Los
escritores, una orden mendicante
José Emilio Pacheco *
Majestades,
señor presidente del Gobierno, señora ministra
de Cultura, señor rector de la Universidad de
Alcalá de Henares, señora presidenta del
Consejo Nacional para la Cultura y para las Artes
de México, presidenta de la Comunidad de Madrid,
alcalde de esta ciudad, autoridades estatales,
autonómicas, locales y académicas, amigas,
amigos, señores y señoras.
1947 es una fecha tan
lejana como 1547. Ambas se han hundido en la
sombra eterna y son irrecuperables. Tal vez la
memoria inventa lo que evoca y la imaginación
ilumina la densa cotidianeidad. Sin embargo, del
mismo modo que para nosotros serán siempre
gigantes los molinos de viento que acababan de
instalarse en 1585 y eran la modernidad anterior
a la invención de esta palabra, en algún plano
es real otra experiencia: la de un niño que una
mañana de Ciudad de México va con toda su
escuela al Palacio de Bellas Artes y asiste
asombrado a una representación del Quijote
convertido en espectáculo.
Salvador
Novo adapta y dirige la obra con música de un
mexicano, Carlos Chávez, y un español, Jesús
Bal y Gal. Novo pertenece al Grupo de
Contemporáneos, equivalente exacto del Grupo de
1927 en España. Mucho tiempo después sabré que
Novo había conseguido que en julio de 1936 su
amigo Federico García Lorca estuviera
precisamente en ese Palacio de Bellas Artes para
presenciar el estreno mexicano de Bodas de
Sangre interpretada por Margarita
Xirgu.
A
telón cerrado aparece el historiador árabe Cide
Hamete Benengeli a quién Cervantes atribuye la
novela. Cide Hamete Benengeli ha decidido
abreviar la historia para que los niños de
México puedan conocerla. La cortina se abre. De
la oscuridad surge la venta que es un castillo
para Don Quijote. Quiere ser armado caballero a
fin de que pueda ofrecer sus hazañas a la sin
par Dulcinea del Toboso, la mujer más bella del
mundo.
Dos
horas después termina la obra. Desciende de los
aires Clavileño que en esta representación es
un pegaso. Don Quijote y Sancho montan en él y
se elevan aunque no desaparecen. El Caballero de
la Triste Figura se despide: No he muerto
ni moriré nunca... Mi brazo fuerte está y
estará siempre dispuesto a defender a los
débiles y a socorrer a los necesitados.
En
aquella mañana tan remota descubro que hay otra
realidad llamada ficción. Me es
revelado también que mi habla de todos los
días, la lengua en que nací y constituye mi
única riqueza, puede ser para quien sepa
emplearla algo semejante a la música del
espectáculo, los colores de la ropa y de las
casas que iluminan el escenario. La historia del
Quijote tiene el don de volar como aquel
Clavileño. He entrado sin saberlo en lo que
Carlos Fuentes define como el territorio de
La Mancha. Ya nunca voy a abandonarlo.
Leo
más tarde versiones infantiles del gran libro y
encuentro que los demás leen otra historia. Para
mí el Quijote no es cosa de risa. Me parece muy
triste cuanto le sucede. Nadie puede sacarme de
esta visión doliente.
En
la mínima historia inconclusa de mi trato con la
novela admirable hay a lo largo de tantos años
muchos episodios que no describiré. Adolescente,
me frustra no poder seguir de corrido la
fascinación del relato: se opone lo que George
Steiner designó como el aparato ortopédico de
las notas. Me duele que las obras eternas no lo
sean tanto porque el idioma cambia todos los
días y con él se alteran los sentidos de las
palabras.
También
me asombra que necesiten nota al pie términos
familiares en el español de México, al menos en
el México de aquellos años remotos: de
bulto como las estatuillas de los santos
que teníamos en casa: el Malo, el
demonio; pelillos a la mar, olvido de
las ofensas; curioso, inteligente. Y
tantas otras: escarmenar,
bastimento, cada y
cuando.
Ignoro
si podría demostrase que el primer ejemplar del
Quijote llegó a México en el equipaje de Mateo
Alemán y en el mismo 1606 de su publicación. El
autor del Guzmán de Alfarache había
nacido en 1547 como Cervantes y estuvo en aquella
Nueva España que don Miguel nunca alcanzó.
