, ya no considera las consecuencias de su
acción ni asume la responsabilidad de la misma.
Una segunda
estructura -que aparece de cierta manera como
complementaria de la anterior- consiste en
transformar cualquier participación en un
terreno dado, en una competencia donde el fin
justifica los medios. Antes que nada, lo que
cuenta es poner toda la energía con el único
objetivo de triunfar. Peter Davis compara la
actitud de los militares en Vietnam con la de los
jugadores de fútbol americano. En ambos casos,
todos los golpes están permitidos, lo único que
cuenta es ganar, aun cuando se haya olvidado la
causa del combate.
Soldados
interrogados en plena batalla, en la jungla
vietnamita, confiesan no saber por qué pelean.
¡Uno de ellos incluso está persuadido de que es
para ayudar a los norvietnamitas! Un oficial
resume: "Es una guerra larga, difícil de
entender. Pero nosotros vinimos aquí para
ganar".
El tercer
elemento de desculpabilización es esa especie de
"psicología de los pueblos" - origen
del racismo más elemental- que permite acusar
mecánicamente a los habitantes de un país de un
sinnúmero de defectos. Un oficial estadounidense
cuenta a los niños de una escuela sus
impresiones sobre Indochina: "Los
vietnamitas son muy atrasados, muy primitivos;
ensucian todo. Sin ellos Vietnam sería un lindo
país".
En ese discurso
se percibe claramente la nostalgia de una
solución radical ("no people, no problem")
del tipo "solución indígena" que debe
haber tentado -sin graves remordimientos- al
general William Westmoreland, jefe del cuerpo
expedicionario, pues sostenía que "para los
orientales la vida no tiene tanto valor como para
los occidentales".
Peter Davis
atribuye al conflicto vietnamita un valor de
"síntoma". El de una grave enfermedad,
es decir: la violencia estadounidense,
cuyas características militares analiza, un poco
a la manera sociológica empleada por Cinda
Firestone en Attica para desnudar el
funcionamiento de la represión policial.
Hollywood, que
no había apoyado esta guerra, no dudó en
recompensar Hearts and Minds con un Oscar
al mejor documental de 1974.
Pero la obra
límite sobre las consecuencias del conflicto en
la trama íntima de las vidas estadounidenses fue
Milestones (1975), de John Douglas
y Robert Kramer, verdadera suma de las ideas más
generosas de la generación que se opuso a la
guerra. Milestones es una travesía
(histórica, geográfica, humana) por Estados
Unidos. Es un encuentro con ciudadanos
conscientes de que el poder estadounidense se
creó sobre la matanza de los indígenas y sobre
la esclavitud de los negros, y que se oponen a la
destrucción del pueblo vietnamita. Obra de
renacimiento, Milestones marca sin embargo
un corte bastante radical en el discurso
político. Terminada ya la guerra, la película
insiste en la necesidad de mantener la
movilización, e invita a volcar la energía
militante en la vida cotidiana, en la
transformación de las relaciones de pareja, de
familia y de amistad. Propicia el florecimiento
de una sociedad estadounidense menos violenta,
más benévola, más tolerante, que permita más
fácilmente dar libre curso a la sensibilidad y a
la emoción.
Por último, en
octubre de 1983, cuando la opinión pública
estadounidense trataba de olvidar el conflicto,
una serie documental difundida por la televisión
y titulada Vietnam, una historia televisada,
vino a rememorar nuevamente los crímenes de
Washington en Vietnam.
Los
documentalistas lograron hallar a dos
sobrevivientes de una masacre olvidada, la de la
aldea de Thuy Bo en enero de 1967, que recuerdan.
Nguyen Bai, que por entonces era un escolar,
cuenta "cómo los 'marines' destruyeron
todo, sacrificaron el ganado, liquidando a los
heridos, rompiendo cabezas a culatazos,
disparando sobre todo lo que se moviera". La
señora Le Thi Ton, que también era una niña en
aquel momento, confirma: "Éramos diez en
una choza cuando llegaron los soldados
estadounidenses . Yo salí a saludarlos; ellos se
rieron y tiraron una granada dentro. Soy la
única sobreviviente (3)".
William Cohen,
actual ministro estadounidense de Defensa,
declaró el 11 de marzo pasado, en vísperas de
su histórica visita a Hanoi, que no pensaba
pedir disculpas por la conducta de las fuerzas de
su país durante la guerra de Vietnam.
Notas al pie:
1 George Bailey,
"Television War: Trends in Network Coverage
of Vietnam 1965-1970", Journal of
Broadcasting, primavera de 1976, Washington
D.C.
2 Le Monde,
3-3-1971.
3 Ver Patrice de Beer,
"Une grande fresque sur le Vietnam",
"Leçons dhistoire", Manière
de voir, n°26, mayo de 1995.
* Ignacio
Ramonet es director de Le Monde diplomatique, Francia. © Le
Monde diplomatique, edición mexicana, No. 33,
mayo de 2000 (traducción: Carlos Alberto
Zito). Este texto fue entregado por su directora
general, Eda Chávez, para su publicación en Sala de Prensa.
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