El testimonio inédito de un
reportero del norte del país cuya vida fue
invadida por el narcotráfico

Mi vida
con el narco
David
Piñón Balderrama *
Uno
Estaba
a cinco meses de casarme, acababan de ascenderme
en el periódico y parecía que por fin había
llegado la hora en que iba a poder vivir
completamente del periodismo. Entonces comenzó
una época que las autoridades llamaron la
guerra contra el crimen organizado. Los
primeros días no fueron malos. Creí que se
presentaba la oportunidad de hacer grandes cosas.
Tenía un nuevo equipo de trabajo, dispuesto a
jugársela conmigo, y ese equipo me hacía sentir
cierto liderazgo, algo halagador si trabajas con
gente profesional que te tiene en cuenta para
tomar decisiones y comenzar a actuar. Era la luna
de miel, aunque la experiencia de mis antecesores
me advertía que aquel periodo sólo duraría
unos meses antes de que comenzaran los problemas
que me harían aventar el cargo y hundirme en la
soledad. Estaban equivocados. La luna de miel
terminó mucho antes.
Duró exactamente una semana y
terminó la tarde en que ejecutaron a Iván, un
agente de la Policía Municipal que me pasaba
información y dominaba el centro de la ciudad.
Lo había conocido en mis tiempos de reportero en
la calle, cerca de las ambulancias, las
patrullas, el mundo de los oficiales. Iván
conocía los nexos criminales de los jefes
policíacos y las bandas, sabía la ubicación de
tienditas y picaderos, y podía identificar para
quién trabajaba cada puchador. Platicaba mucho
conmigo, pero nunca me dejaba apuntar.
Nomás te
estoy platicando decía. No apuntes y
allá tú si lo publicas.
Una tarde,
cuando estaba por terminar mis labores, me
avisaron que por la zona sur oriente de la ciudad
un comando armado lo había ejecutado. El chofer
de un camión alcanzó a ver cómo lo tenían
hincado varios hombres con el rostro cubierto,
gritándole que se había pasado de lanza y que
por eso iban por él. Supe que lo habían
asesinado por la información que pasaba, que la
corporación policíaca a la que había
pertenecido estaba infiltrada por criminales. Un
compañero de trabajo me dijo:
Las cosas
se están poniendo calientes. Nos están diciendo
que le bajemos de huevos.
Está
bien, chaparrito respondí. Pues
entendimos el mensaje y ya.
Su muerte se
perdió entre las 100 ejecuciones que se habían
registrado en la ciudad a lo largo de 2007 y que
duplicaban las ocurridas el año anterior. Al
comenzar 2008 se había alcanzado esa misma cifra
en sólo dos meses. A fines de marzo habíamos
contabilizado 214 víctimas y yo había
descubierto que mi nuevo empleo poseía grandes
desventajas: el teléfono sonaba a cualquier hora
de la madrugada, ganaba sólo un poco más de
sueldo y tenía, en cambio, el triple de trabajo.
Me pasaba el día encerrado en la oficina,
extrañando las calles y la urgencia de la nota
diaria, obligado a atender trámites
burocráticos de la Gerencia, Recursos Humanos y
Publicidad.
Pasaba el tiempo
sintiendo que los días deberían tener 28 horas,
porque 24 eran insuficientes.
Un día
cualquiera de marzo de 2008, a las siete de la
noche, me dirigí al estacionamiento del
periódico. Pensaba cenar algo con mi novia y
luego ir a descansar. Subí a la camioneta,
encendí el motor y entró una llamada de un
número desconocido. Luego supe que no venía de
la telefonía móvil sino de la satelital. No
supe si debía responder. Llevaba trabajando 12
horas seguidas. Al fin, me ganó la curiosidad.
No fuera a ser una emergencia. Hoy asocio aquella
llamada con un poema de Ungaretti:
Lejos, lejos
como a un ciego
me han llevado de la mano.
