Contar para
cambiar: los jóvenes
reporteros de investigación
Antonio
Ruiz Camacho *
En
un país donde más de cuatro de cada diez
habitantes vive en la pobreza y donde dos de cada
diez se encuentra en la miseria, la necesidad de
contar historias sociales no es acuciante, sino
ineludible.
Dice Jonathan
Kaufman, reportero de investigación de The
Boston Globe, quien obtuvo el premio Pulitzer
por una serie de historias sobre racismo titulada
The Race Factor: "Hago este tipo de
periodismo, en parte, porque considero que los
periódicos deberían escribir sobre la gente
que, de otra forma, no tendría voz. Si nosotros
no vamos a escribir sobre los indigentes, los
pobres o los que sufren alguna discriminación,
¿quién lo hará?".
La frase de
Kaufman sirve perfectamente como declaración de
principios para un número creciente de jóvenes
reporteros mexicanos que actualmente integran las
áreas de investigación en diferentes medios de
comunicación nacionales.
¿Por qué? Un
poco de historia y números son un buen punto de
partida para dar respuesta a esta pregunta.
México es la décimoquinta economía mundial
pero, en cuanto a la distribución de su riqueza,
ocupa el puesto 82. El ingreso anual per capita
mexicano es de mil 700 dólares y el promedio de
educación nacional es de tan solo seis años:
apenas la instrucción primaria.
Arrastrado más
por la inercia mundial que por un deseo
exclusivamente propio, México ha acometido la
senda de la democratización real --dejando
atrás la nominal, con la que cuenta desde hace
más de 70 años--, pero sus pasos han sido,
hasta el momento, convulsos e inciertos.
El punto de no
retorno en la realidad mexicana quedó marcado el
primero de enero de 1994, con el levantamiento
del Ejército Zapatista de Liberación Nacional
en el sureño estado de Chiapas.
A lo largo de
ese año, como consignó Alma Guillermoprieto en
diferentes crónicas publicadas en The New
Yorker, el país habría de darse cuenta de
que iniciaba un tiempo inédito, en el que ya no
valían "ninguna de las viejas reglas del
juego".
La
convulsión y el compromiso
El 23 marzo de
1994 el candidato del oficialista Partido
Revolucionario Institucional (PRI), Luis Donaldo
Colosio, fue asesinado en Tijuana, al noroeste de
la República. Seis meses después, José
Francisco Ruiz Massieu, entonces secretario
general del mismo partido --el que ha gobernado
al país, con dos diferentes nombres previamente,
desde 1929-- también caía muerto a tiros a la
puerta de un céntrico hotel de la capital del
país.
Descontrolado,
irritado y aferrado al pasado, el viejo sistema
mexicano expresaba su furia y desesperación ante
un cambio que debió venir mucho antes y que, en
ese momento, le estallaba al país por todos los
frentes.
Si bien los
asesinatos políticos y la creciente
proliferación del narcotráfico --tanto en las
esferas oficiales como en las zonas más aisladas
y paupérrimas del país-- daban cuenta de la
corrupción y la descomposición del sistema, la
rebelión zapatista desenmascaró los sueños
primermundistas que había alucinado buena parte
de la población durante el sexenio de Carlos
Salinas de Gortari, y había dejado en claro que,
antes que otra cosa, México es un país de
enormes injusticias sociales y muchas asignaturas
pendientes.
En ese momento,
un buen número de jóvenes universitarios
cursaba materias de periodismo y vivieron la
convulsión zapatista y el derrumbamiento de sus
sueños como una llamada de atención: la
campanada que los llamaba a formar filas para
acometer un nuevo compromiso.
El rompimiento
de las cadenas y las mordazas en el periodismo
mexicano había comenzado tiempo atrás, allá
por los setentas, cuando luego de un complot
fraguado desde la esfera gubernamental para
desmantelar al entonces reputado aunque
conservador diario Excélsior, Julio
Scherer --el director derrocado-- y su equipo
formaron la revista Proceso, a la cual el
periodismo nacional debe ahora mucha de la
libertad que tiene.
Al paso de los
años, nuevos y agresivos medios se unieron, de
una u otra forma, con estrategias y coberturas
propias, a la lucha de Proceso. Tal fue el
caso de Unomásuno --cuyo proyecto se
desvirtuó con el tiempo y actualmente no es
considerado una referencia--, La Jornada, El
Financiero y Reforma, medios que han
intentado --y lo siguen haciendo-- mantener una
línea editorial propia ajena a los intereses
oficiales.
En las páginas
de estos y otros medios del interior de la
República --como casos conspicuos están Zeta
en Baja Californa, El Imparcial en
Sonora y el hoy extinto Siglo 21 en
Jalisco-- los mexicanos comenzaron a conocer
versiones diferentes de las cosas, artículos y
notas que exhibían e intentaban articular la
convulsión por la que atravesaba el país.
Sangre
nueva vs. vieja guardia
La complejidad
de los temas que se trataban y la velocidad con
la que ocurrían nuevos episodios del momento
histórico que vivía México comenzaron a
demandar una cobertura distinta, más profunda y
de mayor aliento.
