Cien años
de subordinación
Un modelo histórico de la
relación entre
prensa y poder en México en el siglo XX
José
Carreño Carlón *
Me
entusiasmó este simposium desde las
primeras dos líneas de la inicial carta de
invitación de Claudio Lomnitz. Me entusiasmó la
idea de hablar de una "historia social y
cultural del periodismo mexicano", como una
forma de aproximación mexicana al subtítulo del
libro de Michael Schudson, Discovering the
News: A Social History of American
Newspapers.
Pero que Claudio
y Michael me perdonen, porque sólo hasta aquí
podría llegar mi intento de aproximación. De
aquí en adelante más bien me tendré que
referir a las enormes distancias que separan al
periodismo mexicano del norteamericano.
El
"periodismo moderno" que, dice
Schudson, en Estados Unidos encuentra su origen
"en la emergencia de una sociedad
democrática de mercado", en el primer
tercio del siglo pasado, difícilmente podría
surgir en un México en el que quizás sólo
podamos ver consolidada una "sociedad
democrática de mercado" hacia el primer
tercio del siglo próximo.
Por lo pronto,
lo más aproximado a la etapa norteamericana de
"discovering the news" que tenemos en
México es una mezcla de "manufacture of
news", en el sentido que le da Stanley Cohen
en el libro de ese nombre, y "news
management", en el sentido de que la mayor
parte de los grandes "descubrimientos"
informativos de la prensa mexicana suelen ser
"construcciones" preparadas con mucha
frecuencia en oficinas de manejo de información
desde la perspectiva del poder o de los poderes
en pugna.
De todas
maneras, como una muestra de la buena voluntad de
la Universidad Iberoamericana a la Universidad de
Chicago, en la primera parte de este trabajo
intento aplicar a México, a manera de
comparación o, más bien, de contraste, algunos
rasgos y valores atribuidos por Schudson a la
historia social del periodismo en Estados Unidos.
En una segunda
parte trataré de mostrar la existencia, en
México, de un modelo histórico, estructural de
relaciones de subordinación de los medios al
poder público. También trataré de mostrar que
es en función de este modelo y no en función de
un simple anecdotario de la corrupción mexicana,
como pueden explicarse mejor los grandes rezagos
y vicios actuales del periodismo mexicano, o sea:
la falta de desarrollo de sus patrones de rigor
profesional, de objetividad y de valores éticos,
así como su ausencia de reglas a favor de los
particulares afectados y su proclividad a
privilegiar los requerimientos de control social
y los ajustes de cuentas de las élites
políticas y empresariales sobre las necesidades
informativas de la gente común.
Finalmente, y a
pesar de evidencias tan contundentes como las que
mostró el cierre de filas del establishment de
la comunicación en las recientes elecciones
internas del PRI, expondré algunos hechos que
permiten establecer que este modelo histórico es
un modelo sometido, desde hace un cuarto de
siglo, a un lento proceso de extinción. Este
proceso de extinción puede atribuirse a
crecientes reclamos sociales y a la insistencia
de algunos, primero pocos, luego muchos más,
periodistas obstinados en probar que hay vida
más allá del modelo tradicional de control.
Adicionalmente, el presente proceso de extinción
de este modelo puede atribuirse también a la
apertura y al aflojamiento selectivo de los
controles tradicionales por parte de funcionarios
y gobernantes con mentalidad más abierta y, de
manera muy especial, a las repercusiones
impuestas al viejo modelo de relación entre el
gobierno y los medios, por la apertura y la
modernización de la economía del país en los
últimos 15 años. Por último, aunque de manera
desigual, el modelo ha sufrido algunos cambios en
razón de las nuevas leyes e instituciones
electorales que sustentan el proceso mexicano
de modernización política reforzado a lo largo
de esta década.
I.-
UNA DIFÍCIL COMPARACIÓN
Empiezo con el
intento de esbozar una comparación de la
historia social de los periodismos de México y
Estados Unidos, siguiendo a grandes rasgos la
propuesta de Schudson:
1.-En lugar de
aquella cultura política norteamericana de
principios del siglo pasado, regida por el poder
de pequeñas aristocracias, en México, desde la
Independencia, hemos tenido una cultura política
regida por el poder unipersonal de caudillos
militares, presidentes iluminados, dictadores, y
más caudillos y más presidentes todopoderosos,
apoyados en los últimos 6 o 7 decenios en una
igualmente todopoderosa y todavía incontrastable
maquinaria de un partido dominante y avasallador
a las órdenes del presidente de la República en
turno.
Y si aquella
cultura política norteamericana fue reemplazada
en Estados Unidos por el ideal y el hecho
institucional de la democracia de masas después
de los años treintas del siglo pasado, en
México el reclamo democrático no se generalizó
hasta los años ochentas de este siglo y no
encontró respuestas institucionales profundas
hasta la presente década de los noventas.
Además, esto no significa que hayan desaparecido
las inercias avasalladoras del partido dominante
ni la cultura caudillista ya sea en el partido en
el poder o en los partidos de oposición.
2.-Por otra
parte, si bien la economía de mercado ha
presidido en los hechos el desarrollo nacional,
en México no se ha podido integrar, como en los
Estados Unidos desde las primeras décadas del
siglo pasado, una cultura generalizada, moderna,
democrática de mercado, sin privilegios ni
categorías o situaciones especiales. Para seguir
un par de ejemplos en los que Schudson basa la
sociedad democrática de mercado, en México,
hasta principios de esta última década del
siglo XX, una buena parte de la tierra, la
concentrada en el régimen ejidal, no se podía
vender ni comprar con libertad, y hasta el día
de hoy subsiste una legislación contraria a
establecer salarios en función de la oferta y la
demanda en el mercado laboral. Además, las
reformas para liberar el comercio de la tierra
fueron convertidas en uno más de los pánicos
morales (en el sentido que les da Stanley Cohen
en Folk Devils and Moral Panics)
activados contra el presidente que las
promovió, mientras que las reformas para liberar
el mercado laboral, prometidas por el actual
gobierno, están detenidas por temor a los altos
costos políticos que podría generar el mero
hecho de intentar llevarlas adelante. Tampoco se
ha implantado en México, como ideología
extendida, el valor de la acción individual en
la promoción de los intereses propios como vía
para generar la riqueza social, otro de los
componentes que plantea Schudson para integrar
una sociedad democrática de mercado.