Tal
vez el gran cervantista mexicano de hace un
siglo, Francisco A. de Icaza, hubiera rechazado
como una más de las Supercherías y errores
cervantinos esta atribución que me seduce.
Por lo pronto me permite evocar en este recinto
sagrado a Icaza, el mexicano de España y el
español de México, a quien no se recuerda en
ninguna de sus dos patrias. En todo caso
sobrevive en el poema que le dedicó su amigo
Antonio Machado: No es profesor de
energía/ Francisco A. de Icaza, sino de
melancolía. Y en la inscripción que leen
todos los visitantes de la Alhambra. Otra leyenda
atribuye su inspiración al mismo mendigo de
quien habló también Ángel Ganivet: Dale
limosna, mujer/ pues no hay en la vida nada/ como
la pena de ser/ ciego en Granada.
Como
todo, internet es al mismo tiempo la cámara de
los horrores y el Retablo de las Maravillas. No
me dejará mentir la Red si les digo que el 30 de
noviembre de 2009, en una rueda de prensa en la
Feria de Guadalajara me preguntaron, con motivo
del Premio Reina Sofía, si con él yo estaba en
camino del Premio Cervantes. Para
nada, contesté. Lo veo muy lejano.
Nunca lo voy a ganar.
Al
amanecer del lunes 30 la voz de la señora
ministra de Cultura, Doña Ángeles González
Sinde, me dio la noticia y me hundió en una
irrealidad quijotesca de la que aún no
despierto. Por aturdimiento, no por ingratitud,
apenas en este día doy gracias al jurado por su
generosidad al privilegiarme cuando apenas soy
uno más entre los escritores de este idioma y
hay tantas y tantos dignos con mucha mayor
justificación que yo de estar ahora ante
ustedes.
Para
volver al plano de la realidad irreal o de la
irrealidad real en que los personajes del Quijote
pueden ser al mismo tiempo lectores del Quijote,
me gustaría que el Premio Cervantes hubiera sido
para Cervantes. Cómo hubiera aliviado sus
últimos años el recibirlo. Se sabe que el
inmenso éxito de su libro en poco o nada
remedió su penuria.
Cuánto
nos duele verlo o ver a su rival Lope de Vega
humillándose ante los duques, condes y
marqueses. La situación sólo ha cambiado de
nombres. Casi todos los escritores somos, a
querer o no, miembros de una orden mendicante. No
es culpa de nuestra vileza esencial sino de un
acontecimiento ya bimilenario que tiende a
agudizarse en la era electrónica.
En
la Roma de Augusto quedó establecido el mercado
del libro. A cada uno de sus integrantes
-proveedores de tablillas de cera, papiros,
pergaminos; copistas, editores, libreros- le fue
asignado un pago o un medio de obtener ganancias.
El único excluido fue el autor sin el cual nada
de los demás existiría. Cervantes resultó la
víctima ejemplar de este orden injusto. No hay
en la literatura española una vida más llena de
humillaciones y fracasos. Se dirá que gracias a
esto hizo su obra maestra.
El
Quijote es muchas cosas pero es también la
venganza contra todo lo que Cervantes sufrió
hasta el último día de su existencia. Si
recurrimos a las comparaciones con la historia
que vivió y padeció Cervantes, diremos que
primero tuvo su derrota de la Armada Invencible y
después, extracronológicamente, su gran
victoria de Lepanto: El Quijote es la más alta
ocasión que han visto los siglos de la lengua
española.
Nada
de lo que ocurre en este cruel 2010 -de los
terremotos a la nube de ceniza, de la miseria
creciente a la inusitada violencia que devasta a
países como México- era previsible al comenzar
el año. Todo cambia día a día, todo se
corrompe, todo se destruye. Sin embargo en medio
de la catástrofe, al centro del horror que nos
cerca por todas partes, siguen en pie, y hoy como
nunca son capaces de darnos respuestas, el
misterio y la gloria del Quijote.
* José Emilio
Pacheco,
poeta y traductor mexicano, ganador del Premio
Cervantes 2009. Dirigió,
al lado de Carlos Monsiváis, el suplemento de la
revista Estaciones; fue secretario de
redacción de la Revista de la Universidad de
México. Dirigió la colección Biblioteca
del Estudiante Universitario. Ha sido docente
en varias universidades del mundo e investigador
del INAH.
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