Adiós a
Gabriel Vargas
Elena
Poniatowska *
La
primera vez que fui a entrevistar a Gabriel
Vargas, creí que me saludaría como a Cuataneta
o como a doña Borola o siquiera como a Macuca o
de perdida como a doña Gamuchita Pericocha:
¿Qué tal? ¿Cómo la trata
esta vidorria? ¿Qué dice la chicuela feliz?
¡Jía, jía, jía! ¿Qué de veras me viene a
hacer una chipocluda entrevista? Yo diría que en
vez de darle al güiri güiri, fuéramos a mover
bigote... pero a un restaurante donde va gente
que de a de veras las poderosas, no a cualquier
furris changarro y sino llegamos hasta San
Cirindango de las Iguanas...
Pero no, nada de
quihuboles ni de echadas de perico. En su
despacho todo era silencio; un local alargado que
parecía salón de clases, donde se alineaban una
tras otra las mesas de los dibujantes que
trabajaban sin levantar la vista. En la primera
fila estaba el pupitre del más callado: Gabriel
Vargas.
Vargas les
hablaba a sus dibujantes con tanto compañerismo
que era fácil olvidar que él era el maestro.
Sonreían ante sus ocurrencias, empinados sobre
las narices redondas, enormes y coloradas de
doña Cristeta, las piernas de hilito de atole de
Borola o las carreras de Foforito, el gusanito de
guayaba, hijo de otro gusanito: don Reginito.
Gabriel Vargas
era un hombre chaparrín, muy prendido, de
corbata y pañuelo blanco en el saco, de anteojos
de intelectual y ademanes de una gran cortesía y
precisión. Pareces ministro japonés con tanta
caravana, le decía en Excélsior
don Manuel Becerra Acosta. Y me sorprendía qué
de este hombre pulcro y vestido con primor,
comedido, prudente, bien rasurado, decente,
salieran tantas historietas a todo mecate.
A Gabriel Vargas
se debe la expresión los azules, que
ya se quedó a los policías para toda la vida. A
él también eso de alzar los tenis,
ojitos de apipisca, iguanas
ranas y los ojos de gringa. Los
escritores que hoy quieren saber cómo habla el
pueblo, hojean las páginas de La familia
Burrón y rellenan sus alforjas de modismos
prestados y mal asimilados que, de un modo u
otro, encajan en sus relatos.
Don
Gabriel, ¿y a usted nunca le dio por pintar?
De muy
joven, pero fui un fracaso. No se puede hacer
monigotes y pintar en serio.
Mis
monigotitos llamaba Gabriel Vargas, en tono
entrañable, a sus creaciones. Ningún otro
historietista contó con tantos personajes en su
haber; tan solo en La familia Burrón
son 57, pero antes hizo historietas como Don
Jilemón Metralla, Los del 12, El
Capelucho y Poncho López, entre
otras. La primera nació en 1937: Los
superlocos.
Empecé
haciendo ilustraciones en serio en Excélsior,
al lado de Marianito Martínez. Dibujaba para el Magazine
y para el Jueves de Excélsior.
Estaba yo chamaquito cuando entré a trabajar con
don Ignacio Herrerías; le ayudaba a hacer una
revista llamada Mujeres y deportes.
Tenía más de 80 páginas y a veces el dibujante
no acababa y yo le ayudaba a hacer unas
paginitas, a formar, a hacer cabecitas dibujadas.
Después, el señor Herrerías empezó con Novedades;
las oficinas estaban en Artículo 123, en una
vecindad media feona. Don Ignacio me llevó con
él; yo llegaba desde las cinco de la mañana a
ayudarle. Como en la oficina hacía mucho frío,
mi madre me hacía un chalequito de papel manila
que me ponía debajo del suéter y encima llevaba
un saquito. Cada vez que me movía, el señor
Herrerías se me quedaba viendo, hasta que un
día me dijo:
Oye,
pareces campechana: por todos lados suenas.
Es que
traigo un joronguito de papel.
A verlo.
Me levanté el
suéter y se lo mostré. Era la única manera de
conservar el calor del cuerpo en esos fríos
tremendos. Se rió, y me propuso:
Varguitas,
¿por qué no me haces unos dibujitos tan bonitos
como los que te he visto?