3.-A ello hay
que agregar que, si el proceso de urbanización
de Estados Unidos creó el entorno en el que
encontró sus raíces su moderno periodismo, la
urbanización de México se dio en condiciones
económicas, sociales, políticas y culturales
muy diferentes y con poca relación con las
raíces de un periodismo de las características
del norteamericano. Y todavía se suman a esto
las peculiaridades de la historia política
mexicana. En el México del siglo pasado hubo
periódicos partidistas, liberales o
conservadores e incluso socialistas, laboristas y
centrados en los negocios, como en Estados
Unidos. Pero, a diferencia de los Estados Unidos,
en México, decenas de publicaciones, de cortos
tirajes y de claros compromisos con los bandos en
pugna, nacían y morían en periodos muy cortos
de acuerdo a las cambiantes, inestables
condiciones políticas y militares impuestas a
cada región y al país por los triunfos o
derrotas de sus causas o de sus caudillos.
Además, desde el punto de vista social, con una
población mayoritariamente iletrada y en
condiciones de miseria, y con un reducido
desarrollo de sus clases medias, el alcance y la
influencia de los periódicos mexicanos de
aquella época se reducía a una estrecha franja
de lectores y sus ofertas se limitaban a un
raquítico mercado interno, a diferencia de los penny
papers americanos que hacia mediados del
siglo pasado, como relata Schudson, se erigieron
en voceros de los ideales igualitarios en
política, de la vida económica y de la vida
social, a través de la promoción del comercio,
el desarrollo de la publicidad, el énfasis en
las noticias y la provisión de grandes
audiencias: en otras palabras, todo lo que
Schudson apropiadamente identifica con la
construcción de la cultura de una sociedad
democrática de mercado, que en México apenas
ahora se abre paso, y todavía con algunas
penalidades.
4.-También en
México, como en Estados Unidos, hacia finales
del siglo pasado el periodismo empezó a
afirmarse como una industria y como una actividad
profesional. Sólo que aquí también podemos
encontrar importantes diferencias. Si bien, desde
mediados hasta finales del siglo pasado las
principales publicaciones mexicanas estaban
animadas por algunos de los más importantes
hombres de letras de la época, los apremios de
la inestabilidad y de la anormalidad políticas
no propiciaban el desarrollo de una narrativa
propiamente informativa o noticiosa, sino, con
mucho mayor frecuencia, una narrativa impregnada
de denuncias, de luchas y enconos políticos y de
reivindicaciones y compromisos sociales, mientras
que, en el frente contrario, florecía la planta
más frondosa de la historia cultural del
periodismo mexicano: la organización y el
financiamiento de publicaciones adictas a los
poderes establecidos, una rudimentaria expresión
del news management, en los términos planteados
por J. Herbert Altschull, en Agents of Power:
the Media and Public Policy, para ubicar las
prácticas abiertas de patronazgo sobre la prensa
utilizadas por los presidentes de Estados Unidos
de los años 90s del siglo XVIII a 1860.
5.-Ni el
periodismo como entretenimiento ni el periodismo
como información llana trascendieron con mayor
presencia en el México del cambio del siglo XIX
al siglo XX. Tampoco la ideología de la
objetividad que marcó en Estados Unidos la
consolidación del periodismo moderno. Por
épocas se han dado y todavía se dan importantes
expresiones y búsquedas de patrones de
objetividad y de elaboración de relatos y
reportajes al estilo americano. También desde
hace décadas, se publican en los medios del
país los servicios de noticias, reportajes y
entrevistas de las grandes corporaciones
informativas norteamericanas y europeas.
Igualmente se imitan y se adaptan estos estilos a
las necesidades narrativas de los periodistas del
país, pero difícilmente se puede hablar de una
tradición mexicana comparable siquiera
remotamente con la tradición norteamericana en
este campo.
6.-Sin perjuicio
de los aportes de la imprenta a la emancipación
nacional y a la cultura cívica en el siglo XIX,
contenidos en las exposiciones de Virginia Guedea
y Carlos Forment, una línea importante para la
elaboración de una historia social y cultural de
los medios en México, en mi opinión, tendría
que centrarse en las prácticas de news
management, entendidas como aquellas que
emplean alguna forma de doblez, como propone
Altschull en el trabajo citado, en busca de que
lo publicado responda a lo que el interesado
desea que se publique. Estas prácticas han sido
sostenidas sistemáticamente por la prensa
mexicana y sus patrocinadores, desde mucho antes
de que se acuñara el concepto.
Vamos a ver:
primero, una prensa en gran medida al servicio de
los bandos, los caudillos y, en el mejor de los
casos, los programas en pugna a lo largo del
siglo pasado. Se trata del equivalente de lo que
ocurría en Estados Unidos durante "The
Partisan Era" y que se suele fechar desde
alrededor de 1700 hasta los 1830s, y que en
México alcanza sus momentos más brillantes en
los años de la Reforma Liberal, entre los
cincuentas y los setentas del siglo pasado. Más
tarde, volviendo a México, surge un modelo
predominante de persecución y supresión de la
prensa opositora, y de subvención y
subordinación a la prensa adicta al gobierno en
la dictadura de Porfirio Díaz, que cubre las dos
últimas décadas del siglo XIX y la primera del
siglo XX. El modelo se perfecciona y consolida en
el México pos-revolucionario, hasta los años
setentas de este siglo, al grado de no necesitar,
salvo excepcionalmente, de la persecución y la
supresión. Finalmente, este modelo entra en un
largo proceso de extinción que va de mediados de
los setentas de nuestro siglo hasta estos días.
II.-
EL MODELO MEXICANO:
100 AÑOS DE SUBORDINACIÓN
Hace poco más
de 100 años, "a fines de 1896, apareció El
Imparcial de Rafael Reyes Spíndola,
periódico que inauguró la etapa del periodismo
industrializado en México, bajo la protección
oficial", como lo reseña María del Carmen
Ruiz Castañeda, la acuciosa historiadora del
periodismo mexicano y directora por muchos años
de la Hemeroteca Nacional. Los talleres de este
diario tuvieron las primeras rotativas y los
primeros linotipos que llegaron a México.
