Los
queremos vivos
Raymundo
Riva Palacio *
Desde
las infanterías, las que más expuestas están a
todo, ha venido creciendo en los últimos días
un movimiento para unirse y enfrentar la
violencia del narcotráfico en contra de
periodistas. Llamado Los Queremos
Vivos y emanado en el Distrito Federal, fue
detonado por el secuestro de cuatro periodistas
en Gómez Palacio, tres de ellos de Televisa y
Milenio TV, que hizo sentir a muchos en la
capital federal que el peligro tocaba a la
puerta. Como en todas las guerras, la capital es
el último campo de batalla, y el haber afectado
a medios de cobertura nacional, generó esa
fina línea helada que recorre el cuerpo cuando
le entra el miedo.
La
violencia del narcotráfico contra periodistas es
vieja,
pero en el Distrito Federal nunca pasó de ser,
para muchos, una anécdota de la larga batalla
contra los cárteles de la droga. Inclusive, un
director de medio prominente afirmaba desde hace
años sin matiz alguno, lleno de
generalizaciones, que los periodistas víctimas
de la delincuencia organizada estaban ligados a
ella. Y cuando se buscaban blindajes al trabajo
cotidiano, decía que no porque los periodistas
eran igual que todos. Esa postura, muy socorrida
por las mentes más reaccionarias e incultas,
contribuyó a la desunión del gremio.
La actual
coyuntura ha derrumbado esa mezquindad y
estrechez de miras, y se empieza a construir
dentro del gremio el consenso que si bien el
periodista tiene todos los derechos y
obligaciones de un ciudadano, la definición de
su trabajo obliga a extender protección a su
labor. La naturaleza del periodismo es informar,
explicar y aportar elementos que le permitan a un
ciudadano a tomar mejor sus decisiones. Por ello
se afirma que sin prensa libre no hay democracia,
y que todo proceso de transición democrática
pasa necesariamente por la prensa.
Hay casos
documentados de abusos y, cierto, han faltado
castigos gremiales y sociales contra quienes los
cometen. Pero las excepciones no pueden ser
regla. El silencio al que se ha llegado en los
medios de la frontera norte por las amenazas del
narcotráfico se extienden por más de un lucro,
y la ciudadanía ha dejado de recibir la
información sobre lo que sucede en su comunidad.
El despegue de las redes sociales en los últimos
meses les ha empezado a llenar los vacíos, con
la salvedad que esos vehículos no disponen, por
su propia naturaleza, de los mecanismos de
control y verificación de información que
tienen los medios.
Decenas de
periodistas han muerto en los últimos años
víctimas de narcotraficantes. Decenas de medios,
no sólo en la frontera norte, sino cada vez
extendiéndose más hacia el sur, han sido
silenciados por el miedo ante el hecho que las
instituciones que deberían proveer seguridad no
sólo a la prensa sino a la sociedad toda, son
tan débiles, están tan minadas y totalmente
rebasadas, que son incapaces de proveer los
mínimos de seguridad necesarios. Los
Queremos Vivos galvaniza esa frustración y
miedo. Pero viniendo de las bases su alcance
será corto. Tienen mucho voluntarismo, pero con
todo lo encomiable que es, no basta.
El cambio,
puesto que la autoridad no se fortalecerá en el
corto plazo ni siempre serán periodistas de
Televisa y Milenio los afectados para que
responda con prontitud el gobierno federal, no
puede ser solamente de las infanterías. Es
absolutamente injusto dejar en ellas la solución
final porque no está finalmente ni en sus manos
ni dentro de sus posibilidades. Está en los
dueños, para que modifiquen sus políticas
laborales y de seguridad, y en los editores, para
que establezcan códigos de prácticas dentro de
cada empresa y se pongan de acuerdo sobre cómo
informar sobre el narcotráfico.
No es con
desplegados de prensa manufacturados por las
élites y llenos de enunciados como se hacen las
cosas, sino con acciones a partir de la pregunta
básica: ¿quiénes son los buenos y quiénes son
los malos? Si no se establece ese primer criterio
de definición no hay avance, y esto es
importante para establecer si existe consenso
entre los medios sobre de qué lado están, y
quiénes ven como los buenos y a quiénes como
los malos. En Colombia, los narcotraficantes, no
el gobierno, eran lo malos; en España, ETA era
terrorista. En México, a veces no se sabe si el
malo es el gobierno y los cárteles de la droga
los buenos.
Otro criterio
debe ser la forma de cobertura. Los medios están
inundados del lenguaje criminal, desde las malas
palabras hasta utilizar levantón en
lugar de secuestro y ejecución en
lugar de muerte, por decir las más
ordinarias. La confusión semántica ha
llevado a barrabasadas, como decir que el
Ejército levantó a un criminal.
Habría que eliminarlas del lenguaje cotidiano,
como también replantear qué imagen se difunde y
cómo se hace. Las de muertos tendrían que ser
en tomas abiertas y lejanas, no en detalle y
primeros planos, y los civiles clasificados como
daños colaterales no deberían de
mostrarse. También de autor de la columa Eje
Cenbtralberían priorizarse las imágenes de los
criminales sobre la de policías y militares
muertos, y de los mensajes en las narcomantas,
que hoy se difunden como boletines de prensa de
la delincuencia organizada en forma acrítica y
sin contexto, tendrían que desaparecer, no en su
registro, sino como propaganda.
Con ello habría
un gran avance, pero no suficiente. Los dueños
tienen la palabra. La cobertura cada vez más
sofisticada que se necesita significa mayor
gasto. Una parte es para capacitación y
entrenamiento. Pagas extraordinarias a quienes
realizan su trabajo en las zonas de violencia es
otra. Seguros de vida para proteger a los suyos,
es una obligación. Este gasto no se recupera
monetariamente, pero ganan calidad de
información. ¿Están dispuestos los dueños a
trabajar en esa nueva ecuación?
Muy pocos han
mostrado esa intención. En cambio, quieren
protagonismo y asumir bajos costos.
Modificar el status quo sería la
demostración de entender que la actividad
periodística tiene que madurar y que ellos, como
batuta real del cambio, están listos para
hacerlo. De otra manera, si las cosas siguen como
hasta ahora, cuando se baje la angustia y el
miedo se empiece a procesar racionalmente, nos
despertaremos con que nada cambió, se seguirán
transfiriendo las obligaciones y costos al
gobierno federal, y Los Queremos
Vivos pasará a ser otra iniciativa al
calor de los acontecimientos y sin impacto en el
largo plazo. Las infanterías, que son las que
ponen su vida en riesgo, no se merecen ese
destino. Lamentablemente, mucho de ello está
fuera de sus manos, salvo gritar.
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Raymundo Riva Palacio es periodista mexicano, autor de la
columa "Estrictamente Personal" que
publica en el sitio ejecentral.com.
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