Le hice varios
dibujos, cada uno con su texto: el hombre de
Java, el más tatuado del mundo; el Buda más
grande del mundo, que está en Japón; el conde
Zepellin, el inventor del globo zepelín. Ése
era un trabajo muy pesado porque cada dibujo yo
lo copiaba de fotografías. Pero le gustó mucho
al señor Herrerías. Todo era dibujo en serio,
lo que le llaman clásico. Tiempo después, don
Ignacio aventuró:
Las
historietas están de moda, hazte algo.
Pues no
sé hacerlo.
Me miró feo y
entonces le dije:
¿Cómo le
haré?
Piensa en
una idea que tenga éxito.
Pasaron días y
no se me ocurría nada de nada. Para mí producir
una idea nueva era como subir al Éverest. ¿Una
historieta? Nooo, se me hacía eterno. Hasta que
un día me dijo:
¿Qué
pasó? ¿Vas a trabajar conmigo, sí o no?
Total que le
enseñé un pequeño boceto de una historieta que
titulé La vida de Cristo. La abrió y
dijo:
¡Noooo!
Esto no, qué bárbaro. No, esto no, ¿qué no te
das cuenta de que estamos regidos por el
presidente Cárdenas? Las cosas religiosas no las
admite. No, no, no, busca otra cosa.
Pasaron los
días y le dije:
No tengo
otra idea.
Bueno,
ni modo me contestó, hazte La
vida de Cristo.
Don Ignacio
Herrerías me compró cuatro Biblias grandotas y
me dijo que escribiera parlamentos accesibles a
todas las mentalidades. ¡Imagínese nomás lo
que significaba traducir todas las parábolas
incomprensibles! Bueno, pues esa historieta tuvo
un éxito fabuloso, tanto que don Ignacio me
decía:
Ahora
haces tu recibo por 300 pesos... Esta semana te
tocan 500 pesos... ¡Cóbrate tus mil 200 pesos!
Yo creía que
estaba soñando. Además, en aquel tiempo le
daban a uno unos pesotes así, enormes, que se
los tenía uno que llevar rodando como quien
juega al aro. En mi familia siempre hubo apuros
de dinero, así que bien que nos caían esas
decisiones imprevistas.
La vida de
Cristo se publicaba a doble plana, hasta que
la prohibió el gobierno. ¡Yo era un chamaco de
17 años y me quisieron meter a la cárcel! Me
llevaron a la jefatura que antes estaba por la
Lotería Nacional:
¿Que tú
eres Gabriel Vargas, el autor de la historieta?
Sí, yo
soy.
¡Válgame,
pero si eres un chamaco!
Y es que un
chamaco pobre deja muy pronto de ser chamaco. Me
metieron a un cuartito donde había una cama toda
desvencijada, rota, los sillones estaban
agujerados. Así estuve todo el día, me mandaban
tipos patibularios, fueron como tres o cuatro en
todo el día. Ya a las siete de la noche yo
estaba desesperado, cada uno que entraba me
preguntaba: ¿Tienes madre, tienes papá,
tienes hermanas, tienes hermanos, quiénes son,
cómo se llaman? Ya sentía que la cabeza
me tronaba, estaba muy asustado. De repente oí
afuera la voz del señor Herrerías:
¡Que
usted es un fulano de tal...!
Se veía que era
amigo de todos ellos porque les hablaba con una
confianza desmedida. Asomé la cabeza.
Vente,
Varguitas, vente conmigo, no les hagas caso a
estos fulanos de tal, ya te asustaron, ¿no?
Vente, vente.
Y ya me fui con
él. A los pocos días, volvimos a hacer otra
edición de La vida de Jesucristo porque
don Ignacio era muy bravo, muy aventado. Se la
decomisaron y ya ni modo, no quedó otra más que
renunciar al Novedades.
Después, en Excélsior
hice otras cosas: Sherlock Holmes, El capitán
Erich Christophen, un héroe alemán de la guerra
mundial. Luego La vida de Pancho Villa,
luego hice una de bandidos que se llamó Frank
Piernasmuertas, era un bandido que manejaba
un grupo de ladrones. Así fue como me inicié...
Pero todos eran dibujos en serio.