Surgió del financiamiento directo de la
dictadura y operó con base en generosas
subvenciones oficiales, que le permitieron llegar
pronto a las tiradas tope de los periódicos
mexicanos a lo largo del siglo XX, que
excepcionalmente han rebasado, por épocas, los
cien mil ejemplares. Sólo que, en la época de
la dictadura, la población apenas rebasaba los
diez millones de habitantes (llegó a 15 millones
en 1910), mientras que hoy, cien años después,
únicamente un diario afirma certificar su
circulación, y la ubica en alrededor de 130 mil
ejemplares, nada más que que en un México de
cien millones de habitantes, una población entre
siete y diez veces mayor a la de principios del
siglo.
Adicionalmente,
se dio en el México del anterior cambio de
siglo, una paradoja que puede resultar
inquietante para quienes destacan el valor de los
penny papers norteamericanos en la
historia social de la prensa de los Estados
Unidos: con todos los apoyos oficiales y su
moderna organización, El Imparcial, este
primer engendro del news management al
servicio de la dictadura, se propuso al mismo
tiempo ser un penny paper aclimatado a
México. No sólo porque costaba un centavo, sino
porque pretendía ocuparse de los sucesos
cotidianos de la gente con un atractivo toque
amarillista para mejor servir al poder.
Para usar la
terminología de la Alemania de Bismarck de esa
misma época en Europa, aplicada a las mismas
prácticas de subvención de periódicos y compra
de periodistas, el "fondo de reptiles"
que se distribuía entre periódicos y
periodistas al servicio de la dictadura
porfirista en la penúltima década del siglo
XIX, los 1880s, ascendía a un millón de pesos
anuales, en paridad de uno a uno con el dólar de
aquel tiempo, cantidad que se incrementó en las
dos siguientes décadas que todavía duró la
dictadura, a fin de impulsar el periodismo
industrial a su servicio.
Con el riesgo de
entrar en línea de colusión con la ponencia
sobre la situación de la opinión pública y el
honor de los periodistas en el México
porfiriano, para los fines de mi enfoque me
atrevería a afirmar que hace cien años México
asistía no sólo al nacimiento del periodismo
industrial, sino también al incubamiento del
modelo de subordinación de la prensa, un modelo
consolidado en las primeras décadas de los
gobiernos posteriores a la Revolución de
1910-1917, y que, a pesar de todos los cambios
que podamos argumentar, sobrevive con algunos de
sus rasgos esenciales, cien años después, como
uno de los más dramáticos rezagos del proceso
de modernización mexicana al arribar al nuevo
siglo.
En efecto, ya
para 1910, la situación de la prensa mostraba un
cuadro que anticipaba los principales rasgos
predominantes del modelo mexicano de relación de
los medios con el poder público para el resto
del siglo que llega a su fin: un grupo de
periódicos prósperos o razonablemente
prósperos, adictos al régimen, compartiendo y,
en ocasiones, disputándose, las subvenciones
oficiales. Un grupo de periódicos en trance de
desaparición y que desaparecieron en esos
añospor mantenerse al margen de los
"fondos de reptiles" y por no contar
con recursos para asumir la reconversión
industrial de la época, como fue el caso de El
Monitor Republicano, que había sobrevivido a
varias décadas de luchas civiles, cuartelazos,
revoluciones e invasiones extranjeras. Y quedaba
también un grupo de periodistas encarcelados o
desterrados y algunos periódicos clandestinos
que llegaron a tener peso en algunas regiones y
grupos sociales a pesar de las condiciones
precarias en las que se producían y las
circunstancias adversas en las que circulaban.
No creo invadir
demasiado el tema de Pablo Piccato Rodríguez
sobre el periodismo revolucionario y el
contrarrevolucionario si menciono, de pasada,
que, inmediatamente después de la dictadura, se
da uno de los pocos casos en el siglo en el que
la prensa predominante se enfrenta radicalmente
al gobierno constituido. Y a esa prensa, que no
había enfrentado a la dictadura, le corresponde
el dudoso mérito de haber creado el clima de
linchamiento que enmarcó el derrocamiento y el
homicidio de Francisco Madero, el primer
presidente democrático, y para algunos el
único, del sigo XX.
Apenas terminaba
la etapa armada de la Revolución se daban los
primeros, creo yo, inequívocos rasgos, del
modelo estructural de relación subordinada de
los medios al poder público en el México del
Siglo XX.
Vayan unas
viñetas sobre el nacimiento y algunas
vicisitudes de algunos de los principales medios
surgidos en esta etapa, que pasarían a ser
rasgos comunes del modelo a lo largo del siglo en
lo que concierne a la intervención gubernamental
en la propiedad y el control de los medios:
Tras el triunfo
del bando constitucionalista, hacia finales de
1916, nace El Universal, con todo el apoyo
del victorioso grupo del futuro presidente
Venustiano Carranza, y al servicio de sus
intereses. Las relaciones peligrosas de este
periódico con el poder están presentes desde
aquellos primeros años hasta éstos, los más
recientes. El presidente Alvaro Obregón lo
clausura temporalmente en los años veinte, bajo
el supuesto de obedecer a intereses opuestos a
los de su gobierno; entre 1969 y 1970 uno de sus
directivos y entonces copropietario era
desplazado y encarcelado por quien se quedaría
con la propiedad del periódico, en el cambio de
gobierno de Díaz Ordaz a Luis Echeverría, mismo
propietario que iba a la cárcel treinta años
después, acusado de diversos delitos fiscales
por el actual gobierno del presidente Ernesto
Zedillo. Tras este episodio el diario ha
acentuado sus funciones de control social a
través de la "fabricación de
noticias" en los términos del mencionado
libro de Stanley Cohen y Jock Young, The
Manufacture of News: Social problems, deviance
and the mass media.
