Corresponsales
de guerra
Gerardo
Albarrán de Alba *
¿Hay
una guerra en México? El diario estadunidense Los
Ángeles Times decidió que sí y envió a
Tracy Wilkinson, una experimentada corresponsal
que ha cubierto conflictos bélicos en Irak,
Bosnia y Centroamérica. Como ella, otros
corresponsales de guerra han llegado al país
para encontrar que no es para tanto.
Aparentemente, la vida sigue para todos, menos
para los muertos y sus deudos, que rebasan ya los
28 mil en tres años y medio, incluyendo a 38
periodistas.
La guerra contra el narco desatada
por la administración de Felipe Calderón ha
sumido a México en una espiral de violencia que
no se ha traducido en soluciones; por el
contrario, bastas regiones están sometidas a
alguno de los cárteles del narcotráfico que le
disputan al Estado el control del territorio
nacional.
En términos
generales, la prensa mexicana ha cubierto el
conflicto sin lineamientos editoriales claros y
sin conciencia de los riesgos que implica, a
pesar del asesinato de 69 periodistas en los
últimos ocho años; 11 más están desaparecidos
y varios se han refugiado en Estados Unidos y
Canadá. En la administración de Calderón, 38
periodistas han muerto o desaparecido, 10 de
ellos en lo que va de este año, de acuerdo con
la organización internacional Reporteros Sin
Fronteras. El denominador común de casi todos
estos casos es la impunidad en que permanecen
esos crímenes.
En esta
cobertura, los grandes medios de la Ciudad de
México tenemos un mayor margen, o al menos eso
creíamos hasta que el narco secuestró a
cuatro periodistas en Durango, el 26 de julio,
mientras reportaban un motín carcelario. Nadie
ignora que la prensa local está en el frente de
batalla y corre muchos más riesgos, pero hasta
ahora salvo contadas excepciones los
grandes medios habían omitido contar que la
prensa de los estados se ha convertido en
objetivo tanto de los narcos como de algunas
esferas gubernamentales, responsables de esas
agresiones. Televisa y Milenio, que pusieron en
la agenda nacional los ataques a la prensa tras
el reciente secuestro de sus enviados, apenas
registraron el asesinato de dos reporteros
locales que trabajaban para ellos, y han callado
las amenazas y ataques a sus instalaciones.
Ninguna reacción de ellos, hasta ahora, que
protestaron a cuadro y que junto con otros
concesionarios de radio y televisión se
reunieron con el presidente Calderón, quien
aprovechó para recordarles la cantaleta sexenal:
los propios medios le abrieron la puerta a los
narcos y son responsables de la extendida
percepción de violencia en el país, según la
versión gubernamental. Días antes, varios
diarios nacionales publicaron un desplegado en el
que expusieron su preocupación.
Ninguna palabra
de dueños y directivos de medios sobre las
condiciones laborales en que mantienen a sus
periodistas y que se suman a los factores de
riesgo cotidiano que enfrentan reporteros y
fotógrafos.
En contraste,
periodistas de varios medios de la Ciudad de
México convocaron a una marcha el pasado 7 de
agosto para exigir el fin de la impunidad en los
crímenes contra periodistas, que el Estado
garantice el derecho a la información de la
sociedad y de los periodistas y que se creen
mecanismos que garanticen la protección a la
labor informativa.
Convocada cuando
los cuatro periodistas secuestrados en Durango
aún se encontraban en cautiverio, la marcha
demandó que las autoridades cumplan su función,
se investigue y se rescate a los 11 periodistas
que siguen desaparecidos, algunos desde hace
algunos años, todos reporteros de medios del
interior del país. La consigna fue: Los
queremos vivos.
Periodismo
amenazado
Hacer periodismo
en los estados es una labor aún más arriesgada
que la de muchos de nosotros, desde medios de la
capital del país. Las presiones, las amenazas,
las agresiones, los atentados, los secuestros y
los asesinatos se ensañan con ellos. En la
Ciudad de México, la mayor parte de los
periodistas no tienen idea de lo que es reportear
en esas condiciones en ciudades y pueblos que
viven en guerra o están bajo el yugo del
narcotráfico.
Entre mayo y
junio pasé tres semanas en Tamaulipas, en el
noroeste de México, estado con una gran franja
fronteriza con Estados Unidos. Allá, la guerra
es abierta; los gobiernos municipales son
rehenes, el gobierno estatal sólo administra el
desastre y el gobierno federal apenas contempla.
Entonces
escribí:
El
silencio es más hondo que una tumba. Cualquiera
sabe lo que pasa, pero nadie dice nada. Pueblos
enteros tomados durante días por el cártel del
Golfo o por Los Zetas; casas y negocios quemados
y saqueados; ataques relámpago a instalaciones
policiacas o casas de seguridad; combates que
duran toda la noche y matanzas a plena luz del
día que no dejan otra huella que muros y
vehículos acribillados, sangre en las aceras,
porque las víctimas más tardan en morir que en
desaparecer sus cadáveres; amenazas por doquier
contra quienes no se conforman a la primera;
secuestros, asaltos y cobro de cuotas a quien se
deje, y todos se dejan para llegar a mañana como
se pueda. La vida controlada en las comunidades
disputadas mediante retenes y volantas en las
calles y avenidas principales.
La
cotidianidad se mide en los calibres empleados y
las granadas detonadas, el número de bajas, las
horas de terror. Ser testigo da para meses de
episodios que se adaptan al interlocutor en
turno, siempre en el círculo más cercano,
porque entre desconocidos no se pasa de una
charla incidental. Con la prensa amordazada,
policías coludidas o sometidas, y autoridades
políticas indolentes o en plena fuga, el rumor
alcanza la categoría de leyenda urbana. Si algo
llega a salvar la censura, las versiones
oficiales minimizan todo y los periódicos y
noticiarios locales se avienen.