A los 17 años
de edad, me nombraron jefe del departamento de
dibujo de Excélsior, cosa que era
insólita, pues allí sólo les daban el trabajo
de jefe a las personas que tenían muchos años
en el periódico. Se respetaba mucho el
escalafón. Pero un día me dijo don Manuel
Becerra Acosta: No es justo que tú te
pases la vida meti-do en el periódico, y que no
se te haga justicia. Si te necesitamos en la
mañana, ahí estás; si te necesitamos a media
tarde, ahí estás; por la noche, ahí estás. Yo
voy a hablar por ti. Y a la semana me dijo:
Baja a la junta general, te tengo una
sorpresa: estaba aceptado mi nombramiento.
Ese día se llenó un salón de todos los
empleados de Excélsior. Yo me asusté,
porque arriba de mí había muchos empleados
viejos que merecían mucho más que yo el
departamento. Para mí fue trágico eso porque me
comenzaron a hacer pesada la vida. Me manchaban
los dibujos, de los anuncios desprendían los
textos, y yo me ponía a temblar de que se
perdieran los originales. Un día quemaron un
dibujo del señor Ernesto García Cabral, que era
uno de los mejores caricaturistas que han
existido; también me quemaron uno de Marianito
Martínez. Total, que en menos de un año yo
estaba reventando y entré a un concurso de la
Editorial Panamericana, del empresario José
García Valseca, para escoger a un caricaturista
que dibujara una historieta. Yo no era
caricaturista. Dibujaba en serio, pero un amigo,
Héctor Falcón, me animó:
¡Éntrale,
hombre, éntrale! Total, ¿qué pierdes?
Al concurso
entraron Audifred, Ernesto García Cabral,
Valdés, Íñigo, Freyre, Facha, los mejores
dibujantes. Yo era el más maleta de todos. Fui
el último en llegar, a todos les dieron textos,
pero yo no me plegué a esa condición. ¡Que me
dejaran hacer lo que yo quisiera! Con mi propio
texto, dibujé la historia de un gusanito con
sombrero texano, ¡y gané por el texto!
Además, el
coronel García Valseca me ofrecía mil pesos,
cuando en el periódico yo ganaba 37 pesos a la
semana.
Algunos de los
personajes están basados en personas reales. Por
ejemplo, el vate Avelino Pilongano era un
jovencito a quien conocí, flaquito, flaquito,
que siempre se iba a sentar a cuidar los coches;
yo por eso lo traté, porque me cuidaba un
Fordcito viejísimo que tuve. Se ponía a fumar
las colillas que tiraba la gente, y todo el mundo
lo conocía como candelita, porque
como no tenía ni para cerillos, al que pasaba le
pedía: Caballero, ¿me da candela?
Salía su mamá y le decía: Hijo, vete por
la leche. No, mamá, yo no, estoy
aquí inspirado pensando un verso. Siempre
estaba pensando y nunca hacía nada. Era un
haragán de primera fuerza.
Hace muchos
años iba yo seguido a los barrios a oír a la
gente. Iba al Club de los artistas, el que antes
era el Leda, muy pintoresco, y allí me sentaba
en una mesa e iba oyendo. ¡Iban tipos rete
chistosos! También frecuentaba el Follies y me
venía caminando por todo San Juan de Letrán;
había muchos vendedores ambulantes de esos muy
lanzas que ya saben a quién se están durmiendo.
Recuerdo una vez que vi a un merolico que le
estaba diciendo a una criadita a quien se le
había ido el novio:
¿De qué
lado duermes?
Pues, para
donde sale el sol.
Pues ahora
cambias: durante una semana te vas a acostar con
las patas para arriba, te echas unos polvos y te
pones un talismán que te voy a dar y con eso
merito tu novio va a aparecer.
Así estaba
antes San Juan de Letrán, lleno de babosos de a
tiro tan guajes. También iba yo a la Villa,
porque allí había una cantante picada de
viruela que entablaba diálogos con los que la
estaban oyendo. Tenía una voz rasposa, hombruna;
siempre la acompañaba un guitarrista gordote,
¡pero cómo sabía granjearse a la gente!
* * * * *
La pérdida de
Gabriel Vargas es inmensa porque además de
personajes entrañables que nos acompañaron toda
la vida, como el pequeño Fóforo y el perro Wilson,
el habla popular de sus historietas es una
maravilla. Los Simpson se quedan cortos,
aunque Octavio Paz los viera al final de su vida
en la noche de su televisión, pero don Gabriel
les gana a Los Simpson. Sociólogo
súper notable era también el mejor de los
sicoanalistas porque sabía hacer reír. La salud
mental de muchos mexicanos se la deben a Gabriel
Vargas.