En 1917 nace Excélsior
y en 1928 nace La Prensa, ambos como
diarios independientes de propiedad privada. Pero
en el sexenio del presidente Cárdenas sendas
iniciativas internas organizadas en el marco de
un movimiento sindical inscrito ya en las normas
de la movilización y el control corporativo de
la época conducen a desplazar a sus propietarios
para poner a ambas empresas bajo el régimen
cooperativo. Excélsior sufrirá otro cambio
traumático de dirección en el sexenio de
Echeverría, pero de ese episodio hablaremos más
adelante, porque constituye un punto de
inflexión en el desarrollo del modelo mexicano
de subordinación de los medios. Por su parte, La
Prensa, en el sexenio del presidente Carlos
Salinas, vuelve al régimen privado,
incluso con inversión extranjera del grupo
español PRISA, de Jesús Polanco, que edita El
País, de Madrid. Sin embargo, al inicio del
sexenio del presidente Zedillo, entre versiones
de que el nuevo gobierno no estuvo de acuerdo con
la interpretación ofrecida al semanario Proceso
por el socio mexicano de Polanco, sobre el
llamado error de diciembre de 1994 que desató el
desastre financiero de 1995, La Prensa
pasó a manos de la Organización Editorial
Mexicana.
Esta empresa, la
Organización Editorial Mexicana, que terminó
recibiendo la propiedad de La Prensa, es
una poderosa cadena de periódicos surgida en
1943 bajo la propiedad del coronel José García
Valseca y al amparo del gobierno del presidente
Manuel Ávila Camacho. Treinta años después,
para saldar deudas con el Estado, la cadena
pasaba a propiedad del gobierno federal, a la
sazón encabezado, otra vez, por el presidente
Luis Echeverría, quien ostenta el liderazgo en
intervención en los cambios de dirección y
propiedad de los medios a lo largo del siglo. El
gobierno de Echeverría entrega la cadena a manos
privadas sin que mediara el mínimo proceso
formal de licitación, concurso o supervisión
legislativa.
Por si fuera
poco, el presidente Echeverría altera también
la situación de la propiedad de la radio y la
televisión privadas: primero confisca un lote de
emisoras del grupo que hoy es Radio Fórmula
porque su concesionario era socio de un
empresario al que se había perseguido por
defraudación fiscal. Con esas emisoras se
integra más tarde el Instituto Mexicano de la
Radio, IMER, en manos del gobierno. Enseguida, el
presidente Echeverría induce la fusión de las
dos principales televisoras privadas, lo que da
lugar a la creación de lo que hoy es Televisa.
Finalmente desplaza al concesionario privado del
Canal 13, a partir del cual el gobierno más
tarde configura la red de Imevisión, hasta que
el presidente Carlos Salinas la incluye en el
paquete de privatizaciones de su sexenio.
De hecho, desde
la aprición hace 50 años de la televisión
privada en México, nace en medio de una espesa
confusión de intereses, que marcan, desde sus
primeras horas, sus pautas de subordinación al
poder. En tanto el régimen de concesiones
concentra en el Ejecutivo la facultad de
otorgarlas y revocarlas discrecionalmente, fruto
genuino del modelo mexicano de control de los
medios y de las complicidades propias del
complejo político-empresarial (o
burocrático-empresarial) que regirá desde
entonces la actividad de los medios
electrónicos, la primera concesión televisiva
otorgada por el presidente Miguel Alemán es XHTV
Canal 4, a nombre, en un primer momento, de
interpósita persona, pero muy pronto inscrita en
la lista de bienes de su legendario patrimonio
personal y familiar. Para mayor confusión de
intereses, el canal empezaría sus emisiones con
el mensaje anual del presidente Alemán, su
informe al Congreso de 1950, mientras sus equipos
y oficinas se alojaban en un edifificio público,
el de la Lotería Nacional. A la postre, esta fue
la semilla de lo que iba a ser el gran imperio
privado de televisión mexicana del siglo XX,
tras la asociación de la familia Alemán,
representada por la familia OFarril, con la
familia Azcárraga.
El modelo
estructural de relación subordinada de los
medios al poder público en el México del siglo
XX pasa por varias etapas que van del proceso de
encuadramiento corporativo de todos los sectores
socioeconómicos al Estado, a la integración del
mencionado complejo político empresarial (o
burocrático empresarial) de intereses comunes
entre los sectores políticos y burocráticos y
los de las grandes corporaciones empresariales,
complejo cuyos engranes se han movido
históricamente con el lubricante de la
corrupción institucionalizada.
Los elementos
constitutivos del modelo son los siguientes, en
orden de aparición:
1.- Un marco
jurídico, de acuerdo con la ponencia de Beatriz
Solís, que prescribe y propicia
- un alto
grado de intervención estatal en materia
de cine, radio y televisión;
- un poder
discrecional desmedido por parte del
Poder Ejecutivo en esas materias;
- una
normatividad punitiva y obsoleta en
materia de medios impresos, que,
- ha hecho de
dicha normatividad una legislación en
desuso, a lo que se agrega,
- la ausencia
de previsiones respecto de los derechos
de acceso a la información de la
sociedad, de los derechos de los
informadores en el ejercicio de su
profesión y de los derechos de los
particulares involucrados en los procesos
informativos lo que, a su vez,
- ha generado
un vacío legal que deja en la
indefensión lo mismo a los periodistas
lesionados por sus empresas, a veces por
iniciativa del poder público, que a los
grupos e individuos afectados por los
procesos informativos, mientras,
- el complejo
burocrático empresarial de los medios
protege discrecionalmente los intereses
de sus integrantes y, por tanto,
- empresarios
de medios y sus contrapartes
burocráticas se oponen ferozmente a todo
intento de alcanzar consensos a fin de
contar con una legislación moderna que
transparente las relaciones de los medios
con los particulares, la sociedad y el
Estado.