Contesté:
Licenciado,
un gusto saludarle, licenciado. Me recomendaron
que hablara con usted para platicar de
bueno, es que, mire, pues nosotros no queremos
problemas con ustedes, ¿sí me entiende,
patrón?, es que queremos que nos echen la mano,
porque son chingaderas lo que están haciendo con
nosotros y pues no queremos actuar a la mala. A
nosotros no nos gusta meternos con los que nomás
hacen su trabajo, sabemos que nomás hacen su
trabajo, pero también nos están chingando, les
dicen que nos estén chingando y ya no sabemos
cómo hacerle
¿sí me entiende,
licenciado?
Desde luego que
lo entendía. Recordé que unos días antes un
comandante de la PGR, que para variar fue
ejecutado tiempo después, me había dicho que
unos conocidos suyos querían hablar conmigo. La
confianza que tenía con ese comandante no era
tanta como para que se aventara a proponerme
cualquier clase de complicidad. Apenas me había
deslizado que alguien quería hablarme. Hice como
que no entendí y le pedí, la última vez que
nos vimos pues comúnmente hablábamos por
teléfono y nos mandábamos correos
electrónicos que me mandara a sus
conocidos a la oficina para atenderlos.
No fueron a
verme, pero optaron por el teléfono. En la
primera llamada aquel sujeto me habló de su
organización, La Empresa, con un código casi
secreto. Habló de los de enfrente
(así llamaba a sus rivales cuando estaba de
buenas, porque de malas no los bajaba de hijos de
la chingada), y habló también de mis colegas de
otros diarios, a los que compraban con unos
dólares a fin de que éstos omitieran algunos
datos y les echaran la mano difundiendo rumores,
o quemando a quienes ellos querían
poner en el foco de atención de las autoridades.
Nosotros
conocemos cómo es usted para trabajar, patrón,
por eso le pedimos que nos vayamos por las
buenas, al fin que pues no le caería nada mal
una ayudadita para su casa, su familia
nomás díganos, que ya sabe que estamos a sus
órdenes, si tiene algún problema con alguien,
si lo andan molestando, quien sea, nomás me dice
y nosotros nos encargamos, sin que usted se
manche las manos. Yo voy a buscar la forma de
encontrarlo, de mandarle un mensajito, de unos
cinco o seis mil dólares, es con lo que nosotros
podemos apoyarlo, licenciado. A los que nos
apoyan allá en Juárez o Parral o allá en
Durango, o así, pues los apoyamos con menos, con
unos cuatro, pero sabemos que usted es
profesional y nos puede echar la mano
piénsela, patrón, yo lo busco mañana a ver
qué me dice, a ver cómo nos podemos ayudar.
Pude distinguir
que entre cada bulto de palabras el hombre
aspiraba, tosía, bebía, fumaba, en ese orden.
Se estaba metiendo toneladas de cocaína mientras
hablábamos. A su alrededor se oían gritos,
carcajadas, pláticas.
Respondí:
Oiga no,
no, no, no se apure. Le agradezco mucho la
intención, pero usted sabe, son muchas broncas,
en mi trabajo son muy delicados los jefes, así
que no se apure. Pero estoy a sus órdenes,
amigo, nomás hábleme cuando se le ofrezca y
vemos qué podemos hacer, con mucho gusto.
El hombre
aspiró, tosió, bebió. Luego dijo:
Pero no se
apure, le digo que nosotros no nos metemos con
los que no se tratan de pasar de lanza con
nosotros. Yo sé que usted nomás hace su
trabajo, por eso el jefe, de Juárez, ¿sí sabe
quién es mi jefe?, pues mi jefe me pidió que le
hablara primero yo, pero él le va a hablar para
ponerse a sus órdenes, para que le diga lo que
quiere, lo que necesita, y luego que él me diga
yo me encargo de buscarlo, licenciado
Sin
compromiso, de verdad, es sólo una compensación
si nos echa la mano de vez en cuando.
El corazón me
estaba latiendo a todo vapor, no sabía qué
decir para desligarme de cualquier cosa que
pudiera poner en riesgo mi integridad. Atiné a
responder:
No, mire,
después uno se mete en problemas, ¿qué tal si
alguna vez no le puedo echar la mano? ¿Se
imagina? Me iban a andar correteando, hombre, y
mejor para qué nos metemos en broncas, ¿no le
parece? Dígale al señor que muchas gracias, que
ahí estamos a la orden, estamos pendientes,
nomás háblenme con tiempo para lo que se
ofrezca, no se apuren.