Ya contábamos
con la libertad para decir las cosas; ahora
necesitábamos que alguien las explicara y
contara sus historias.
Un reducido pero
consistente grupo de reporteros se dio a la tarea
de saciar esa necesidad. Formados en las
redacciones de antaño, con la cobertura de las
guerrillas centroamericanas y la bipolaridad de
la guerra fría pero ya dispuestos a iniciar un
cambio, estos periodistas brillaron por la
frescura y agresividad con que cubrían
asignaciones como el narcotráfico, la guerrilla
o los asesinatos políticos y las presentaban en
atractivas historias.
Pronto escalaron
peldaños al interior de las redacciones y,
aunque muchos de ellos estaban dispuestos a
reportear y editar a un tiempo, la necesidad de
plumas que reforzaran su propuesta editorial se
hizo evidente.
Esta necesidad
de sangre nueva coincidió con el egreso de
universidades de jóvenes ávidos de contar las
historias de quienes más sufrían en el país y
cuya verdad era indispensable poner en papel.
No todos los
reporteros jóvenes mexicanos, sin embargo,
comparten esta idea. La inercia de los medios
nacionales es muy fuerte y, aunque los avances
han sido notables, aún no es posible hablar de
un cambio institucional.
En la prensa
mexicana sigue privilegiándose la declaración y
la estridencia por encima de la profundidad, el
análisis y la historia. Pocos reporteros --de
poca y mucha edad-- hechos a la usanza de la
"vieja guardia" y los editores que
comparten su ideario apuestan por la
investigación de largo aliento y la búsqueda de
un estilo narrativo-periodístico.
Ejemplo de ello
es que, en la actualidad, la abrumadora mayoría
de los reporteros que integran áreas de
investigación o asuntos especiales --espacios
comúnmente designados a reporteros de amplia
experiencia profiesional y académica en
redacciones estadounidenses o europeas-- son
jóvenes, en edad y en experiencia.
El
deseo del cambio
Claudia
Fernández se integró al equipo de asuntos
especiales de El Financiero en 1994;
entonces rondaba los 25 años. Tras un paso fugaz
por la nota diaria y la redacción de repotajes
semanales para la edición en inglés del
periódico, comenzó a hacer investigaciones
relacionadas con la banca y la televisión
mexicana.
Recientemente
acaba de publicar un libro sobre la vida de
Emilio "El Tigre" Azcárraga, una
investigación inédita en México por su
profundidad y aliento. Tras una temporada en El
Financiero, Claudia estudió una maestría en
Periodismo en la Universidad del Sur de
California y, a su regreso a México, echó a
andar la sección de asuntos especiales en el
añejo diario El Universal.
"Había
todo por hacer y mucho de lo que logramos fue por
ímpetu mío, no por una apuesta institucional
del diario", recuerda Fernández. Sin
embargo, sus logros no fueron pocos. "El
día que vi una foto enorme en la parte superior
de la portada del periódico que anunciaba un
reportaje sobre sida en México, pensé: este
periódico sí quiere cambiar".
Los reportajes
han llegado a las portadas no sólo de El
Universal, sino también de El Financiero y
Reforma, y muchos de sus autores son
jóvenes, como Claudia.
Es el caso de
Tzinia Chellet, quien llegó al área de
investigación de El Universal cuando
rondaba los 23 años. Si bien ha podido realizar
algunos reportajes sobre pobreza, agricultura y
salud, sabe que el espacio para estos temas no
está garantizado, está consciente de las
inercias del periodismo mexicano y sabe que el
cambio aún no es inminente.
Los editores de
la vieja guardia, dice Tzinia, "no creen en
las investigaciones de largo alcance, por aquello
de la 'inmediatez de la informacion'. Son tantos
los problemas por los que atraviesa México, que
describirlos tomaría un libro entero. Los medios
sólo reflejan someramente los síntomas que
presenta el agonizante cuerpo del país.
"En mi
corta experiencia --continúa--, quienes hemos
entrado recientemente a los medios
atravesamos una
etapa de desazón respecto al manejo informativo,
a los mitos y timos del periodismo, a
enfrentarnos con las inercias, los vicios y
manipulaciones que seguramente fueron
establecidos antes de que nuestros jefes de
información nacieran.
"¿Será
acaso la inexperiencia de la juventud o nuestro
impulso por lo que nos surge la motivación por
investigar las situaciones a fondo, por creer en
los 'reportajes' sin etiquetas? ¿Será acaso que
estamos cansados de ver lo mismo desde que
nacimos y queremos cambiar las cosas o, al menos,
contarlas desde un ángulo distinto?".
La
demanda que avasalla
Alejandro
Suverza tiene una idea similar a la de Tzinia.
Con 30 años y la licenciatura en Ciencias de la
Comunicación por la UNAM, se ha dedicado a
recorrer las zonas más aisladas y marginadas del
país como parte de su trabajo en el área de
asuntos especiales de El Financiero.
