Periodismo
y escritura: ¿qué es "escribir bien"?
Carlos
Monsiváis *
Todavía
hace medio siglo persistía la certeza: escribir
bien era un deber de los periodistas, al ser
la prensa el medio de la fuerza cotidiana de la
expresión social, el gran modelo verbal que
complementa al básico (la literatura), el
ámbito donde la redacción correcta y elegante
de las noticias es un instrumento informativo y
formativo.
Entonces, el comentario más
elogioso sobre un articulista es tiene
buena prosa, y a un reportero se le
festejan la oportunidad, el valor de la denuncia
y la calidad de su impulso narrativo (antes de
continuar, me sigue llamando la atención el uso
del término prensa escrita, que
festeja el pleonasmo por miedo a declararse en
desventaja ante la televisión).
Hoy, a
propósito de un reportero o de un articulista,
es infrecuente oír el escribe muy
bien, y lo común es la resignación de los
lectores ansiosos de informarse, pese al enredo
mortal de la sintaxis de un gran número de
redactores y reporteros. El hasta donde
entiendo es una manera muy sutil de aceptar
que lo leído suele ser ilegible, o que, en el
sentido tradicional, leer es ya con
frecuencia aventurarse en los laberintos del
enigma. O son muy confusos los métodos
narrativos, o muy reiterativos, y si notas y
reportajes se dejan leer es por lo general
mérito de la avidez de los lectores,
coautores obligados de los textos.
Esto no quiere
decir ni mucho menos que todo el periodismo
escrito sea ilegible o deleznable. Apunta al
descuido de un gremio que cree cada vez más
en las imágenes y menos en las palabras, y
también al desarrollo de otros métodos de
narrar y leer, inciertos o experimentales pero ya
propios de otra etapa del periodismo. ¿Cuáles
son los elementos que precipitan, encauzan o
fijan estos cambios? Enumero algunos:
- El
avasallamiento del analfabetismo funcional que,
por vía de mientras, trae consigo la
disminución del vocabulario. Se redacta
acudiendo a menos palabras a las que bajo
presión, se les obliga a decir más cosas.
- El
desvanecimiento de contextos y de referencias
antes seguras (de historia nacional o
internacional, de temas bíblicos, de mitología
grecolatina, de novela, de poesía, de
referencias fílmicas o incluso televisivas).
Estas alusiones ya no encuentran el público
relativamente de otras épocas, o le resultan
incomprensibles a la mayoría (cada cinco o diez
años se modifica el mapa de las alusiones
compartidas).
- La causa
imperiosa e imperial de la tecnología
adquiere un perfil religioso, algo
inevitable en novedades tan impetuosas y vastas.
Tal parece apenas ayer se descubrió, se
implantó o se dejó ver lo estrictamente
contemporáneo; por eso, la tecnología, en sus
modificaciones incesantes, provee a sus usuarios
de ventajas tan impresionantes que lo elevan a la
categoría de eje de los puntos de vista.
- Internet es el
ágora internacional, es la información madre, es
la destrucción de la memoria pretecnológica de
los periodistas, lo que se llamaba la
sabiduría del gremio. Ésta todavía se
usa pero ya más bien ligada a las evocaciones de
la cultura oral que al profesionalismo. ¿Qué
puede la mejor memoria contra Google o You Tube?
- Las
redacciones de diarios y revistas son ya
distintas por entero al volverse anacrónicas, o
ni eso, sus atmósferas clásicas y típicas. La
camaradería o el espíritu díscolo
tradicionales no tienen razón de ser. ¿Para
qué las discusiones políticas si existen las
encuestas, esas enterradoras de la intuición?
- En las
escuelas y facultades de comunicación se
aprende, sobre todo, a localizar el campo de
aprendizaje. Son legión estas instituciones (en
México ahora hay cerca de trescientas), sus
planes de estudios nunca coinciden (no hay tal
cosa como la formación similar), la
realidad de los estudiantes no se ajusta a las
modificaciones incesantes, lo que se quiera, pero
las escuelas y facultades de Comunicación crecen
al prodigar la ilusión de lo contemporáneo.
- En la
enseñanza de la comunicación pasa a tercer
término, si les va bien, la información
literaria y el deseo de escribir bien. Informar
ahora es usar a fondo la tecnología, no el
idioma, y las ventajas de la inmediatez extrema
ocupan con todo el espacio. Si pierde, si lo
hubo, el interés específico por la escritura.
Se debilita la ambición de poseer un lenguaje
variado y con matices.
- La diferencia
entre medios electrónicos y medios impresos es
impactante. En México, sólo el seis por ciento
se informa a través de los medios impresos, tan
múltiples, además, que no hay modo de ajustar
los puntos de vista.
- El campo de la
escritura se trastoca al aparecer el mercado
literario, artístico y cultural con otras
demandas y otro lenguaje público. ¿Quién sabe
ahora lo que significa escribir bien?
¿Es la literatura light la única literatura que
se reconoce? ¿No es cierto que cuando hoy se
dice novelas, la referencia por antonomasia son
las telenovelas? La industria fílmica, a partir
de los efectos especiales, exhibe el tedio ante
los rollos y ha perdido gran parte de
sus recursos literarios.
- La reducción
del vocabulario se traduce de varias maneras
en la reducción del panorama noticioso. En
última instancia, el uso de cada vez menos
palabras quiere decir también el adelgazamiento
de las noticias, porque al perderse los matices
se desvanecen también las anotaciones
psicológicas, sociales y culturales, y todo se
ajusta a la precariedad de los patrones
lingüísticos que el mercado aprueba.
- La competencia
con la televisión, una batalla perdida
en cuanto a la oportunidad de las noticias se
refiere, se compensa por un hecho: la
interpretación queda a cargo de la prensa, no
obstante el despliegue de mesas redondas
televisivas. Eso obliga en la publicaciones a
darle más espacio a los dossiers, imposibles de
incluirse en la televisión, reacia incluso a los
reportajes.
- Ser
comentarista o conductora de programas de
televisión y radio es la ambición actual de
muchísimas periodistas, en especial las muy
jóvenes. Lo que se anhela no es trabajo
periodístico sino la sobre-exposición
mediática.
- Al concepto
clásico del periodismo lo desplaza
actualmente el de noticias que hacen
historia: exclusiva mata a buena prosa
y discurso crítico.
- ¿En qué
momento se perdió, se extravió o se diluyó la
noción canónica del escribir bien? No pueden
fijarse fechas del cambio de percepciones
literarias en la medida en que siguen
admirándose, por ejemplo, la escritura de Jorge
Luis Borges, Alejo Carpentier, Gabriel García
Márquez, Octavio Paz, Sergio Pitol, Guillermo
Cabrera Infante, Juan Carlos Onetti, Rosario
Castellanos. Un canon -el irrebatible de lo
bien escrito- aún funciona, pero es cada
vez más arduo de explicar.
- La literatura
light gusta o no, se acepta o se rechaza, pero
las razones para afiliarse o desafiliarse a su
lectura suelen ser implícitas. ¿Por qué Paolo
Coelho mantiene tal cantidad de seguidores?
¿Qué es el best seller norteamericano: la
línea del menor esfuerzo o el resultado de la
abolición de las exigencias? ¿Alguien puede
leer, en el sentido histórico, a redactores
descuidados como Carlos Cuauhtémoc Sánchez?
*
Carlos Monsiváis
fue uno de los más lúcidos periodistas y
ensayistas mexicanos, falleció el 19 de junio de
2010. Este texto lo publicó en terramagazine
el 9 de mayo de 2007.
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