No,
licenciado, es que me dijeron que le dijera
y se oía que aspiraba, que fumaba, que
daba un sorbo antes de continuar. Es que el
patrón me pidió que le dijera que nomás nos
eche la mano, en lo que usted pueda, ¿verdad? No
se sienta comprometido, ¿verdad? Nosotros
sabemos que usted pues cumple con su trabajo como
siempre, muy bueno, muy bueno, pero estas
chingaderas de repente se ponen difíciles y pues
ahí se necesita que nos echen una mano
Usted sabe, pues nomás a veces que les meta un
chingazo a esos hijos de la chingada, o a veces
que nos diga cómo anda el agua, que nos ayude, a
veces se trata de nuestra gente y pues a veces no
queremos que salgan los nombres o cosas así,
¿me entiende?
Claro que
sí, lo entiendo, pero le digo, cuando pueda
echarles la mano con mucho gusto, y no se apure,
ahí estamos a la orden le dije, mientras
trataba de descifrar su código, sin lograr
hacerme del escenario completo de los problemas
que enfrentaban ambas bandas.
Gracias,
patrón, yo lo busco más tarde o mañana para
ponernos de acuerdo, para entregarle lo que le
mande el jefe que anda en Juárez, pero en cuanto
lo vea y que él me diga yo lo busco para
ponernos guapos con usted. Y lo que se le
ofrezca, no se apure, nosotros lo protegemos para
que usted no ande preocupado.
No pude analizar
lo que me habían dicho realmente, ni lo que yo
había respondido. Traté de digerir lo hablado
con esa persona que me llamaba patrón y
licenciado, y era extremadamente servil y educada
si no se tomaba en cuenta su voz aguardentosa y
las aspiradas constantes que interrumpían la
fluidez de su plática. Me pregunté:
¿Hasta qué grado te has
involucrado?.
De cualquier
modo guardé el contacto en mi celular bajo el
nombre de Juan. Pensé que me podría servir de
algo tener un contacto de nivel dentro de la
mafia. No tardé en agregar a mi agenda otro
contacto, al que llamé Secretario, y uno más al
que nombré La Empresa.
Había comenzado mi relación con el narco.
Dos
Buenas,
patrón, qué dice
Oiga, cómo vio lo de
Parral, yo les pedí que lo regresaran por
seguridad nomás, no quería molestarlo, una
disculpa porque no quería que lo molestaran,
pero estaba muy caliente por allá. De todos
modos cómo la vio. Estos puercos hijos de la
chingada nos levantaron a cuatro morritos, puros
lepes, hombre, eran mi gente
pero hijos de
la chingada les matamos a madre al cabrón que
nos estaba chingando, ¡les partimos su madre
para que sepan con quién se meten esos marranos!
Aquí en Chihuahua tengo toda la información, si
quiere ahorita nos vemos, para decirle como
estuvo todo me decía Juan por teléfono,
mientras yo manejaba, el domingo 6 de abril, a
las dos de la madrugada, por la carretera
Parral-Chihuahua. A mi lado iba dormido mi
compañero Pablo.
Pues
bonito susto me metieron. Yo nomás iba a hacer
mi trabajo, pero sus muchachitos están cabrones,
muy maleducados para hablar. Ahora vengo en la
carretera todo asustado. Mejor mañana
platicamos.
Faltaba más de
una hora de camino y no pensaba llegar a
Chihuahua para reunirme con un narco en plena
madrugada. No después de viajar a Parral en
forma urgente para cubrir una balacera que había
dejado seis muertos. No después de que unos
sujetos me hicieran volver con malas palabras.