La prensa
es una parodia de sí misma. Primeras planas
llenas de gacetillas, interiores rellenados con
boletines. La página policiaca se atiene a los
accidentes de tránsito; en otras condiciones,
nadie sabría lo mal que se maneja en Tamaulipas.
Radio y televisión son inocuas. Si ya la
corrupción era consustancial al periodismo
local, la guerra de los cárteles dividió
lealtades. Algunos reporteros pagaron el precio
con la vida o con su libertad. Ahora todos están
bajo la misma amenaza: plata o plomo. ¿Servir a
unos o a otros? Para muchos de ellos, lo mejor es
nadar de muertito; bendita sea la grilla local
que les permite reportear otras cosas. Los narcos
tienen sus voceros, reporteros que trabajan para
ellos. Te llaman a la redacción; te dicen
esto sí, esto no. Los narcos son los verdaderos
editores de los periódicos, los jefes de
información de los noticieros. A veces no nos
tienen que hablar, ya sabemos de qué o de
quiénes no tenemos que publicar nada. Hay
listas, pero no alcanza. El problema es que no
sabes realmente con quién estás hablando, sobre
quién estás escribiendo. Vives con miedo a
equivocarte.
Los narcos
presumen que son los buenos, lo malo es que no se
sabe cuáles. La guerra entre El cártel del
Golfo y Los Zetas no se limita al control de las
plazas, va por las conciencias de quienes
preferirían subordinárseles a cambio de
recuperar un poco de paz. Emiten boletines de
prensa para limpiar su imagen y denostar a sus
enemigos; ejercen la censura previa en los medios
y tiran línea a conveniencia; distribuyen
volantes casa por casa y esparcen rumores en las
redes sociales. La propaganda arraiga
percepciones.
Hacer periodismo
en estados como Tamaulipas es exponerse a las
veleidades del narco. Venir de fuera, es decir,
ser un periodista de la capital del país, no
garantiza nada y, en algunos casos, es un riesgo
mayor por ignorancia.
En San
Fernando, una pequeña ciudad en el centro de
Tamaulipas, cuatro fotógrafos de agencias
nacionales e internacionales que registraban los
estragos del huracán Alex, fueron abordados por
un grupo de zetas, metralletas en ristre, dos
días antes de las elecciones. El interrogatorio
es tenso. Juran y perjuran que son periodistas,
que sólo retrataban ríos desbordados, campos
inundados. Sacan sus credenciales de prensa,
tarjetas de presentación, pasaportes, formas
FM3. Vale madre, estas las hago yo en la
computadora. Órale, sáquense a la chingada,
aquí no hay nada que ver. Los sicarios se
divierten con ellos. Si nos están mintiendo,
vamos a regresar y se vienen con nosotros.
Que no, que no hay problema, que ya se van, pero
cómo no, a la chingada o a donde ustedes manden.
¿Saben quiénes somos? No. Somos los
de La Letra, y les muestran una concha de
oro, grabado el mapa de la República y cruzado
con una gran Z roja. En el reverso, dos figuras
de sicarios disparan al aire sus cuernos de
chivo; una leyenda dice Comando.
Los
periodistas no son bien vistos en Tamaulipas,
menos en las ciudades controladas por el narco.
Cuando estalló la guerra, en febrero, diez
reporteros fueron secuestrados; cinco de ellos
fueron asesinados sin que trascendiera la
noticia, según me cuentan periodistas locales.
Muchos han sido levantados por horas o días, las
madrizas son monumentales. Mínimo los tablean,
es decir acribillan sus nalgas con varas de
madera para que les quede claro el mensaje a
todos. Otro periodista murió en junio en
Reynosa, en circunstancias poco claras; a uno
más, desde mayo no lo ven, pero su familia dice
que todavía tiene esperanzas. Ningún caso se ha
esclarecido.
Por eso
ellos no reportean en esta zona. De por sí, la
mayor parte de los caminos de Tamaulipas y
de muchos otros estados del país no son
para andar paseando, y menos en territorio narco.
Aquí sólo se viene porque te trae algo. La
cosa es qué.
Tracy Wilkinson,
la corresponsal de guerra de Los Ángeles
Times, dice que no se puede generalizar el
problema del narcotráfico en México; el
conflicto es diferente, según la zona donde se
manifiesta. Pero reconoce también que la prensa
nacional y extranjera no está a salvo de
amenazas ni riesgos en la cobertura del narco en
México.
Otros veteranos
reporteros, como la argentina Olga Wornat y el
mexicano Luis Gutiérrez Esparza, recuerdan
conmigo sus experiencias en los Balcanes,
Afganistán y Chechenia. Ambos dudan de sí
mismos. No cubrirían hoy al narcotráfico en
México como sí lo hicieron antes en aquellas
guerras.
Al narco no
se le cubre a ciegas, los periodistas debemos
tener plena conciencia de los riesgos, y
prepararnos para ellos, recomienda Wilkinson.
Las guerras tienen reglas que minimizan los
riesgos, aunque cambian; el reto es anticiparse.
El narco no tiene reglas.
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Gerardo Albarrán de Alba es reportero de la revista mexicana Proceso, miembro del Consejo Directivo del Centro de Periodismo y
Ética Pública (Cepet) y
director de la revista electrónica Saladeprensa.org.
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