A ello hay que
agregar,
2.- Un modelo
económico proteccionista, vigente desde los
años veintes hasta la primera mitad de los
ochentas, que al ser aplicado a las empresas
mediáticas con las características de
discrecionalidad propias de los vacíos legales
descritos, generó relaciones de corrupción,
dependencia y subordinación del Estado con
empresarios y profesionales de la información, a
través de
- apoyos
financieros estatales para fundar o
rescatar empresas informativas en forma
de créditos preferenciales, comodatos de
inmuebles y donaciones,
- estímulos
fiscales a través de un régimen
especial de tributación para los medios,
a los que se agregan negociaciones
periódicas para regularizar deudas
acumuladas,
- dotación
subsidiada (y discriminada) de insumos
tales como el papel periódico y la
electricidad,
- publicidad
estatal asignada discrecionalmente, más
cuantiosa cuanto más se expandía el
Estado en nuevas dependencias, organismos
y empresas públicas, lo que convirtió
al sector público, por varias décadas,
en el primer anunciante del país,
- condonación
de deudas acumuladas con el Seguro Social
a través de intercambios de servicios
que incluyen contratos, reales o
simulados, para realizar trabajos de
impresión, pago de publicidad adelantada
y, desde luego, un tratamiento
informativo privilegiado,
- asignación
a reporteros, columnistas, articulistas y
directivos de medios, de emolumentos
pecuniarios mensuales, a manera de
salarios o complemento de salarios, por
parte de las oficinas de prensa de las
dependencias y las empresas públicas, lo
que, independientemente de los efectos en
el condicionamiento informativo, se
convirtió en un subsidio más a las
empresas de la comunicación que, por
muchos años, y todavía hoy, aunque
menos frecuentemente, aplicaron una
estructura de sueldos bajos, muchas veces
simbólicos, a los informadores, en el
entendido de que su ingreso principal se
obtendría en las oficinas
públicas.(Materia de atención
internacional, como lo muestra su
consideración en la lista de asuntos
incluidos en la invitación al simposium,
este punto atañe a la percepción propia
y social de la profesión del periodista
como un trabajador que tradicionalmente
no ha podido sobrevivir de su salario, lo
cual, como lo registran los comentarios
iniciales de nuestros anfitriones, lo han
puesto al servicio de empresas de
extorsión y/o con relaciones de
corrupción con el gobierno y sus
patrocinadores privados).
- confusión
entre las funciones informativas y las de
venta de publicidad por parte de los
reporteros, a quienes se encarga de
obtener la cuota de publicidad de sus
fuentes informativas a cambio de una
comisión de agente vendedor,
- asignación
de pagos de grandes sumas anuales a
periodistas a través de supuestos
contratos de publicidad y servicios
informativos suscritos por interpósitas
personas,
- gratificaciones
sexenales a comunicadores y directivos de
medios a través de organismos públicos
tradicionalmente utilizados como
pagadurías de este tipo de erogaciones,
como la Lotería Nacional,
- habilitación
de periodistas como contratistas
proveedores de los más diversos bienes y
servicios a instituciones estatales,
desde barbecho de tierras de cultivo
hasta fumigación de bodegas,
- provisión
subsidiada de viviendas a comunicadores
y, en ocasiones, dotación gratuita,
- asignación
discrecional, a empresas formadas por
periodistas, de igualas periódicas en
dinero y jugosas concesiones para el uso
de espacios públicos, desde los
destinados a fijar anuncios en las
estaciones del metro de la ciudad de
México hasta bodegas y locales en
mercados, centrales de abasto y locales
comerciales en aeropuertos de gran
afluencia turística,
- formación
de empresas representantes de columnistas
y otros comunicadores para fines
diversos, entre los que se incluye la
recepción de "fondos de
reptiles" procedentes de diversas
fuentes de poder y su entrega al
comunicador por la empresa representante,
documentando diversos servicios
informativos supuestamente prestados a
esa empresa intermediaria, vale decir,
una forma de lavado de dinero en la que
el columnista pretende preservar su
independencia por el hecho de no aparecer
directamente en las nóminas de los
poderes y los poderosos.
Los recursos
movilizados por el poder público, la clase
política y, más tarde, la clase empresarial a
lo largo del presente siglo de vigencia del
modelo mexicano de relación con los medios,
dejan en un rango bastanre modesto los millones
de dólares (una treintena) en que se pueden
calcular las subvenciones otorgadas a la prensa
por la dictadura porfirista. También hacen
palidecer los cálculos del apoyo financiero
acumulado en 70 años de patronazgo abierto de la
prensa por el gobierno de Estados Unidos
(1790-1860). E igualmente hacen ver como muy
modestos los "fondos de reptiles" que
escandalizaron a Europa en la Alemania de
Bismarck (1862-1890).
Pero lo más
relevante de esta comparación es que aquellos
hechos corresponden a una historia más bien
remota, mientras que el modelo mexicano
permanece, si bien con modificaciones y en un
lento proceso de extinción.
Y ha sido en
función de los vínculos generados con el
gobierno a través de financiamientos y
componendas en los diversos órdenes que se
explica la relativa facilidad con que los
gobiernos, a lo largo de la vigencia del modelo,
han podido intervenir en los cambios de
dirección y de propiedad de los medios. Esto es
así porque el poder público ha podido utilizar
en este largo ciclo los resortes del conocimiento
de las situaciones financieras, fiscales y
laborales de los medios "protegidos" a
fin de decidir, discrecionalmente, en qué
momento renovar las relaciones de protección o
complicidad a través de la renovación de los
apoyos y de los acuerdos de impunidad, o en qué
momento imponer cambios drásticos con el
expediente o la simple amenaza de hacer efectivas
las deudas acumuladas o perseguir los delitos
hasta el momento simulados.
En todo caso,
este modelo estructural puede permitir, en mi
opinión, ofrecer una línea de discusión, no la
única, a la primera inquietud planteada por
Claudio Lomnitz con la invitación inicial al simposium:
la prolongada decadencia de la prensa mexicana a
partir de finales del siglo pasado y hasta
nuestros días, tanto en términos de volumen de
ejemplares publicados como en términos de rangos
de cobertura.
¿Cómo explicar
que los periódicos más grandes de hoy en la
ciudad de México publiquen más o menos tantos
ejemplares como el principal periódico de Nueva
York hace 170 años, entre las décadas de los
treintas y cuarentas del siglo pasado, a pesar de
la enorme diferencia de población entre las dos
ciudades y entre esas fechas?