Como
quiera, licenciado, nomás le quería pedir de
favor que cuidara a mis muchachos, son puro
jovencito que andaba jalando bien, nomás le
encargo que no salgan sus nombres en los
periódicos, ni las fotos. Por la familia. Se nos
hace gacho por la familia me decía aquel
tipo de voz aguardentosa que de jefe, patrón y
licenciado no me bajaba.
Agregó:
Y dígame
cómo le hacemos para entregarle el encargo, que
aquí lo traigo, calientito, porque me pidieron
que lo tratara muy bien. El patrón anda en
Juárez, ahorita hablé con él y me dijo que le
hablara, para que no se arriesgara por allá, y
para darle lo que le dijimos.
Nombre,
no se preocupe, después del susto nomás quiero
llegar a dormir, mañana tengo jale muy
tempranito, yo pensaba quedarme por allá en
Parral pero pues ya me saltaron otras broncas. De
todos modos estamos al pendiente, nomás
avíseme.
El hecho de
tener comunicación tan seguida con ellos
comenzaba a preocuparme. Tuve más de 150
kilómetros de carretera oscura para ir pensando
lo que había pasado. ¿Hasta dónde me estaba
involucrando, hasta dónde llegaría la relación
y hasta qué punto sería sostenible?
Buenas,
qué dice, patrón, ¿ya llegó a Chihuahua?
insistió Juan por el celular, que ya
estaba casi descargado, poco después de las tres
de la mañana.
Apenas
vengo llegando, compa. ¿Qué hay de novedades?
Pues
seguimos igual, licenciado. El jefe anda
encabronado por lo que pasó, ya sabemos quiénes
fueron, fue un pinche flaco pendejo de Durango
que se metió para acá, que desde hace mucho
anda chingando para meterse por acá, pero ni
madres que lo vamos a dejar. Es un pinche flaco
que se siente muy bule. Lo vamos a reventar al
pendejo como le andamos reventando a su gente al
güey; queremos quemarlo. Dice el patrón que si
nos ayuda para quemarlo en los periódicos, en la
internet, para que los pinches guachos vayan por
él, a él sí lo dejan jalar en la sierra, en
Durango, los tiene bien compradotes el hijo de la
chingada
Mañana
vemos ese pedo, ¿no? Es que ando bien fregado,
ya necesito irme a dormir, me venía durmiendo en
la carretera.
Sí,
señor, nomás le hablaba para decirle eso que
nos pidió el patrón, pero de todos modos él
mañana le habla, para ver si nos vemos por ahí,
si quiere con un paquetito, con todo el kit,
¿sí le pone a esa madre?
Le dije que sí,
que a veces le ponía, pero hacía un buen rato
que no.
Es que
ando medio enfermo, pero mañana vemos ese pedo,
a ver dónde nos vemos.
Pura madre,
pensé. No me voy a andar drogando y menos con
unos narcos. Comenzaba a pensar, por cierto,
cómo tenía que hablar ante ellos. Por alguna
razón, si ellos comenzaban a utilizar malas
palabras yo les respondía de la misma forma.
Nunca he sido mal hablado. Pero algo me hacía
ponerme al mismo nivel. De cualquier forma,
insistí, pura madre que voy a verlos, mejor que
todo sea por teléfono.
Tres
Una madrugada,
mis amigos me avisaron que en unos
minutos iban a matar a determinada persona que
andaba de chapulín, es decir, que
dejaba su bando para irse con los rivales, ya
fuera de vendedor, transportista o sicario. Era
muy perturbador despertar en la madrugada con el
sonido del teléfono, que yo siempre acostumbraba
dejar con el volumen más alto para poder
escucharlo, y venir a enterarme que alguien más,
uno de tantos, estaba a punto de ser acribillado.
Era demasiado para mi conciencia. No sabía cómo
actuar. Tampoco a quién recurrir. Una noche me
pidieron que me acercara a la carretera a
Juárez, porque acababan de dejar a un
encobijado. Me vendían la información como
exclusiva. Tan exclusiva que yo podía enterarme
de esa muerte muchas horas antes de que algún
testigo le informara a la policía. El dilema era
siempre el mismo: denunciar o no. Decidí que no
me correspondía hacerlo. Mi trabajo de
periodista se limitaba a dar cuenta de los
hechos. Además, tenía claro que lo que estaba
en riesgo era mi integridad. Más tardabas en
denunciar que los criminales en darse cuenta. No
era un cómplice voluntario. Era, simplemente,
otra víctima del temor. Me sentía en riesgo al
trabajar, al andar en la calle, al llegar a mi
casa, al contestar el teléfono.
