Amasar el
honor
Javier
Darío Restrepo *
En
mi país hay un periodista que se levanta antes
que el sol y los gallos para amasar y hornear
fragantes canastas de pan que, luego, en las
primeras horas del día, distribuye entre su
clientela. Después, a lo largo del día, amasa y
hornea hermosas crónicas que condimenta con un
lenguaje noble, con una intensa visión humana de
los hechos y con un profundo sentido poético de
la vida.
Cuando me lo
encontré por primera vez en la Universidad de
Antioquia, me dio a probar sus dos productos: en
una bolsa de celofán, panes frescos; y en uno de
sus libros, sus crónicas. Para escribir las
crónicas, que publica en distintos medios,
encontró que la independencia que le ofrecía un
empleo de redactor en los periódicos, era
insuficiente, así que decidió ser panadero en
las madrugadas y periodista durante el día para
darle a su profesión el máximo aire de
independencia.
Si la Escuela de
Periodismo de la Universidad Internacional de la
Florida me hubiera hecho caso, él sería quien
estuviera en este lugar para recibir este premio.
Y si ahora traigo a cuento esta cordial
discrepancia con nuestros amables anfitriones es
porque quiero explicarles que un honor como
éste, puede representar, como a mí me sucede,
un agobio.
En efecto, sé
que en cada mesa de trabajo de cada sala de
redacción de todo el continente, todos los días
se libran calladas batallas éticas en las que
las victorias y las derrotas transcurren en
silencio. Son esas victorias las que un premio
como este quiere estimular, pero a la hora de
seleccionar candidatos, los jurados deben
enfrentar la dificultad de romper esa discreción
en que se envuelve, como en su ambiente natural,
el ejercicio de la ética. Un elemental sentido
de las realidades me indica que soy la coyuntura
para traer a cuento ese culto callado
frecuentemente limítrofe con lo
heroico de los valores éticos de la
profesión. Lo reconozco así y sólo pensarlo
convierte este título en un estremecedor honor.
Sobre todo, si
se piensa que los actos más elocuentes y
ejemplares de fidelidad a la ética profesional
son los que han conducido a decenas de
periodistas a la muerte. Cuando se recuerda la
muerte de José Luis Cabezas, en Buenos Aires, o
la de Juan de Dios Unahue en Nueva York, o la de
Guillermo Cano en mi país, siempre surge una
inquietante reflexión que perturba radicalmente
la escala de valores del hombre común, porque en
estos tres casos unos pocos dentro de una
larga lista de víctimas se impone como una
evidencia que los tres vivirían si hubieran
optado por la prudencia de callar. Pero los tres
encontraron insoportable el peso de vivir entre
la celda estrecha del silencio impuesto; es decir
que más allá del valor de la vida y superior a
él, estos tres hombres decidieron que estaba el
valor de la verdad como servicio a la sociedad.
Ese fue el valor ético que resolvió sus
perplejidades ante el dilema de callar y vivir, o
de decir la verdad y poner en riesgo la vida.
Cada una de esas muertes de periodistas se
convierte, por eso, en un testimonio ético y en
una lección de esas que este premio quiere hacer
explícitas y perdurables. Sentir que, en cierta
forma, me entregan la representación y vocería
de esos gigantes de la ética, aumenta mi
confusión y el peso de este honor.
Menos evidente
que el de estos mártires es el contenido ético
implícito en el peso histórico que adquieren
los medios de comunicación en los tiempos de
crisis. Hay una presencia orientadora, o de
estímulo, o de ejemplo en la prensa y en los
periodistas de un continente signado por las
crisis. Pienso en la prensa argentina y en la del
Brasil enfrentadas hoy a la corrupción, como
ayer lo estuvieron en defensa de los derechos
humanos; pienso en el talante democrático que
difunde la prensa chilena, paraguaya o uruguaya;
pienso en el papel que están cumpliendo en su
difícil coyuntura histórica los colegas de
Perú y de Ecuador; siento, por más cercano, el
papel que les ha correspondido a los colegas de
Venezuela, Bolivia y Panamá; lo percibí
directamente en el proceso de paz de los países
centroamericanos, y en el papel que ahora cumple
contra todos los obstáculos lo mejor
de la prensa mexicana, y soy testigo del trabajo
cumplido por la prensa colombiana en el curso del
proceso "8 mil" y de la crisis
política, y sé que en todos los casos, aunque
con diferente intensidad, la prensa ha ejercido
un liderazgo y ha sentido que debe estar por
encima de los niveles éticos promedios de la
sociedad porque su credibilidad así lo demanda.
Ciertamente, la credibilidad de la prensa en
todos los países crece en proporción directa
del ejercicio de unos valores éticos. Es
abrumador el pensamiento de que esos valores que
sustentan la credibilidad de la prensa en
América Latina, están eventualmente
representados en este premio.
Por eso prefiero
pensar que hoy estamos aplaudiendo la vigencia de
unos principios que están en el origen de la
respetabilidad y credibilidad de la prensa
continental. Prefiero creer que nos reunimos para
valorar y celebrar todas esas silenciosas e
individuales decisiones éticas que diariamente
se toman en el ejercicio profesional y que le dan
al periodismo de nuestra América todo su aval y
peso moral; decididamente creo que hoy rendimos
homenaje a esas acciones cumbres de la ética
periodística que nuestros muertos subrayaron con
su sangre; estoy convencido de que hoy han
resultado convocados en este lugar, como
impalpables presencias bienhechoras e
inspiradoras, todos los grandes del periodismo
latinoamericano porque fueron ellos quienes
construyeron esta vigencia de los principios
éticos del periodismo. Al cabo de los años y de
la experiencias uno entiende que en cada uno de
esos grandes ha admirado y aprendido más
que técnicas un espíritu.
El que
eventualmente y de modo accesorio mi nombre
figure en este formidable evento, es un honor
indecible y una exaltación superior a cuanto
podía imaginar o esperar. Muchas gracias.
(Palabras pronunciadas durante la entrega de los
V Premios PROCEPER, que tuvo lugar el pasado
abril, en la Ciudad de Panamá.)
*
Javier Darío Restrepo es ganador del Premio Proceper a la
Etica Periodística, 1997. Dedicó 27 años de su
vida profesional a la televisión, 18 de los
cuales trabajó como reportero del noticiero 24 Horas, de Colombia. Es columnista de El Espectador, de Bogotá, y El Colombiano, de Medellín. Es coautor de un libro
sobre ética periodística y frecuentemente
imparte seminarios y talleres sobre el tema. Este
texto es reproducido del número 29 de la revista
Pulso
del Periodismo,
editada por el International Media Center de la
Florida International University, con la
autorización de su editor, John Virtue.
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