La primera pista
podría estar en la coincidencia de la fecha de
inicio del proceso de decadencia de los
periódicos mexicanos señalada por Lomnitz y la
fecha propuesta en estas notas para el nacimiento
del modelo de subordinación. La caída en
tirajes y rangos de cobertura empezaría a
explicarse así en función de la aplicación de
un modelo de existencia y sostenimiento de medios
en el que tirajes y cobertura eran menos
importantes que las autorizaciones, concesiones,
apoyos materiales y estímulos de todo orden
provenientes del poder público. Estas han sido
las condiciones históricas del desarrollo de los
medios y no los incentivos del mercado de
lectores, audiencias y anunciantes.
En estas
condiciones podrían también explicarse las
claras diferencias de contenidos y alcances entre
los medios norteamericanos y mexicanos. El
desarrollo de las ideas y los ideales de
objetividad, precisión en la información y
estilos narrativos noticiosos respondió en
Estados Unidos a las exigencias y necesidades de
una contraparte social regida por el mercado,
mientras, en México, esos valores, ideas e
ideales han sido intrascendentes o, incluso,
contrarios para una contraparte estatal cuyo
principal valor en el campo de la información se
ubica, como ocurre en cualquier país del mundo,
en el news management.
Y aquí podemos
encontrar otra aproximación a nuestro concepto
de complejo político (o burocrático)
empresarial, aplicado al modelo mexicano de
relaciones entre los medios y el poder. Se trata
de los términos textuales utilizados por Walter
Lippmann (citado en el mencionado libro de
Altschull) para definir su propio concepto de
prensa reptil (reptil press) al acusar al
presidente Coolidge de pretender implantar el
modelo en Estados Unidos, hacia 1926:
una prensa
que toma su inspiración de los funcionarios
del gobierno y de los intereses de los
grandes negocios. Publica lo que el poder
desea que sea publicado. Suprime lo que el
poder desea que sea suprimido.
Este conjunto de
características del modelo mexicano ha generado
diversas actitudes de lectura y creado nuevos
tipos de lectores de la información en México.
Por un lado, un alejamiento de los espacios
informativos por partte de la mayoría de la
población. Lectores y audiencias le han dado la
espalda a editores y otros comunicadores de
noticias: los tirajes de medios impresos no sólo
no han crecido a lo largo del siglo (y no pocos
han bajado), mientras la población casi se ha
decuplicado. Por otra parte, las audiencias de
radio y televisión suelen desplomarse a la hora
de los noticiarios y caer todavía más a la hora
de la información política, ante la percepción
extendida de que éste es el campo más propicio
y socorrido de las políticas oficiales de news
management.
Las actitudes
escépticas de los lectores más experimentados
se muestran a través de dos rasgos aparentemente
contradictorios. Por una parte, de descreimiento
ante las versiones altamente uniformadas de los
medios sobre un hecho, con cabezas y narraciones
a veces idénticas, porque el receptor las
percibe, generalmente con razón, como productos
inequívocos del news management de
la cúpula del poder. Por otra parte, de
descreimiento también ante la diversidad de
versiones e interpretaciones u opiniones sobre un
mismo hecho, porque el lector las percibe,
también, generalmente con razón, como producto
de acciones de news management de diversas
fuentes de poder en lucha por imponer sus
versiones e interpretaciones de los hechos.
Del libro de
Schudson ya mencionado sobre la historia social
de la prensa norteamericana, al que habría que
agregar sus Origins of the Ideal of
Objectivity in the Professions; Studies in the
History of American Journalism and American Law,
1830-1940 (Harvard Studies I), surge otra
diferencia fundamental, profunda, entre el modelo
mexicano y el norteamericano. "En México es
prácticamente imposible ganar un juicio de
libelo", nos dice, intrigado, Claudio
Lomnitz, probablemente sin conocer algo todavía
más intrigante: en México es casi imposible iniciar
un juicio de libelo, según lo veremos más
adelante. Mientras tanto, como lo mostró
Schudson, en Estados Unidos existe una relación
estrecha entre la objetividad periodística, las
leyes de libelo y el temor de los editores a los
procesos legales.
En efecto, el
surgimiento del ideal de objetividad de los
medios en Estados Unidos está ligado a la
modernización de la legislación en materia de
derechos de los particulares afectados en los
procesos informativos (calumnia y libelo,
principalmente), al prestigio y la eficacia de la
ley y del Estado de Derecho, a la entereza de los
jueces para enfrentar riesgos de linchamiento
social y al valor de los afectados para acudir
sistemáticamente a los tribunales.
Ninguna de esas
condiciones se ha dado en México. De hecho,
habría que hacer el listado de las condiciones
que conspiran, en este punto del derecho de la
información, contra el ideal de la objetividad
de los medios en el modelo mexicano:
- una
negativa sistemática de dar el paso
modernizador de la legislación por parte
de los gobernantes y sus contrapartes en
los medios, en la lógica del complejo
burocrático-empresarial que prefiere
continuar gestionando sus intereses en
medio de los vacíos legales que
propician los arreglos discrecionales
entre las partes;
- el
extendido y hondo desprestigio de la ley
y de quienes la procuran y la aplican
desde el Estado;
- la
ignorancia y el prejucio contra la ley y
su aplicación, manifiesto en el discurso
oficial de gobernantes, políticos y
burócratas que, a dos voces con sus
clientelas en los medios, identifican
legislación y aplicación de la ley con
represión de las libertades
informativas;
- una radical
inversión de los términos en la defensa
de los derechos fundamentales del
individuo por parte de algunos grupos de
derechos humanos y de derechos
informativos. Esto ocurre cuando ubican
las denuncias y las demandas de
particulares contra periodistas en sus
listas de atentados y amenazas a la
libertad de prensa, algo impensable en un
país como Estados Unidos. Y precisamente
la distorsión es más notable aún en un
modelo como el mexicano, de
subordinación estructural de los medios
al poder, en la medida en que la
descalificación de la defensa de los
particulares estaría no sólo avalando
la impunidad del periodista sino la
impunidad misma del poder, es decir, de
quien, detrás del periodista, ejerce el news
management contra los ciudadanos;
- una virtual
inoperancia del Estado de Derecho en
amplios campos de la vida mexicana y,
derivada de los puntos anteriores, una
inoperancia real en el campo específico
de la comunicación;
- el
monopolio del ejercicio de la acción
penal por parte del Ministerio Público,
controlado por el Poder Ejecutivo, que,
en el caso de las transgresiones en este
campo, agrega un poder discrecional más
para el control y la ampliación de los
márgenes de negociación del poder en el
manejo de los medios: el de llevar o no
ante un juez las acusaciones contra los
informadores, según las necesidades del news
management;
- la falta de
tradición y experiencia de los jueces en
estos asuntos, en el orden penal, toda
vez que muy pocos casos, de los de por
sí pocos que se presentan, pasan la
barrera del Ministerio Público y, en el
orden civil, por la precaria suerte que
ha corrido la relativamente nueva,
desconocida y políticamente
distorsionada figura del daño moral;
- la falta de
incentivos de los particulares, a la
vista de todo lo anterior, para acudir a
los tribunales en defensa de sus
derechos.