Decidí dejarlo
sonar. No contestarlo más para dar por terminada
mi relación con La Empresa. Compré un nuevo
aparato, cuyo número le di a mis conocidos poco
a poco. Y entonces vino un cambio. Me llegaron
mensajes al periódico llenos de reclamos. De
patrón y licenciado me
convertí en compa. Y yo, que no
podía explicar por completo mi actitud, porque
los evadía, terminé por desesperarme. Vivía
lleno de temor ante la posibilidad de tener un
conflicto con La Empresa. Alguna vez me habían
invitado a Puerto Vallarta para
platicar. Pude excusarme alegando los
preparativos de mi boda. El tiro me salió por la
culata, pues al enterarse de la fiesta quisieron
ser padrinos con lo que se me
ofreciera. Esos tiempos habían quedado
atrás. Una tarde me llamó el hombre registrado
en mi lista de contactos como Secretario, que
ocupaba un nivel más alto que Juan.
Oiga, ya
bájenle, ¿no? ¿Cuánto les está pagando el
ejército? Nos están poniendo una chinga,
siempre contra nosotros, siempre nos acusan de
todo, pero a los otros cabrones no les hacen
nada. Hay otros cabrones que son los que traen
todo el desmadre, nosotros sólo nos defendemos,
pero de ellos no dicen nada, al contrario, como
aquellos están arreglados con el ejército y
ustedes también, a toda madre, nomás a nosotros
nos traen jodidos.
Espéreme,
espéreme mi compa, no sé de qué está
hablando.
No se
haga, son chingaderas: dice ese pinche general
Juárez que somos unas cucarachas, pero cómo no
dice eso de los que les pagan a los guachos en la
sierra. Ellos pasan cualquier chingadera por la
sierra, pasan lo que sea en camiones enteros y
nomás se arreglan en los retenes, allá en la
carretera a Piedras Negras, en la de Guadalupe y
Calvo, ¿cómo eso no dice el pinche general ese?
Además, ésas no son palabras de un general,
pinche viejo mal educado.
Pues así
son los generales, pero tiene razón, no son
palabras de un general.
Va a ver
ese pinche general, ya le caímos a su gente ahí
en la zona militar, y se lo va a cargar la
chingada. ¿Y ustedes por qué lo hacen? ¿Quién
les paga? Si es por dinero ya le dije que vamos a
arreglarnos, mi compa. Porque es así o es por
las malas, nosotros sabemos todo de ustedes, mi
compa, tienen familia, sabemos dónde viven, qué
hacen, con quién se andan moviendo
No,
señor, ¿cómo que con quién me ando moviendo?
Ni madre, yo sólo ando trabajando, pero está
cabrón, todo les molesta. Si no son ustedes son
los otros, está cabrón trabajar así. Ni modo,
mejor mando el jale a la chingada y mándeme una
lista para saber a quién puedo tocar y a quién
no
¿Sí me entiende? Si usted realmente
sabe todo el movimiento, entonces bien sabe que
nomás estoy haciendo mi jale.
Mire, yo
no soy como aquellos culeros que no respetan, yo
si veo que nomás andan haciendo su jale está
bien, conmigo no hay problema, aguanto los
trancazos
pero no estoy tan seguro que
usted nomás esté haciendo su trabajo, porque,
oiga, ya son muchas, nomás para nosotros, y
todavía dice que somos amigos
¿Y cómo
quiere que le haga? Yo no entiendo ni madre, un
día me habla usted, luego me habla Juan o La
Empresa y me dicen una cosa, puras claves, es que
no les entiendo, o sea no sé cuándo se están
chingando a uno de los suyos, cuándo a uno de
los otros
Está cabrón. ¡Y luego hablan
del otro lado y amenazan con que nos va a cargar
la chingada o el ejército también presiona.