Desde que
he dejado de salir a la calle, he perdido mucho
de los giros del habla popular. El habla se va
transformando al cabo de los años, no es
estática. Antes me metía a los barrios, a los
cafés, a todos los lugares habidos y por haber.
Yo conocía todos los cabarets de México, porque
lo mismo iba a uno de Tacubaya que a uno de La
Merced.
Una vez me dijo
un hermano del coronel García Valseca, que era
un señor que cargaba cuatro pistolas: Has
visitado todo México, según sé, pero no has
visitado Tepito de noche. No, me daba
miedo. Yo nunca fui solo a los cabarets, siempre
llevaba cuatro o cinco amigos.
Te
voy a llevar, me dijo.
Me llevó a las
dos de la mañana a Tepito. Todos se me quedaban
mirando. Me llevó al mesón de los
dormidos, que creo se llama El Paraíso, un
jacalón enorme con hombres, mujeres y niños
durmiendo en el suelo, en petates, en cobija.
No,
yo aquí no entro.
Usted
entra, cómo que no. Cómo va a conocer México
si no entra...
Con ese señor
conocí un México muy bravo, en Santa Julia me
llevó a cada tugurio que me daba miedo. El
Tenampa, no se diga, era como su casa. Al entrar
me daba dos pistolas, me las fajaba en el
pantalón.
Al
Tenampa van muchos gringos, es mejor que lo vean
armado.
Recorrí esos
sitios durante años. El cabaret adonde más
íbamos se llamaba Atzimba, en las calles de
Guerrero. Otro se llamaba El Olímpico, también
en Guerrero, un cabaret muy viejo. Fui al Tres
Rosas, al Ratón, al Globo, a Las Brujas y a un
montón de lugares más.
Conocí también
las carpas y los teatros, acuérdese que doña
Borola, antes de casarse, era bataclana. Por eso
es que he podido hablar de esos lugares tal como
son, porque los conozco deveras. Me iba yo a la
parte de atrás para ver cómo vivían los
artistas. Era muy feo, una vida infame. Los
teatros de aquella época estaban de los diablos
y las carpas ni se diga. Una vez vi a una
muchacha amamantando a su hijito que tenía que
salir después a bailar de encueratriz.
Se me hacía muy triste, muy triste. No, y no le
cuento con detalle eso, porque hay cosas que son
indignantes por el descuido. Feo, feo. Los
recorrí hace muchos años todos.
¿Y hacía
usted apuntes de todo lo que veía?
Nunca
apunté nada, simplemente observaba, todo era
trabajo mental, llegaba al estudio y el
muñequito salía. Para eso entraba a las
vecindades, para oír cómo hablaban las
comadres, cómo hablaban los hombres. Me gustaba
mucho ir a las vecindades. Todos creen que las
conozco tan bien porque nací en una, pero no,
fue un trabajo, un estudio de muchos años.
¿Así es
como le surgió la idea de crear a La familia
Burrón?
Antes,
sabe usted, creé a un personaje: don Jilemón
Metralla y Bomba que representaba al mexicano
encajoso, conchudo, tramposo, muy ladino, gran
sablista, que saca el dinero por su forma de
hablar. Don Jilemón nunca trabajó, pero los
demás trabajaban por él. Era muy marrullero y
muy vivo en todos sus negocios. Pero dejé a este
personaje por una apuesta, porque el que era
director del Pepín me dijo:
Si
deveras es bueno, hágame otros muñequitos.
Don Jilemón
formaba parte de la historieta de Los
superlocos, que tuvo un éxito tremendo.
Después de varios años ya surgió La
familia Burrón. Para hacer La familia
Burrón, me inspiré en una pareja que
conocí de chico. Ella era una señora muy alta,
abultada, parecía cantante de ópera; el marido
era abogado, chiquitito él, y todos los días
tenía que ir como balazo del juzgado a su casa
para preparar la comida, porque su esposa se la
vivía de paseo. De ahí me nació don Regino,
ese chaparrito aguantador. La señora llevaba la
voz cantante en todo y le quitaba el dinero a su
maridito.
¿Y por
qué les llamó así, burrón?
Como nunca
llegan a realizar lo que quieren, por eso les
puse familia Burrón. Yo creo que un individuo
que no es tonto, que es inteligente, que no logra
centrar su capacidad hacia una cosa y está
batalle y batalle y nunca prospera es un burro,
es un burrón. Así, don Regino no es tonto, pero
como siguió la misma cosa de su papá, peluquero
y peluquero, es un burro...