Otra vez, es
desde la perspectiva de la contraparte del
informador: la sociedad, los particulares, en un
entorno de eficacia de la ley y Estado de
Derecho, en los Estados Unidos; o el poder, en un
entorno de actuación discrecional, al margen de
normas previsibles y exigibles, en el caso de
México, desde donde se establece la diferencia
fundamental, también en este punto, entre el
modelo mexicano y el norteamericano. Jorge Ramos,
el conductor de Univisión, un periodista
mexicano que ha trabajado de los dos lados de la
frontera nos lo dijo con claridad en un reciente
debate en la Universidad Iberoamericana:
En México
el periodista está atento y preocupado ante
las reacciones o llamados que su trabajo
puede provocar por parte de los funcionarios
del gobierno. En Estados Unidos el periodista
está atento y preocupado ante las demandas
judiciales que su trabajo puede provocar de
parte de los particulares que se puedan
sentir afectados.
En este punto, y
en cuanto a la ideología ocupacional o
profesional del periodista, en México un
periodista que acumula denuncias y demandas
judiciales suele afirmarse en su puesto gracias
al apoyo que le otorgan sus patrocinadores de
dentro y de fuera del medio, los que lo indujecen
a afectar los derechos de otros. Pero además, en
paralelo, suele proclamarse públicamente como
una víctima, identificando como atropello la
indagación judicial, y apelando a la solidaridad
o a la complicidad de sus iguales, iguales no en
el sentido profesional, sino en el de la
autopercepción de impunidad a toda prueba. En
Estados Unidos, como lo muestran algunos casos
famosos, un periodista denunciado o demandado por
alguna transgresión legal o falta de rigor
ético o profesional está al borde de dejar de
serlo.
III.-
DEL DEBILITAMIENTO DEL MODELO
AL VACÍO Y LA AUSENCIA DE REGLAS
Paradójicamente,
hacia el final del gobierno de mayor injerencia
en la inducción de cambios en la dirección y la
propiedad de los medios, hace un cuarto de siglo,
se puede fechar el inicio del proceso, todavía
inconcluso, de extinción del modelo. El
traspaso, por parte del diario Excélsior,
del umbral de tolerancia del presidente Luis
Echeverría a la crítica, generó la
movilización de todos los recursos del poder
corporativo para tratar de convencer, primero, al
director del periódico, de la conveniencia de
atenuar el tono de su manejo informativo y
editorial, y, más tarde, para desplazar a Julio
Scherer de su cargo de dirección. Desde la
inducción al sector privado para que retirara la
publicidad comercial del diario a fin de dejar su
viabilidad a merced de la publicidad y del apoyo
oficial, hasta el retiro de todo apoyo oficial,
entre una serie de maniobras que incluyó la
invasión del patrimonio inmobiliario de la
empresa por un líder agrario obediente,
también, a las líneas del mando corporativo, el
gobierno no cejó hasta lograr la deposición de
Scherer. Sólo que el gobierno no contaba con el
hecho de que seguirían y respaldarían a Scherer
los más influyentes escritores, artistas e
intelectuales de la época y que el escándalo
llegaría a la prensa internacional.
El episodio vino
a mostrar las primeras, importantes
vulnerabilidades del modelo tradicional de
subordinación de la prensa al poder público.
Aunado a otro episodio, protagonizado durante el
mismo régimen por el periódico El Norte,
de Monterrey, en el que la negativa de proveerle
papel por parte del monopolio estatal de
importación y producción de ese insumo llegó
también a la prensa internacional como una
muestra de la falta de libertades en el país, lo
que empezaba a quedar claro es que el modelo
estaba dejando de ser funcional a las nuevas
realidades y visiones tanto del país como del
extranjero.
Pero lo más
importante para la hipótesis de que aquel
episodio marcó el principio del proceso de
extinción del modelo vino unos meses después.
Todavía en el
sexenio de Echeverría, Scherer y sus seguidores
pusieron en circulación otra publicación, el
semanario Proceso, lo que constituía un
desafío sin precedentes al poder presidencial,
particulamente en la zona más rígida,
podríamos decir, intocable, del modelo de
subordinación, en tanto vino a mostrar que en
México podía haber vida (periodística) más
allá del veto presidencial. Y lo habían hecho
al margen de los tradicionales apoyos financieros
y de otro orden del gobierno, característicos
del surgimiento de los nuevos medios a lo largo
del periodo de vigencia del modelo. Y eso no era
todo. Al cambio de sexenio, el nuevo gobierno
trató de congraciarse con la nueva publicación
y la incorporó a las pautas tradicionales de la
publicidad oficial. Sólo que Proceso
terminó también por traspasar el umbral de
tolerancia del presidente José López Portillo,
quien personalmente se encargó de justificar el
retiro de la publicidad oficial a la revista con
una frase memorable que vino a erigirse en una
especie de prueba confesional, no sólo del
carácter discrecional, arbitrario, propio del
modelo de subordinación, del manejo de la
publicidad oficial, sino, incluso, el carácter
patrimonialista del uso de los recursos públicos
en la relación con los medios: "No pago
para que me peguen".
Este nuevo
episodio, a su vez, vino a mostrar una fisura
más del modelo. En vista de que Proceso
decidió prescindir de la publicidad oficial para
sus cálculos de funcionamiento y sobreviviencia
entre otras cosas apeló a los lectores con
un alza al precio de venta del ejemplary
logró salir adelante sin la intervención de
esta otra pieza maestra del modelo de control, el
nuevo episodio mostró una nueva posibilidad para
el desarrollo de otro tipo de relación de los
medios con los poderes, en tanto agregó otra
evidencia: hay vida más allá de los
instrumentos de apoyo y subordinación del modelo
tradicional.