¡Está de la chingada estar en medio! De perdida
ustedes saben en qué andan metidos, pero yo no,
y si no me quieren chingar ustedes son los otros,
son los militares o los pinches policías,
¡nomás ustedes saben qué se traen!
Secretario no
entendió la desesperación que le expresé a
gritos cuando decidí jugármela con la verdad.
Al contrario, tomó lo que dije como una ofensa.
Me acusaba según deduje cuando me puse a
interpretar las conversaciones con él que me
daban vuelta por la cabeza de estar
trabajando para el bando opositor o para el
ejército, por lo que en mi ejercicio como
reportero reflejaba nada más la versión de sus
rivales. En realidad y sólo yo sabía
eso, a la hora de escribir relataba lo que
sabía, lo visto en el lugar de los hechos, lo
que apuntaban las investigaciones, nunca
suposiciones propias ni ataques a uno de los
bandos en disputa.
Pero ellos no lo
interpretaban igual. Tenían su propio código de
comunicación. Leían las noticias según su
conveniencia y, como el león cree que todos son
de su condición, siempre pensaban que había
algo detrás. Nadie, ni el reportero más
avezado, es capaz de saber qué tan complejas son
las historias que los narcos tejen en sus cabezas
cuando cualquier información aparece publicada.
Pues
nomás le digo que nosotros sabemos todo de
ustedes, dónde viven, dónde están sus
familias, qué hacen. Piense en eso, mi compa, no
se ande pasando de lanza.
Cuatro
Era natural que
la cantidad de muertos, que rondaba los 500 hacia
el mes de abril luego de un año durante el
cual se habían registrado más de dos mil
decesos por ejecuciones, dejara una huella
profunda en la gente de las ciudades. Al final de
cuentas eran decesos trágicos que marcaban
recuerdos indelebles. Casi no había calles
importantes, grandes avenidas, donde la muerte no
asomara la cabeza. Cualquiera que caminara por
esas calles recordaba por fuerza alguna
ejecución. Una en aquel local, otra en ese
restaurante, otra más en aquel estacionamiento.
El extremo del
absurdo era que, aun con las calles patrulladas
por el ejército, en todo el corredor norte de
las drogas, en los estados fronterizos de
México, los cárteles y sus células, lejos de
desplomarse, se habían multiplicado.
Ahora los
delitos comunes también eran atribuidos al
crimen organizado y, para colmo, las bandas
tenían agentes de relaciones públicas que,
igual que lo hacen los partidos políticos,
llamaban a los medios de comunicación para pedir
neutralidad. Hablaban de parte del Chapo Guzmán,
quien se sentía muy golpeado por tal periódico
o tal televisora, o de parte de La Empresa, que
veía a los medios muy cargados a favor de los de
Sinaloa. Los medios de comunicación en
poblaciones como Culiacán o Juárez tenían
historias impublicables que sólo circulaban
entre los reporteros de la fuente policíaca.
Entre ellas, las de sus contactos con el crimen
organizado, generalmente un mando de buen nivel
encargado de opinar, declarar y orientar al
reportero, tal como lo hacen los voceros de
cualquier estructura de gobierno.
Valerse de los
medios como estrategia política, eso fue lo que
hicieron los narcos al avanzar en su lucha contra
las pocas corporaciones oficiales que los
combatían en serio. Siguieron también sus
planes de relacionarse con reporteros, darles
información y hacerlos cómplices aunque fuera
de manera forzada.
Ya sé
quién dio el pitazo de lo que pasó en la
mañana, mi amigo. Pero le marco y le marco y no
me contesta me reclamó Secretario una
tarde, cuando había mandado una edición de lujo
para el día siguiente, con la detención de tres
integrantes de su banda. Para variar, me pidió
modificar la nota. Lo hizo de muy mala manera. Se
encontraba molesto.
¿Ah sí?
¿Quién fue? le pregunté.