Yo he querido, a
través de la historia, meter un poco de moral,
un poco de higiene, de religión, de política;
pero sólo unas cuantas gotas. ¡Quiéranlo o no,
creyentes o no, la religión es una de las cosas
que rigen al mundo! Pero nunca menciono la
palabra dios.
Y
entonces, ¿cómo le hace?
No hay
necesidad. Por ejemplo, pongo a don Regino, el
más serio de mis personajes, a hablar del
espacio inconmensurable al enseñarle una
estrella del cielo a Foforito:
Hay
algo muy por fuera de la mente humana que rige el
universo.
Pero, vea usted,
es muy difícil simplificar o desmenuzar ideas en
una historieta. Digo las cosas muy sencillas a
través de tanto chiste: el hombre, para triunfar
en la vida, debe estar limpio, bien arreglado, y
así puede luchar con mejores armas. También
abogo porque las cosas se resuelvan sin llegar a
la violencia. Doña Borola siempre está
repartiendo manazos por dondequiera; don Regino
ve las cosas con más justeza, con mayor
prudencia. Por ejemplo, no porque Regino sea
peluquero, su hijo y su nieto deben también ser
peluqueros. Al contrario, la vocación es lo
primero. Regino quedó huérfano muy chiquito;
sabía algo de contabilidad porque su tío era
contador, y mientras cuidaba la peluquería, le
hacía también a la contabilidad. Y a ratitos
quería aprender a tocar la mandolina. En pocas
palabras: aprendiz de mucho y oficial de nada. A
través de algunos números de la revista quise
tratar problemas muy elevados, muy hondos. Me
puse a leer, a consultar, a estudiar. Pero a la
gente eso no le gustó. Me escribieron: Ya
sus historietas no son tan vaciladoras como
antes. ¡Ahora son graciosas, pero lo hacen a uno
pensar más, y yo compro la revista para
divertirme! Asimismo, cuando me metí más
hondamente en los problemas sociales, también
recibí cartas: Como usted pinta la vida
tan crudamente, nos hace sentir aún más pobres.
Haga usted los dibujos como antes.
Sin embargo, yo
siempre he creído que la pobreza no significa
indignidad y la que pinto es siempre una pobreza
decorosa, nunca abyecta. No se pierden los
valores humanos. Además, nunca trato delitos muy
graves, siempre menores. Por eso no estoy de
acuerdo aunque me gusta mucho con el
libro de Oscar Lewis, Cinco familias,
porque él ha escogido a las familias ya en plena
miseria. La suya es la miseria que colinda con la
delincuencia.
Pero usted
ha dicho que a los lectores no les complace que
don Regino sea tan abnegado y que doña Borola,
su mujer, tan vaciladora.
Una de las
cartas que recibí me hizo pensar mucho por qué
me escribían: Usted se ha de reflejar en
don Regino. Es usted un tal por cual. A usted su
mujer debe de tratarlo como Borola. ¿Por qué no
le da usted su lugar a don Regino? El hombre es
el que manda...
¿Hay
entonces muchas reacciones del público a La
familia Burrón?
Sí,
recibo muchas cartas llegan muchas de
Sudamérica, en general muy gratas, otras
diciendo unas majaderías horribles, pero eso me
demuestra que los muñequitos causan impacto.
Ése es mi premio, que la gente me busca, que la
gente me sigue, me considera, me respeta y me
estima. Durante mucho tiempo, cuando empezó a
salir La familia Burrón, recibía
cartas de una señora que me escribía muy
frecuentemente. Pensé no sé qué cosas y un
día la fui a ver. Me recibió una ancianita en
su silla de ruedas; sus hijos ya grandes, como
siete, me esperaban desde la puerta. Y todo me
conmovió profundamente. La ancianita me dijo que
la revista le había dado los momentos más
dulces de su vida, los de mayor alegría, porque
ahí reconocía todos los apuros, las angustias y
los desmanes por los que había pasado. En otra
ocasión, una de las admiradoras de los Burrón,
la esposa de un gobernador, me preguntó:
¿Usted
no tiene toda la colección de La familia
Burrón? Yo sí tengo completa y empastada
mi boroteca.
¿Y de
dónde saca usted los nombres de sus personajes,
cómo los recuerda todos?