El nacimiento
posterior de dos nuevos diarios en la ciudad de
México, La Jornada y Reforma, se
dio también al margen de los apoyos financieros
tradicionales. Particularmente, Reforma,
con mayor claridad, parece obedecer más a las
pautas de una "sociedad democrática de
mercado", en los términos paradigmáticos
de Schuson, mencionados inicialmente en estas
notas.
Otras
modificaciones al modelo han sido impuestas por
las tendencias del proceso de apertura comercial
y de modernización de la economía, por los
intentos de corregir algunos de sus peores vicios
a través de la supervisión del gasto público.
Unas más, como medidas simbólicas de la
decisión de los gobiernos de esta década de
actualizar las relaciones entre la prensa y el
poder. Y, entre las más importantes, las
disposiciones que han ampliado el acceso a los
medios de los partidos alternativos al del
gobierno.
Entre las más
importantes modificaciones se encuentran las
siguientes:
- En 1990 se
libera la importación de papel
periódico que a lo largo de 55 años se
había mantenido como monopolio estatal a
través de la empresa pública Productora
e Importadora de Papel, única fuente,
hasta entonces, de dotación de ese
insumo para las publicaciones
periódicas, lo que la convirtió en una
herramienta básica del modelo
tradicional de subordinación de la
prensa. En la segunda mitad de esta
década, la empresa entra en proceso de
privatización.
- En 1992, se
publican en forma de decreto del
Ejecutivo los "Lineamientos para la
aplicación de los recursos federales
destinados a la publicidad y difusión y,
en general, a las actividades de
comunicación social", en los que se
establecen algunos criterios para la
dotación de la publicidad oficial, se
ordena a las dependencias del Estado
dejar de sufragar los gastos de
desplazamientos y hospedajes de
periodistas, se les prohibe engrosar las
partidas de gastos de información y
propaganda con traspasos de otras
partidas y se les obliga a efectuar todos
sus pagos en estos campos con cheques
nominativos, para evitar el ocultamiento
de los destinatarios de esas erogaciones.
- A partir de
1993 la Presidencia de la República
empieza a instrumentar las normas de los
Lineamientos, haciendo pagar a las
empresas periodísticas, por primera vez
en la historia, los gastos de sus
desplazamientos por el país y el
extranjero para cubrir las actividades
presidenciales.
- En 1994 se
suprime la presencia del presidente de la
república en el ritual del día de la
libertad de prensa, una anacrónica
celebración establecida en los años
cuarentas, en la que los editores del
país agradecían al jefe del Ejecutivo
los beneficios recibidos en función del
modelo descrito de subordinación.
- De 1994 a
1996, por la vía de las reformas a la
legislación electoral se logran
regulaciones en materia de medios, a
pesar de la renuencia a legislar en la
materia por parte del complejo
burocrático empresarial de los medios.
Las reformas propician una importante
apertura de los medios a la presencia
equitativa de los partidos en las
contiendas electorales.
Ciertamente el
modelo ha entrado en un proceso de debilitamiento
y, en algunos aspectos, de extinción.
El principal
reto no resuelto que plantea, sin embargo, este
proceso es que transcurre dejando intocado el
marco jurídico que a su vez mantiene en su
integridad la capacidad del Estado de intervenir
en los medios con un alto poder discrecional por
parte del Poder Ejecutivo. Esto propicia que,
ante toda situación de crisis o apremio del
gobierno, se regrese a los patrones y al cierre
hermético de filas del establishment de la
comunicación con el poder público, como lo
mostró su comportamiento en las recientes
elecciones internas del PRI.
En este mismo
orden de riesgos, pero en sentido inverso, se
encuentra el de una desaparición más o menos
acelerada de los controles y normas, escritas y
no escritas, del modelo tradicional sin que se
hayan generado las nuevas normas de un nuevo
modelo democrático de relación de los medios
con los particulares, la sociedad y el poder
público. Esto podría dar lugar a un vacío de
poder que a su vez podría ser ocupado por una
serie de poderes informales, sin descontar los
del crimen organizado, como ha ocurrido en la
Rusia postsoviética y como han dejado asomar las
tendencias, hábitos, fortunas súbitas y
relaciones de algunos exponentes mexicanos de las
empresas y de las actividades informativas.
La resistencia a
regular los derechos de acceso a la información
concentrada en los diversos enclaves de poder, lo
mismo sobre hechos como la represión estudiantil
de 1968 que sobre decisiones y acciones públicas
como el rescate bancario de 30 años después,
aunada a la negativa a normar el uso de fondos
públicos, empezando por la publicidad oficial,
en los procesos informativos siguen siendo
asignaturas pendientes de un verdadero tránsito
a la modernización de las relaciones del poder y
los medios.
Y como un final
provisional, la incógnita principal del proceso
de extinción del proceso está en si la
alternancia en el poder político, un hecho
consumado en la tercera parte de los Estados de
la Federación, y una posibilidad no tan
improbable como en otras épocas a escala
nacional, conducirá a no a la extinción
definitiva del viejo modelo, ya centenario de
subordinación, y, sobre todo, si propiciará o
no la construcción de una nueva legalidad y una
nueva cultura de la relación de los medios con
la sociedad, los particulares y los poderes
públicos. Hasta ahora, las evidencias mostradas
por los candidatos presidenciales de los
principales partidos no permiten abrigar
demasiadas ilusiones.
* José
Carreño Carlón es
un periodista mexicano de larga trayectoria en
los medios y en el gobierno. Fue director general
de Comunicación Social de la Presidencia de la
República en la segunda mitad del sexenio
1988-1994. Actualmente es director del
Departamento de Comunicación de la Universidad
Iberoamericana. Esta
ponencia fue presentada en el Simposium
"Republic in Print: Mexican Journalism in
Sociological and Historical Perspective",
November 12-13, 1999, Mexican Studies
Program-University of Chicago, Franke Institute for the Humanities, y
es su primera colaboración para Sala de Prensa.
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