El hijo de
la chingada es policía estatal y ya lo tengo
ubicado. Anda por la carretera a Aldama. Por si
gusta acercarse, en media hora le aviso dónde
queda el cuerpo.
Cada vez se
habían vuelto más descarados a la hora de
informarme de cosas que no me importaba saber, al
menos, no de forma tan adelantada.
Veinte minutos
después, sonó el celular.
Está en
tales calles, con un dedo cortado metido en la
boca para que se le quite lo pendejo.
Pensé:
Como si no se le fuera a quitar lo que
fuera ya estando muerto. Pero el chiste no
me hizo gracia. La noticia anticipada de esas
ejecuciones me retorcía la conciencia, como si
yo hubiera sido el autor material. Me la
retorcía aunque trataba de desligarme. La única
solución era renunciar, pero no podía hacerlo
en medio de la crisis, con un bebé en puerta y
con la vida llena de obligaciones y
responsabilidades.
A veces, al
conocer el móvil de los crímenes, me daba
coraje oír que la gente, alejada por completo
del problema del narco, acostumbraba decir:
Pues si lo mataron debió ser porque andaba
en malos pasos. Esas palabras no me dolían
por ellos, por los muertos, sino porque me
aterraba la posibilidad de pasar por lo mismo, de
ser la víctima, y de que a mis familiares fuera
a llegarles la frase: Pues si lo mataron
fue por algo.
Ese fue
por algo llegó a retumbar violentamente en
mi cabeza, hasta hacerme confrontar a todo aquel
que lo pronunciaba. Me ganaba algunas críticas,
por supuesto, por salir con mi cantaleta sobre
cómo estaría la familia de la víctima, su
esposa, sus hijos, sus padres, al tener la
incertidumbre de por qué habría ocurrido la
ejecución. No debemos juzgar, me repetía,
porque sabía cómo se las gastaban quienes sin
pudor alguno llegaban por uno y terminaban
matando a tres. Era la pena de muerte, no
aplicada por el Estado, sino por el crimen.
No había
manera, sin embargo, de limpiar la memoria de los
fallecidos. Era humana y matemáticamente
imposible, pues la cantidad de muertos y la
cantidad de los que sí estaban metidos en el
narcotráfico convertían aquello en una empresa
imposible de realizar.
Habían quedado
lejos los tiempos en que yo era
patrón y licenciado.
Mire, mi
amigo, me vale madre cómo le haga, pero no
quiero que salga nada, ni el nombre ni el
asesinato, nada, que no salga ni una sola noticia
o de plano mañana tendremos que arreglarnos ya
no como amigos. Yo no quería llegar a esto con
usted, pero no hay de otra, dígale a su jefe lo
que quiero o mañana mismo se los carga la
chingada.
Fue una de las
últimas advertencias. A Secretario le habían
matado a un familiar, en una venganza. La
víctima no tenía nada que ver con las
actividades de su pariente. Me exigió que
eliminara la información, que ocultara los
hechos. Confieso: terminé por acceder. Y además
lo hice sin respingar.
Al cabo,
al rato va a tener muchas noticias me dijo
finalmente Secretario.
Se refería a
que, horas después de la muerte de su familiar,
ubicó e hizo ejecutar a cuatro jóvenes,
aparentemente responsables del asesinato.
Ser periodista
en los peores días de la guerra contra el crimen
organizado puede volverse asfixiante. La
incertidumbre te mata. No es una lucha cuerpo a
cuerpo, no es una batalla que uno pueda
enfrentar. Es hallarse a merced de desconocidos
que saben de uno mismo detalles sorprendentes. Es
pelear contra nada, y luego detenerte a escuchar
la voz de tu conciencia. Es temblar cuando suena
el teléfono, y despertar por la noche con la
frente llena de sudor. Es vivir espantado hasta
de tu propia sombra. Por eso escribo este
informe. Porque, pase lo que pase, quiero que mis
familiares sepan que no, que yo no estuve metido
en nada.
* David
Piñón Balderrama
es jefe de Información de El Heraldo de
Chihuahua.
Este relato forma parte del texto ganador del
Premio Testimonio Chihuahua 2009.
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