Es tanto
nombre que me hago bolas; desde que estoy
dibujando mentalizo cómo hacer los nombres más
o menos graciosos: la Boba Licona, Flojontino
Vagón, Satán Carroña, Olga Zanna, Alubia
Salpicón, son ejemplos de algunos de los
últimos. En un número saqué una cosita
pequeña de Carlos Monsiváis. Yo lo aprecio
mucho y no me parece bien caricaturizar a un
amigo, pero es que él me insistió muchísimo:
Sácame mano, ya, sácame, decía.
En la Cadena
García Valseca formaba yo seis suplementos de
cuatro, ocho y 12 páginas; era un trabajo
enorme. Mi escritorio era grandísimo y estaba
todo lleno de textos y de fotografías. Y les
decía todos los días a mis compañeros: No
me muevas, porque yo sabía en dónde
estaba todo. Para mí era más simple buscar
donde yo sabía que estaba y no revolvía. No,
déjenme la cosas como están. Entonces
repartía el trabajo a los dibujantes: Tú
formas tal página, tú formas esta otra,
así se organizaba todo.
Luego, aparte de
suplementos, hacía las campañas de
suscripciones. Las campañas de suscripciones,
fíjese, se componían de 10 pre-preventivos y de
90 preventivos: eran 100 cada campaña. Le hacía
la campaña a siete periódicos, entre ellos a Excélsior.
Usted se imaginará, un trabajo abrumador. Luego
me agarraban para hacer textos que pasaban por
radio, textos de chiste, los hacía yo. También
formaba en el periódico una revista, hacía yo
un suplemento para niños, una página en el
matutino, en el vespertino otra media página,
ocho páginas para el Esto y dividíamos
más cosas, ya no sabía yo ni qué hacer...
Tenía yo a mi
cargo 68 dibujantes y veintitantos ayudantes,
entre mujeres y hombres. Era cuando estaban en su
apogeo las historietas.
Algunos amigos
médicos me dijeron que le bajara a tanto
trabajo, porque si no un día me podía llevar un
susto. Nunca les hice caso. Pues un día,
efectivamente, perdí la memoria.
Ese día iba
saliendo del periódico y de repente sentí un
zumbido en el oído, ¡tinnn!, y desde ese
instante no supe quién era yo. Recuerdo que un
señor se me acercó y me dijo: Quihubo
Varguitas. Es de lo único que me acuerdo,
porque después no supe ni cómo me llamaba, si
tenía familia, si era huérfano, una cosa
espantosa.
Gabriel Vargas
sufrió una embolia, pero se recuperó:
Volví a
aprender a leer yo solo: cuál es la E, cuál es
la A, cuál es la B, así. Yo agarraba un libro y
le decía a Lupita: ¿Qué quiere decir
aquí? No leas, te dijo el doctor que
no leas, que no hagas esfuerzos. Yo tenía
el cerro de libros, hasta que aprendí a leer.
Hay una cosa que
es simpática y trágica: yo tenía siete u ocho
amigos que me venían a visitar y a comer cada
ocho días; siempre traían una botella de
champaña: Vamos a brindar porque, mira,
según tú no puedes caminar, no puedes hablar
bien ni nada, pero tú nos vas a enterrar a todos.
Yo apenas podía hablar, claro, muy
cuatrapeado... Y le decían a Lupita: Este
Gabriel está ahorita hecho un desastre, pero
tenemos la seguridad de que nos va a enterrar a
todos. ¡Pues efectivamente, los enterré a
todos! Murió el licenciado Méndez, el
licenciado Zárate, don Panchito Patiño,
Domínguez, el güero Pratt. Todos se murieron y
yo aquí estoy todavía.
Si Gabriel
Vargas está aquí todavía y va a seguirlo
estando durante muchos años porque nos llenó la
vida de rizos de oro y de peluqueros, torteros,
cilindreros chaparritos y honestos como ellos
solos y de borrachitos muy simpáticos y
panaderos que llevaban el pan en una inmensa
canasta encima de su cabeza y nos llevó a tomar
caldos a la Indianilla para la cruda y a sus
Reginitos y Susanos Cantarranas y Briagobertos
Memelas los hizo hablar en la forma más
educativa y deleitosa posible.
* Elena
Poniatowska es
escritora mexicana, con mas de 30 libros
publicados desde 1954. Esta entrevista la
publicó en el diario mexicano La Jornada.
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