Monsiváis:
la invención idiomática de Gabriel Vargas
Margarita
García Flores *
Empecé
como niño de colonia popular, a enterarme de la
cultura simultáneamente, leyendo a los clásicos
griegos, el Pepín y Chamaco. La lectura de los
clásicos griegos no se me nota, como la otra
frecuentación. Creo que lo primero que leí de
Gabriel Vargas fue Los Superlocos, una serie
absolutamente delirante para mis posibilidades de
entendimiento infantil y que no he vuelto a
releer pero que me entusiasmó uno de sus
personajes magnético, símbolo, suma, síntesis
de la picaresca mexicana que se llamaba ufónica
y gloriosamente Jilemón Metralla y Bomba. Los
Superlocos eran la denodada historia de las
trapacerías de don Jilemón Metralla y Bomba,
que cambiaba de sombrero en cada cuadro de la
historia y llevaba como bastón un pollo
desplumado y explotaba sistemática y cruelmente
a la que ahora llamaríamos asistente doméstica,
Cuataneta, defendida y apoyada por un hermano, el
buen Caperuzo. Todos estos personajes, más una
pareja (un poco derivada del cómic
estadunidense), que no tenía quizá mayor
interés, integraban un cuadro muy divertido y
muy intenso de la picaresca, por lo menos yo así
lo recuerdo: la capacidad de insulto de Jilemón,
su absoluta corrupción, etcétera. De un modo y
sin que yo lo supiera fui conociendo muchos
pormenores de la vida mexicana a través de la
lectura de Los Superlocos.
La siguiente etapa de mi
conocimiento de Gabriel Vargas fue a través de
otra historieta como de dos o tres páginas que
se llamaba El Señor Burrón o vida de perro.
Estoy tratando de darle una coherencia a mis
recuerdos que siempre falsifico. Al principio, la
historieta me parecía un tanto tediosa por la
prominencia del personaje de Regino Burrón, el
peluquero que era la síntesis de la decencia, la
bondad, la honestidad, el rigor. No es que me
cayera mal, pero representaba todos los símbolos
de virtud y de la bondad hogareña que me
resultan muy difíciles de pasar. Era el tipo de
gente cuya conducta en ocasiones uno admira pero
cuya frecuentación resultaría imposible. En
cambio, me fue ganando el personaje de la mujer,
Borola, y ya cuando se salió del Pepín para
transformarse en historieta, en comic-book
llamándose La Familia Burrón entonces empezó
mi pasión. Se puede decir que yo llevo todo el
tiempo leyendo a La Familia Burrón, es un
hábito, es una adicción. Aún en los muy bajos
momentos de Vargas, que necesariamente tiene
alguien con una producción tan abundante y tan
incesante, siempre encuentro algo que me hace
seguir leyéndola. Lo que te estoy diciendo de un
modo y otro ya me ha reportado algunos beneficios
porque he publicado unos 200 artículos al
respecto
en este momento siento como si La
Familia Burrón fuera una vaca a la que yo
estuviera ordeñando infinitamente
Vargas y
yo hemos vivido de La Familia Burrón.
¿Qué te
gusta de Borola? ¿Por qué la amas?
Es
anecdótico que Borola sea mujer, como era
anecdótico que Jilemón Metralla fuera hombre.
Lo que realmente allí funcionaba era una suerte
de espíritu de la picaresca que se combinaba con
el genio verbal y una gran capacidad para
inventar situaciones humorísticas. Del personaje
de Borola me entusiasma su capacidad frustrada
para la maldad, el robo, el desacuerdo, la
pillería, etcétera. Es una atmósfera lo que
nos da Vargas, los episodios nunca están
completos, porque hay fallas, siempre las
soluciones suelen ser muy abruptas, todo eso
depende mucho del modo de producción, del modo
de trabajo de Vargas. Lo que redime finalmente a
la historieta es su capacidad de captación y
difusión de atmósferas verbales, de situaciones
donde realmente funciona el sentido del humor y
la consignación, a mi gusto bastante perdurable,
de todo un modo de comunicarse verbalmente y de
entender el trato verbal como sentido del humor,
de entender la relación de las palabras como
posibilidad humorística. Poca gente se
entusiasma con Borola
Desgraciadamente
hay una serie de precios por formas de la cultura
popular, sobre esto he escrito otros 200
artículos
en realidad estoy glosando mi
vida al hablar de La Familia Burrón
y que
ese desprecio tan injustificado y tan ruin ha
llevado por ejemplo a ponderar a Jaime Torres
Bodet cuya contribución a la literatura es cero,
sobre Gabriel Vargas cuya contribución a la
cultura popular es altísima y amplísima.
¡Claro! Jaime Torres Bodet era pomposo y Gabriel
Vargas es un dibujante de historietas. En cuanto
a la influencia literaria de Torres Bodet,
ninguna. Sin embargo, tú no encuentras ninguna
tesis sobre Vargas.
¿Ese
lenguaje de Vargas se ha ido renovando a través
de los años o en cierta manera se ha
anquilosado?
