Un estante
llamado Kapuscinski
Maciek
Wisniewski *
Gabriel
García Márquez, en un texto escrito después de
la muerte de su amigo Julio Cortázar, lamentaba
que se dejó engañar por las editoriales en
busca de una ganancia fácil: en uno de los
estantes de la librería, entre las rediciones de
las obras del autor de Rayuela,
encontró un libro que bien podía haber sido el
último opus del argentino, pero
resultó ser sólo una insignificante
compilación, una trampa tendida a los lectores
distraídos.
Si el autor de Cien años de
soledad hubiera entrado a una librería en
Polonia después de la muerte del otro amigo
suyo, el reportero y escritor polaco Ryszard
Kapuscinski (fallecido en 2007) hubiera
encontrado una situación parecida: estantes
igualmente llenos de rediciones y de
compilaciones de textos de Kapu y
alrededor de él, mantenidos, por lo general, en
un tono insoportablemente hagiográfico.
Fue una trampa
que nos tendimos a nosotros mismos: los libros
póstumos reproduciendo una imágen mitificada y
deformada de Kapuscinski, que nos dedicamos a
construir, impedían el verdadero conocimiento de
Kapu; éste muchas veces se limitaba
sólo a mirar al monumento que se le erigió o a
la colección de libros en el estante que
permanecían allí sin leer.
Sólo cuando
hace un mes en las librerías apareció Kapuscinski
non-fiction, biografía escrita por Artur
Domoslawski, discípulo de Kapu, surgió
una oportunidad de aproximarse a su persona y su
obra. Sin embargo, la manera en que lo
mitificamos hizo que todo intento de discutir en
serio sobre él, o tocar los temas que él mismo
a veces prefería callar, tuvo que ser visto en
principio como sacrilegio o parricidio, como la
viuda de Kapuscinski había calificado el trabajo
de Domoslawski, al intentar sin
éxito bloquear la distribución del libro.
La biografía ha
desatado polémicas y suscitó un debate poco
visto en Polonia, país de muy baja cultura de
discusión pública (quizás sólo comparable con
la reacción al libro Los vecinos, de
Jan Tomasz Gross, sobre el antisemitismo polaco).
La noticia también dio vuelta al mundo, aunque
muchas veces se señalaban controversias donde no
las había, por ejemplo, al tildarla como ataque
al escritor.
Pero el libro no
atenta contra Kapuscinski ni daña su memoria; al
contrario: mostrar a Kapu por primera
vez, a contrapelo de su visión idealizada, como
ser humano de carne y hueso, con contradicciones
e imperfecciones, ayuda a comprenderlo. El
biógrafo, en vez de dedicarse a mostrar las
grietas en el monumento, señala que toda la idea
del monumento es absurda y revalora la idea de la
grandeza: no necestimos a Kapuscinski símbolo,
sino a Kapuscinski observador vivaz, de fuerte
convicción ética y política reflejada en sus
trabajos. Al ofrecer una visión múltiple de él
habla de su taller profesional, de su
experiencia de trabajo, de la vida privada y de
su pensamiento social y político el autor
rescata también algunas facetas que quedaron
invisibles de Kapu, como su vocación
izquierdista que, en Polonia, país conservador,
con fuerte hegemonía neoliberal, ha sido
censurada para poder desarrollar su culto
general.
Después de
haber hecho un significativo trabajo de
documentación e investigación, el autor trata
varios temas con los cuales se había topado, y
lejos de acusar a su maestro ofrece las
explicaciones con mucha empatía. Por ejemplo, el
tema de la vida privada, siempre mantenida en
secreto por Kapuscinski, es abordado con mucha
delicadeza; respecto de las fabulaciones en su
propia vida, como las historias de supuestas
amenazas de fusilamientos o presuntas amistades
con Lumumba o Che Guevara, señala que a
veces fuimos nosotros, los kapumaniacos,
que nos dedicamos a reproducirlas ayudando a
crear su leyenda (nota bene: leer esta
biografía junto con la de Gabo, de
Gerald Martin, muestra que la actitud de Kapu
no ha sido tan inusual, ya que el Premio Nobel
colombiano había ido mucho más lejos en la
recreación de su vida); a los contactos de Kapu
con los servicios secretos de la Polonia
socialista, el autor contrapone los contactos de
los periodistas estadunidenses con la CIA, que
tienden a ser vistos como normales, etcétera.
Algo semejante
sucede con las supuestas acusaciones de falta de
objetividad en su oficio o de fabular en sus
reportajes, como se había informado. La lectura
de la biografía muestra algo distinto: primero,
no se puede decir que Kapuscinski careció de
objetividad, porque nunca creyó en un periodismo
objetivo, al afrimar que siempre había que
declararse por algún lado; segundo, Domoslawski
no cuestiona el valor periodístico de
Kapuscinski, sino más bien, siendo él mismo
reportero, abre un debate acerca del límite
entre el periodismo y la literatura, hechos y
ficción, frontera que Kapuscinski cruzaba al
optar por la metáfora para resaltar a menudo la
dimensión universal de sus historias (por
ejemplo, el tema del poder en El emperador o
en Sha) ¿demasiado a menudo?
El autor de la
biografía bromeó al decir que habría que
cambiar los libros de Kapu del estante fact
al estante fiction, sino que debería
haber un estante separado, llamado Kapuscinski;
quizás en el mismo podría caber también Kapuscinski
non-fiction.
Es probable que Kapu
no estaría encantado con algunas cosas allí
contenidas. Pero este libro es una propuesta
seria a un lector atento, dispuesto a revalorar
su mirada hacia él; al fin y al cabo, quien sale
ganando aquí es el mismo Kapuscinski.
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Maciek Wisniewski
es periodista polaco. Este texto lo publicó en
el diario mexicano La Jornada,
el pasado 25 de abril de 2010.
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