Desgarradoras y
extenuantes, las historias que Suverza ha
publicado van desde la vida de los indios
Tarahumaras en cuevas y los conflictos caciquiles
en arruinados poblados de Yucatán hasta la falta
de expectativas de jóvenes drogadictos e
indigentes del centro de la ciudad de México.
El número de
historias de injusticia, desesperanza y conflicto
que necesitan ser contadas en México es tal que,
en muchos casos, los reporteros de las áreas de
investigación en realidad escriben simples
reportajes y no historias de largo aliento. No se
dan abasto.
La causa en un
buen número de ocasiones es que las secciones
cotidianas de los medios no cuentan con la
estructura --y a veces, tampoco, la intención--
para ir a fondo en los temas que abordan.
Así, en el
área de investigación de Reforma --el
más reciente y revolucionario de los periódicos
mexicanos--, jóvenes reporteros como Linaloe
Flores, Amparo Trejo y anteriormente Guillermo
Osorno se han dado a la tarea de narrar la
historia de las mujeres que trabajan en las
maquiladoras del norte del país, los fuertes
dispositivos de seguridad con que viven los
adolescentes hijos de la clase privilegiada y el
futuro de algunos de los barrios más
tradicionales y problemáticos de la ciudad de
México.
En El
Financiero sucede algo similar. Los temas que
cubren los reporteros van desde el fenómeno de
la migración hacia los Estados Unidos, las
madres solas, el futuro del derecho a la
información en México, la pobreza en el sur del
país y la corrupción al interior de los cuerpos
policiales.
La
juventud como herramienta
En muchos casos
los reporteros van a tientas y rápido en sus
investigaciones, guiados más por el instinto que
por la experiencia.
Tienen ganas de
narrar historias --no únicamente de dar
información-- y necesidad por deconstruir y
explicar un país que, casi a diario, nadie logra
entender.
Su juventud --el
idealismo y la desesperanza que ello implica-- es
su herramienta y característica principal, y eso
es lo que los mueve.
Cuando acepté
redactar estas líneas dije que sólo podría
escribir de lo que conozco. Tengo 26 años,
apenas tres en el medio periodístico profesional
y pertenezco al equipo de asuntos especiales de El
Financiero.
Como muchos de
mis compañeros de área y de generación, estoy
cansado de leer simples declaraciones y frases
vanas en los diarios; palabras que llenan el
espacio para llegar a ninguna parte.
Si algo necesita
México en sus medios en este momento es la
consignación real --no declaratoria-- del
producto de un siglo de autoritarismo, desidia y
temor al cambio. En las historias que escribimos,
en las postales que intentamos retratar con
mediana destreza, los jóvenes reporteros
comprometidos con la narración queremos dejar
constancia de lo que, desde el despotismo de su
altura y autoridad, los círculos del poder y los
ciudadanos comunes --encerrados en su drama
particular--, no ven o no quieren ver.
En charlas con
otros jóvenes reporteros y como producto de lo
que he escuchado en los pasillos de varias
redacciones mexicanas, me he dado cuenta de que a
las áreas de investigación se les echar en cara
no "dar golpes espectaculares" --a ver
¿cuándo van a descubrir quién mató a
Colosio?, he oído reprochar tanto en Reforma como
en El Financiero-- ni "tirar" a
ningún funcionario público.
Claudia
Fernández ha escuchado los mismos alegatos y en
respuesta a ello aclara que, en principio, el
acceso a la información en México es
significativamente más restringido que en
Estados Unidos, donde los equipos de
investigación de los diarios se caracterizan por
revelar datos impresionantes que convulsionan a
la sociedad.
El
cambio generacional
Más allá de
las limitaciones informativas, la intención de
muchos reporteros jóvenes que integran áreas de
investigación no es "dar golpes
espectaculares", respuestas a casos
escandalosos que no son más que consecuencias de
la descomposición y polarización egoísta de un
país.
Su interés se
centra en ir al origen de los problemas sociales,
económicos y políticos nacionales y a las
consecuencias cotidianas de quienes los están
sufriendo: la población, la gente que, como dice
Kaufman, no tiene más voz que la nuestra.
Los espacios que
se han abierto son importantes pero los cambios
que sufre el país diariamente dejan poco tiempo
a los editores y propietarios de los medios para
analizar el futuro y dirección que quieren dar a
las áreas de investigación.
Hay mucha
anarquía y malabarismo en el trabajo cotidiano
de estas secciones, aún más que las que le son
inherentes al periodismo en sí mismo.
Claudia
considera que ya no hay punto de retorno, la
investigación y el reportaje han llegado al
periodismo mexicano para quedarse. Sin embargo,
su institucionalización aún no está cerca y
todo parece indicar que solamente un cambio
generacional en las cúpulas de los medios
logrará consumarla.
* Antonio
Ruiz Camacho,
periodista mexicano, colaborador de Sala de Prensa. Estudió la licenciatura en
Comunicación en la Universidad Iberoamericana.
Ha sido reportero de la sección cultural del
periódico Reforma y corresponsal en España para El Financiero, en el que también fue parte del
equipo de asuntos especiales. Actualmente es
subdirector editorial de To2.com.
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