Su
lenguaje no responde a la creación del caló.
Es, digamos, el lenguaje clásico de la provincia
y de la ciudad en los años treinta y cuarenta lo
que sería el idioma tradicional popular. Desde
luego que ha habido una enorme renovación de la
que no puede dar cuenta La Familia Burrón, pero
tampoco siento que estoy hablando de un museo,
aunque este lenguaje efectivamente está detenido
en cuanto a la posibilidad de captación de voces
nuevas, no está detenido internamente, dentro de
sus propias reglas del juego es muy fluido; así,
no sé si Vargas es el tipo de gente que se
renueva con frecuencia. Vargas perfila un mundo y
dentro de él la movilidad es extrema y la
capacidad dinámica es muy alta. Ahora, ese mundo
ya no es lo nuevo, lo reciente. Es un mundo que
finalmente llegó a su culminación, a su
deterioro y a su desvanecimiento en la época de
los cincuenta. En ese sentido funciona como
testimonio y dentro de él no está viendo ni
cómo habla la gente de hoy ni cómo seguramente
habló, si no que se está viendo una creación
personal de alguien que decidió hacer hablar
así a un mundo y que en gran parte obligó a ese
mundo a hablar así. Pero desde luego que no
estoy dándole características de museo ni de
grabadora. Vargas hace una enorme invención
idiomática.
¿En que
está basado su sentido del humor?
En una
capacidad de observación y de transformación
para vivir continuamente en el regocijo. Su
sentido del humor está basado en una
contemplación impiadosa de los hechos y de las
situaciones. Claro, si a él le preguntas te
responderá con una serie de afirmaciones que no
son ciertas. Hablando de su obra, Vargas no es el
mejor exégeta, la vuelve muy bondadosa, la
remite siempre a cánones de decencia, de
moralidad, de ejemplaridad, de virtud y te parece
que te está describiendo el catecismo del padre
Ripalda y no el relajo continuo que es La Familia
Burrón. Para enterarse de La Familia Burrón
primero hay que leerla y segundo no hacerle caso
en absoluto a Vargas.
¿Consideras
vigente a La Familia Burrón?
Vigente en
el sentido: ni de testimonio ni de registro
cotidiano de una realidad citadina, vigente en
cuanto es la expresión de un mundo muy personal,
que logra captar y esencializar comportamientos y
que logra además transmitirlos a través de un
sentido del humor que es un estilo verbal.
Vigente como pieza literaria.
¿Crees
que a los jóvenes de hoy les pueda interesar lo
que dice La Familia Burrón?
Yo nunca
he creído en el mensaje de La Familia Burrón.
En cuanto a mensaje, yo creo que a nadie le
interesó nunca. Si tú quienes mensaje te vas a
una convención del PRI o a un sermón
Donde hay cultura popular lo que importa es la
capacidad de diversión que te genere, y creo que
en ese sentido la gente joven sigue
funcionando, quizá no con la intensidad que en
los años cuarenta o cincuenta. Hay un desgaste
necesario en todo trabajo que impide que mantenga
o retenga su misma capacidad de generar
diversión o generar distintas reacciones, pero
que sigue teniendo posibilidades de diversión,
sí, las sigue teniendo. Ahora estoy diciendo que
se mantenga ese mismo nivel de calidad,
simplemente hay cambios, pero tú decías hace un
momento que ahora se prefieren otras expresiones
más sanguinolentas o las fotonovelas, etcétera.
Yo supongo que sí, que masivamente una
fotonovela es lo que invade, conquista y
determina un mercado, pero que hay formas de
expresión personal que siguen manteniendo un
público y que si la gente joven llega allí y
empieza a aceptar las reglas del juego que ese
trabajo le propone, acabará encontrándolo muy
regocijante, pero en las veces que lo es, lo es
de veras.
Ahora, por lo
demás evidentemente hay una distorsión, una
deformación, un envilecimiento del uso popular y
ya todo lo que se está produciendo con éxito
está hecho en serie. El trabajo de los
artesanos, digamos de los que hacían el cómic
de autor como Gabriel Vargas, Gaspar Bolaños,
Germán Butze, etcétera, está ya confinado a
los sobrevivientes.
¿Encuentras
un reflejo de la sociedad mexicana en La Familia
Burrón?
Sí, pero
no es el valor mayor que yo le atribuyo. La
creación de un mundo personal y la distorsión
de una realidad más que el reflejo, la
distorsión burlona y satírica de una realidad,
creo que de reflejo tiene bastante poco y que las
veces en que acentúa más el reflejo es cuando
la historieta se cae. Es sobre todo una
distorsión, una caricatura muy bien lograda y
una esencialización de los rasgos paródicos.
*
Margarita García Flores es escritora mexicana. En septiembre de
1977, estando a cargo de Los Universitarios, editado por Difusión Cultural de la
UNAM, le dedicó un homenaje al monero Gabrel
Vargas, en el cual incluyó una entrevista con
Carlos Monsiváis, que el semanario Proceso reprodujo a finales de mayo de 2010.
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